Cuadro naíf de San Lorenzo (colección particular)

Cuadro naíf de San Lorenzo (colección particular)

El portalón de San Lorenzo

Divagaciones sobre un cuadro

Aquel voraz incendio hubo de ser sofocado cubo a cubo, formándose una cadena de voluntarios del barrio

Nos hemos enterado de que Pedro Sánchez, «Perquín» para los catalanes, va a entablar una serie de entrevistas en Suiza con el hombre fuerte de su gobierno, el político huido y convicto de la justicia española Carlos Puigdemont. Todo esto, el tal «Perico» lo va a tomar como un juego más en su hacer político, en donde va a discutir el destino de los españoles. Por ello, al tratarse de un juego para él, se ha ido a «Suiza, sede de la FIFA».
Como estos encuentros pudieran estar infectados de la «mierda» del «caso Negreira» del que dicen que también se hablará en esas entrevistas, lo dejo y paso a comentar algo sobre este simpático cuadro.
Cuadro naíf de San Lorenzo (colección particular)

Cuadro naíf de San Lorenzo (colección particular)

He ido a por un marco para un cuadro que es propiedad de un familiar. El cuadro representa la plaza e iglesia de San Lorenzo, y es de estilo naíf. Como es propio en este género, se caracteriza por una aparente simplicidad y por la libertad del autor para relacionar y separar, según su gusto, elementos formales.
Así, se observa la casi inexistencia de perspectiva, la composición libre, sin orden, o la aplicación de una paleta de colores muy impactante. Parece que el autor quiere expresar cómo le gustaría que hubiese sido la realidad, dando rienda suelta a una imaginación espontánea que refleja felicidad. Seguramente ahí esté el secreto del encanto que me transmite este cuadro.
La panorámica muestra la salida de un bautizo, reflejando el ambiente de bulla alrededor del mismo. Los chiquillos arremolinados en torno al ataviado y solemne padrino parece que gritan con ilusión «¡¡aquí, aquí, aquí...!!», para que éste eche monedas de «perra-gorda» al aire y se lancen raudos al suelo para recogerlas. Y tras esto, por la dirección que muestran los viandantes, seguramente los padrinos y la familia más cercana del niño acristianado irán más allá del Realejo, para que cualquier fotógrafo «del centro» eternice el momento.
Como detalle simpático, el pintor ha procurado sacar reflejado en la esquina de la derecha una cartelera del cine Salón San Lorenzo, en donde la empresa Antonio Cabrera anuncia la película 'La medalla del torero', rodada fundamentalmente en Utrera y las escenas de campo en el cortijo de Juan Gómez, en Los Palacios. Si mis recuerdos son correctos las sillas costarían 0,50 pesetas y los asientos de gradas 0,15 pesetas.

El portalón y la plaza

Aparte del acto social del bautizo, que es el mensaje principal, el cuadro tiene otras muchas lecturas, más «académicas». Así, nos llamará la atención el pórtico o portalón de la iglesia, cuya hechura poco afortunada se nota aún más por el contraste de colores que plasma el pintor entre los arcos y los pilares. Y, en otro ejemplo más de su precisión al detalle, dibuja de forma distinta los arcos, siendo el de la izquierda más semicircular y los otros dos más apuntados u ojivales.
La plaza en 1942, con la fuente de 1735 y las acacias. Pintura de José Luis Muñoz.

La plaza en 1942, con la fuente de 1735 y las acacias. Pintura de José Luis Muñoz

Así es el portalón en la realidad, una obra sin simetría ni corrección, añadida a la iglesia en sus últimas reformas. No se sabe muy bien el objeto de su construcción, quizás para corregir la falta de simetría de la fachada, especialmente tras la construcción de la torre, o simplemente como cobijo para los «desarmados» que estaban en la calle sufriendo las inclemencias de la lluvia y el frío. Debió ser tapiado al público cuando las epidemias, dejando sólo un pequeño arco central cerrado con una reja como acceso a la iglesia. Finalmente, en 1930 el Ayuntamiento decidió reabrir todos los arcos volviendo a su estado original, aprovechándose la oportunidad para delimitar la plaza con albero y ampliarla desplazando la fuente hacia afuera, alejándola del «portalón» para mejorar la perspectiva de la iglesia.
Antes de este traslado, la fuente, construida en 1735, se ubicaba donde aparecen los naranjos en el cuadro naíf, naranjos que son una licencia del pintor, porque en 1930 lo que se plantaron fueron once acacias, cuatro a cada lado de la plaza y tres en el lateral que da con la calle Mayor, como se observa en el cuadro de mi amigo y compañero de Cenemesa José Luis Muñoz. Seguramente, el párroco de entonces, don Salvador Roldán Requena hubiera preferido naranjas comestibles en vez de acacias para sus necesitados vecinos...
Alrededor de esta plaza remodelada muchos chiquillos jugamos al trompo. A partir del año 1954 Manolo Jiménez, apodado «El Quinielas» al tocarle un boleto con 490.000 pesetas, se quedó con el traspaso de la histórica taberna de la plaza Casa Armenta y fue el primero que la aprovechó para poner sus veladores de verano. El pintor del cuadro naíf, al omitir la fuente, no ha situado tampoco el puesto de jeringos que tuvo un tal Manuel durante 1945-1959 junto a la misma. Y en aquellos largos veranos su entorno se convertía en el lugar de exposición fijo de las carteleras de los cines de verano Florida, Delicias y Ordóñez, que eran conducidos el primero por «El Gorrión», y el segundo por «Pimienta» y otras veces por el mismísimo Rafael Gómez «Sandokán», vecino de la calle Los Frailes. El del cine Ordóñez lo llevaba un tal «Platanín», que era… el sepulturero del cementerio. Si ibas «fresco» era el cine que tenía las mejores sillas, pero si lo pillabas algo bebido, entonces eran un suplicio.
La fuente, las acacias y toda su historia desaparecieron tristemente en 1963, cuando el Ayuntamiento sustituyó todo por un jardincito cercado como el que existe actualmente, en el cual, ahora sí, se pusieron unos naranjos tipo «bola», sin apenas tronco, de los que aún subsisten algunos tras las últimas reformas de la plaza. También colocaron una nueva fuente dedicada a Aben Hazam, ilustre vecino del barrio, con un cervatillo de tipo andalusí por el que salía el agua, y que desapareció tras varios robos.

