Antiguos zapateros de Córdoba con su mandilSeñán

El portalón de San Lorenzo

Los zapateros de Córdoba y el mandil

«Se usaba también para señalar de forma jocosa (y algo despectiva) a los jugadores de dominó que en su puntuación quedaban en blanco»

Desde la Edad Media consta documentación sobre la presencia de numerosos zapateros por todos los barrios de Córdoba. Lejos de ser una profesión homogénea gremialmente se distinguía entre varios tipos de zapateros, como el zapatero de obra prima (el de mayor nivel), el zapatero de correa, el zapatero remendón y el zapatero de tachuelas. Estos oficios se ejercitaban sentados en una silla de anea, provista de un cojín en los mejores casos, y con una mesa a la altura de las rodillas a modo de banco de trabajo donde se situaban las herramientas, y el tajo momentáneo. Como primera y prácticamente única prenda de protección tenían el mandil, que recibía todas las manchas y los rasguños de las herramientas.

El mandil se colgaba del cuello y se anudaba a la cintura mediante dos cintas hacia atrás. Normalmente era de un material de textura fuerte y en algunos casos hasta de piel. Cuando terminaba la jornada lo colgaban ritualmente en un clavo o alcayata prevista en la pared. Se solía renovar cuando ya estaba prácticamente inutilizable y se caía a trozos.

Como es generalmente sabido, el mandil también se asocia con los miembros de la masonería, que lo utilizan en sus atuendos y rituales. Pero lo que quizás no sea tan conocido es que se usaba también para señalar de forma jocosa (y algo despectiva) a los jugadores de dominó que en su puntuación quedaban en blanco, llamándoles zapateros. Recuerdo así a Rafael Calvo Bello, que apodaban El Mohete, al que después de haber jugado muchísimas partidos en su vida jamás le pusieron un mandil. También es verdad que siempre que la partida iba encaminada a que le colocasen una ‘zapatería’ le surgía ‘inesperadamente’ un problema y decía que lo llamaban teniendo que abandonar, o metía cualquier ‘mico’ y lo que hiciera falta. Y es que, aun siendo un gran jugador, le solía tener verdadero pánico a esta situación.

Siguiendo con los jugadores de dominó en el barrio de San Lorenzo y las ‘zapaterías’ en una ocasión Vicente Soler, jugando en pareja con El Vitori, consiguió endiñarle una ‘zapatería’ al gran Chico Fortuna y a Manolo ‘El Tocinero’, dos grandes jugadores. Según iba encaminada la partida a este desenlace fue llegando gente que se agolpaba alrededor para verlos. Los iba avisando Diego Fernández ‘El Bizco’, guasón como él sólo. Aquel ‘mandil’ por poco hace llorar al Chico Fortuna, formidable y por lo general impertérrito jugador que se dedicaba incluso profesionalmente a las partidas con cartas. Hasta su gran amigo Manolín Jiménez ‘El Boca’ que, como era viernes, estaba ese día de visita en el Rescatado (a donde solía bajar puntualmente desde su casa en el Paseo de la Victoria) tuvo que acudir a la taberna para consolar a su amigo.

El mandil contra la radiación

El mandil no se limitaba a los zapateros, siendo también prenda habitual en otros oficios industriales y artesanos como herreros, caldereros, marmolistas, lapidarios o guitarreros. En tiempos más modernos era prenda imprescindible para los radiólogos aunque al principio de los rayos X aún se desconocían los efectos nocivos de las radiaciones. Así, por ejemplo, la gran química y física Marie Curie (María Salomea Sktodowska-Curie 1867-1934) ganadora de dos premios Nobel y descubridora, entre otros logros, de varios metales radioactivos como el polonio y el radio, murió el 4 de julio de 1934 a causa de la exposición radioactiva a la que estuvo expuesta continuamente en sus investigaciones.

Marie Curie

Conforme se fue siendo consciente de este peligro se empezaron a proteger el cuerpo. Por eso, desde los años 50 a 70 del siglo pasado pudimos ver a tantos médicos con estas protecciones cuando nos observaban por los modernos rayos X.

También era normal en las secciones de soldadura eléctrica ver a los trabajadores ataviados con su mandil para protegerse de las radiaciones que se producían en el arco voltaico, ese preciso instante en el que, por la alta temperatura que alcanzan los metales, éstos se funden produciéndose la soldadura. En este campo no hubo, que sepamos, ningún premio Nobel, pero sí grandes profesionales, sobre todo con electrodos recubiertos, de los que quiero dejar constancia de los que conocí en mi fábrica: Blas Pérez Poyatos, José León Cosal, Rafael Conejo Córdoba, Antonio Morales, Juan Tena, Francisco Rincón, Daniel León, Antonio Trenas, Florencio y Antonio Ruz o Manuel Cazorla entre otros muchos.

