Manuel Cano 'El Pireo'
El portalón de San Lorenzo
El divino sordo
«Manuel Cano ‘El Pireo’ fue siempre un hombre serio, austero, poco amigo de los ‘espectáculos’ y singularidades que antaño escenificaban otras figuras del toreo»
Hace unos días se han cumplido los 30 años del terrible secuestro de Ortega Lara, y las televisiones del país, la mayoría no hace nada más que anunciar audífonos para la sordera que padecemos. Todo ello unido a la campaña política en contra de la Fiesta Nacional, (la gran mayoría por motivos políticos).
Por eso, bueno será recordar a una figura del toreo de los años 60, que nació el 30 de julio de 1943 en Córdoba, en la casa número 3 de la calle Alfonso VII del barrio de las Margaritas: Manuel Cano, ‘El Pireo’, al que apodaron también como El divino sordo.
Manuel era hijo de Francisco Cano Pozo y de Josefa Ruiz Siles, matrimonio que regentaba un bar conocido como El Pireo, y de ahí el sobrenombre taurino que heredaría. Fue bautizado en la iglesia parroquial de San Miguel, siendo sus padrinos Manuel Cano Pozo y Luisa Muñoz Cordero.
Mi amigo y gran aficionado Rafael Sánchez comentó un día a unos cuantos que estábamos reunidos que el toreo actual había perdido esa vitola tan especial que rodeaba a sus profesionales y que daba lugar a diversos pasajes curiosos relacionados con su trayectoria dentro y fuera de los ruedos. Por eso, nos dijo, antes eran frecuentes las anécdotas personales, salpicadas de sentencias o frases certeras, protagonizadas por las antiguas figuras de este arte. En contraste, el toreo moderno era otra cosa muy distinta a la de tiempos pasados y, si acaso, se producían curiosidades triviales más que anécdotas propiamente dichas. Como ejemplo nos contó un par de anécdotas relacionadas con El divino sordo, como motejó el periodista Gonzalo Carvajal al elegante diestro de Las Margaritas.
Cuando Manolo Cano ‘El Pireo’ soñaba aún con llegar a ser torero fue en una ocasión a la finca La Alamiriya junto con otros aspirantes a la gloria taurina para ver si podían dar algunos capotazos furtivos a las reses de don Ramón Sánchez que pastaban (y continúan pastando) en ese paraje a la falda de nuestra Sierra Morena. Apenas habían saltado la alambrada cuando fueron sorprendidos y tuvieron que abandonar el cercado a toda velocidad. En la huida Manolo perdió el capote que llevaba, el único que tenía entonces.
Sucedió que, pasado el tiempo, y siendo ya un matador de toros consagrado, fue invitado a una fiesta que se daba precisamente en dicha finca, soltándose unas vaquillas para que fuesen toreadas por los asistentes. Como Manolo no acudió provisto de las telas de torear el propio ganadero le ofreció un capote que tenía guardado desde hacía años en la casa. Resultó ser aquel que años atrás había perdido en aquella correría de chaval. Por supuesto, aceptó el ofrecimiento, pero no dijo nada al respecto.
Otra anécdota curiosa fue la que le ocurrió el domingo 17 de abril de 1966, actuando en la segunda corrida de la Feria de Abril sevillana junto a Miguel Báez ‘Litri’ (que reaparecía en los ruedos), Victoriano Valencia y el rejoneador Fermín Bohórquez, que a su vez era el ganadero de las reses que se lidiaron. Manolo Cano ‘El Pireo’ fue el máximo triunfador de la tarde cortando tres orejas (el presidente le negó el rabo de su primer ejemplar insistentemente solicitado por el público), lo que le hacía justo merecedor de salir a hombros por la Puerta del Príncipe de la Real Maestranza. Pero ocurrió que no pudieron abrir dicha puerta por impedirlo el improvisado palco que se instaló para los príncipes de Mónaco Rainiero y Grace Kelly, invitados de honor de aquella feria. Por lo visto, los responsables de tal montaje no pensaban que ninguno de los tres toreros actuantes pudiera alcanzar tan resonante éxito.
