Recreación de un tren en una estación

El portalón de San Lorenzo

Los trenes de la muerte y Córdoba

«De Adamuz salieron dos camiones atestados de personas calificadas de clericales y de derechas para ser encarceladas en la Catedral de Jaén»

‘Cuando la memoria tergiversa la Historia’ es el título de un interesante trabajo de don Jesús Ernesto Peces Morate, magistrado de la Sala Tercera del Tribunal Supremo. En este estudio el autor se lamenta de que el actual debate parlamentario no muestra el mínimo interés por hallar la verdad sobre la historia española durante los trágicos años 1936-1939.

Salvo excepciones muy contadas no suelen citarse, por ejemplo, los actos cometidos o permitidos por las autoridades de la II República que, por acción u omisión, condujeron a un auténtico programa de represión de un amplio grupo social etiquetado como enemigo por sus creencias católicas o por ser desafecto al ideario político imperante en los centros de poder y en las instituciones republicanas.

Se ha intentado justificar este silencio de la malhadada Ley 52/2007 de la Memoria Histórica con el argumento de que todas esas víctimas ya recibieron su reconocimiento y reparación por el Estado durante la dictadura de Franco, lo que, además de ser incierto, no justificaría que un Estado social y democrático de derecho, como se dice del instaurado con la Constitución de 1978, las discrimine frente a las del otro bando durante la guerra o las acaecidas ya en la dictadura. Y aunque ciertamente ésta se prolongó durante largo tiempo impidiendo la justa reparación de los vencidos, no todos merecerían el mismo reconocimiento, porque entre ellos hubo también (y es lo que se trata de ocultar) criminales y asesinos, que no han dejado de serlo porque fuesen juzgados y condenados por unos tribunales que la misma Ley 52/2007 ha declarado ilegales.

No es lo mismo un fusilado en la guerra simplemente por ser una persona con ideas de izquierdas o progresistas, un crimen siempre denunciable, que uno de esos milicianos, hoy jaleados como luchadores por la libertad, dedicados a torturar y masacrar a curas o monjas, de los que hay testimonios acusadores más que evidentes, simplemente porque ellos mismos no se escondían de sus actos: se vanagloriaban y tenían como un honor cometer tales atrocidades.

Por tanto, aunque según su espíritu la Ley de la Memoria Histórica trata de reparar moralmente, y recuperar la memoria de cualquiera que hubiese sufrido violencia personal por razones políticas, ideológicas y de creencia religiosa durante la Guerra Civil (párrafo quinto de la Exposición de Motivos y artículo 2.1 y 2) dicha ley, según Jesús Ernesto Peces Morate, no hace visibles las responsabilidades jurídicas, morales y políticas de la II República. Que también las tuvo.

Portada de 'Persecución religiosa y guerra civil', de José Francisco Guijarro

El tren de Adamuz

Jesús Ernesto reconoce en su trabajo la laboriosidad y capacidad contrastada de investigación del sacerdote José Francisco Guijarro García, que investigó profundamente en los archivos, preferentemente militares, al tener encomendada la tarea de buscar información de todo tipo con la que apoyar la apertura de un proceso de beatificación de los mártires de la antigua diócesis de Madrid-Alcalá asesinados en 1936-1939.

Con parte de la información recopilada este sacerdote publicó un libro sobre la persecución religiosa en esta misma diócesis: ‘La Iglesia en Madrid 1936-1939’, publicado por Esfera de los Libros (22 de Septiembre de 2006). Entre su contenido relata con profusión lo que aconteció en las cercanías de Madrid, en el Pozo del Tío Raimundo: la historia del llamado «tren de la muerte» con 250 presos que se encontraban encarcelados en la Catedral de Jaén. De ellos, 94 procedían de ese pueblo cordobés hoy tan tristemente famoso de Adamuz, entre ellos su párroco, don Gregorio Gómez Molina.

Al salir de nuevo a la palestra Adamuz, y para saber qué paso exactamente en este pueblo cordobés, es conveniente recurrir a otro libro complementario al anterior: ‘La Persecución Religiosa en Córdoba 1931-1939’, escrito por Manuel Nieto Cumplido y Luis Enrique Sánchez García en 1998.

