Aunque nunca hemos vivido tan acelerados como ahora —o tal vez justo por eso—, se ha puesto de moda la lentitud. A los llamados creadores de contenido, que desgraciadamente no son los que cocinan el relleno de las empanadas, sino esas personas que viven de tenernos anestesiados mirando vídeos en el móvil, se les ha quedado adherida la palabra slow en el paladar y la utilizan a todas horas y para apellidar cualquier cosa.

Hay que comer slow food, viajar en plan slow travel a slow cities, criar a los niños según los principios del slow parenting, vestir slow fashion (versión modernísima del «vísteme despacio, que tengo prisa» de las abuelas) y hasta practicar el slow journalism. Lo del periodismo parsimonioso lo venden traducido al inglés como una gran novedad de nuestra época, pero en todas las redacciones hubo siempre un carril de vehículos lentos por el que circulaban los cronistas que tenían a la rotativa esperando por su último párrafo y a los que cada temporada se otorgaban los trofeos Lentini y Tardelli a la pachorra.

Que algo se ponga de moda es el camino más corto para que pase de moda, pero mientras eso no suceda, no dejo de darme de bruces con muestras insospechadas de esta slow life que los tictoqueros promocionan con discursos de quince segundos (la atención será lenta, pero también corta). Lo pensaba hace un par de días, mientras esperaba a que llegase al portal el ascensor de mi edificio, que ostenta el título oficioso de ser el elevador más lento de Coruña y su área metropolitana, solo por detrás de la bola inerte del monte de San Pedro (la arielita resulta imbatible en su inmovilidad de escultura posmoderna).

Las subidas y bajadas de este montacargas humano no se miden en segundos. Ni siquiera en minutos, horas, días, semanas, meses o años. Nada de eso sirve. Los tiempos de mi elevador se calculan en eras geológicas. Tú le das al botón en el Precámbrico y, cuando llega el ascensor, ya estás en el Cuaternario. Hay días en que lo llamo, recién salido de la ducha y afeitado, y cuando la máquina aparece en el descansillo, ya luzco la barba eterna de Tom Hanks en Náufrago.

Monte de San PedroEL IDEAL GALLEGO

En esos viajes verticales entre el vestíbulo y las cinco plantas del edificio (no estamos hablando de un rascacielos neoyorquino), hay vecinos que han sido padres y, antes de aterrizar en el recibidor, ya han visto graduarse a sus hijos en la Universidad. Pensarán que exagero, pero ya hay físicos del CERN escrutando esta anomalía cósmica.

Nada más desembarcar en esta casa, me preguntaba por qué habría una banqueta en el portal junto a la puerta del elevador. Desde mi ingenuidad congénita, supuse que era un mero adorno o que se usaba para posar la bolsa de la compra durante la espera. Pronto comprendí que el taburete estaba allí por una razón muy sólida: a este slow lift hay que esperarlo sentado y, a ser posible, armado de algún entretenimiento que haga más llevadero el tiempo muerto.

Al principio, me hice el sabihondo y viajaba entre el portal y el segundo con mi ejemplar de Para leer mientras sube el ascensor. Qué mejor título que esta delicia de Enrique Jardiel Poncela. Craso error. Con seiscientas páginas apenas me alcanzaba para el trayecto hasta el primer piso. Así que empecé a aguardar por el ascensor pertrechado con literaturas de largo recorrido. En una ocasión, cuando tenía que subir la compra, devoré Guerra y Paz de un tirón mientras no llegaba el montacargas. Otras veces me dio tiempo a releer El Señor de los Anillos y La saga de los Forsyte antes de que el mecanismo se decidiese a presentarse en el zaguán.

Pronto perderé de vista a mi slow elevator —ando en plena mudanza, pero de eso hablaremos otro día— y tendré que aprender a vivir de nuevo. A ver qué hago ahora con tanto tiempo libre.