Hay un pulso eterno entre historiadores y economistas para obtener el título oficial de profetas del pasado. Lo de profetas del pasado es una de las incontables genialidades que inventó Ortega. No el Ortega de Zara —que también es un genio de lo suyo—, sino el catedrático de Metafísica («hay gente pa to», le espetó Rafael El Gallo cuando le contó a qué se dedicaba). A don José le encantaba fastidiar a los estudiosos del pretérito y por eso también les afeó que llamasen Reconquista a algo que duró ocho siglos (la verdad es que no fue precisamente una guerra relámpago). Pero yo, aunque soy muy orteguiano, creo que nadie predice el pasado con tanto entusiasmo como los sabios de la Economía. Son los maestros Jedi de las alertas a toro pasado. ¡Qué pasión ponen en pronosticar las crisis diez años después de que sus efectos devastadores nos hayan pasado por el cogote!

Como les reprochamos constantemente que sean los reyes del día después, han pillado la manía de alarmarnos, por si acaso, de todo en general. Tú agarras a un economista por las solapas, lo zarandeas un poco, a ver qué ideas se le caen de los bolsillos de la americana, y enseguida empieza a hablarte de las próximas burbujas que van a estallar sobre nuestras cabezas. Los mismos que no vieron venir la implosión de las puntocom ni la hecatombe de las hipotecas subprime ahora nos endosan sus homilías sobre los excesos financieros de los gigantes tecnológicos.

Todo eso está muy bien y queda muy cosmopolita en las sobremesas de cuñados. Pero, si yo tuviese a mano a uno de estos eruditos profetas del pasado, no le preguntaría por el globo de la inteligencia artificial, ni tampoco por el hinchable inmobiliario, que se ve que es eterno, porque nunca deja de inflarse y se expande a más velocidad que el propio cosmos. A mí, como soy más de andar por casa que de andar por Ganímedes, me preocupan mucho las humildes burbujas coruñesas.

Ya hemos visto este fenómeno antes. Sucedió con las heladerías artesanas. Hubo un momento en que, entre Puerta Real y el callejón de la Estacada, había más heladerías que portales y acababas poniéndote en la cola sin saber muy bien a qué esperaba tanta gente. Luego te comías el dichoso helado de yogur para no admitir que te habías plantado en la fila equivocada y que, en realidad, habías pensado que todo aquel personal aguardaba su turno en la taquilla del Teatro Colón.

Antes de la plaga de las heladerías padecimos la epidemia de las tiendas de vapeadores, la clonación de las parrillas coreanas y, por supuesto, la reproducción por esporas de los cafés de especialidad. Pero, como en esta ciudad nunca nos cansamos de innovar y siempre estamos a la ultimísima en todo, ahora hemos importado una burbuja que amenaza con una explosión descomunal.

¿Se trata de la enésima reinvención de las vinotecas? ¿Nos da pánico la expansión de los restaurantes de sushi a la gallega? ¿Estamos acorralados por los omnipresentes gimnasios? Nada de eso. Es todo mucho más simple. El otro día me fui a cortar el pelo por la avenida de Gran Canaria y, en un par de manzanas, me tropecé con nueve panaderías. Las había de todo tipo: hornos, obradores, panificadoras, tahonas y franquicias.

Yo comprendo que a un gallego en general y a un coruñés en particular no lo puedes sentar a comer sin un trozo de buena miga arrimado al plato. Pero esta inflación de hogazas, chapatas, barras, trenzas, bollas y bollos se escapa a mi escaso entendimiento. ¿No estaremos amasando por encima de nuestras posibilidades? Habrá que preguntar a los economistas, para que atinen con la respuesta correcta dentro de cinco o diez años.

Seguro que la culpa es mía porque siempre he sido algo mendrugo, pero para mí que esto de la masa madre se nos ha ido de madre.