Esta semana mi ciudad se ha vuelto irreconocible. Durante un rato, le ha dado por jugar a ser París. No a ser París en plan aperitivo en una plaza coqueta, que de eso también sabemos mucho, sino en el París de los antidisturbios persiguiendo por la calzada a los salvajes que prenden fuego a los bulevares. Veo una y otra vez en la pantalla las imágenes de contenedores en llamas a solo unos metros de mi portal y no lo puedo creer. Parece un paisaje de ficción, como si Coruña se hubiese convertido durante unas horas en un plató de rodaje con unos secundarios cutres haciendo de vándalos a medio disfrazar.

Por desgracia, no se trataba de una pesadilla de dibujos animados, sino de algo tristemente real. Fue una batalla de carne y hueso, con arrestos, agentes y manifestantes heridos y la plaza de María Pita y el entorno de Juan Flórez arrasados por la barbarie. Lo único que hubo de cinematográfico en todo esto fue el guion, que alguien había preparado meticulosamente para que esas líneas se tradujesen luego en la ira que se adueñó del centro urbano.

Los ideólogos de esta revuelta callejera habían organizado una protesta contra la presencia de Santiago Abascal en la ciudad. Si su intención era contrarrestar la propaganda del líder de Vox en plena precampaña, no pudieron elegir peor táctica que situarlo justo en el centro de los focos con un boicot montaraz.

Su formación es hasta ahora absolutamente irrelevante en Galicia y en Coruña: cero parlamentarios nacionales, cero diputados autonómicos, cero representantes en las diputaciones y cero concejales. La nuestra es la única comunidad autónoma donde la presencia institucional de Vox se reduce a la nada. Pero, claro, si lo más sensato era no prestar demasiada atención a una fuerza extraparlamentaria, los intelectuales de la estrella roja tatuada en la frente decidieron justo lo contrario: brindarle todo el protagonismo y pintar de telón de fondo uno de esos escenarios apocalípticos que hacen las delicias de unas cadenas generalistas ávidas de espectáculo. No me digan que no les parece una genialidad. Tal vez sea la mayor innovación táctica desde que Guardiola colocó a Messi de falso nueve.

Manifestación contra la represión policial en La CoruñaEuropa Press

Los guionistas de la algarada no tuvieron mejor ocurrencia que buscar sin rodeos el cuerpo a cuerpo con los antidisturbios. Arreciaron así las cargas policiales y las agresiones a los agentes, mientras las fotos y los vídeos multiplicaban la imagen de una Coruña furiosa y violenta con la que la inmensa mayoría de sus habitantes no nos identificamos. De hecho, los mayores del lugar no recordamos nada igual desde aquellos tiempos —felizmente superados— en los que cada Dépor-Celta en Riazor acababa con

los antidisturbios disolviendo a porrazos las peleas entre ultras en la avenida de La Habana.

¿Pero quiénes estaban detrás de esta barahúnda? Tampoco hace falta ser Sherlock Holmes para averiguarlo. Aunque luego muchos de sus fieles se presentaron encapuchados en María Pita y la Marina, las siglas habituales convocaron las manifestaciones a rostro descubierto. Ahí están los vídeos subidos a las redes y los llamamientos firmados con nombre y apellidos por el dream team separatista: Erguer, Galiza Nova, la CIG y, perdón por la redundancia, el BNG. La concentración de la tarde la encabezaba el líder del sindicato independentista, Paulo Carril, aferrado con entusiasmo a la pancarta contra la represión policial de las fuerzas españolistas. Y, por si queda alguna duda de quién movía los hilos, la portavoz del Bloque en el Ayuntamiento coruñés y candidata a la Alcaldía, Avia Veira, participó en la manifestación de la mañana frente al palacio municipal y luego tuvo su minuto de gloria televisiva al negarse a condenar expresamente la violencia desatada en las calles de la ciudad que aspira a gobernar.

Qué quieren que les diga, a mí este antifascismo de liberados sindicales y filólogos ociosos me resulta sospechosamente parecido a aquella ideología italiana que se caracterizaba por el corporativismo y la exaltación nacionalista. Pero seguro que la culpa la tiene la definición de fascismo que da el diccionario, que al fin y al cabo es un invento pequeñoburgués.