Cuando se anunció el estreno de La bola negra, se me vinieron a la cabeza de inmediato otras dos bolas negras. Ambas lorquianas, ambas surrealistas. La primera es la gran esfera del campus de la Universidad de Columbia junto a la que se fotografió Federico García Lorca durante su estancia en Nueva York. El monumento ya no existe. Un rayo le abrió una enorme grieta y la Universidad decidió retirarlo. Tampoco era exactamente negra. El propio Lorca explicaba, en las deliciosas cartas que enviaba a su familia desde Estados Unidos, que estaba hecha de pórfido, un mineral de color verde oscuro. Me extrañó que la operación de marketing de los Javis no utilizase la poderosa imagen del poeta sentado junto a esa fascinante bola neoyorquina.

La segunda bola negra en la que pensé no era neoyorquina, sino gallega. La imaginó el artista coruñés Eugenio Fernández Granell (1912-2001). De tanto malgastarla en usos inapropiados, la palabra poliédrico parece que ha perdido ya todo significado. Pero Granell era la definición andante de poliédrico. Las mil facetas de este creador múltiple las ha explicado con profundidad otro ilustre coruñés, el escritor y ex ministro de Cultura César Antonio Molina (uno relee, por ejemplo, el monumental libro sobre nuestro hombre que Molina coordinó en 1994 para la Diputación coruñesa y se pregunta ingenuamente a qué asuntos se dedicará ahora la imprenta provincial).

Dejémonos de diputaciones y zarandajas, y volvamos a lo trascendente. A Granell lo conocemos esencialmente por su faceta plástica, en la que tampoco se ciñó a los límites convencionales del lienzo: ahí están sus esculturas, sus collages y sus ready-mades. Pero, además de un extraordinario pintor —sin duda uno de los grandes nombres del surrealismo—, fue un exquisito violinista, un audaz cineasta y un espléndido escritor y articulista.

Eugenio Granell

Todas estas cosas y algunas más fue el inabarcable Fernández Granell. Es cierto que se acaban de cumplir 25 años de su muerte, pero en esta columna no nos gustan los aniversarios ni los números redondos. No hacen falta excusas de almanaque para resucitar a don Eugenio de entre los muertos. Es uno de los mayores talentos que ha dado la ciudad y cualquier momento es bueno para traerlo de vuelta.

Regresemos, pues, a Granell. En los años cincuenta, cuando iniciaba sus incursiones en el universo del cine, escribió un guion titulado precisamente La bola negra. Se conservan el manuscrito y el guion gráfico, revelados en su día por Alberte Magán para una magnífica exposición que el CGAI dedicó a esta vocación cinematográfica de Granell. La película nunca llegó a rodarse por las dificultades técnicas que entrañaba. Pero sí podemos disfrutar de esta cumbre del género de los «guiones irrealizables», un texto en el

que se aprecian convergencias e intersecciones con obras como El perro andaluz, de Luis Buñuel, o La estrella de mar, de Man Ray. Surrealismo de alto voltaje.

Nada sugiere que el pintor coruñés conociese entonces la obra de teatro que inspira la cinta de Javier Ambrossi y Javier Calvo. Pero sí sabemos que Granell, que cultivó también la poesía, era un profundo lector y admirador del granadino. «Lorca me parece el más grande poeta español de este siglo», sentenciaba en los años ochenta. Le fascinaba la vertiente torrencial y surrealista de los versos de Poeta en Nueva York.

¿Y de qué va La bola negra de Granell? La respuesta no es sencilla. Ahí está el manuscrito para quien desee sumergirse en sus entrañas. Sus altas dosis oníricas impiden reducirlo a un argumento de dos líneas. Pero se puede intentar una mínima glosa. Trata de un amor imposible. Uno de esos amores que solo se culminan después de la muerte. ¿Les suena?