Eva y Antonio Jesús Ramos, responsables de la librería El Lapicero
Librerías de barrio: los últimos mohicanos de la lectura en papel
Cada vez quedan menos establecimientos tradicionales en Córdoba que ofrezcan, fuera del centro, novelas, ensayos o cómics
Algún pájaro de mal agüero decretaría su fin literariamente, como 'Crónica de una muerte anunciada'. Pero los responsables de estos negocios se erigen ante semejante declaración más bien como Quijotes dispuestos a combatir contra los molinos del comercio moderno, o -si nos inspiramos en el cómic- como auténticas aldeas galas ante el acoso del cambio en el sector y la clientela. Son los últimos libreros de barrio. Y hablamos de libreros, libreros. O sea, con selección de novelas, ensayos o tebeos. En Miralbaida, El Naranjo, Ciudad Jardín o Levante, todavía quedan ejemplos de estos establecimientos que se resisten a aceptar una suerte que parece echada por la competencia de grandes superficies de libros, plataformas de internet y la caída de los índices de lectura, sumada a todo tipo de opciones de ocio. Entre ese maremágnum, son islas, sí, pero seguramente islas del tesoro y, a su vez, los últimos mohicanos de la lectura en papel.
Hace más de 45 años, y en un pequeñísimo local de apenas nueve metros cuadrados, empezó la Librería El Lapicero, en el barrio cordobés de Miralbaida. Era un local bajo del Paseo de los Verdiales, que casi parecía un traster. Su impulsora fue María Ramos. De allí pasó a su actual ubicación en la calle María la Talegona. Su sobrina, Eva Ramos, empezó a trabajar en el lugar con 16 años, hace 35. Actualmente es la responsable del establecimiento junto a su hermano Antonio Jesús. «Voy probando productos, investigando, y también me guío por las solicitudes de los clientes, por ejemplo cuando alguien me pide cómics», explica Eva. «Siempre trabajamos bajo depósito y con libros baratos, que se venden a 5'95 ó 6'95, o sea, con una selección de libros de bolsillo, también tenemos algo de infantil y un poco menos de juvenil, que es la edad que menos lee», prosigue.
Renovarse o morir
Ni Eva ni su hermano tienen hijos, por lo que no habrá relevo generacional en un sitio que sobrevive por su ubicación y gracias a añadir todo tipo de posibilidades, desde papelería, a prensa, fotocopias y, ahora también, telefonía móvil y puntos de recogida de paquetes. Con respecto a su situación, son los únicos con estas características en la zona, a lo que suman clientela de los nuevos barrios de Huerta de Santa Isabel, donde priman las comunidades con verja y muros alrededor, es decir, que no tienen locales, sólo viviendas, lo que deriva en que haya pocos comercios. «Ahora estoy atendiendo a los hijos, de aquellos a los que atendía hace muchos años», resalta Eva.
Librería el Naranjo
Gran aficionado a la lectura, y con autores como Stefan Zweig, Milan Kundera, José Saramago o Gabriel García-Márquez como algunos de sus predilectos, Andrés Muñoz apuesta por el trato de confianza con el cliente, hasta el punto que dice resistirse a convertir La Librería el Naranjo en receptora de paquetería, ya que la persona tan sólo «viene a recoger algo y sale corriendo». Su padre puso el negocio en 1988, dedicado tan sólo a prensa y revistas. Andrés se incorporó cinco años después y finalmente se quedó con las riendas del lugar por enfermedad de su padre. Sus inquietudes le llevaron a ampliar el lugar y arriesgarse con los libros. «Apuesto por tener mucha variedad, desde best-sellers a libros clásicos, otros más específicos y algunos poco comunes, con multitud de temáticas». Desde la plaza de Bellavista del popular barrio del que adquiere su nombre, la Librería El Naranjo todavía mantiene a una clientela que libros en formato físico. «Hubo además un cierto repunte de la lectura en el confinamiento, y una intención, digamos que bastante efímera, de consumirla en librerías que son comercios locales», dice con cierta resignación pero sin caer en derrotismos. La muestra es su resistencia a adoptar ciertos cambios.
Librería y Papelería Vinci
Eduardo y Magdalena pusieron en marcha la Librería y Papelería Vinci en 1979, negocio ahora regentado por su hija, Blanca Aguayo, que cree además que no habrá relevo generacional, ya que sus hijos se dedican a otras cosas. «Nosotros somos cuatro hermanos, y cuando éramos niños nos encantaba este negocio, que es realmente muy bonito», afirma Aguayo. Toco comenzó como papelería pura y dura, luego llegaron los artículos de regalo, y más tarde los libros, pero sólo literatura infantil. Sin embargo, la lectura, contradiciendo las estadísticas, fue abriéndose paso. «Normalmente tengo novedades que al año y medio se editan como libros de bolsillo, o aquéllas que ya directamente salen en su edición de bolsillo, además tengo otro expositor de clásicos para la gente que los busque, colegios o institutos... además de todo eso hay que estar siempre al día», resalta. En el llamativo escaparate hay además un sin fin de ofertas a 5'95. Blanca Aguayo dice que aguantará «mientras me dejen». Este trabajo le sigue encantando como cuando de niña era un juego.
Mario Maiuri, responsable de la librería El Tintero de Córdoba, en su mostrador
El italiano Mario Maiuri vino a Córdoba por un amor que aún dice que perdura. Abrió la librería El Tintero en 1997 gracias a un traspaso. Al principio fue papelería a secas, más tarde llegaron los libros, luego las fotocopias, lotería y paquetería... paradójicamente ahora vende menos libros porque la gente los compra por internet, y vienen a su tienda, que es punto de recogida. «Apuesto para vender sobre todo por los libros que me gustan a mí», señala. ¿Cuáles son? En el anaquel expositivo se pueden ver autores variados, desde Pérez-Reverte, a John Gray, Sally Rooney, Susana Martín-Gijón, Elena Ferrante, Santiago Díaz o J.K. Rowling. Gracias a la ampliación de actividades puede mantener esta oferta.
En un contexto cada vez más adverso, estas librerías sobreviven gracias a la cercanía, la adaptación y una obstinación muchas veces vocacional. No compiten en volumen, sino en trato, criterio y cercanía con la comunidad. Su futuro quizá sea incierto, pero su valor sigue siendo indiscutible para quienes aún encuentran en ellas algo más que un simple punto de venta. Mientras haya lectores que busquen la experiencia del papel y el mostrador, seguirán abiertas en sus barrios. Y eso, hoy en día, ya es mucho decir.