Portada de ‘La Persecución Religiosa en Córdoba 1931-1939’, de Manuel Nieto Cumplido y Luis Enrique Sánchez García

Al producirse la sublevación del 18 de julio, en Adamuz la Guardia Civil se sumó a ella y tomó el control de la población. Así permaneció hasta el 10 de agosto, cuando llegó el militar que sustituyó al general Miaja (el comandante Bernal) al mando de un contingente de tropas militares, reforzado con fuerzas de la Guardia Civil y Carabineros, así como grupos de milicianos. Era la columna mandada desde Madrid, poderosa para las unidades entonces en liza, cuya objetivo era la toma de Córdoba, que estaría en esas semanas siendo bombardeada desde el aire para facilitar su labor. El general Miaja que mandaba ese gran contingente de tropas no pudo entrar en Adamuz, ya que había acudido a Madrid para participar el Consejo de Guerra contra el general Fanjul en donde testificó el 15 de agosto.

Al parecer hubo un pacto entre los atacantes y los sublevados a fin de que no entrasen en el pueblo los «incontrolados milicianos», por lo cual salieron dos camiones atestados de personas calificadas de clericales y de derechas que fueron llevadas presas a Jaén para ser encarceladas en su Catedral, recinto habilitado para alojar a los más de 1.200 presos que allí se confinaban. En uno de esos dos camiones iba el párroco Gregorio Gómez Molina (1887-1936).

No obstante estas precauciones algunos milicianos ya hicieron de las suyas en Adamuz, y el mismo día 10 de agosto dieron muerte a 26 personas, entre ellas el sacerdote Miguel Borrego Amo (1899-1936).

El elevado número de presos en la Catedral de Jaén hacía insostenible la situación, lo que motivó la visita del director general de Prisiones, Pedro Villar. Tras analizarla situación, determinaría el traslado de una parte de aquellos desgraciados a Alcalá de Henares para formar una colonia penitenciaria en la que pudieran realizar trabajos de mayor utilidad social que dejarlos sin tener nada que hacer en las lóbregas naves del templo catedralicio.

Así, días más tarde, según certificación del director de la Prisión Provincial de Jaén, se recibió en ella el siguiente telegrama:

Director General Prisiones a Director Prisión Jaén- De acuerdo con Gobernador Civil entregue para su conducción a Alcalá de Henares cuatrocientos o quinientos reclusos de los que se existan en esas prisiones de Jaén.

El primer tren

En primera instancia se organizó un tren de presos el día 11 de agosto, que llegó a entrar en la estación de Atocha a las cinco de la tarde de aquel mismo día. Al intentar salir en dirección a Alcalá de Henares fue asaltado por un grupo de milicianos, siendo asesinados 11 de los 325 detenidos que transportaba, dos de los cuales eran sacerdotes, Vicente de la Riva Galán, coadjutor de la parroquia de San Ildefonso, de Jaén, y José María Marín Acuña, párroco de Zocueca (Guarromán, Jaén).

Así refiere el hecho un superviviente de este primer tren:

«A su llegada a la Estación de Mediodía [Atocha] los milicianos pidieron autorización para matarlos y el Ministro de Justicia y Gobernación, con oficio, concedió la autorización para fusilar a diez. Bajaron del tren en número de diez un grupo de personas de aspecto muy humilde que fueron rechazados, solicitando bajasen diez de más categoría, entre los que figuraban los citados sacerdotes además de los diputados del Partido Agrario José Cos y Álvarez Lara, siendo asesinados allí mismo por gentes del Ateneo Libertario de Vallecas».

Una vez reiniciado el lúgubre viaje y llegados a Alcalá de Henares la mayoría de los presos sufrió vejaciones, insultos y malos tratos en el trayecto que los llevó desde la estación de esta localidad a la Casa del Trabajo, que era la prisión de aquella localidad. Una de las líderes de las afrentas fue una miliciana que había llegado en tren desde Guadalajara.

El segundo tren

Este el que, tristemente, pudiéramos llamar «El tren de Adamuz», pues en él es donde iban los 94 vecinos del pueblo. En aquel tren la mayoría eran presos de Jaén y sus alrededores, incluidos su obispo, don Manuel Basulto Jiménez (1869-1936), así como su hermana Teresa y su esposo Mariano Martín y el deán de la Catedral, Félix Pérez Portela. Este segundo tren contaba con diez vagones y era escoltado por fuerzas de la guardia civil al mando de un teniente que atendía por el apellido de Palma.

