Estatua de Al-Haken II en Campo Santo de los MártiresCGM

«Papá, ¿quién es ese hombre vestido de moro? Pues hijo, no tengo ni idea. Entre lo escondida que está la estatua y que no hay un letrero que diga quién es, pues no lo se».

Una pregunta de lo más inocente. Una incógnita difícil de despejar si resulta que no tenemos ni idea porque no hemos reparado en la estatua en cuestión y mucho menos si la placa identificativa del sujeto brilla por su ausencia y, en todo caso, sería inaccesible a la vista. A ello no ayuda el que está semioculta por un seto que tapa por completo tanto parte de la escultura como el pedestal sobre el que en su día había esa mencionada placa conmemorativa y que ha desaparecido en el curso del medio siglo transcurrido desde su inauguración.

Aclaremos el enigma. El sujeto en cuestión es uno de los artífices de la Córdoba más fértil en todos los campos. Es una estatua erigida e inaugurada cuando se cumplieron mil años de su muerte, época en la que Córdoba era la capital del mundo conocido. Su nombre, Al-Haken II. O Al-Hakam, si ustedes lo prefieren. Está allí, cada vez más sola y aislada, desde el 1 de octubre de 1976, oteando el horizonte como un periscopio rodeado de vegetación.

Estatua de Al-Haken IICGM

Según dejó dicho en días previos a la celebración del milenario del nacimiento de este califa el prestigioso arabista Manuel Ocaña Jiménez, Córdoba alcanzó su máxima gloria bajo el reinado de Al-Haken II: ” Fue el gran monarca sabio del Califato. El que hace Califato manu militari es Abderramán III; el que le da prestigio de grandeza, fastuosidad y cultura es Al-Hakam II, o sea, con él el Califato alcanza su cénit”. Sucedió a su padre Abderramán III el 17 de octubre de 961, emprendiendo una política más flexible y cultivadora de las ciencias, las artes y las letras, más alejado de caudillismo encarnado por su progenitor. Así lo expresó en la conferencia pronunciada en el Salón de Mosaicos del Alcázar de los Reyes Cristianos, bajo la presidencia del entonces alcalde de la ciudad, Antonio Alarcón Constant.

El académico y arabista Manuel Ocaña durante su conferenciaAMCO

Cuando se cumplió el milenario de su muerte, la ciudad le tributó homenaje a este hombre que accedió al trono con 46 años, habiéndose formado tanto en el ámbito político como en el cultural. A él se atribuye la fundación de un servicio especial de maestros, dedicados a la enseñanza de los hijos de pobres y menesterosos. De los 15 años que estuvo al frente de los destinos del Califato, solo uno estuvo en paz con los reinos cristianos. No obstante, este califa, del que Ocaña insinúa que era abiertamente gay y que tuvo dos hijos, siendo Hixem el superviviente a su infancia, consiguió que Córdoba fuese la comidilla del resto del mundo. «Era tal vez la ciudad más importante de toda Europa: tendría por entonces unos 800.000 habitantes y comienza el gran movimiento de ensanche hacia Oriente».

Aparte del gran renombre y fama de ciudad culta (la biblioteca califal llegó a reunir 400.000 volúmenes), hay que poner en su haber la ampliación de la Mezquita, mihrab incluido. No obstante, su figura pasa desapercibida con el discurrir de los siglos hasta llegar a 1976. Dentro del programa de actos conmemorativos tuvo lugar la inauguración oficial del monumento en honor del califa, obra del escultor Pablo Yusti, que se erigió en los jardines del Campo Santo de los Mártires, coincidiendo con los mil años de su muerte, el 1 de octubre de 1976.

Dos policías locales con uniforme de gala custodian el recién inaugurado monumentoAMCO

Este era el aspecto que presentaba el monumento erigido al más importante de los califas que Córdoba tuvo. Una sencilla estatua sobre un humilde pedestal realizado a modo de torre en el que figuraba una placa recordatoria del hecho y el personaje. Al cabo de los años, esta imagen ha quedado aislada en una zona ajardinada del Campo Santo de los Mártires, oculta por un enorme seto que casi tapaba al califa y cuya placa ha desaparecido. Afortunadamente, hace pocas fechas se podó ese seto y podemos apreciar, al menos parte de la estatua que, con el paso de los años, y por efecto del tiempo, la polución y la meteorología, ha pasado del color blanco marmóreo al gris granítico.

Al día siguiente, se inauguró en el Círculo de la Amistad la IX Exposición Filatélica y III Nacional, conmemorativa del milenario de Al-Hakam II y, a tal efecto, se puso en circulación el día 3 de octubre un matasellos especial de primer día de circulación.

Matasellos dedicado a Al-Haken IILa Voz

En esta ciudad de estatuas y de gente que hace la estatua, es el único caso en el que vemos que no es exenta, sino que está rodeada de vegetación. Y en una ciudad tan culta en la que seguimos confundiendo a Ibn Hazam con Abderramán, no estaría nada mal que en esta España dañada por la Logse se colocaran plaquitas en los conjuntos escultóricos, como en Llanos del Pretorio con Séneca y Nerón, ubicado en un sitio por el que nadie pasa y que tras llevarse el original de Eduardo Barrón de la planta baja del Ayuntamiento, se colocó este vaciado en bronce en tierra de nadie que para el ajeno en la materia, parece representar a dos señores antiguos, uno sesteando y el otro mostrándole la interminable lista de pagos que tenía que apoquinar un autonomus de la época. ¿Para qué? Pues para saber, por ejemplo, quién es el tipo de la estatua vestido de moro.

Una imagen icónica de la cultura popular: Homer Simpson recula escondiéndose en un seto.

Por cierto, mentamos en el encabezamiento a Homer Simpson, ese icono amarillo de la cultura post-pop y uno de los personajes más conocidos de la animación desde 1987, porque uno de los gifs más celebrados desde que se inventó internet y las redes sociales nos lo presenta escondiéndose en un seto para eludir cualquier responsabilidad de la trastada que acaba de cometer. Como nuestro protagonista, escondido entre setos.

Y como el 1 de octubre se cumplen 50 años de su inauguración, no estaría de más que el pobre califa abandonara el exorno vegetal que lo constriñe, se le diera un lavaíto de cara y se pudiera admirar en toda su magnitud. Eso sí, reponiendo o replicando la placa conmemorativa del pedestal. Para que la gente sepa quién puñeta era ese hombre que ocupa un espacio en un jardín público de la ciudad y sus méritos.