Desde que a Donald Trump le ha dado por la geografía no ganamos para sustos. A alguien le pareció buena idea colocar un mapamundi en el despacho oval y, desde entonces, el presidente de Estados Unidos sueña que es Cristóbal Colón bautizando cada rincón del Nuevo Mundo para la Corona de Castilla. Se empeñó en llamar «lago América» al lago Ontario, solo para fastidiar a los canadienses, y lo logró sin apenas resistencia. Insistió en borrar la palabra México del golfo correspondiente y renombró ese pedazo de agua como «golfo de América».

Su última ocurrencia ha sido el intento de rebautizar nada menos que el Atlántico —nuestro Atlántico, mi Atlántico— como «océano Trump». Lo contó él mismo en un mitin en Carolina del Sur, donde sus devotos aplaudieron el antojo con fervor. Para míster Trump, la política es una prolongación de los negocios por otros medios. Cree que se puede gestionar el planeta como quien gestiona una gran corporación y piensa que todo lo puede arreglar con un par de llamadas. Así que levantó el teléfono para pedirle al consejero delegado de Google que cambiase el topónimo en la cartografía de sus aplicaciones.

—Sundar, muchacho, te portaste genial con lo del lago Ontario, digo, el lago América.

—Una minucia.

—¿Qué te parece si ahora le ponemos Trump al océano Atlántico?

—Pero, señor, lo del lago coló porque los canadienses no tienen media bofetada, pero el Atlántico…

—Para llevar mi apellido solo sirven el Pacífico o el Atlántico, el resto son aguas menores.

—Le comprendo, pero los océanos son diferentes, afectan a muchos países… Por favor, presidente, no me pida eso.

—Bueno, bueno, ya hablaremos. Voy a colgar, que tengo a Melania de morros. Ya me decía mi madre que estas europeas son muy raras.

Más o menos así se salvó el Atlántico de ser expropiado por la Casa Blanca. Pero no nos confiemos, porque como algo se le meta en la cabeza, no hay quien se lo saque. Si vuelve al ataque, como hizo con Groenlandia, en esta orilla coruñesa lo esperaremos emboscados detrás de la estatua de María Pita.

Porque si hay que ir al notario a poner el Atlántico a nombre de alguien, lo sentimos mucho, pero esa marea sin fin es más nuestra que de nadie.

Donald Trump, presidente de los Estados UnidosKent Nishimura / AFP

En Coruña, cuando vamos al hospital a que nos operen de algo, no nos preguntan el grupo sanguíneo, sino que apuntan en la historia clínica si somos de Riazor o del Orzán. Si tienen que hacernos una transfusión necesitan saber de qué playa viene el mar que corre por nuestras venas atlánticas.

Tampoco hemos alcanzado el estatus de capital mundial de los naufragios —llegó un momento en que perdimos la cuenta de los petroleros que se hundían delante de nuestros morros— para vengan ahora a birlarnos esa parte líquida del mundo que nuestros marinos han navegado durante siglos.

Y, además, la luz más antigua que ilumina estas aguas es la de nuestra Torre de Hércules.

Por si todos estos argumentos jurídicos no bastan, he bajado a los acantilados de punta Herminia para enviarle al inquilino de la Casa Blanca un mensaje en una botella de Estrella Galicia: «¿Océano Trump? No, gracias».