Para su libro, el sacerdote José Francisco Guijarro García tuvo acceso a todas las declaraciones de testigos, incluyendo algunos presos que pudieron escapar y milicianos que intervinieron en aquella masacre y que aportaron sus versiones de los hechos al ser interrogados en los Consejos de Guerra a que fueron sometidos. Así, testificaron las siguientes personas, muchas de ellas conocidas por su apodo:

Andrés Portillo Ruiz, el guardia civil Sotero Peña Villalta, Rafael Casas de la Vega, Julián García de la Cruz alias ‘El Gorgonio’, Julián Martínez Gómez alias ‘El Chepa’, Juan Serrano alias ‘El Juanón, Felipe Melgares alias ‘El Chamorro’, Emilio Fernández alias ‘El Bomba’, Segundo de Castro Bayo, Francisco Durán Tomé, Manuel Atalaya Villegas, Eugenio de la Iglesia Arteaga, Antonio Vijande García, Luciano García Uceda alias ‘El Cabezota’, Francisco Zambrano alias ‘El Piojo Eléctrico’, Rafael San Narciso, Francisco Durán y Mariano González alias ‘El Pelá’, Eugenio de la Iglesia alias ‘El Cristo’, Marcelo Hernández Sáez alias ‘El Barbas’, Agustín Rey Tejeira, Francisco Tomé alias ‘El Estropeapozos’ Saturnino Santos alias ‘El Carazazo’, Pepa Coso alias ‘La Pecosa’, Antonio Ariño Ramis alias ‘El Catalán’, Juan Mira Molina, Manuel Higueras Rodríguez, Felipe Galdón, Antonio Galán Pastor, Ignacio Valenzuela Isáiz, Tomasa Velilla y Valentín de San Narciso Sancho.

Un superviviente de la matanza en este segundo tren, declara, con fecha 13 de junio de 1939, las siguientes circunstancias en las que se desarrolló el viaje:

“Que tres milicianos que venían en el primer tren desde Jaén anunciaron en la Estación de Atocha que al día siguiente llegaría un tren lleno de fascistas y hasta obispos. Confirmaron la noticia por teléfono y, efectivamente, el segundo tren salió de Jaén sacando a los presos de la catedral el día once a media noche, que ocuparon por entero 8 vagones y de otros dos la mitad sumando un total de más de 250 detenidos. Llevaban de escolta unos 30 guardias civiles antiguos.

De un diputado socialista por Jaén llamado Peris se comenta que llegó a hablar en la radio local en los siguientes términos: «Atención, atención, va a salir de Jaén un tren abarrotado de fascistas peligrosos. Tened cuidado, haced con ellos lo que debáis”. En todas las estaciones del trayecto que recorrió el tren estaba en su espera numeroso gentío que los recibía cerrando el puño en un gesto de odio, observando en la estación de La Mancha cambiarlo por otro gesto en el que la «gente roja» se llevaba la mano al cuello indicando el corte del mismo. Que en Manzanares les decían a los presos: »Buena os espera cuando lleguéis a Madrid”. Al llegar a Aranjuez el tren tuvo que dar un rodeo por Algodor, pues en aquel pueblo la chusma quería matarlos al enterarse de su viaje por la radio.

Llegaron a la Estación de Villaverde a las cuatro de la tarde del día 12 y allí les esperaban unos 500 milicianos armados con máuser, floretes, hachas, sierras, puñales, etc. y apuntaban por las ventanillas de ambos lados. El pueblo entero de Vallecas, esparcido por los alrededores, producía un griterío espantoso al que se oía claramente exclamar: «Matarlos, matarlos»(sic). Apareció a la media hora, bajando por alto de la cuesta que domina la estación, un teniente de asalto que llevaba un rollo de papel en la mano, dirigiéndose al centro de la estación y al poco rato el teniente jefe de la expedición ordenó que se fuesen los guardias civiles encargados de la custodia del tren. Los presos, que se daban perfecta cuenta de la trama criminal comenzada en su salida de la catedral de Jaén y que estaba a punto de consumarse, se abrazaban a los guardias civiles pidiéndoles que no les dejasen abandonados, pero aquellos se marcharon con el teniente de asalto. Entonces aumentó el griterío y la chusma y milicianos, dueños absolutos de la situación, amenazaban de muerte a los detenidos, oyéndoseles decir: «A este le mato yo», «Mira qué cara de fascista», etc. Aterrorizados, cinco de los presos se refugiaron debajo de un vagón pidiendo clemencia”.

Todo este recibimiento, con los milicianos perfectamente alertados puntualmente de la llegada del tren, así como la presencia del teniente de asalto ordenando la marcha de la Guardia Civil, refleja una cierta premeditación que no casa con el argumento tan manido de que eran actos espontáneos. No se duda, sin embargo, de que la intención original desde la Dirección General de Prisiones fuese la de aliviar el exceso de detenidos en Jaén mediante un traslado a una colonia penitenciaria. De hecho, algo debían haber hablado durante su visita el director general Villar y el gobernador civil, de ahí que el telegrama reseñado no especifique la calidad de los presos que debían ser trasladados, sino sólo el número, de acuerdo con la capacidad estimada de la colonia prevista en Alcalá de Henares. Pero todo aquello quedó en aguas de borrajas.

