El Inca Garcilaso de la Vega

El portalón de San Lorenzo

La etapa en Córdoba del Inca Garcilaso de la Vega

«Fue el primer escritor de su época en hacer plenamente atlántica la lengua de la adusta Castilla, convirtiéndola en una lengua que salía extramuros»

He tenido la oportunidad de escuchar grabada la conferencia de la doctora Elvira Roca Barea sobre el Inca Garcilaso de la Vega en la Universidad Camilo José Cela. En ella glosa la capacidad de este cordobés de adopción para combinar de forma modélica su manejo del idioma castellano con sus conocimientos en filosofía y poesía, todo ello unido a una vida llena de actividades y peripecias. El Inca fue así fiel al lema de sus antepasados por parte paterna nacidos en Córdoba, cuna de «guerrera y sabía gente».

Un momento de la conferencia de Elvira Roca en la Universidad Camilo José Cela

Durante la conferencia hace hincapié en la importancia de la mujer inca como garantía de continuidad de la sangre real, que el Inca Garcilaso siempre portó con orgullo como descendiente del emperador del Perú por parte materna al ser hijo de la princesa «Isabel» Chimpu Ocllo, bisnieta del Inca Túpac Yupanqui y nieta del Inca Huayna Capac, emperador del «reino de las cuatro partes o suyos» o Tahuantinsuyo, el nombre del imperio en la lengua nativa quechua. Tanta importancia tenía la preservación de la sangre que parece ser que los abuelos maternos del Inca Garcilaso de la Vega eran, incluso, hermanos.

De esta joven del linaje real inca se enamoró su padre, el capitán Sebastián Garcilaso de la Vega y Vargas, perteneciente a la nobleza extremeña. La relación de sus progenitores duraría sólo unos diez años, al parecer porque por medio se metió la corona como era habitual en aquellas épocas. No obstante el padre dejó a la madre en buena situación económica cuando tuvo que dejarla.

Separados sus padres, el niño Inca Garcilaso se quedó a vivir con su padre. A los veinte años de edad, en torno a 1560, el joven decide hacer el camino inverso de su padre y volver a España. Su progenitor le dejaría a su muerte cuarenta mil ducados que le permitieron vivir aquí con gran desahogo. El viaje hacia nuestro país no fue nada fácil porque, como comentó Mario Vargas Llosa en otra conferencia de la que luego hablaremos, cruzó la cordillera de los Andes, los arenales de la costa peruana, el mar Pacífico, el Caribe, el Atlántico y las ciudades de Panamá, Lisboa y finalmente Sevilla a través del río Guadalquivir. Llegó y se registró con su nombre de pila de Gómez Suárez de Figueroa, que luego se cambiaría por el de «Inca Garcilaso de la Vega» como homenaje a sus raíces americanas.

La doctora Roca Barea apunta que es probable que conociera, al menos de vista, a Miguel de Cervantes, aprovechando que éste visitaba con frecuencia a su tío Rodrigo Cervantes, que vivía en Rute, aparte de que el propio Cervantes tenía bastante familia en Córdoba capital por la parte paterna, de donde era originaria su familia. En todo caso la relación del Inca con gente de letras tuvo que ser una constante en su vida, llegando a adquirir varias influencias que confluyeron en su magistral manejo del idioma que combina una lengua castellana, popular y cortesana, con los términos y descripciones fogosas que vinieron de más allá del mar, de las cordilleras, selvas y desiertos americanos. Fue el primer escritor de su época en hacer plenamente atlántica la lengua de la adusta Castilla, convirtiéndola en una lengua que salía extramuros: una lengua de blancos, ortodoxos y cristianos, pero también de negros, de indios, mestizos (como era él), ilegítimos y bastardos.

Se comenta también en la conferencia que el Inca tuvo un desliz con una sirvienta suya, del que le nació un hijo al que le puso el nombre de Diego de Vargas. Nada más oír este comentario me entró la curiosidad y rebusqué en las Actas Capitulares de esas fechas presentes en el Archivo de la Catedral de Córdoba. Y, efectivamente, he dado con dos actas que hacen referencia a esa paternidad.

