Un patriota de Peruleiro
Como el latifundio de la UE no ha servido para curarnos de las fiebres nacionalistas, probemos ahora con el minifundio
Me repugnan todos los nacionalismos en general y, en particular, los que me tocan más de cerca. Me tocan de cerca no porque yo me arrime a esas ideologías tóxicas, sino porque, mire donde mire, los separatistas me salpican con sus hechos diferenciales y sus países en construcción (¿pero cuándo acabará esta gente de fabricar su reino imaginario?). Sus soflamas excluyentes me provocan una alergia violenta, en plan ataque de asma, no unos simples estornudos de niña repipi.
Pienso, con mi querido Samuel Johnson, que el patriotismo es el último refugio de los sinvergüenzas. Y, con mi adorado Camba, sostengo que se puede crear de la nada una nación en cualquier sitio (a don Julio le servía incluso Getafe). Bastan quince años y unos cuantos millones de euros de propaganda. ¿Dónde está, entonces, el mérito de sacar una nación de la chistera como si fuese un conejo? Esa es la clave: las naciones se reproducen dentro de las chisteras a la misma velocidad que los fogosos animalillos.
Por eso no soporto el supremacismo llorón con el que nos torturan los soberanistas gallegos, vascos y catalanes. Digo supremacismo porque a eso se reduce el concepto fundacional de proclamarse el pueblo elegido y digo llorón porque, a pesar de haber sido escogidos por los dioses para una misión trascendental, se presentan como el colectivo más agraviado de la biografía de la humanidad. ¿En qué quedamos? Como en el chiste, no se puede estar a setas y a Rolex: o estamos a ser el pueblo elegido o a ser el pueblo oprimido, pero todo a la vez no puede ser.
En el fondo, la relación de estos secesionistas de salón de manicura con su nación sin Estado es la del Coyote con el Correcaminos. Si algún día, por algún enigmático entrelazamiento cuántico, acabasen consiguiendo el dichoso Estado al que tanto aspiran, se llevarían un disgusto enorme y no sabrían qué hacer con una cosa tan aparatosa y tan poco atractiva como un Estado. Igual que el Coyote: si diese alcance al Correcaminos, ya no tendría ganas ni de zampárselo porque se habría acabado el juego de la persecución eterna y el banquete no tendría ni pizca de gracia. Tal vez fue esta imagen la que se le pasó por la cabeza al prófugo Puigdemont cuando finiquitó su republiquita de chichinabo a los pocos segundos de alumbrarla (claro que eso implicaría dar por hecho que a Puigdemont se le pasan cosas por la cabeza y eso me parece mucho suponer para el héroe de Waterloo, la capital mundial de la derrota).
Hay otra explicación más sencilla para entender por qué, después de tantos años dándonos el peñazo sin tregua al resto de españoles, esta gente nunca termina de separarse de nosotros. Y es que, según nos muestra la Historia, para lograr la independencia, hay que madrugar mucho y doblar el espinazo y ese hábito no acaba de instalarse en la mente de los aguerridos líderes que encabezan estas revolucioncitas, eso sí, solo en horario de ventanilla.
¿Y cómo nos libramos de la murga identitaria? La Unión Europea nació para ver si, después de dos mil años, los inquilinos del continente éramos capaces de estar un rato quietos, sin matarnos los unos a los otros. El artilugio, bendito sea, no ha salido nada mal. Pero no ha servido para sulfatar los separatismos, que son más resistentes que el mildiu.
Si no ha funcionado el latifundio, probemos con el minifundio. A ver si acabamos con esta plaga por reducción al absurdo. Inventemos un país en cada barrio. Creemos una patria en cada calle. Levantemos un Estado en cada portal. Atomicemos los nacionalismos hasta que solo puedan detectarse bajo la lente del microscopio. Yo, para cumplir antes que nadie con este sagrado cometido, confieso que soy uno de los sinvergüenzas en busca de refugio a los que se refería Samuel Johnson, me proclamo patriota de Peruleiro y solicito formalmente a la ONU que reconozca la independencia de la acera izquierda de la avenida donde me crie.