Ambiente en una antigua taberna de Córdoba

El portalón de San Lorenzo

De la taberna de José Alonso a Casa Luis

Toda esta plaza llena de vida cambió en 1963, pasando de ser un sitio popular a otro quizás más bonito y mejor urbanizado, pero con menos alma

Según el excelente análisis del padrón de San Lorenzo de 1536, realizado por la investigadora Josefa Leva Cuevas, entre las profesiones u oficios de los habitantes del barrio se indican varios taberneros. Un par de siglos después, en documentos del Archivo Municipal de mediados del siglo XVIII, en la misma plaza de San Lorenzo se citan a Juan de Breña, de 44 años, y a Domingo de Venzala, de 60, de profesión taberneros, los cuales regentaban sendos establecimientos que consistían en poco más que un mostrador corrido para beber vino. En este ambiente de afición a Baco la taberna Casa Armenta (si es que no era una de las dos indicadas antes) comienza a principios del siglo XIX su historia claramente documentada en esta misma plaza, esquina con Roelas, constando que a su frente estaba un José Alonso, vástago de una familia de taberneros, pues su hermano Antonio regentaba otra taberna en el Pozanco de San Agustín.

Antigua taberna Casa Manolo, antes llamada Casa Armenta

Los hermanos Alonso estaban muy integrados en el barrio, participando activamente en las fiestas que se le dedicaban al Arcángel San Rafael, centro devocional de todos los vecinos. Consultando los documentos expuestos en el ejemplar Centro de Interpretación del Juramento de San Rafael (exposición gratuita abierta en la galería izquierda superior de esta iglesia) vemos a Antonio Alonso citado como hermano de San Rafael en una procesión que tuvo lugar en 1865, además formando parte de los portadores de la parihuelas en las que se procesionaba al Custodio.

Por su estratégica ubicación, además de su amplitud, la taberna se convirtió pronto en la principal del barrio. Tras Alonso pasó a un tal José Cantero Cabal, el cual, ya a finales del XIX, la traspasó a José Armenta Jiménez, casado con Josefa Álvarez López, hija de una conocida familia del barrio, los Álvarez, cuyo domicilio era la casa número 14 de la calle Roelas. Con este José Armenta la taberna pasaría a llamarse Casa Armenta, el nombre histórico por el que sería más tiempo conocida.

José Armenta Jiménez también adquirió otra pequeña taberna con entrada por la plaza y la calle Arroyo de San Lorenzo, regentada por José María Moreno Moyano. En ella puso de mozo a José Arjona Zamorano, abuelo materno de Pepe Bojollo, antiguo y eterno sacristán de San Lorenzo. A esta simpática taberna la llamaban coloquialmente la taberna chica, y allí tuvo su primera sede el Club Atlético San Lorenzo.

En 1953 la familia vendió Casa Armenta a Manuel Jiménez Torres, que acababa de acertar una quiniela de fútbol por la que cobró 490.000 pesetas. A partir de entonces la taberna empezó a llamarse oficialmente Casa Manolo, pero la gente le completó el titulo llamándola Casa Manolo, el de las quinielas.

De Casa Miguel a Casa Gamboa

Al igual que los Alonso, estos Álvarez, familia consorte de Armenta, parece que también tenían en la sangre lo ser taberneros, ya que cuando comenzaba el XX, otra mujer de la saga familiar, Carmen Álvarez Herránz, casó con José Gómez Ruiz, y juntos se hicieron cargo de otra taberna en la plaza de San Lorenzo, en la misma acera y muy cerca de Casa Armenta.

Esta taberna es la que yo ya conocería en mis primeros recuerdos de niñez en 1949 con el nombre de Casa Miguel, al estar entonces al frente Miguel Cosano y su mujer Candelaria. A pesar de que ésta, según se decía, era muy buena cocinera, la taberna siguió anclada sólo en la venta de vino, por lo que cuando llegó el boom de las tapas en familia fue perdiendo clientela. De tal forma que, cuanto antes pudo, Miguel la traspasó a Antonio Gamboa, que venía de regentar el Café El Cairo. Precisamente por la calidad de sus tapas y cocina, esta taberna, ya nombrada como Casa Gamboa, volvió a resurgir y destacó por aquellos años de principios de los 60 frente a otras rivales cercanas del barrio como Casa Minguitos, Casa Ordóñez, o Casa Huevos Fritos, e incluso casi llegó a tutear a la que seguía siendo la reina, Casa Armenta, que ya era entonces Casa Manolo. Casa Gamboa cerraría al final de los años 90, se tiró y obró una nueva casa en su solar, y sobre el mismo se asentaría, la hoy afamada Casa Luis. (La Encarni).

