Puesto de jeringos en la plaza de la Compañía

El portalón de San Lorenzo

El laurel y las jeringueras de Córdoba

«Era bastante cabezón hasta el punto de que se iba hasta el arroyo de Pedroches a por los juncos que le servían para colgar los jeringos»

El laurel común (Laurus nobilis L.) es un arbusto o árbol aromático que puede alcanzar más de diez metros de altura, con ejemplares machos y hembras, de hojas perennes y que desprende un olor muy característico. Su crecimiento es muy lento, lo que dio lugar a la expresión: «Quien planta un laurel nunca lo verá crecer».

Cultivado en toda la Península Ibérica desde la antigüedad, con uso en la buena cocina y en la medicina, fue muy apreciado por los farmacólogos clásicos gracias a sus propiedades terapéuticas. Aparte de lo realmente contrastado, según las supersticiones ancestrales el árbol de laurel también protegía contra los rayos de tormenta, las epidemias y hasta del mal de ojo. No sabemos si alguien llegó a comprobar si era cierto.

Además de estos usos prosaicos, o precisamente por ellos, los griegos consagraron esta planta al dios Apolo, y los emperadores romanos fueron representados con coronas laureadas como símbolo de su poder y gloria. Con el cristianismo, el significado del laurel siguió representando el triunfo, el valor y la sabiduría, por lo que era frecuente que figurase en ritos, emblemas y escudos. Así, el Domingo de Ramos constituye una ocasión para que, todavía en muchos lugares, el laurel alterne con el romero, el palmito y el tomillo como ofrenda en las manos de los que participan en la procesión que conmemora la entrada entre vítores de Jesús en Jerusalén.

La primera vez que recuerdo haber visto hojas de laurel fue en un cajoncillo que, sobre un pequeño baño de zinc colocado boca abajo, le servía de improvisado puesto a la Pastora, en San Agustín, donde las vendía junto a limones, ajos y perejil. La citada Pastora era el primer puesto de aquel mercado si se accedía desde el Pozanco. Luego, ya con el tiempo, pude ver esta planta en unos árboles espléndidos que crecían en la finca El Soldado de nuestra sierra, no muy lejos de la finca El Melgarejo. También lo pude disfrutar en el encantador patio-terraza de la taberna de Sociedad Plateros en la calle María Auxiliadora. Allí, junto a los árboles de cítricos, encalados, había un arbusto de laurel que velaba por el crecimiento de una dama de noche y un espléndido jazmín. Ya por desgracia no está la Pastora, poco queda de la finca El Soldado, y nada debe de quedar del laurel del patio de la Sociedad de Plateros.

Árbol de laurel en la finca El SoldadoM. Estévez

La calle Alvar Rodríguez

El otro día, al pasar por la calle Álvar Rodríguez, eché de menos contemplar en la puerta de su casa, en compañía de su perro, a mi amigo Paco Jiménez ‘El Guapo’, fallecido hace un par de años a consecuencia de la rotura de una cadera y sus complicaciones posteriores. Siempre recordaré lo que me dijo cuando me lo crucé por la calle Montero y le comenté el frío tan intenso que hacía ese día.

La calle Alvar RodríguezM. Estévez

«Mi hermana Antonia me cuida mucho, y cuando vengo al mediodía de la taberna del Gallego de la calle Montero me pone la comida y dice que me resguarde y me acueste para quitarme del frío. Si acaso, por la noche, cuando hay que ver algo en la televisión me pongo el batín y me siento a cenar, pero enseguida me meto otra vez en la cama hasta el día siguiente».

Su hermana, Antonia Jiménez, era soltera, y como buena ‘churumbaca’ (de la familia de los Churumbaques) media vida se la pasó vendiendo en San Agustín junto a la puerta de Manolo Polonio. Entre lo que vendía, como la Pastora, estaba el laurel, que solía colocar en un cajón, aunque el fuerte de su venta eran los conejos, los zorzales y otras cosas del campo, que servían para que hirviese la olla. Se jubiló a principios de los años 60, coincidiendo con el traslado del Mercado de San Agustín a la plaza de la Mosca.