La primera es la que aparece en el Libro 41 y en fecha de 24 de marzo de 1620, folio 74 recto. En una grafía muy legible para lo que se estilaba en la época, viene a decir lo siguiente:

«Habiendo precedido llamamiento para oír la relación que ha de hacer el señor don Álvaro Picaño de Palacio, Canónigo, acerca de espera que pide Diego de Vargas, hijo natural de Garcilaso de la Vega, difunto. Y oída dicha relación, se determinó que se le pagasen los alimentos que se le deban enteramente. Y que lo que debe a la capilla se vaya pagando y quitando de sus alimentos: veinte ducados Cada seis meses, de manera que sean cuarenta ducados al año. Lo que ha de ir pagando no más, hasta que sea pagada la capilla del todo lo que debe enteramente».

Original del Libro de Actas nº 41 folio 74 r.

Una segunda información se encuentra en el Libro de Actas nº 41 de fecha 31 de marzo de 1620 en el folio 76 recto:

«Habiéndose leído una petición del bachiller Diego de Vargas, por lo cual se suplica se le mande dar la libranza en la renta de la obra pía que dejó Garcilaso de la Vega, su padre, de ochenta ducados que Beatriz de la Vega, su madre, hubo de haber de la dicha obra. Por haber reparado el contador de esta Santa Iglesia que no se había de dar, se acordó que se le da libranza de ellos para que pague el entierro de la dicha madre. Y que en los demás se guarde lo acordado por el Cabildo».

Original del Libro nº 41 de Actas Capitulares Folio 76 r.

La conferencia de la doctora Elvira Roca Barea me ha recordado por su temática otra similar de 2018, que tuvo lugar dentro de la espléndida exposición sobre ‘Los príncipes de las letras’ (el Inca Garcilaso y don Luis de Góngora) celebrada en la Catedral de Córdoba con motivo de la clausura de un congreso sobre el obispo Osio.

Portada del catálogo de la exposición de 2018

Aquella gran exposición contó con la aportación de señalados intelectuales y especialistas en el Inca o en Góngora como Amelia de Paz Castro, Carlos Espinosa de los Monteros, Antonio Prieto Lucena, José Antonio García Belaunde, José Carlos Gómez Villamandos, Federico Souviron García, Rafael Herrador, Mario Vargas Llosa, Joaquín Roses y Luis Palacios. Hablaron de las coincidencias en el estilo entre los dos escritores, el ambiente que les tocó vivir e incluso de una probable relación de parentesco entre ellos.

La colaboración estrella y más mediática fue la del nobel Mario Vargas Llosa, otro peruano-español o español-peruano. Habló del Inca Garcilaso de la Vega en el siguiente tono: «Hijo de un conquistador español y de una princesa del imperio inca, nació en la ciudad de Cuzco el 12 de abril de 1539. La infancia y juventud de Gómez Suárez de Figueroa transcurrieron en una circunstancia privilegiada: el gran trauma de la conquista y destrucción del imperio Inca era reciente, se conservaba intacto el recuerdo de los indios y españoles».

La capilla de enterramiento

Vargas Llosa participó activamente en el homenaje que se le realizó en la capilla de la Catedral de Córdoba donde está enterrado, fácilmente reconocible por tener una bandera del Perú. El nombre del Inca Garcilaso de la Vega aparece por primera vez en la documentación catedralicia en 1607, en referencia a una declaración suya en la que indicaba que está exento de asistir al coro por ser sacristán de la capilla de la Santa Resurrección.

En el Cabildo de 29 de octubre de 1612 se reservaba para el Inca Garcilaso un espacio para convertirlo en capilla, situado en un arco del muro norte frontero al Patio de los Naranjos. Tenía la obligación de acondicionar ese espacio, colocar una reja para delimitarlo y rehabilitar su suelo, que era terrizo. El título o advocación de la capilla sería del Remedio de Ánimas, Ánimas del Purgatorio o Ánimas, simplemente (por cierto, para los polemistas de la «inmatriculación indebida»: en la escritura de compra aparece como dueño de la Catedral el obispo de entonces, don Diego Mardones).

