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Un Balón de Oro en la carnicería

Ahora que los astros reclaman el trofeo por los platós, recordamos aquella edición en que se llevaron la plata y el bronce un señor de Monte Alto y otro de la calle Vizcaya

Cada vez que enciendo la tele, aparece una entrevista con Lamine Yamal o con Kylian Mbappé. Ambos están de campaña para hacerse con el Balón de Oro y no se cortan un pelo a la hora de reclamarlo como suyo. «Nadie juega como yo en Europa», razona uno. «Soy el máximo goleador en todas las competiciones», arguye el otro. ¿Qué habrá sido de aquella falsa modestia de la que presumían los futbolistas? Era más falsa que modestia y hasta nos daba algo de grima cuando Guardiola se ponía en plan humilde de más y aseguraba que no tenía claro que aquel Barcelona del sextete pudiese doblegar en la Copa del Rey a un equipo de regional preferente. Pero, vistos estos aires de superioridad desenfrenada que se gastan Lamine y Mbappé, se echan de menos aquellas poses.

A saber qué nos deparan las votaciones. Lo averiguaremos allá por octubre, en una gala en Londres con aroma a alfombra roja de los Oscar. Veremos trajes de etiqueta estrafalarios, joyones que parecen recién sacados de la caja de caudales de Zapatero y una pasarela de peinados que ni la Fashion Week.

Pero esto del Balón de Oro no siempre fue tan glamuroso. Nuestro añorado Luis Suárez contaba que, cuando lo ganó en diciembre de 1960, no hubo gala ni farrapos de gaita. No recibió el trofeo hasta marzo del año siguiente y la ceremonia consistió en que el subdirector de France Football —ni siquiera se molestaron en enviar a Barcelona al director— le entregó el premio en la banda del Camp Nou antes de un encuentro de la Copa de Europa entre el Barça y el Spartak. Se hizo una foto y el utillero se llevó la pelota dorada al vestuario.

Cuando falleció, en 2023, Luisito seguía siendo el único futbolista español con ese galardón. En 2024 Rodri se convirtió en el segundo Balón de Oro nacido en España y por el camino se quedaron candidaturas como la de Iniesta o Xavi, que en 2010 habían liderado a la selección en la conquista de su primera Copa del Mundo y vieron cómo el trofeo iba a parar, una vez más, a Leo Messi. Nadie escuchó entonces a don Andrés, autor del gol de la final mundialista, mendigar por las redacciones la dichosa esfera.

Luis Suárez MiramontesEP

Tampoco la pidió nunca Luis Suárez Miramontes, que después de ganarla en 1960 fue finalista en otras tres ediciones. Cosechó el segundo puesto y el balón de plata en 1961 y 1964, y el de bronce en 1965. En 1964 se dio una feliz coincidencia en el podio de France Football. La selección española venía de ganar su primera Eurocopa tras derrotar a la Unión Soviética. Y en ese triunfo fueron protagonistas dos ex del Deportivo: Luisito, entonces ya en las filas del Inter de Milán de Helenio Herrera, y Amancio Amaro, estrella del Madrid yeyé. Se impuso el escocés Denis Law, pero en el palmarés de la dichosa pelotita ya nadie podrá borrar que ese año hubo dos coruñeses entre los homenajeados.

Amancio y Luisito no coincidieron en el Dépor. Cuando Amaro debutó en Riazor, Suárez ya estaba en Barcelona. Pero hay una foto fabulosa de 1976 en la que ambos posan juntos de blanquiazul antes de disputar un partido de veteranos deportivistas. La que hubiesen liado aquel señor de Monte Alto y el caballero de la calle Vizcaya de haber jugado mano a mano en la Coruña sesentera.

Y hablando de sueños ya imposibles, con el fútbol convertido en algo sospechosamente parecido a la extravagante gala del MET, me gusta recordar una leyenda que circuló durante años por la ciudad. Según esta aportación de Monte Alto a la mitología coruñesa, el Balón de Oro de Suárez se había exhibido durante unas semanas en la carnicería que tenía su familia en la calle Hércules (la vía aún no había ascendido a la categoría de avenida). Lamentablemente, se trata solo de eso: de una historia apócrifa. Pero qué mejor cura de humildad para los galácticos de 2026 que imaginar aquella pelota dorada en el escaparate de una modesta tienda de barrio.