Alfonso Montilla
Alfonso Montilla, psicólogo del IPBS de Córdoba
«Cuando se apaga el foco mediático, empiezan a surgir muchas cosas en las familias»
Es uno de los profesionales que se desplazaron a Adamuz en la noche del domingo 18 para atender a las víctimas del accidente ferroviario y sus familias
En la sede del Instituto de Bienestar Social de la Diputación de Córdoba, en la calle Buen Pastor, se respira una tranquilidad propiciada por el barrio -la Judería- y por el agua de una lluvia que en ese momento había dado una tregua tras el temporal del dia anterior.
Es casi la hora de comer pero cuando Alfonso Montilla Velasco aparece (Córdoba, 1975) no habla del almuerzo sino de la reunión que a primera hora de esa tarde tiene en Montoro. Este psicólogo sigue atendiendo a los profesionales que se desplazaron a Adamuz desde el pasado día 18 de enero, un domingo en el que España se rompió por esta parte del sur.
Alfonso Montilla es psicoterapeuta y especialista en intervención de crisis y emergencias. Ejerce como responsable técnico territorial de Montoro, Castro del Río y Doña Mencía, y forma parte del equipo de 28 psicólogos que trabajan en el IPBS, repartidos por las diferentes comarcas provinciales.
Ha vivido en primera persona el dolor y la incertidumbre de los familiares afectados y ha tratatado de paliar sus consecuencias. Esto parece una misión casi imposible. ¿Qué ruido hace un hombre que se quiebra en soledad?, se pregunta Bunbury en una bellísima canción. Quizá Alfonso conoce ese amargo sonido, pero lo ha escuchado con el abrazo que supone la compañía y el calor de quienes apoyan a los que la vida les ha sacado el naipe más desgarrador y absurdo.
Alfonso Montilla, en uno de los patios del IPBS de Córdoba
– La intervención en crisis y emergencias es una labor que casi se da por hecha pero da la impresión de que sigue siendo bastante desconocida para la sociedad. Está presente en el momento de la catástrofe o de un accidente, pero no se conoce bien su labor.
– Es verdad que, últimamente, esa presencia está siendo cada vez más demandada, reclamada y también agradecida por las familias. Si miramos atrás, hay una diferencia muy clara. La primera gran intervención en emergencias fue en la catástrofe de Biescas y entonces no había coordinación ni especialización en funcionamiento. Todo el mundo quería ayudar, pero el exceso de ayuda no organizada, a veces, no funciona.
En cambio, en otra gran catástrofe posterior, como fue el 11 de marzo, nadie se preguntaba qué hacía allí un psicólogo, porque era evidente que era necesario. A partir de ahí se produce una evolución muy importante en la intervención en emergencias y en la percepción social de su necesidad.
Desde entonces se ha mejorado mucho la estructura y el funcionamiento de los distintos equipos. Desde el Colegio de Psicología existe una acreditación en psicología de emergencias y desastres, cada vez hay más profesionales formados y la organización es mucho más sólida. Hoy en día ya casi nadie se extraña de que haya un psicólogo apoyando en situaciones de esta magnitud.
Y no solo en grandes catástrofes como esta, que ha sido desbordante, sino también en emergencias más pequeñas: accidentes de tráfico con varios fallecidos de una misma familia, situaciones en las que hay niños o niñas implicados o suicidios en el ámbito familiar. Hay incidentes más «micro», que afectan a menos personas y no rompen el sistema, y luego están los grandes desastres, como el actual, con un impacto social tremendo, muchas víctimas y comunidades enteras golpeadas. En los operativos de grandes desastres, hoy en día, los psicólogos suelen estar ya representados de forma habitual.
– ¿De alguna forma también fue un punto de inflexión el 11-M?
– Bueno, anteriormente ya se venía avanzando, pero ha habido varias catástrofes grandes. Aun así, el verdadero punto de inflexión fue pasar de preguntarse «¿qué hacen aquí los psicólogos?» a asumir «necesitamos a los psicólogos». Desde entonces se ha visto una progresión muy grande y, cada vez más, el funcionamiento de los equipos y la operatividad existente es mucho más coordinada y mucho mejor.
