Los contribuyentes no sabemos lo afortunados que somos al pagar con nuestros modestos —pero sudados— impuestos el sueldo del ministro de Transportes y Movilidad Sostenible (a mí que me registren: así se llama el tinglado). Por ese precio podría habernos tocado en suerte, qué sé yo, un aburrido burócrata japonés. Un señor soso, sin chispa ninguna, que se limitase —es un suponer— a hacer su trabajo.

Vale que con el nipón sosainas tendríamos autovías recién asfaltadas, puertos a todo plan e incluso ferrocarriles puntuales. Pero a quién le importan esas cuestiones menores si en el Consejo de Ministros se sienta un político con la audacia, la agudeza y el gatillo veloz de Óscar Puente.

En el Gobierno japonés puede que dispongan de gente laboriosa, responsable y hasta eficiente. Pero a la hora de insultar, queridos lectores, cuando se trata de zambullirse en las redes y empezar a repartir sopapos a diestro y siniestro —sobre todo a diestro, para qué engañarnos—, ahí salen a la luz todas las carencias orientales y brillan al máximo las altas capacidades de España. A tuitear no hay quien nos gane.

El ministro de Transportes, Óscar PuenteEFE

Me he acordado de don Óscar porque sus comentarios me saltan directos a los ojos cada vez que abro Twitter (o X, o como se llame). Y eso que no tengo el placer de seguirle. Pero, sobre todo, porque acabo de bajarme del tren de Vigo en la estación de San Cristóbal. Sospecho que no fui el único que pensó en el ministro durante el trayecto, no tanto por su faceta de titular de Transportes, sino por llevar el timón de la Movilidad Sostenible. Viajábamos en uno de esos humildes convoyes de media distancia que usamos en Galicia a falta de una auténtica alta velocidad y en ausencia de un servicio de cercanías que, como aquel general del 23F, no está ni se le espera.

En realidad, decir que viajábamos es una exageración porque entre Pontevedra y Vilagarcía pasamos más tiempo quietos sobre las vías que en movimiento. La máquina se dedicaba a dar pequeños tirones, como si estuviera asmática, y arrancaba a ratos para luego frenar bruscamente a los pocos metros.

¿La razón? Una señorita muy amable nos explicó que había un problema técnico y que las señales ferroviarias no funcionaban, así que la idea era avanzar despacio por si las moscas. Al oírla, por supuesto, respiramos aliviados. Nos tranquilizó mucho saber que íbamos lentos por un motivo de tanto peso. Así que, al menos en ese tramo, no sé yo si el transporte era sostenible o no, pero movilidad, movilidad, lo que se dice movilidad, vimos más bien poca.

Eso sí, los nostálgicos de otros tiempos quedaron fascinados con el paseíllo de la revisora por los coches para contarnos, a la antigua usanza, lo de la señalización averiada. El ferrocarril dispone de megafonía en tres idiomas y los pasajeros vamos casi todos con nuestro billete en la aplicación de Renfe para el móvil. ¿Podrían utilizarse esos modernísimos canales de comunicación para informar a los clientes del estropicio? Podrían, pero repito que no somos japoneses. Y con tanta modernidad se perdería el encanto de los pregoneros recitando las novedades a voz en grito en medio de los vagones.

Además, como en estos trenes gallegos no hay wifi ni cobertura —en eso también seguimos anclados en el ancho ibérico—, los mensajes que va enviando Renfe para anunciar la demora los recibes todos juntos al llegar a Coruña, cuando ya vas caminando por el andén y de golpe te avisan tres veces seguidas de que ibas a llegar media hora tarde. En esto se ve que son unos profesionales. Hasta el retraso te lo comunican con retraso.

¿Y qué hacía el máximo responsable del descalabro mientras los viajeros perdíamos minuto a minuto nuestra modesta —pero irreemplazable— tarde? A esas horas, don Óscar andaba enzarzado en Twitter aporreando a Mónica García y Ada Colau. Cuestión de prioridades.