Una vez formalizado el acuerdo, el Inca colocó a su hijo de sacristán de la capilla y pidió ser enterrado en ella. El texto de la citada escritura de compra de 29 de octubre de 1612, ante el notario Gonzalo Fernández de Córdoba, reza así:

«Vendemos por juro de heredad, ahora y para siempre jamás, a Garçilaso Inca de la Vega, vecino de Córdoba (…) , un arco y capilla que está en la Iglesia Catedral (…) y asimismo le damos dos sepulturas en tierra que a de hacer a la linde y junto a la capilla y en la dicha nave, todo lo cual es propio de la dicha obra e fábrica y le pertenece por justos y derechos títulos; y lo vendemos y aseguramos por libre y quito de censo e tributo, hipoteca, donación y enajenación, vinculo, o subrogación, memoria especial ni general ni otro cargo ni tributo alguno, que no lo tiene…»

Retablo de la capilla de las Ánimas en la Mezquita Catedral de Córdoba

Previamente, el obispo fray Diego de Mardones (1606-1624) había otorgado otra escritura el día 19 del mismo mes y año, en la que le cedía los derechos sobre el solar y establecía las condiciones de la fundación ante el mismo escribano.

A partir de su adquisición, el Inca Garcilaso desarrolló una frenética actividad. Así, dos años después de la escritura puso ya en ejecución sus derechos y contrató el 5 de marzo de 1614 con Gaspar Martínez, cerrajero, la reja de hierro del cerramiento que debía dar por acabada el 24 de junio del mismo año. El 9 de julio siguiente otorgó otra escritura de concierto con Felipe Vázquez de Ureta, escultor, para la hechura de la imagen del Cristo Crucificado que todavía hoy preside el retablo. Casi dos años después, el 18 de abril de 1616, otorgaba testamento en que manda ser enterrado en ella y establece las condiciones del servicio de la capilla y de su obra pía en favor de las Ánimas. El retablo posiblemente sea obra del escultor Juan de Ortuño, y las pinturas de Andrés Fernández y Agustín del Castillo, que se obligan a dorar la capilla y la bóveda en 1623. En febrero de 1627 Juan Durillo, maestro mayor de las obras de la ciudad (y superintendente de las cañerías del Agua del Cabildo) contrató a Matías Conrado como escultor los relieves. De todas estas intervenciones hay que destacar, por su significado arquitectónico como referente, la bóveda no gótica que cubre la antecapilla y que pudo servir como referencia para las bóvedas que se plantearían posteriormente en la Catedral en el siglo XVIII.

Por último, la larga inscripción existente en la capilla, señalada en dos piezas, se puede considerar como un resumen de la biografía y obra del Inca:

«El Inca Garcilaso de la Vega varón insigne, digno de perpetua memoria, de las casas de los Duques de Feria e Infantado y de Elisabeth, Palla hermana de Huaina Capac último Emperador de Indias. Comentó la Florida, tradujo a León Hebrero y compuso los Comentarios Reales, Vivió en Córdoba y con mucha religión murió ejemplar. Dotó esta capilla y se enterró en ella, vinculó sus bienes al sufragio de las Ánimas del purgatorio. Son patronos perpetuos de esta capilla los señores Deán y Cabildo de esta Iglesia. Falleció el veintidós de abril de 1616. Rueguen a Dios por su Alma»

El hecho simpático de los canarios

Esta misma capilla de la Ánimas del Purgatorio fue la que escogió para ser enterrado, de forma muy sencilla (en el suelo), el obispo de Córdoba Fray Albino González Menéndez-Raigada (1946-1958), el gran prelado que tanto bien hizo en Córdoba través de, entre otros medios, la Asociación Benéfica La Sagrada Familia, que realizó durante su episcopado los barrios de Cañero y de Fray Albino (Campo de la Verdad) con más de 5.000 casas para trabajadores. Hay que decir que Fray Albino, al igual que el Inca Garcilaso de la Vega como veremos, sentía una gran admiración por los canarios, esos bellos pájaros cantores. En la segunda planta del Palacio Obispal, en su ala sur que linda con el Patio de San Eulogio, había en tiempos de Fray Albino una estancia, cuya ventana daba al citado patio, llena de canarios que revoleteaban alegrando el silencio de aquel silencioso edificio. En su día le preguntamos a don Hortilio Armayor, el que fuera secretario particular de Fray Albino, sobre el origen de esos canarios y él nos contestó: «Creo que fueron el regalo de un vecino del viejo Campo de la Verdad en agradecimiento por recibir una casa de aquellas de la Sagrada Familia».