– ¿Cuál fue exactamente su función durante las primeras horas en Adamuz?
– Durante la primeras horas en Adamuz se despliega, dentro de la estructura del dispositivo, Cruz Roja y también el GIPED (Grupo de Intervención Psicológica en Emergencias y Desastres) del Colegio Oficial de Psicólogos de Andalucía Occidental. Nosotros, cuando nos acercamos, no lo hacemos solo como psicólogos, sino que todo el equipo de Servicios Sociales se pone a disposición del Ayuntamiento y de las personas afectadas.
Ahí nos integramos en la cadena de coordinación con otras instituciones para brindar el apoyo que fuera necesario, especialmente el inicial, con las familias que estaban en una situación de absoluta incertidumbre, sin saber nada de sus familiares. Por eso nos desplazamos a Adamuz, que era el municipio donde se encontraban las familias esperando noticias.
Posteriormente, en torno a las once de la mañana, el despliegue se traslada a Córdoba. Es entonces cuando nos organizamos en distintos equipos de psicólogos: inicialmente dos equipos y, al día siguiente, se incorporan otros dos, dentro del operativo que se monta en el centro cívico, donde se concentra todo para el acompañamiento a las familias que estaban a la espera de recibir información sobre lo ocurrido.
Alfonso Montilla
Ahí se estructura el operativo y se forman los llamados binomios, compuestos por un psicólogo y un profesional sanitario. La comunicación de la identificación a los familiares la realizan los guardias civiles, que son quienes trasladan esa notificación, y se conforman así esos equipos. Durante todo ese tiempo hay distintos equipos de diferentes instituciones, y nosotros somos un equipo más que, en coordinación principalmente con Cruz Roja y con el GIPED, establece ese operativo para estar a disposición.
Inicialmente hay muchas familias para las que nuestra labor es el sostén en esos momentos, sobre todo durante el primer y el segundo día, antes de que se fuera produciendo la identificación de los cuerpos, cuando no había información y las personas estaban destrozadas, con miedo, preocupación, angustia y desesperación. Nuestra labor es estar presentes y acompañar ante la demanda o la necesidad de cada persona.
Es normal que en estas situaciones las personas se derrumben y hay que darles espacio. Hay personas a las que hay que respetar ese espacio y otras que, cuando se desregulan más, necesitan compartir su dolor con un profesional de la psicología. En ocasiones basta con estar al lado, incluso en silencio. Nuestra función es estar cerca, hacer contacto y brindar apoyo emocional, o, si hay mayor desajuste, acompañar desde la presencia.
– Hay distintas circunstancias, pero ¿qué se hace exactamente en una primera intervención psicológica?
– En una primera intervención psicológica lo que se realiza es lo que conocemos como auxilio psicológico. El auxilio psicológico consiste en ese primer contacto de cercanía, en un momento en el que la persona puede atravesar episodios de crisis o de derrumbe, que son totalmente normales en una situación de este tipo. Nuestra labor es ejercer como sostén emocional, acompañar y facilitar cualquier información que pueda existir o resolver las dudas que surjan, teniendo en cuenta que, en muchos casos, esa información ni siquiera está disponible en ese primer momento.
En esa fase inicial, el auxilio psicológico es, básicamente, estar ahí. Cercanía, contacto emocional, la información que se pueda brindar, alguna técnica sencilla y, sobre todo, permitir que la familia pueda expresar lo que necesita sacar. Hay familias que en un primer momento no necesitan o no están preparadas para expresarse y, más adelante, pueden romper a llorar o reaccionar con agitación ante una incertidumbre que es totalmente natural. Nuestra función es estar cerca y acompañar esos momentos.
