Le han dado el Premio Nacional de Fotografía a Vari Caramés. Qué enorme alegría. Porque, además de ser un artista colosal, es un gran tipo al estilo machadiano. Es bueno en el buen sentido de la palabra bueno. Y a estos ejemplares hay que mimarlos porque son una especie en vías de extinción.

En Coruña conocemos y queremos a todos los Varis que hay en Vari. Porque, siendo único, también se multiplica. Le pasa un poco como a Pessoa y sus heterónimos, pero sin salir de la plaza de María Pita, que es el lugar desde el que hoy mira el mundo nuestro Caramés.

Tenemos al Vari de O Patacón, que fue el pub fundacional de la movida del Orzán. Al frente de aquel local, se zambulló en la noche coruñesa y sus laberintos, que plasmó luego en alguna de sus exquisitas imágenes en blanco y negro. A él le gusta recordar una frase de Paco Taxes que glosaba aquella calle y aquella noche:

—O Orzán empeza no Patacón, remata no Borrazás e polo medio hai moito que falar.

O Patacón ya no existe y el Borrazás solo abre a ratos, en plan fijo discontinuo. Y, por no haber, ya casi no hay ni noche que responda a tal nombre, pero todavía hay mucho que hablar.

VARI CARAMÉS

También está el Vari paseante, que ha escudriñado hasta la sombra de la última baldosa de Coruña. Y el pionero del surf. Y el nadador, que descubrió en las piscinas de La Solana unos mares interiores de los que no éramos conscientes y que retrató en una serie gloriosa que podría haber titulado Veinte mil leguas de viaje submarino, pero que él, poco dado al barroquismo, prefirió bautizar simplemente Nadar.

En el Vari fotógrafo también laten muchos Varis. Están al menos el Vari en blanco y negro de los primeros tiempos y el Vari renacido luego en color. Es como si se hubiese propuesto vivir en carne propia la evolución de esa gran aventura química llamada fotografía.

Y entre todos estos Varis, hay dos trascendentales.

Uno es el que va sembrando su arte de rastros coruñeses. La vista desde la ventana del Café Dársena. Y aquel barquillero que pasaba frente al Cine París. Y el neón del pub Football. Y la marea alta en el Orzán. Y la escalinata que baja al Atlántico. Y el tiovivo plantado junto a la Coraza. Y los Cantones un día de lluvia. Y el edificio de Correos apenas entrevisto. Y la Fundación Luis Seoane. Y un retrato a lápiz en el mármol de una mesa de Casa Enrique. Y su paseo prodigioso por el Pasatiempo del Betanzos indiano. Cómo no coleccionar la luz de todos esos instantes.

El otro Vari superlativo es el que nos ha enseñado a comprender, e incluso a amar, las imperfecciones. Nadie ha puesto tanto empeño en revelar la hermosura secreta de lo defectuoso. Él lo explica citando al gaiteiro Avelino Cachafeiro, que contaba que se pasaba media vida tocando la gaita y la otra media tocando desafinado.

VARI CARAMÉS

Cuando a los catorce años le regalaron su primera cámara y empezó a probarla, en la tienda de revelado le daban dos sobres: uno con las fotos presuntamente buenas y otro con los teóricos descartes. Vari se propuso resucitar esos descartes, en los que anidaba una belleza plástica que la perfección técnica no era capaz de vislumbrar. Ahí nació el Vari borroso, que juega a pintar una realidad distorsionada, temblorosa, empañada.

Tal vez esta sea la gran lección que nos regala su obra. Porque no son sus fotos las que están desenfocadas. Lo que sucede es que nos pasamos media vida viviendo y la otra media desenfocados.