En sus últimos años, El Guapo, con graves problemas en la vista, ya no podía ver ni tan siquiera el fútbol de la televisión, por el que sentía auténtica pasión. Era de aquellos antiguos aficionados al Atlético de Bilbao fiel hasta la muerte. De joven, aunque ya mermado por la vista, disfrutaba jugando al fútbol en cualquier llano que hubiera posibilidad. Todavía recuerdo aquellos desafíos que echaba con sus vecinos los Vera, los Padillo. los Quirro, los Trenas, los Pepillos, los Claus, los Hiedra... y al simpático Pepete, que era como el cronista de todos aquellos partidos que tenían lugar en el llamado Solar de Juanito, donde años más tarde se puso el local de Modesta, precisamente enfrente de la plaza de la Mosca.

Para dar una idea de la afición al fútbol (e inconsciencia) de los chiquillos de aquellos años hay que indicar que en ese solar se jugaba con el riesgo que suponía el tener un pozo seco justo en medio con más de tres metros de diámetro y unos dieciocho de profundidad. Afortunadamente, y que tuviéramos noticias, allí nadie sufrió ningún accidente, pero era inevitable que el balón o la pelota que entonces se utilizaba cayese en ocasiones al fondo del pozo. Pero estaba pactado, y era norma sagrada, que serían los más jóvenes del grupo los que tenían que bajar a recogerlo utilizando las improvisadas cuerdas que se formaban con cinturones, correas y todo lo que se pillaba. Yo mismo fui uno de los afortunados que tuvo que bajar alguna vez que otra a recoger la pelota del fondo del pozo.

LAUREL para esta gente que se la jugaba todos los días jugando al fútbol con un pozo en medio, simplemente por amor a este deporte.

Álvar Rodríguez era entonces una de las calles de San Lorenzo que más habitantes tenía por metro cuadrado. Medio en broma, había más vecinos que piedras en los patios de las casas. Muchos de ellos estaban emparentados entre sí, por lo que, a pesar de las lógicas discusiones, eran todos una piña y había un fuerte sentimiento de comunidad. Eran personas muy sencillas, trabajadores populares, pero con esfuerzo y trabajo de allí salieron, entre otros, catedráticos, universitarios, abogados, médicos, practicantes, pescaderos, peluqueras, electricistas, plateros, directores de teatro, fabricantes de gaseosas y mecánicos. Mucha gente buena.

En la actualidad apenas hay vecinos ni familias de aquella época, solamente queda la de los Guapos, en la tercera generación.

Entrando a Álvar Rodríguez por la calle Ruano Girón (hoy Jesús del Calvario, y desde siempre la calle la Banda) nos encontrábamos con la casa de Las Rancheras, nombre con el que se denominaba a la hermanas de Rafael Ruiz Lucena, un cordobés de categoría, gran amigo del poeta Francisco Carrasco Heredia, al que acompañó en sus rutas camperas y recorridos por toda nuestra sierra para tomar notas con las que éste escribió su precioso libro en prosa ‘Los arroyos de Córdoba’. Rafael y Francisco fueron muchas veces juntos a Badalona para hacer ‘patria chica’ entre los emigrantes cordobeses que allí se reunían en la Casa de Córdoba. Además, Rafael fue uno de los fundadores de la peña Los Rafaeles, que se consolidó en el bar de los Antiguos Alumnos Salesianos bajo el simpático liderazgo de Rafael Casas ‘Casitas’. Fue también trabajador y compañero mío en Westinghouse (como Carrasco), y en su despacho tenía siempre un almanaque de María Auxiliadora y una gran estampa del Arcángel San Rafael.

LAUREL para este gran cordobés que supo llevar su gran amor a las cosas de Córdoba a la misma Cataluña.

Eran los tiempos en que el bar de la Asociación de los Antiguos Alumnos Salesianos estaba ubicado junto a la muralla de la actual calle El Cisne. Lo regentaba un tal Basilio, emparentado con la dueña de la tienda de comestibles La Hermosa de la calle Ruano Girón. Este Basilio era suegro de Antonio Jiménez Gutiérrez, el que fuera contable de los hermanos Gómez en su tienda de televisores de la calle Almonas, un poco por debajo del célebre Hornero «de los botones».