En su vida personal Manuel Cano ‘El Pireo’ fue siempre un hombre serio, austero, poco amigo de los ‘espectáculos’ y singularidades que antaño escenificaban otras figuras del toreo. Fue un chiquillo tímido, un tanto retraído, lo que algunos achacaban a algo de sordera. A pesar de la distancia a Las Margaritas fue alumno en el colegio salesiano, por lo que casi con toda seguridad recorrería un día y otro los de caminos de vuelta a su casa por San Lorenzo, San Agustín, Santa Marina, plaza del Moreno y cruzar las vías hasta llegar a su barrio de las Margaritas. Sin darse cuenta volvía a hacer gran parte del camino que tantas veces había hecho décadas antes otro alumno del colegio, Manuel Rodríguez Sánchez ‘Manolete’, para ir a su Lagunilla. Tras la época escolar, en el joven Manuel Cano ya empezó a tomar seriamente forma su deseo de ser maletilla, afición que tomó de contemplar continuamente el ganado manso que manejaba su padre.
La película ‘Currito de la Cruz’, donde es el protagonista aunque con otro nombre, nos muestra esta forma sencilla de ser del torero cordobés, que también llegó a tener, como en la trama, su gran enamoramiento de juventud, y al que por una razón u otra tuvo que renunciar como él mismo reconocería en una entrevista que le hizo el periodista cordobés Justo Urrutia el 20 de octubre de 1968. Aquel descalabro amoroso le distrajo y desbancó del puesto de honor que ocupaba en el escalafón de la fiesta, hasta el punto de que tuvo que abandonar el toreo, y aunque volvió otra vez nunca segundas partes fueron buenas.
Sin proponérselo, sino simplemente porque le salía así desde dentro, su manera de interpretar el toreo era diferente a la que imperaba por aquellos tiempos en los que El Cordobés lo copaba todo, y el toreo, según decía el locuaz Lozano Sevilla, iba desde el «muy heterodoxo» y triunfante de éste hasta el de Paco Camino, más pausado y clásico. Dentro de este amplio rango de estilos el crítico taurino Gonzalo Carvajal (sevillano para más señas, por lo que no regalaba nada a un torero de Córdoba porque sí) llegó a decir del toreo de Manuel Cano ‘El Pireo’ que era poco menos que sublime, divino... En una palabra: distinto. Por eso, al conocer que Manolo Cano era un poco ‘teniente de un oído, este crítico lo proclamó como El divino sordo.
Su forma peculiar de ejecutar el arte del toreo, especialmente con el capote, era una delicia para los grandes aficionados y entendidos, ya desde sus tiempos como novillero. Como tal, aún se recuerda su salida a hombros de Las Ventas el 14 de mayo de 1964. El éxito lo catapultó y su cotización subió como la espuma, hasta el punto de que hubo momentos en que después del inalcanzable El Cordobés era de los toreros que más cobraba. Por ello, aun con su corto periodo de torero en activo, ganó sus dineros, lo que juntado con su austeridad, forma comedida de ser y buena administración de lo ganado, hizo que se pudiera retirar a los pocos años de alternativa (1971).
Lo dijo Antonio Ordóñez
No cabe duda de que la novillada celebrada el 27 de mayo de 1963 en la vieja plaza de los Tejares (uno de los últimos eventos que tuvo el venerable coso) supuso una de las novilladas más recordadas en la dilatada carrera de Gabriel de la Haba ‘Zurito’, otro cordobés que en esos años venía empujando con fuerza en el mundo del toreo. En el cartel se anunciaba junto a Luis Parras ‘El Jerezano’ (apoderado por el maestro Ordóñez) y Manuel Cano ‘El Pireo’, con ganado de Bernardino Jiménez.
Cartel de la novillada
Ante el éxito conseguido ese día el empresario de la plaza quiso aprovechar el tirón y repetir el viernes el mismo cartel, con los mismos novilleros y novillos. El principal escollo fue ponerse de acuerdo con lo que iban a cobrar los novilleros, cuyo caché, con justicia, había subido bastante. El Bar Savarín fue el centro de las negociaciones y, según nos contó luego El Pelajopos, picador de Zurito, hubo sus tiras y aflojas, hasta que gracias a la intervención de Antonio Ordóñez se llegó a un acuerdo donde los toreros cobrarían un 20% más que en la novillada anterior.
El torero Antonio Ordóñez como apoderado
Aquella nueva novillada constituyó otro éxito de público. Tuve la suerte de ocupar una localidad de sombra (me había tocado en uno de los sorteos que solía hacer El Sorna) y allí que me fui a los toros, muy cerca de la localidad de barrera en donde estaba Antonio Ordóñez. Junto a él estaba Rafael Sánchez González, que con el tiempo se convertiría en un gran amigo mío. Él me comentaría años después la opinión que tras la faena El Pireo le llegó a decir el maestro de Ronda:
“Son pases de muleta dados con una elegancia y un arte que se acerca a lo que los toreros solemos llamar lo divino. Esto es tan bonito y maravilloso, que sólo por ello merece la pena ser aficionado a esta fiesta".