Siempre desde el respeto, entendiendo que somos una presencia y que no se puede ser invasivo. Muchas personas necesitan expresar sus emociones, pero en otros casos, sobre todo al principio, lo que más necesitan es la cercanía de sus propios familiares. En este caso, se vio claramente cómo, con el paso del tiempo, iban llegando más familiares que se arropaban entre ellos, ya que al inicio podía haber solo una o dos personas y, conforme avanzaban los días, el entorno familiar se iba ampliando.
En esas situaciones, a veces lo más importante es saber que hay un equipo de psicólogos disponible, presente y accesible, que puede ayudar si la persona lo necesita, respetando siempre su ritmo y su momento.
Alfonso Montilla, durante la entrevista
– En ese sentido, ¿qué errores habituales puede cometer el entorno al intentar ayudar?
– Yo creo que, si hablamos de la familia, no se cometen errores. La familia está rota y es normal que dentro de ella se vivan momentos emocionales distintos. Todas las emociones que surgen son totalmente lógicas. En una situación de crisis puede haber personas que se derrumben más o que se agiten más, y eso no es un error. No hay errores por parte de la familia, sino momentos emocionales diferentes, con subidas y bajadas, con tristeza profunda, sufrimiento y desesperación, que es lo que más se ve.
Por lo que yo he podido observar, el arropamiento entre ellos es muy bueno. A veces se rompe uno, a veces se rompe otro, pero no detecto errores. Es un círculo que está totalmente unido en su dolor.
Y no solo los familiares, también la propia comunidad. En este caso, el pueblo. El accidente se produjo allí y toda la comunidad se ha visto afectada, especialmente las personas que acudieron en un primer momento y estuvieron presentes desde el inicio. También ha habido una gran movilización social, y eso ha supuesto un choque para la comunidad.
Desde Servicios Sociales, como figura comunitaria presente en el territorio, eso sí lo hemos detectado. Han sido muchos días y ahora Adamuz va volviendo poco a poco a esa normalidad necesaria, pero el impacto de lo vivido como comunidad ha sido importante. Ha sido muy llamativo cómo se han movilizado de forma tan solidaria, pero también hay que tener en cuenta que las primeras personas que llegan a una situación de descontrol son las que reciben ese impacto directo.
Como municipio, la comunidad ha estado afectada. Es verdad que eso se irá normalizando de manera gradual, pero han sufrido un impacto emocional real, con un gran despliegue de recursos y la presencia constante de medios de comunicación. Ahora ya se está en una fase de salida, de cierre progresivo de todo ese proceso.
– En esos días de acompañamiento, ¿se habla del accidente o se evita hablar de él?
– Evitar hablar del accidente, cuando es algo que surge de forma tan natural, no tendría sentido. Hay personas que necesitan contar lo que han vivido y ese relato no se puede cortar. Del mismo modo, hay otras que necesitan el espacio de no contar. Puede haber quien hable mucho y, en un momento determinado, no quiera profundizar. Existe una gran diversidad de reacciones y no hay una pauta única. Además, esa necesidad puede ser muy cambiante, incluso a lo largo de un mismo día.
– ¿Cuánto tiempo puede durar el impacto emocional real de una situación así?
– Esto varía mucho. Nosotros solemos hablar de una fase de impacto que comienza en el momento en que ocurre el suceso y que, una vez que se cierra la situación más inmediata, puede durar en torno a setenta y dos horas. Eso en cuanto a las primeras reacciones.
Después, se habla de una fase de reacciones de estrés agudo, que puede prolongarse aproximadamente durante un mes, arriba o abajo. No significa que tenga que aparecer un trastorno, sino que son reacciones totalmente normalizadas: agitación, preocupación, miedo, recuerdos o imágenes que aparecen de forma intrusiva, dificultades para dormir, desajustes en los ritmos cotidianos. Son reacciones físicas, emocionales y de comportamiento propias de una fase de impacto.
Alfonso Montilla, durante la entrevista
Estas reacciones no son iguales para una comunidad afectada que para las personas que han perdido a un familiar. En el caso de la población de Adamuz, el impacto tiene más que ver con lo que se ha vivido y con lo que se ha visto. Con el tiempo, esas imágenes suelen ir disminuyendo. No se olvida lo ocurrido, pero no tiene por qué suponer una ruptura total del día a día.