Antonio Jiménez era otro simpático personaje, cordobés por los cuatro costados, y que supo inculcarles a los hermanos Gómez tal habilidad en el manejo y negociación de las letras de cambio que llegó un momento en que las tiraban por alto y las que eran pagaderas solían caer de canto. Fueron muchos los televisores y electrodomésticos que desde los años 60 a los 80 vendieron los tres hermanos Gómez: Rafael, como gerente; Antonio, como encargado general, y Félix, encargado de los transportes y puestas a punto. Hubo momentos en los que vendían televisores Askar casi que a cualquiera que pasase por la puerta. Lo importante era vender más aparatos que El Lali, que tenía la tienda un poco más hacia la plaza de la Almagra. Pero si grande fue el volumen de ventas que tuvieron más grande fue el saco de letras devueltas, tantas que un día Rafael las quemó en su parcela de Alcolea.

LAUREL para los hermanos Gómez, que a pesar de sus disgustos por las letras devueltas, contribuyeron a que muchos barrios populares se llenaran de televisores y batidoras Turmix.

Volviendo a la calle Álvar Rodríguez, después de una tienda regentada por Rafaelita, estaba la casa que, en apariencia, era la mejor terminada. Allí vivían vecinos como los Ordóñez, que toda su vida se dedicaron al trabajo de los mármoles. También los Santiago Laguna, que con su entrega y trabajo duro lograron una posición académica no habitual por aquellos lugares. Uno de ellos, Diego Santiago Laguna, sobrino de Margarita, la de la peña La Pimienta, logró nada menos que la Cátedra de Farmacología de la Facultad de Veterinaria de Córdoba. Antes había obtenido la plaza de profesor en la Facultad de León, en donde estuvo trabajando durante sus primeros años como profesional docente.

Diego Santiago Laguna, en una conferencia poco antes de su fallecimiento

El amigo Diego falleció no hace mucho tiempo y ya prometía de joven, pues fue todo un número uno de su promoción en el colegio salesiano. Se orientó por la carrera de Veterinaria porque, al parecer, su tía Margarita se había casado con uno de los bien situados hermanos Priego, dueños de una importante y famosa pasamanería en San Lorenzo (que luego sería Casa Luz) y que además eran propietarios de la finca Peña Tejada. Y como al joven Diego le encantaba el campo y los animales se tiró por esos estudios. Estudió la carrera, por supuesto con notas brillantes, y su primera oposición la ganó, como hemos dicho, en la lejana provincia de León. Vuelto a su ciudad tras obtener una plaza, ya se jubiló aquí como catedrático de Farmacología. Me contó un compañero suyo de mili que se portó maravillosamente en el oficio de cartero, eludiendo con toda seguridad haber hecho labores indispensables de mamporrero, como era casi normal en aquellas Caballerizas Reales de feliz recuerdo para la Córdoba ecuestre. Todavía guardo un pulcro trabajo que me regaló sobre los antibióticos, cuando apenas tenía 17 años, pero donde ya se veía de lejos su capacidad.

LAUREL para este vecino, Diego Santiago Laguna, que gracias a su capacidad y a su esfuerzo supo emerger de su calle con su brillante carrera de catedrático.

Ruedas de jeringos sujetadas con su junco

Siguiendo por la calle, más abajo vivía Berta, la fugaz jeringuera que puso su puesto más o menos donde hoy está el mosaico dedicado al Cristo del Calvario en la calle del mismo nombre.

Las jeringueras

Enganchando con Berta, terminaremos este artículo coronando con laurel a un gremio casi desaparecido: el de las jeringueras.

Como hemos dicho antes, Berta fue fugaz, porque apareció allá por los años 50 del siglo pasado y duró pocos años. La mujer que le ayudaba a mover los jeringos era Angelita Muñoz Moreno, hermana de Manolo Machín Moreno, el panadero del Horno de los Remedios de Cañero Viejo que durante bastante tiempo repartió el pan que costeaba de su propio bolsillo Rafael Gómez Sánchez ‘Sandokán’ para suministrarlo a un grupo de mayores necesitados de Cañero.

Otra jeringuera era Concha González Ruiz, parienta mía, que ocupaba el sitio esquina entre San Lorenzo-Santa María de Gracia y la calle del Arroyo, donde ponía los veladores la taberna de Huevos Fritos, posteriormente el gallego Iglesias, luego Luis Bravo, después Pepe Jiménez (Casa Pepe) y ahora el bar Tu Momento. Durante la II República Concha había sido la portera de la Escuela Obrera en la calle Arroyo de San Lorenzo, cuyo director era el republicano don Eloy Vaquero Cantillo ‘Zapatones’, primer alcalde en Córdoba durante este régimen. Ella pudo comprobar cómo este hombre se marchó antes de que estallara la guerra saliendo de España por Gibraltar, parece ser que amenazado de muerte por alguien del arco parlamentario del Frente Popular muy cercano a Largo Caballero. Así se las gastaban los socialistas con sus antiguos aliados republicanos.

