Morante, sumo pontífice del toreo
Morante de la Puebla, en la corrida de Los Candiles de Marbella
Entre grandes olas y pescadores de los de antaño, comenzó a fraguarse, a compás, el resurgir del genio. Nazaré fue el rincón elegido para la conciliación entre José Antonio y Morante, ya que, hacía tiempo caminaban en sentidos opuestos. El destino y la delicadeza de quienes lo quieren, consiguieron lograr esa armonía que ha desembocado en la temporada más importante del torero mas grande de todos los tiempos.
La campaña de 2022 fue para las estadísticas, con 100 festejos a sus espaldas. El año siguiente el rabo de Sevilla. Cuando parecía que la vida sonreía, el toro de la depresión derrotó de manera certera sobre la mente del artista, consiguiendo herir de gravedad a Morante, que terminó por cortar temporada de manera definitiva el 11 de septiembre de 2024. Tabaco gordo, que dicen en el argot.
El invierno fue de clausura absoluta, poco o nada se sabía del genio. Y quizás, eso era la mejor noticia, pues a finales de año empezaron a sonar por los mentideros taurinos las noticias de su reaparición. La lluvia, esa que tanto bueno ha dejado la pasada primavera en nuestros campos, terminó por truncar la reaparición de Morante en Olivenza. Tocaba esperar unas semanas, concretamente hasta el 29 de Marzo donde Almendralejo fue testigo de este renacer. Dos orejas, sonrisas, y puerta grande.
El resugir tras la oscuridad
Y llegó Sevilla, que entre incienso y azahar esperaba el Domingo de Resurrección -cosas del destino- a Morante de La Puebla. La corrida de Núñez del Cuvillo decepcionó, e imposibilitó toda posibilidad de triunfo. Habría que esperar al 1 de Mayo… Tarde de relumbrón y máxima expectación. Morante, Ortega y Aguado, o la Santísima Trinidad del toreo. Rondaban las 21 horas cuando en los aledaños del Coso del Baratillo emanaba un denso humo de tono blanquecino. Fumata blanca, Morante desorejaba a «Bodeguero» y se erigía Sumo Pontífice del toreo. Faena de arrebato e inspiración, desde el recibo capotero -con 8 largas de absoluta genialidad- y donde la firma fue un volapié a vida o muerte. El escalafón taurino, huérfano en sus últimos años, sonreía aliviado al proclamar esa misma tarde a Morante de la Puebla como Papa de esta religión pagana que es la tauromaquia.
Consagración en Madrid
Y después de esa, llegaron varias tardes más, donde la genialidad de este, nuestro artista, pudo brillar nuevamente en el albero maestrante. Los siguientes compromisos continuaron siendo triunfales, y haciendo honor a su reciente nombramiento, el maestro volvía a sentar cátedra. Mención especial a Jerez. Terno nazareno y azabache, sentido homenaje a el rey de los gitanos, Rafael de Paula. Inicio de muleta marca de la casa, ayudados por alto con aroma a la Puebla del Río. Toreo al ralentí y palmas por bulería. Estoconazo que le valió el rabo de un gran «Negro», toro de vuelta al ruedo de Álvaro Núñez. Esa noche, el calor y la manzanilla de Jerez arroparían a Jose Antonio entre sevillanas en el Real de la Feria.
Solo 5 días mas tarde llegó Madrid, «pedazo de la España en que nací». Cuna de aficionados viejos y exigentes. Las cosas del destino, el primer toro, de nombre «Seminarista», sería el acólito con el que el maestro predicaría la homilía más profunda de sus 28 años de alternativa en el coso venteño. Momentos estelares, incluso sin los chismes, como el quite a cuerpo limpio a Jose María Amores, reminiscencias gallistas, viaje en el tiempo… El afán de protagonismo del palco, común en los tiempos que corren, dejaron sin premio la que muchos catalogan como su mejor faena en Madrid, y que, a buen seguro, permanecerá imborrable para la memoria del aficionado. En el segundo salió con la tizona, macheteo y a matar. Estaba escrito, los que lo conocíamos nos hubiera sorprendido cualquier otro final. Gran bronca, aroma a genio incomprendido.
La tarde del 8 de Junio volvía a Madrid. Y lo hacía vistiendo un traje azul noche y azabache, la obra frustrada de Justo Algaba, aquella que comenzó hace más de 50 años, allá por 1974, con evocaciones griegas y romanas, y que el destino le tenía preparado el más bello de los escenarios. Aquella tarde Morante se vació como artista, y Madrid se rindió al Genio. Cuando los más puristas seguían lamentándose por la colocación de la espada, la puerta grande de las Ventas se abría de par en par, y tras ella, se desataba la locura. Un gentío atronador procesionaba en torno a la figura de Morante de la Puebla, cortando la calle Alcalá, y atropellando la estúpida razón de este mundo abúlico en el que vivimos. El pueblo lo obligó a saludar, y champagne en mano, salió a brindar junto a los fieles en la terraza del hotel Wellington. Aquella tarde no triunfó Morante, lo hizo la tauromaquia.