Otra situación muy distinta es la de las personas que han perdido a sus familiares. Ahí sí hay una ruptura total con la vida previa. Estamos hablando de cuarenta y cinco fallecidos y de sus familias, algunas de las cuales han perdido a varios miembros, incluidos niños y adolescentes. En estos casos existe un alto riesgo de lo que llamamos duelo complicado, porque se trata de pérdidas totalmente imprevistas. El sufrimiento y el dolor siempre están presentes en un duelo, pero en situaciones como esta la dificultad para elaborarlo es mucho mayor.
Por eso, estas personas necesitan un acompañamiento prolongado en el tiempo, más terapéutico, de sostén, respetando siempre sus ritmos y sus necesidades. Al final se trata de acompañar a la persona en su dolor y su sufrimiento durante el tiempo que necesite.
– ¿Cuánto ha dormido usted en esos días?
– Dormir, en esos días, es relativo. Cuando estábamos con el grupo de psicólogos del IPBS teníamos distintos turnos. En el operativo del centro cívico, por la noche, las familias que estaban esperando noticias se desplazaban a hoteles y, durante ese tramo, el turno operativo en Córdoba no estaba allí.
Aun así, a nivel personal cuesta. Estás muy concentrado, en modo disponibilidad constante, y eso pasa factura. Al principio duermes tres, cuatro o cinco horas y, aun así, te activas rápido. El agotamiento inicial se nota porque estás muy activo mental y emocionalmente, y eso hace que al principio cueste más descansar.
Es verdad que los primeros días se duerme menos, porque cuando vives situaciones tan intensas luego cuesta desconectar. Descansas el tiempo que duermes, pero te despiertas con facilidad. Con el paso de los días, poco a poco, uno va normalizando todo eso. Al final, el profesional también es una persona.
– ¿Cómo le ha afectado a usted personalmente este accidente?
– En lo personal, claro que afecta. Aunque intentamos protegernos y contamos con recursos para ello, una magnitud de este calibre no la habíamos vivido nunca. Emocionalmente te afecta, porque es mucho dolor el que estás viendo. Intentas que no se traslade a tu día a día, a tu vida personal, cuando vuelves a casa o cuando estás con tu hijo, pero es tanto el impacto que puede generar cierto desequilibrio.
Cuando estás en la relación de ayuda intentas contenerlo, pero al salir del operativo, cuando ya no estás sobreexpuesto, cuesta más retomar las rutinas habituales. Eso ocurre también en otros profesionales que han estado en primera línea, como bomberos o policías, que son los primeros intervinientes y se enfrentan a imágenes muy duras.
En el caso de los psicólogos, lo que podemos sufrir más es lo que llamamos fatiga por compasión, ese cansancio que aparece tras muchos días acompañando a personas que están sufriendo intensamente. Es un agotamiento emocional que puede surgir por esa exposición continuada. Por eso es importante trabajar también esto con otros compañeros y contar con herramientas para poder integrarlo, para que, como profesionales, podamos seguir funcionando y cuidándonos.
– Hablaba de la intervención y el acompañamiento en los primeros momentos, los primeros días, los días de auténtica vorágine. Pero ¿qué suele pasar cuando se apaga el foco mediático?
– Cuando se apaga el foco mediático, en una comunidad como la de Adamuz, la gente intenta recuperar su rutina, y eso hay que respetarlo. A veces hay un exceso de todo, también de intervención, y es importante entender que la necesidad de ayuda no siempre surge en el primer momento, sino después, cuando vuelves a tu día a día y aparece la sensación de que el sufrimiento no se va.
En el caso de las familias que han sufrido pérdidas tan graves, el foco mediático puede ir disminuyendo, pero para ellas empiezan a surgir muchas otras cuestiones. En una fase inicial puede haber shock o incluso cierta negación de lo ocurrido. En duelos de este tipo es posible encontrar familias que, al estar tan impactadas, no reaccionen emocionalmente al principio, y eso puede generar después sentimientos de culpa.