Luego, en San Lorenzo, además del puesto de Berta, estaba el de Manuel, éste en mitad de la plaza, junto a la fuente. Era bastante cabezón en sus manías hasta el punto de que se iba hasta el arroyo de Pedroches a por los juncos que le servían para colgar los jeringos. Este puesto lo quitó allá por el año 1958, cuando se eliminó el famoso tacón de San Lorenzo formado por la casa de los Almirón, donde había una ‘sultana’ que era frecuentada por toda la chavalería del barrio.

Luego, en la esquina del Cine Iris, estaba la Pulgarina. En su familia hubo cantaores de flamenco, de saetas, así como gente que entendía de vinos por trabajar en las Bodegas de Cruz Conde. Tuvieron también relación con la famosa bodeguilla Los Arbolitos de la calle Álvaro Paulo. Hoy su nieta es la administradora del colegio salesiano.

En la calle Montero, junto al transformador a la entrada de la calle Rivas y Palmas, donde antaño hubo una fuente de Mari Blanca, estaba Hermenegilda, ayudada por Carmela Trujillo, hija del zapatero del mismo nombre de la calle Trueque. Esta Carmela, con el paso del tiempo, llegó a regentar ella misma este puesto de jeringos, y fue ayudada entonces en las labores de moverlos por la popular Piquito Plata, personaje singular de la calle Montero que se casó con Pepe, un formidable pintor de brocha gorda.

En el Jardín del Alpargate estaba Rosario, junto a las escaleras de acceso a esos hoy abandonados jardines, que más que lugar de recreo y esparcimiento público parecen un campamento de refugiados. En aquellos tiempos no era así, pues los cuidaba Enriquito Ogallas y estaban siempre impecables. Cuando se desbordaba el arroyo de las Piedras en su paso por el cuartel de Lepanto a Rosario más de una vez le sorprendió la riada, y por poco el puesto y su quiosco no llegaban hasta el Realejo, arrastrados por la fuerza de esa agua turbia y marrón.

Por la Magdalena estaba Encarnación, a la que le ayudó hasta última hora su hija. Se colocaba en la esquina del jardín conforme se sale de la calle Crucifijo. El simpático Loco de los pájaros, que tenía el taller de estiraje muy cerca de allí, podía dar fe de todo esto. Esta mujer se mudó a vivir en la Ronda de Andújar, a una casa con restos de murallas antiguas que los que saben lo achacan a una Casa-Castillo del Alcaide de los Donceles.

En el Pozanco, en el rincón de Casa Rogelio, se situaba Socorro, a la que ayudaba su vecina la Paqui, ya que ambas vivían en la misma Casa de la Palmera de la calle Cristo. Llamaba la atención el paraguas tan enorme que utilizaba esta mujer a modo de caseta cuando llovía. Este gran paraguas se lo confeccionaron en el local de la ermita de las Montañas de la calle Montero, aprovechando que los carpinteros que trabajaban en su interior también eran vecinos suyos. En esa casa vivió un personaje inconfundible en el vestir al que apodaban El Rusi por la forma tan elegante con la que solía llevar su sombrero.

Y ya para finalizar el relato de las jeringueras tenemos al único hombre del gremio, José ‘el Churrito', el jeringuero de la calle Muñices, que se colocaba aprovechando el entrante que hacía Papelería Ferrándiz, uno de los primeros establecimientos de este tipo, con un escaparate donde los lápices de color Alpino eran la ilusión de cualquier escolar que los observara embelesado.

LAUREL, por méritos, para todas estas jeringueras (y el jeringuero), que madrugaban lo suyo para empezar a encender el hornillón, y que echaban horas y horas de pie, a la intemperie, hiciese el tiempo que hiciese. Y LAUREL, añadido, porque supieron mantener el precio de la rueda de jeringos durante más de una década a 25 céntimos, poco que ver con el desmadre de precios que sufrimos hoy día. Y, por cierto, que en Córdoba nunca se dijo ni porras ni churros: aquí siempre se les llamó jeringos. Dicho queda.