El ambiente de Casa Armenta y la plaza

Siguiendo con la taberna Casa Armenta, por lo que pude oír de mis mayores, familiares y vecinos, y por lo que yo mismo viví en mis etapas de niñez, juventud y adolescencia, era, sin ninguna duda, la principal del barrio, su centro neurálgico como se dice ahora. Como ejemplo que lo corrobora se me viene a la memoria el Chico de la Rifa, aquel hombre que los fines de semana de los años 60, 70 y 80 se dedicaba a rifar paquetes de tabaco (canario o rubio) exclusivamente en las tres grandes tabernas de ese entorno, las más populosas y, por tanto, aquellas con mayor número de potenciales clientes: la Beatilla, de Pepe, la elegante Sociedad de Plateros de María Auxiliadora, y Casa Manolo, la anterior Casa Armenta.

Plaza de San Lorenzo en torno a 1940, obra de José Luis Muñoz

Casa Armenta, o Casa Manolo, trascendía el mero papel de establecimiento para tomarse solo o con los conocidos unos medios, un café u otra bebida. Era también un lugar de reunión, un puerto de acogida, porque no sólo acudían los vecinos, sino también aquellos que habían dejado el barrio para mudarse a otros nuevos como Cañero, Campo de la Verdad, Fátima o Ciudad Jardín, o incluso los que se habían ido a Barcelona, Madrid, o cualquier otro lugar lejano por razones de trabajo. Cuando volvían al cabo del tiempo casi todos se llegaban a la taberna para preguntar por el vecino, por el amigo, por el familiar... Y si los taberneros no se lo podían aclarar de inmediato se llegaban a la parroquia, y allí era el propio sacristán, Pepe Bojollo, quien les completaba la información sobre algo o alguien del barrio.

Porque esta era una de las claves de esta taberna: su ubicación prácticamente inmediata a la parroquia de San Lorenzo. Aunque en la plaza había varias tabernas como hemos visto, en Casa Armenta era salir a su puerta y estar prácticamente ya debajo del pórtico de la iglesia (el portalón), que funcionaba entonces como ágora o foro abierto del barrio.

También, justo enfrente de la taberna, se topaba uno con la gente arremolinada alrededor de la antigua fuente construida en 1718, con pilón cuadrado de mármol negro y un pilar central con un único chorro frontal que desde 1913 había sustituido a otros laterales. Esta fuente de 1718 había reemplazado a otra más antigua que era poco más o menos que un abrevadero, otorgada por escritura de fecha de 13 de septiembre de 1651 firmada ante el escribano Nicolás Ramos, por el superior y religiosos del convento de los padres Trinitarios y la Municipalidad de Córdoba. Los frailes la costeaban, así como la traída de las aguas desde su venero del arroyo del Camello, en contraprestación por haberles permitido las autoridades reorganizar las calles que lindaban con el entorno de su convento, especialmente en lo referido a la antigua calle de los Ciegos, que luego recibiría el nombre de Empedrada y posteriormente se denominó como calle de los Frailes.

A decir verdad, esa fuente como tal no era gran cosa: casi todas las mujeres preferían ir a la cercana fuente de San Rafael, ya que esta fuente de San Lorenzo, apenas dotada con una paja de agua, surtía con un chorro raquítico (para más inri, el venero del Camello había dejado de funcionar hacía años, por lo que se sustituyó la conducción por otra desde el venero de Pedroches, pero siguió siendo insuficiente). Aun así, junto al pórtico de la iglesia seguía siendo el punto de reunión del barrio en medio de la calle, sirviendo el pilón como improvisado banco.

En la citada reforma de 1913, además de trasladarse la fuente más hacia fuera de la plaza (la flanquearon además con dos arbolitos que no llegaron a agarrar bien) se delimitó ésta con un bordillo en todo su perímetro. La parte que lindaba con el pórtico de la iglesia se dotó de una especie de acerado de argamasa dura de no más de 0,80 metros de ancho, quedando el resto con albero. En ese albero, Casa Manolo empezó a poner sus veladores de verano en el año 1954, que llamaron mucho la atención por ser unos elegantes sillones de mimbre.