Lo más habitual es que, con el tiempo, aparezcan el sufrimiento, el llanto, la tristeza y muchas preguntas. En una situación de crisis es normal hacerse constantemente preguntas sobre por qué ha ocurrido. Esas preguntas son, en el fondo, una respuesta a las emociones. Cuando hay tristeza, angustia o ansiedad, la mente intenta encontrar una explicación que no siempre llega, y eso genera un vacío que aumenta la desesperación.
Se puede entrar así en un círculo difícil, en el que la persona se va encontrando cada vez peor tras el impacto del incidente. Y en el caso de quienes han perdido a un familiar, es evidente que su día a día ya no va a volver a ser el mismo.
– ¿Da la sensación en el profesional de que se podía haber hecho algo más o algo de manera distinta y, en su caso, incorporarlo a una próxima intervención?
– Siempre se quiere hacer lo mejor posible y ayudar más de lo que, a veces, es viable. En este tipo de situaciones, que no están controladas, es muy difícil hacer más de lo que realmente se puede. Aun así, suele quedar cierto cuestionamiento profesional, la sensación de si se podría haber hecho algo mejor, y eso es algo que hay que encajar.
En situaciones de esta magnitud es especialmente complicado. Como psicólogo, incluso en contextos menos extremos, uno siempre revisa su actuación y piensa si algo podría haberse hecho de otra manera o si en algún momento se equivocó. En un escenario como este, con tantos cambios constantes, ese proceso de reflexión y de revisión profesional es todavía más exigente.
Alfonso Montilla, visto por Samira Ouf
– Hay involucrado un equipo amplio de profesionales en la emergencia —bomberos, policías, sanitarios—. ¿Se trabaja después también con quienes han intervenido en el suceso?
– Sí, claro. De hecho, ya hemos empezado. Concretamente, con los bomberos del consorcio provincial que han estado interviniendo, algunos en turnos puntuales y otros durante varios días, hemos iniciado sesiones de apoyo psicológico grupal. También puede ocurrir que, a partir de ahí, surjan demandas individuales que haya que atender de forma más personalizada, y para eso el equipo de psicólogos estamos a disposición.
Tuvimos una primera sesión ayer, con diecisiete profesionales. En total, han pasado por el operativo cincuenta y tres bomberos, y mañana viernes tenemos previsto otro grupo. Son sesiones en las que se trabaja lo que llamamos una ventilación de lo ocurrido, es decir, ayudar a integrar todo lo vivido: los hechos iniciales, lo que han visto, lo que les ha pasado por la cabeza, las reacciones emocionales, la confusión o los juicios personales que a veces aparecen. También se proporcionan técnicas de autocuidado y orientación emocional.
Desde un punto de vista más técnico, se trata de un debriefing, una sesión grupal estructurada de soporte emocional y apoyo psicológico dirigida a los intervinientes que han estado en la zona cero desde el primer momento.
Además, hay profesionales que requieren algo más que el trabajo grupal. Algunos ya manifiestan que necesitan un apoyo adicional, porque aparecen pesadillas, agitación o un sufrimiento intenso. En muchos casos influye el hecho de haberse enfrentado a situaciones muy duras, como ver cuerpos de personas jóvenes cuando ellos mismos tienen hijos de edades similares, y eso impacta mucho.
Esta misma tarde, por ejemplo, tengo previsto un grupo en Montoro con Policía Local y Protección Civil, que también se movilizaron desde distintos municipios cercanos para prestar ayuda, algo que fue totalmente necesario. Es un grupo adaptado a ese contexto. Al final, el objetivo del apoyo psicológico grupal es que puedan expresar esas emociones en un entorno seguro, de escucha y validación de lo vivido. Y, si posteriormente alguien necesita un acompañamiento más prolongado o un asesoramiento individual porque aparecen situaciones que le desajustan, seguimos estando ahí.