Ucranianos reunidos en el Puente Romano de CórdobaLa Voz

«Cada día me alegro de mi vida aquí y me horrorizo por lo que les pasa a mis seres queridos en Ucrania»

Ana Karpiy vive en Córdoba, donde encuentra dificultades para insertarse en el mercado laboral

En estos días se cumplen cuatro años de la invasión rusa de Ucrania y cada día que pasa se desea que sea el último. No son sólo cuatro años de conflicto bélico sino también de destrucción de un país y de la pérdida de decenas de miles de vidas humanas.

A miles de kilómetros, aquí en Córdoba, hay una comunidad de ucranianos que vive cada día de la guerra con el deseo de que sea el último y poder volver a su tierra y abrazar a los suyos. Son alrededor de un centenar y está agrupados en la Asociación de Ucranianos de Córdoba y para hacer partícipes a los cordobeses de su situación están organizando una manifestación que tendrá lugar el próximo domingo.

Ana Karpiy

Ana Karpiy está en España a resguardo de los bombardeos rusos pero no pierde detalle de lo que ocurre en su tierra. «Principalmente, leo canales en Telegram, publicaciones de amigos en redes sociales, veo vídeos en YouTube y también escribo y llamo a menudo a mis amigos y familiares que se quedaron en el país», señala. De este modo tiene información de primera mano pero cuando la contrasta con la que ofrecen los medios españoles comprueba que «no es suficiente» porque «por las breves noticias que veo aquí, es imposible comprender la magnitud de la catástrofe en Ucrania».

La crueldad de la guerra

Además, estos ucranianos son testigos de la información que en España se ofrece sobre su país y consideran que «no es suficiente», porque «por las breves noticias que veo aquí, es imposible comprender la magnitud de la catástrofe en Ucrania, porque la gente lleva casi cuatro años sin dormir, trabajando y comprando alimentos a precios superiores a los europeos».

Además, la gravedad de la situación se ha incrementado en este invierno debido a la ofensiva rusa «y ahora el principal problema es que, debido a la destrucción de las centrales eléctricas, miles de personas viven sin calefacción, a veces sin agua ni luz, a temperaturas bajo cero, y allí hay personas mayores, bebés recién nacidos...»

Hace ahora cuatro años, con los primeros bombardeos de Rusia, fueron muchos los ucranianos que cogieron lo más esencial y pusieron rumbo a la frontera más próxima para salvar la vida de sus familias. Eran mujeres y niños los que buscaban refugio en otros países, ya que los hombres formaron parte del ejército para defender su tierra. A finales de diciembre eran 338.600 los ucranianos -fundamentalmente ucranianas- refugiados oficialmente en España.

En este tiempo, Ana Karpiy vive la experiencia de vivir, cono denomina, «dos realidades paralelas», porque «mi cerebro, mi corazón y todo mi organismo se encuentran, al mismo tiempo, en la soleada, pacífica y alegre Andalucía, y en mi hermosa Ucrania, que sufre la guerra y sus consecuencias». Esta doble realidad hace que «cada día me alegre de mi vida aquí y me horrorice por lo que les está pasando a mis seres queridos».

La dificultad de encontrar trabajo

Aquí tienen que iniciar una nueva vida, como le ocurre a Ana, y la salida no es nada fácil. Afirma que «ahora estoy buscando trabajo en España, aprendiendo activamente el idioma, reconstruyendo mi vida y al mismo tiempo, intento ser útil a Ucrania desde aquí en todo lo que puedo».

Esta situación es común al resto de ucranianos que actualmente viven en Córdoba, ya que el mercado laboral no se les ha abierto como esperaban. «Es muy difícil encontrar un trabajo, sobre todo para trabajo intelectual», apunta Ana Karpiy, quien ha conseguido convalidar su diploma de grado superior «y no me ayuda para nada». Esto hace que «haya tanta competencia para cada buena oferta del trabajo, que es casi imposible trabajar en otra cosa que limpieza, hostelería o con personas mayores».

Como todo refugiado, Ana echa de menos a los suyos, a los que quedaron en Ucrania defendiendo su tierra. El caso de su familia es trasladable a cualquier otra en la que al cabo de cuatro año los visibles has huellas de la guerra. «Dos de mis familiares ya han fallecido a causa de la guerra; cuatro de mis sobrinas, las hijas de mi prima, se han quedado sin madre; una de mis tías ha perdido a su hijo; muchos han perdido sus hogares al verse obligados a huir de la ocupación y han perdido gran parte de sus pertenencias».

Además, a estas pérdidas humanas hay que añadir las pérdidas materiales, algo en lo que también se ha visto afectado el entorno de Ana, ya que «la casa de otra tía fue alcanzada por un misil, a otra pariente le destruyeron el edificio donde tenía dos apartamentos, el suyo y el de sus padres, y todos ellos siguen luchando por sobrevivir en las nuevas condiciones».

Aunque los suyos estén a miles de kilómetros de distancia, Ana Karpiy siente el calor de los cordobeses y la acogida de la Asociación de Ucranianos, algo a lo que está agradecida porque «en Córdoba recibimos mucho apoyo, simpatía y ayuda real, tanto de las autoridades y las organizaciones sociales, como de los voluntarios y la gente en general».