El incendio de la torre

Si el añadido del portalón no fue afortunado desde un punto de vista arquitectónico (aunque sí le confiere singularidad), todo lo contrario fueron el frontal con el rosetón y la torre que se añadieron a la fábrica original medieval. La soberbia torre fue obra del arquitecto Hernán Ruiz II «El joven», en tiempos del obispo don Leopoldo de Austria, pariente del emperador Carlos V. Se puede decir que fue un extraordinario «apunte» para lo que luego serían la torre de la Catedral de Córdoba y la Giralda de Sevilla. Por debajo de su primer piso existe un recuadro que dice: «Acabóse año 1555, siendo Rector y Obrero el licenciado Álvaro Ruiz de Torres».
Por las fiestas de San Lorenzo en agosto de 1647, al querer iluminar la torre, una de las luminarias cayó de la misma y penetró por la bóveda principal. Enseguida se produjo un fuego que fue alertado al poco por los toques de campanas de la Magdalena y San Andrés, pero ya era tarde pues había tomado grandes proporciones.
Aquel voraz incendio hubo de ser sofocado cubo a cubo, formándose una cadena de voluntarios del barrio, que mediante escaleras accedieron a la parte superior de la iglesia. Se utilizó para ello el agua del pilón de una fuente más antigua que había en la plaza, así como la de los pozos de la propia sacristía y otras casas de vecinos. El corregidor de entonces de Córdoba, el conocido don Francisco Ronquillo Briceño, coordinó todas aquellas labores que debieron durar un par de días. Las funciones de parroquia fueron trasladadas a la iglesia del convento los Padres de Gracia.
Tras el desastre, San Lorenzo se rehabilitó dándole un estilo barroco. Se taparon las pinturas murales del ábside con cal pura y dura. No volverían a ver la luz hasta las reformas del interior de la iglesia de 1956-1966, porque además se colocaría delante un retablo obra de Hurtado Izquierdo y Juan del Río, aunque lo terminaría éste solo por la muerte del primero. Se cubrieron asimismo el artesonado de madera requemado y las naves laterales con bóvedas de ladrillo y yeso, y se construirían canceles en los accesos al templo. Nada de esto existe en la actualidad.

El reloj

En el cuadro se resalta el reloj de la torre que significaba la culminación de las constantes cartas que el párroco don Faustino Mateo Naz había dirigido al alcalde de Córdoba Salvador Muñoz Pérez (1876-1947). En una de ellas le imploraba: "... Es un barrio pobre y muy trabajador, el reloj es un lujo que la mayoría no se lo pueden permitir, es por lo que pedimos a la autoridad del Ayuntamiento que tengan a bien instalar un reloj de la torre para todo el mundo”. Finalmente se le hizo caso y el reloj fue colocado el 4 de marzo de 1913 e inaugurado a las doce de la mañana con asistencia de autoridades y repique de campanas. Aquello constituyó toda una fiesta según me refirió mi madre, una niña de seis años entonces.
El reloj costó tres mil pesetas y fue construido por Rafael Toner y Sunar. La esfera tiene un metro de diámetro, y en su origen su maquinaria era con contrapesos de fabricación francesa del siglo XIX, que daba cuerda para ocho días. De su mantenimiento se encargó al relojero Luis Castillejo de la Ribera.
Pero a raíz de la citadas reformas que se llevaron a cabo en la iglesia a mediados del XX, aparte de eliminar los añadidos barrocos ya comentados, desaparecieron, entre otros, las campanas antiguas de bronce, la solería, el órgano de fuelle del siglo XVIII, 14 cornucopias muy antiguas que existían por encima de las estaciones del Vía Crucis, el propio Via Crucis, las tres “sacras antiguas" de los cinco altares, una colección de 12 bonitos libros corales que eran toda una joya medieval...
Y entre tanto desvarío, también el reloj perdió parte de su maquinaria, por lo que quedó roto y abandonado, dejando de funcionar. En la última restauración de la iglesia, de 2008, le acoplaron una maquinaria eléctrica y ha vuelto a andar. Esperemos que dure.
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