Aparte de sus veladores, desde la puerta de Casa Manolo también se controlaba el puesto de jeringos que a principios de los 50 puso un hombre llamado Manuel a la derecha de la fuente conforme se miraba hacia la iglesia. También en la entonces llamada calle Ruano Girón, más o menos donde está el moderno mosaico de Jesús del Calvario que da nombre hoy a la calle, una tal Berta, de la calle Álvar Rodríguez, puso otro puesto similar, con lo que junto con el de Concha, que se montaba en la puerta de la taberna de Huevos Fritos, hacia la calle de Arroyo de San Lorenzo, nada menos que tres puestos de jeringos se ubicaban en la plaza de San Lorenzo.

Otros eventos especiales desde este mirador de Casa Manolo eran los relacionados con las ceremonias en la iglesia, desde los alegres bautizos, hasta los tristes sepelios, pasando por las bodas. Los parroquianos de la taberna podían observar a los chiquillos que se sentaban en el poyete del pilón esperando recolectar algo a la salida de los bautizos fiados a la generosidad del padrino, y así poder juntar el precio para la entrada al cine, cuyas carteleras se anunciaban junto al pilón de la fuente por gente como El Platanín, el simpático Gorrión, o hasta un jovencísimo Rafael Gómez, aún no era Sandokán, portando su carrillo.

También había chivatazos para acudir en ocasiones especiales, como cuando se dieron las misas que ofrecía la viuda del Horno de Santa Elvira por su difunto marido. Entonces, a pesar de la intempestiva hora (ocho de la mañana) la mayoría de las mujeres del barrio, después de la misa, guardaban cola para recibir el duro de plata que les donaba esta señora como agradecimiento. Doña Elvira, que así se llamaba esta bondadosa mujer, repitió aquel recordatorio al menos durante cuatro años.

La simpática peseta con la Dama de Elche

Otra persona dadivosa era el gitano don Luis Reyes Muñoz. Desde Casa Manolo se notaba claramente cuándo llegaba, porque en las celebraciones de su familia, como en la boda de su hija, tiraba la casa por la ventana, demostrando igualmente un gran corazón con todo aquel necesitado que se le acercase. Los monaguillos salíamos a su encuentro todos los domingos para la misa de once a la que asistía puntualmente, y siempre solía venir con dos velas, una a la Virgen de los Remedios y otra para el Cristo de Ánimas. Por encenderlas nos daba una peseta de aquellas de la Dama de Elche. Don Luis pondría en la calle Morería su tienda de Calzados Reyes, un poco más abajo de la Delegación de las Apuestas Mutuas Deportivas Benéficas que estaba a espaldas del Círculo Mercantil. El simpático distintivo de la puerta de su establecimiento de calzado era la carta del rey de copas.

Toda esta plaza llena de vida cambió en 1963, pasando de ser un sitio popular, heredero de cuando allí en la Edad Media se montaba un mercado con sus ‘tendillas’, a otro quizás más bonito y mejor urbanizado, pero con menos alma. Se cortaron sus acacias, llegándose incluso a quitar su fuente de mármol negro para poner, dentro de un cuidado y cercado jardín, otra más pequeña con un cervatillo que va y viene, y con una inscripción de recuerdo al autor de ‘El Collar de la Paloma’ (cuando ya en la Puerta de Sevilla tenía una espléndida estatua). Las autoridades que vinieron al acto de inauguración, incluidas personalidades extranjeras, entraron después a Casa Manolo, pero desde aquel día, poco a poco, la plaza ya no sería la misma. Y a principios de los 90 Casa Manolo echaría el cierre, entró la piqueta, y se repartió su amplio solar entre nuevas casas y un pequeño estudio fotográfico que duraría poco tiempo. Si de Casa Gamboa queda su recuerdo indirecto en Casa Luis, de Casa Armenta, o Casa Manolo ya no queda nada más que el recuerdo. Por perderse, con su derribo se perdió hasta un azulejo muy antiguo con el nombre de Lizones que había justo al doblar para la calle Roelas, su antiguo nombre hoy limitado a una de las dos callejas sin salida con las que cuenta esta vía.