Esta misma impresión se alcanzó en Casa Ramón, una taberna en Santa Rosa que era un ágora del toreo donde partidarios de Zurito, que solía frecuentarla, y de El Pireo discutían acaloradamente de forma recurrente. Tras esa novillada Ramón, el encargado de la taberna, le preguntó a Manolo ‘Zurito’, que como era su costumbre se pasaría por allí. «¿Qué tal ha estado Gabriel?, ¿cómo resultó la novillada?” a lo que Manolo, haciendo gala de su honradez, contestó: “Por el público, maravilloso, pero lo que hubo para recordar fueron los enormes muletazos que en todo el centro del ruedo dio el de Las Margaritas».
Malos recuerdos del chalel El Fogarín
Un episodio decisivo en su vida fue la desgracia de la muerte de su padre, ocurrida en el chalet de su propiedad que tenía en la carretera a Santo Domingo. De esta muerte se haría reseña de la noticia dada por el periódico ABC:
"El diario ABC de Sevilla de fecha 3 de diciembre de 1969, en su página 42, da la noticia de:
«Muere en accidente el padre del diestro Manuel Cano ‘El Pireo'».
Y en la pequeña crónica relata que don Francisco Cano Pozo, de cincuenta y nueve años, padre del matador de toros Manuel Cano ‘El Pireo’ ha resultado muerto en un trágico accidente ocurrido en la mañana del día 2 en el chalet que el torero tiene con el nombre de Fogarín el toro de su alternativa. Dicho Chalet se encuentra en la margen izquierda según se sube al comienzo de la carretera que desde la glorieta de Calasancio va para Santo Domingo.
El señor Cano Pozo había sacado un automóvil Land Rover de la cochera, apeándose del mismo para cerrar la puerta de la cochera. Al estar el vehículo aparcado en la entrada que tenía cierta pendiente, el vehículo debió de soltarse del freno de mano y se vino de pronto para atrás, aprisionando a dicho señor contra la puerta.
A las voces de auxilio de unos albañiles que trabajaban en un chalet de al lado, acudió el propio torero, que recogió a su padre y los trasladó a la Casa de Socorro, donde ingresó cadáver. Al parecer no se le apreciaron lesiones externas.
Aquello hizo que El Pireo abandonara para siempre el Fogarín y se trasladara a su Finca Montalvo junto al Cerro de la Morena.
Langostinos
La caseta de Feria y El Pireo
Era el año 1984 y en Westinghouse Córdoba estábamos asustados con lo que podía pasar en nuestra fábrica de Córdoba. Se había originado una profunda crisis del sector mundial de bienes de equipo que afectaba de lleno a la empresa y, por tanto, a la viabilidad de sus fábricas repartidas por todo el mundo.
Los americanos, deseosos de mantener sus plantas en Europa, no paraban de mandar hombres de confianza para dirigirlas. La fábrica de Córdoba era una de las más punteras de Europa por el nivel de su plantilla y la media de facturación anual. Pero aún así la cartera de pedidos se había contraído de forma alarmante y los americanos optaron por intervenirnos.
Así que, de la noche a la mañana, y sin previo aviso, quitaron de director a don Mateo González Robledo, un ingeniero, honrado y muy eficaz, pero que quizás le faltó picaresca para americanizarse al gusto de los americanos, y aquello imposibilitó entenderse con ellos, que optaron por dimitirlo de forma un tanto triste y grosera, aprovechando que estaba fuera en un viaje al Brasil. Cuando volvió y al entrar en su despacho, se llevaría la desagradable sorpresa de ver a un tal Mr. Scorgie, que con los pies encima de la mesa le diría que él era el nuevo director.
A nivel social, aquel movido año de 1984 Westinghouse Córdoba pondría su última caseta de feria, situada en un lugar privilegiado justo al lado de la Pérgola de las Flores, más o menos en donde está situada la estatua dedicada al Duque de Rivas y antiguamente se montaban escenarios de las marionetas que animaban a la gente infantil.
Antonio Sánchez Torres 'El Margarito'
La dirección de Personal de Madrid dio instrucciones para que al nuevo director americano se le hiciese la vida agradable en Córdoba". Por ello, a pesar de los problemas, se montó la caseta de feria, aunque era sabido que cada año le costaba el dinero a la empresa. Es más, se pidió que, a poder ser, se invitara a personajes que fuesen socialmente significativos en Córdoba como políticos, futbolistas, toreros, poetas y, en suma, todos aquellos que pudieran darle relieve.