Morante de la Puebla, en Sevilla
La marca Morante se revalorizaba, y tras él se alistaban una legión de seguidores -muchos de ellos al calor de las modas-. La figura de Jose Antonio encarna la simbiosis perfecta entre el artista y el superhéroe, entre la delicadeza y el arrojo. La inspiración más absoluta de un genio que se encuentra «en vena» artística, y no deja de escribir capítulos para la historia de la fiesta.
El idilio del torero con el pueblo continuó, y la siguiente gran parada fue en el coso de la Glorieta, Salamanca. Tarde de muchísima expectación, en la que realizó una faena antológica a «Repique», de Garcigrande, premiado con una lenta vuelta al ruedo. El maestro desplegó toda clase de suertes toreras, desde los recortes de rodillas con el capote, el quite por cordobinas, o el final de molinetes a dos manos. Muchos hablan de la faena de su vida. Quizás osado, teniendo en cuenta de quién se trata. Dos orejas y rabo, y en volandas hasta el hotel. Catarsis en la comarca charra.
Tragedia y esperanza en el horizonte
Y la temporada seguía por sus derroteros, y el 7 de Julio era San Fermín, y los bullicios de Pamplona resonaban en el horizonte, no muy lejano, del torero. Dos días después, impoluto, de grana y oro, en honor al patrón y también a la seriedad de la fiesta, aparecía Jose Antonio por el patio de cuadrillas del coso Pamplonica. Y allí se obró el milagro, pues el toreo de Morante de la Puebla consiguió enmudecer por momentos a las ensordecedoras peñas, las cuales saboreaban el exquisito regusto del toreo caro, para muchos desconocidos hasta la fecha. Primera puerta grande del maestro en un coso donde hacia el paseíllo por décima vez. Pamplona, por momentos bajó al sur, y respiró los aires puros de La Puebla del Río.
Morante en San Fermín
Si hay un santuario morantista en Agosto, ese es el Puerto. Allí descerrajó la puerta grande las dos actuaciones que tuvo. Y no solo nos enseñó como se torea, sino que a alguno también le explicó que para ser figura del toreo no solo hay que saber manejar los trastos, sino dominar el reglamento. Puro en mano, disfruto despacito de un nuevo éxito, donde destacó el inicio de faena de muleta, con el pase del cartucho de pescao al hilo de las tablas. ¡Gloria a Pepe Luis por siempre!
La temporada del maestro avanzaba en volandas, destrozando los registros numéricos, y lo que es más importante, erizando la piel de todo aquel que se sentaba en el tendido. Ya lo dice el crítico taurino Domingo Delgado de la Cámara, «el toreo de Morante llega tanto por su intensidad, todo lo hace en una baldosa». Y así es, pues Jose Antonio está pisando los terrenos donde los pies queman, aquellos en los que se ofrece la femoral al Dios toro, a cambio del triunfo. Muchos han sido los sustos que el maestro ha tenido este año: Móstoles, Roquetas de Mar, El Puerto o Marbella.
Precisamente, fue en el coso marbellí donde nuevamente aparecieron las musas, esas que son capaces de dinamitar el éxtasis emocional en el tendido, y que manan de la inspiración del artista. En un pase de pecho, el toro lo descubrió y le levantó los pies del suelo. Trágica voltereta que no caló, y que destapó el tarro de las esencias en su versión más atrevida. Faena de arrojo, torería y mucha pureza. Epilogo deslumbrante colocándole al toro la muleta en los lomos, antes de irse a por la espada. Volapié de libro, y marea blanca. Dos orejas y rabo.
El 10 de Agosto llegó Pontevedra, una plaza que, por su idiosincrasia, encaja más con toreros de corte bullidor, pero ante la que el compromiso por la fiesta de Morante no podía rehuir. Y allí ocurrió lo que se venía rumiando toda esta temporada, la tragedia, que había revoloteado en muchas tardes sobre la taleguilla del diestro, terminó por consumarse en forma de percance. Estaba cuajando una importante faena, en los medios. Sin embargo, «Carrillón» empezó a tardear, hasta tres veces lo llamó para darle el de pecho, que nunca llegó, pues su media embestida lo dejó fuera de cacho, y terminó por cazarlo. Cornada de dos trayectorias que secó la temporada y la ilusión de todos aquellos que seguíamos con felicidad al maestro.
Paréntesis estival, que terminó en Melilla, donde volvió a reaparecer. La mezquita del toreo, testigo de la vuelta de Morante. Un puñado de compromisos, y recaída. La cornada de Pontevedra y las volteretas anteriores hacen estragos, y borran hasta nueva orden a Morante de los carteles. Se habla de Salamanca, pero será cuando tenga que ser.
Morante en Melilla.
Sea como fuere, la historia está escrita, la entrada pagada, y la ilusión en alza. El 12 de octubre, festividad de la Hispanidad, cerrará Dios mediante, su temporada con una doble actuación en el coso de la capital. Por la mañana, festival organizado por el propio torero en homenaje a Antonio Chenel «Antoñete», y por la tarde corrida de toros. La cosa está para no perdérsela...
Más allá de gustos personales, es Jose Antonio Morante Camacho un torero de época, así como un artista que pasará a la historia no solo de la tauromaquia, sino de la vida misma por la impronta dejada como persona. Ni en cien vidas seríamos capaces de volver a encontrar a otro Morante. Dichosos por vivir en la época del mejor torero de todos los tiempos.
Morante: gracias, gracias y mil veces gracias.