Encabezamiento del artículo que habla del crimen periódico 'La Voz', página 15

El crimen de Armenta

Terminamos este repaso por la historia de Casa Armenta con un trágico incidente que causó gran revuelo en el barrio de San Lorenzo, la muerte de Rafael Armenta Álvarez.

José Quiles, entonces ya mayor, pero siempre con una gran memoria, nos relataba a los que éramos chicos en los 50 estos acontecimientos que vivió como testigo presencial.

Un día del mes de mayo de mediados de los años 20, por la Feria de la Salud, José había ido a por unos alambres para los tendederos a la Ferretería Ramos, situada en la calle María Cristina número 19 (casi frente a Rusi). Al volver al barrio se encontró con todo aquel jaleo.

Rafael Armenta había muerto inesperadamente, al parecer de una hemorragia interna a consecuencia de una herida en el vientre que le propiciaron, o él se hizo, con unas tijeras de costura. Su esposa María Antonia Bejarano era la principal sospechosa.

Aquel caso llenó al barrio de expectación, y la Audiencia Provincial se quedó pequeña para alojar a la cantidad de vecinos que se hizo ostensible en la puerta tratando de acceder el día del juicio. Hasta el punto de que hubo de intervenir la fuerza pública para encauzar la entrada al recinto judicial y ordenar a los muchos que se quedaron en la calle.

En aquel juicio, el día 24 de noviembre de 1924 a media mañana, la Mesa del Tribunal estaba compuesta por los magistrados Fernando Abadía, Muñoz Cobos y Gascón Escribano. El fiscal fue el señor Aparicio y el secretario Rafael Flores.

Con la sala a rebosar entró Antonia María Bejarano, que se había bajado de un coche, toda vestida de riguroso negro, acompañada de su procurador don Juan de Austria y Carrión, persona muy conocida y querida en el barrio por su desinteresada entrega. Era, por así decirlo, el ‘abogado de San Lorenzo’, y fue también el responsable del resurgir de la Hermandad del Calvario de la que fue hermano mayor durante muchos años.

El abogado defensor de la acusada, Antonio Carrasco y Suárez Varela, interrogó a varias personas, muchas de ellas conocidas del barrio. En primer lugar, al médico don Rafael Garrido, que fue quien atendió a Rafael Armenta de las heridas que supuestamente le habían costado la muerte, si bien él no les había dado mucha importancia. Luego siguieron pasando por el estrado José Jiménez Recio, cartero del barrio; Rafael López Cayoso, el propio José Quiles, Rafael Morrugares ‘El Coco’, José Muñoz, Manuel Manosalvas y María de Dios Moreno. También testificó a petición de la defensa Pilar Cabrera que era, como se decía antiguamente, «la criada de la casa». Todos declararon a favor de la acusada.

Después, a petición del fiscal, declararon Luis, Carmen y Rafael Álvarez, todos parientes, así como amigos del fallecido. Y finalmente se leyó la prueba pericial realizada por el forense, señor Luarco, y los peritos Romera y Roncal. Llegaron a la conclusión de que las heridas producidas por las tijeras habían sido de carácter leve y no pudieron causarle la muerte.

La procesada estuvo detenida mientras se instruía el expediente, y finalmente fue declarada «no culpable» al retirar el fiscal las acusaciones. El caso fue sobreseído.

La decisión judicial fue acogida con gran alegría en el barrio, donde Antonia María Bejarano y su familia eran muy queridos por todos. Poco faltó para que la gente congregada en el recinto no sacase en hombros al abogado defensor.

Antonia rehízo su vida casándose con Antonio Torderas, que tenía una pasamanería, llamada La Barata, justo enfrente de Casa Armenta. El matrimonio tendría varios hijos y finalmente traspasaron el negocio a los hermanos Priego.

En esta tienda de los hermanos Priego trabajaría de dependienta Margarita Laguna Redondo que terminaría por contraer matrimonio con uno de los dueños. Tengo que decir que esta Margarita Laguna fue una mujer muy extrovertida de San Lorenzo, por su aportación a las fiestas clásicas de Córdoba, como romerías, Feria de la Salud, Festival de los Patios, y también al mundo de las peñas. En su casa se llegaría a fundar la Peña la Pimienta que fue un referente festivo de toda Córdoba.