Así que el jefe de Personal de la fábrica se preocupó por todos los medios de cumplir esas directrices que venían desde arriba. El bar de la caseta se encargó a Antonio Sánchez Torres, al que moteaban cariñosamente como El Margarito, personaje simpático y agradable y bien relacionado con la peña El Pireo y la peña el Hencho.
Ya puestos, se pensó aprovechar la caseta para llevar a cabo en ella la entrega de las insignias correspondientes a los premios de permanencia en la fábrica a trabajadores que cumplían 40 y 25 años, organizando además un convite para el que se instalaron unas mesas con platos de viandas preparadas del economato de la fábrica y que Rafael Parra Bermejo, su eficiente encargado, se encargó de gestionar.
Y para agradar aún más y mejor al nuevo director americano, Míster Scorgie, se le compró a varias gitanas que circulaban por la feria todos los claveles que llevaban para entregárselos en forma de ramos a las damas, que eran mayoría entre los galardonados, pues estaban Amalia González, Esperanza Ponte, Lola Herrera, Isabel Rodríguez, Rosario Cerezo, Ana Cuesta, Maruja López, etcétera.
Sin embargo, a instancias de Rafael Parra, que como hemos visto llevaba la voz cantante en lo de las viandas, puesto que el acto se celebraba al medio día, a su juicio, faltaban unos buenos langostinos. Los superiores estuvieron de acuerdo con su parecer y se encargaron cuatro o cinco kilos a La Gamba de Oro de los Olivos Borrachos, lo que por otra parte resultaba algo familiar con la fábrica, pues los dueños de este establecimiento estaban emparentados con Díaz Hornero, un eficiente maestro de fábrica que también iba homenajeado en aquella ocasión.
Cuando llegaron los apreciados langostinos se le dijo a Rafael Parra que los vaciara en el pilón “con forma de almeja" que existía en la zona cubierta de la Pérgola, que les echara hielo y tapara convenientemente hasta que se fuesen a utilizar. Y el bueno y satisfecho Rafael Parra hizo lo que le encargaron, además de firmar satisfecho el albarán de entrega.
El robo de los langotinos
Poco después, al encargado del bar, Antonio Sánchez ‘El Margarito’, se le iluminó el rostro cuando vio aparecer por la caseta a sus amigos de la peña El Pireo, y aún más porque, además, el propio torero Manuel Cano venía con ellos. Por eso le faltó tiempo para dirigirse al jefe de Personal y preguntarle si le parecía bien, ya que estaba allí una figura como El Pireo, que los obsequiara con unos platos de langostinos a cuenta de la casa. A lo que el jefe de Personal le contestó que por supuesto, que toda la gente relevante que llegase, como era el caso del toreo, era de agradecer, y que había que dar publicidad de la buena acogida que se les daba.
Con esta autorización el simpático Margarito se dirigió enseguida a Rafael Parras como encargado de la intendencia: «Tráeme dos platos con langostinos para obsequiar a mis amigos, el tema ya lo he tratado con el jefe de Personal y está de acuerdo». Así que un feliz Margarito esperó que llegase Rafael, pero éste tardaba y tardaba más de la cuenta. Finalmente apareció, desencajado y lamentándose: "Nos han robado todos los langostinos”.
… De la «pileta de la almeja» donde una hora antes habían dejado los langostinos, los amigos de lo ajeno sólo habían dejado caldo, dos o tres cabezas huecas, y varias colas... Se habían llevado hasta el hielo que se había echado para conservar los langostinos.
Contrariado, El Margarito se disculpó ante el torero y sus amigos, y rápidamente hubo que reaccionar, ya no tanto por ellos, sino de cara al convite próximo que se iba a dar a los homenajeados. Se le ordenó que saliera rápidamente de la Feria y comprase donde pudiera las gambas o langostinos que encontrara. El director Scorgie no debía enterarse de lo que había pasado para que la entrega de insignias y el convite siguiesen como si tal cosa. Al final se consiguió, pero lo que nunca se pudo conseguir, fue el saber, quien o quienes robaron los langostinos.
Como hemos dicho, lamentablemente fue la última caseta que montó la fábrica de Westinghouse, y aquello no preludiaba, para nada, buenos tiempos. Al poco se marcharon los americanos y vinieron los suecos de ABB, a los que aquello de la Feria, que pocos años después se trasladaría desde la Victoria al tórrido e inhóspito desierto del Arenal, les debía de sonar a chino. Y finalmente han llegado los japoneses de Hitachi, que aunque más cercanos a los chinos, no es que se caractericen precisamente por relacionar el acto de fabricar con la diversión u otras zarandajas, como dirían ellos.