Aparte de Fray Albino, la capilla del Inca Garcilaso fue visitada en agosto de 1939 por el obispo de Cuzco Monseñor Santiago Felipe Hermosa. Entonces se constató que había enterrados más restos que los del Inca, no todos identificados.

En noviembre de 1978, antes de realizar un viaje precisamente a Cuzco, el rey de España Juan Carlos I se pasó por la Catedral de Córdoba, y el entonces obispo Monseñor Cirarda Lachiondo le hizo entrega de unas bolsitas que contenían cenizas de los restos del Inca Garcilaso de la Vega. De esta forma aquel 25 de noviembre de 1978 volvería a «pisar» su tierra natal, 418 años después de haber partido a la Madre Patria.

La profesora Amelia de Paz

'La Almoneda del Inca Garcilaso de la Vega'

A Amelia de Paz Castro tuve la suerte de conocerla y tratarla frecuentemente durante los veranos de la última década. Amelia, una autoridad mundial en el estudio sobre el poeta cordobés Luis de Góngora y Argote, se venía sin miedo al calor de Córdoba y la mayor parte de los tórridos meses de julio y agosto los pasaba enfrascada en nuestros archivos, bien en el de la Catedral, en el del Archivo de Protocolos o de cualquier otra institución cordobesa. Incluso se desplaza a los pueblos de la provincia buscando con rigor las huellas y datos del poeta y sus contemporáneos.

Pero en 2018 se salió un poco de su tema de erudición gongorina. Fue en una conferencia celebrada en la Capilla de Villaviciosa de la Catedral de Córdoba, dentro del ciclo Foro Osio, un día de abril a las seis de la tarde que llovía a cántaros. La propia Amelia comentó el curioso contraste entre la cantidad de agua que caía ese día por los canalones del Patio de los Naranjos y la sequía que se daba otro abril, el de 1616, en el que falleció el Inca Garcilaso. Se llegó a decir entonces en los mentideros de la corte, según Amelia, que “el río Manzanares (de Madrid) se lo podía beber un burro".

Amelia presentaba en esa conferencia de forma magistral y agradable su última obra, ‘La Almoneda de Inca Garcilaso de la Vega’, fruto de un gran trabajo de investigación a partir un documento original que encontró precisamente en el Archivo Capitular. En dicho documento se describían de forma pormenorizada las partidas de objetos, libros y otras propiedades que se discutían en su testamento y posteriores codicilos. Se llega hasta el detalle de indicar lo que ofrecían en puja por unas simples tijeras. Sobre este pequeño elemento doméstico de las tijeras nos indicó que el Inca Garcilaso llegó a decir que simplemente por este utensilio mereció la pena el descubrimiento de América, ya que allí no las conocían.

En la biblioteca que dejaba el Inca para la Almoneda se encontraban libros de autores como Aristóteles, Tucídides, Polibio, Plutarco, Flavio Josefo, Julio César, Suetonio, Virgilio, Lucano, Dante, Petrarca, Bocaccio, Ariosto, Tasso, Castiglione, Aretino y Guacciardini entre otros muchos. Todo ello reflejaba la vasta cultura de nuestro personaje.

Casi al final de la conferencia Amelia soltó el simpático detalle de que formando parte del conjunto de la Almoneda estaba la venta de cinco canarios, con su jaula y todo, por el precio de 50 reales. Estos canarios, al parecer, fueron comprados por un tal Francisco Fernández, y nosotros añadimos que muy bien pudo ser vecino del Campo Viejo de la Verdad, en la calle San Julián donde tradicionalmente siempre hubo una gran afición por los canarios. Fray Albino había tenido un predecesor en su amor por estos bellos pájaros.