El desenlace final

Otros muchos testigos de los hechos terminaron declarando para contar lo que vieron, entre otras cosas el fin de aquellos desgraciados. Entre estos testimonios está el del jefe de Estación de Santa Catalina, al sur de Madrid, don Luis López Muñoz, que cuenta la detención del tren y su desvió posterior a Vallecas:

“Cuando hacia las doce del día 12 de agosto llegó el tren a la Estación de Santa Catalina grandes grupos de mozalbetes armados lo esperaban y comenzaban a dar gritos de alegría pidiendo que se les entregaran los prisioneros. Entonces se presentaron dos camiones de guardias civiles y de asalto que intentaron conducir el tren hasta Alcalá de Henares; pero el populacho se opuso y comenzó a todo trance a discutir con los guardias, porque querían apoderarse de los prisioneros.

Se llamó por teléfono al Ministerio de la Gobernación y a la Dirección de la Guardia Civil consultando el caso; como las órdenes no eran muy concretas, se puso en el aparato un individuo llamado Arellano que, según parece, era el jefe de los libertarios, y tuteando al ministro de la Gobernación, Casares Quiroga, le dijo que si no les entregaban los prisioneros matarían a los guardias. Contestación del ministro: «Si es la voluntad del pueblo, que se los entreguen». Acto seguido los guardias se retiraron dejando el tren abandonado y en poder de los revoltosos, que le hicieron andar por la vía de Vallecas. Antes de llegar a este pueblo, en un sitio llamado Caseta del Tío Raimundo, detuvieron el tren, siendo aproximadamente las tres de la tarde. Allí fueron haciendo bajar a los prisioneros y los fusilaron en tandas de a diez. El que mató al señor obispo declara que lo hizo disparando una escopeta cargada de plomo a una distancia de metro y medio.

En los trenes especiales en que condujeron a los presos pusieron carteles que decían: «Prisioneros de Guerra del Frente de Córdoba».

Una vez que fueron ejecutados, uno de los enterradores del cementerio, Baldomero Ayuso Díaz, de sesenta años de edad, domiciliado en Vallecas, calle Francisco Fatou número 2, declaró: “Que alrededor de las seis de la tarde del día en que ocurrieron los sucesos del tren de Jaén recibió de Antonio Vijández, su superior, la orden de acudir al cementerio a reunir los instrumentos necesarios para abrir zanjas. Cuando lo hubo hecho empezaron a llegar gentes que eran mandadas también por el mismo sujeto para abrir las zanjas, siendo su número cincuenta o sesenta personas.

Inmediatamente se pusieron a abrirlas bajo la inspección de Vijández. Cuando acababan de empezar llegó una camioneta con cadáveres del Cerro de Santa Catalina. Luego llegaron otras dos o tres con la misma carga, y todas ellas estuvieron haciendo viajes (dos o tres cada una) hasta que hubieron trasladado todos los muertos”.

Otro de los enterradores, Rafael Hurtado Rodríguez, proporcionó los siguientes detalles: “A las cinco y media de la tarde del día en que ocurrieron los sucesos del tren de Jaén fue mandado por el administrador del cementerio al Puente de Vallecas a comprar unos aparatos de carburo, en previsión de los enterramientos que iban a efectuarse por la noche. Cuando volvió con ellos eran las ocho, y el administrador le ordenó que bajara a las fosas que se estaban acabando de abrir para colocar los cadáveres, dado su cargo de Enterrador Municipal. Cuando llegó al cementerio encontró unas cincuenta personas que estaban terminando la última zanja; los muertos permanecían aún sin enterrar, dentro del cementerio.

Los que trabajaban terminaron su obra, siendo dos las zanjas abiertas, de unos catorce metros de largo por 0,80 de ancho y 2 de profundidad cada una. Están situadas en la parte derecha del cementerio, paralelas a sus lados y cerca de su puerta principal, con una separación entre ellas de dos metros. El mismo declarante fue quien colaboró en enterrar los cadáveres, que eran en número de 188 hombres y una mujer que está enterrada en el primer tercio de la zanja más próxima a la puerta principal. A algunos les faltaba el calzado.

Terminaron los enterramientos a la una de la madrugada, siendo inscritos los cadáveres en el Libro de Asientos del cementerio”.

Esto también es Memoria Histórica.