Está el madridismo patas arriba con el asunto de las camisetas de apoyo a Ceuta que tres de sus multimillonarias estrellas no quisieron enfundarse antes del encuentro contra el Elche. Anda la cosa tan revolucionada que hasta un furibundo merengue como Federico Jiménez Losantos —el hombre que mejores motes despacha en España— la ha emprendido a guantazos con Mbappé y Vinicius junior.

Como gesto de solidaridad con los ceutíes, que llevan desde finales de julio sufriendo las consecuencias de que miles de personas llegadas de Marruecos tomasen sus calles, el Elche y el Real Madrid acordaron que sus jugadores saliesen al terreno de juego con un mensaje de respaldo a los vecinos de la ciudad autónoma. «Todos somos caballas», se leía sobre los pectorales de los futbolistas, en alusión al gentilicio popular con el que son conocidos los paisanos de Ceuta por su afición a pescar esa suculenta especie que en Galicia conocemos como xarda.

El follón se armó porque tres futbolistas del Real decidieron no vestir la prenda. O al menos no del todo. Aleccionados por el liderazgo natural de Vinicius, se apuntaron a la rebelión Mbappé y otro jugador francés de cuyo nombre no me acuerdo, pero que también rima con Beyoncé.

A estas alturas de la vida yo ya intento comprender casi todo, y asumo sin tapujos que haya quien no quiera sumarse a un gesto colectivo. Me parece perfecto navegar a contracorriente y negarse a exhibir consignas obligatorias. Hay ámbitos donde si no luces la consabida chapa del «Non (a lo que sea)» estás condenado al silencio norcoreano que imponen ciertas sectas culturetas. Lo que pasa es que en mi solapa mando yo y el ojal está reservado a perpetuidad para el pin del Deportivo. Se siente.

Mbappé y ViniciusAFP

Por eso, y porque por mis venas corre la sangre heredada de los librepensadores, me habría parecido fantástico que estos tres personajes hubiesen pisado el césped con la vestimenta oficial de su equipo, pasando mucho del eslogan ceutí y asumiendo con vergüenza torera las consecuencias de sus actos (se presume que son adultos capacitados para firmar sofisticados contratos). De hecho, el Barcelona al completo ignoró la propuesta de las caballas y no pasó nada.

Pero lo que ya no resulta comprensible —al menos para mi mente, anclada todavía en las vetustas reglas de la lógica aristotélica— es la decisión de tirar por la calle del medio. Me imagino así el diálogo entre los astros de Florentino:

—¿Nos ponemos la camiseta o no?

—¿Y si nos la ponemos, pero solo un poco?

—¿Cómo un poco?

Entonces el sagaz Vini explicó a sus dos compinches que podían ajustarse la prenda en plan top adolescente: tapando solo lo imprescindible y enrollando la tela hacia dentro para que no se viese la leyenda. ¿El resultado de la ocurrencia del avispado brasileño? Glorioso: al doblar las letras lograron que se mostrase una consigna muy diferente a la original: «Todos somos carallas». Cierto que Mbappé y el otro que rima con Beyoncé lo ignoran todo sobre el gallego y nuestra manera inclusiva —tanto vale carallo como caralla— de nombrar el miembro viril. Pero a Vinicius junior se le supone que, al menos en portugués, sí está alfabetizado y puede imaginarse el significado de esa carallada que lucían sobre los pechos.

El problema es que, de tanto escuchar a Valdano, Guardiola y otros cursis pontificando sobre el fútbol en versión gafapasta, hemos llegado a creer que hay vida inteligente bajo los peinados de estas figuras del balón. La cruda realidad es que el libro más largo que han intentado leer es el Libro de Familia. Y ni así llegaron al final.