El mundo del zapatero

Volviendo al tema de los zapateros, desde sus pequeños portales los zapateros controlaban la vida de sus barrios al igual que hacían los barberos. Su opinión era muy tomada en cuenta, ya que solía ser una voz reflexiva, muy refrenada, quizás por tantas horas sentados en sus mesitas de faena. En el año 1473, cuando se dio en Córdoba la famosa revuelta contra los conversos, el que (a su pesar) se llevó todo el protagonismo para la historia fue un herrero de San Lorenzo. Sin embargo, hay motivos para pensar que, dada la extensión de aquella revuelta y su carácter eminentemente popular, sobre todo en la Ajerquía, algo tendrían que decir al respecto el entonces zapatero de Santiago, Juan Rodríguez; el zapatero de San Andrés, Pero Rodríguez; el de San Pedro, Antón García, o el de San Lorenzo, Cristóbal Ruiz, ya que los zapateros eran normalmente los líderes de opinión en sus barrios. Sería muy extraño que estas personas no hubiesen participado en aquellos tumultos.

Volviendo a temas más amenos, hay que indicar como curiosidad que en la lejana Inglaterra se denominaba “cordobeses", a los zapateros de mayor nivel, influenciados por la reputación de que gozaba nuestra ciudad en los trabajos de las pieles.

Los zapateros de Córdoba en 1852

Por otra parte, el gremio de los zapateros fue siempre de los más fuertes y organizados, con sus propias ordenanzas, muy largas y precisas. Este modelo rígido, donde se regulaba hasta cómo y quién podía acceder a la profesión, se mantuvo casi inalterado hasta el siglo XIX. Una guía de profesiones de 1852 da la siguiente relación de zapateros en esa Córdoba, lo que da idea de su importante presencia.

Zapateros de portal: faltan los que se colocaban en los arcos de la Corredera, sólo se indican domicilios.

Barrio de la Catedral: Francisco Baro y Valle, Rafael Barrios Mayuet, Rafael Castillo Jiménez, Antonio Diéguez Uceda, Enrique Lobato Huertas, Andrés Moreno Labrador, Francisco Torres, Manuel Palou Fernández, Francisco Díaz Rullo, José Castro Lorenzo, Antonio Fierra López, Benito Llorente Castro, Antonio Luque Navarro, Manuel Ruiz y Ruiz, Nicolás Villar Mancilla, Leandro Nevado, Francisco Urbano Muñoz y José de Mesas Gutiérrez.

Alcázar Viejo: Antonio Alcaide Muñoz, Doroteo Barranco y Raya, Juan Bello Triguero, Juan Gutiérrez Amaro , José Lucena Cruz, Ángel Martínez Trapero y Juan Martínez Muñoz.

San Pedro-Santiago-San Francisco: Francisco Álvarez Rodríguez, José Arroyo Casares, Antonio Belmonte Carmona, Mariano Benítez Bermejo, Juan Borrego Juárez, Rafael Carmona del Castillo, Antonio del Castillo González, José Castro Núñez, Manuel Conde Pérez, Rafael Heredia Alcaide, Francisco Herencia Moreno, José López Sufra, Rafael Martínez Gutiérrez, José Martínez Moreno, Rafael Molina Suárez, Francisco Oportos Lunes, José Vázquez, Rafael Vázquez Rubio, Manuel Quiñones Castillo, Manuel Salgado Olmedo, Rafael Uceda Diéguez y Antonio Ruiz Domico.

San Lorenzo-Santa Marina-San Andrés: José Castro Herencia, Rafael Crespo Pérez, Antonio Gómez Caballero, Manuel González Gavilán, Manuel Herrera Rodríguez, Francisco Jiménez Castillo, Marcial Montes García, José Muñoz Moreno, Manuel Muñoz Moreno, Juan Pedro Navarro, Manuel Ocaña, José Ojeda Serrano, Antonio Omite Leiva, Lorenzo Ortega y Repiso, Manuel Peña Barrilero, Eduardo Pérez y González. Antonio Ponce Medina, Carlos Quiles Flores, Ángel de los Ríos Navajas, Francisco Roldan Pérez Ramón Ruiz y Voc, Francisco Sánchez, Juan Sánchez Suárez, Rafael Soto Córdoba y Zacarías de la Virgen Expósito.

Zona centro: Francisco Luque Merino, Francisco Cabrera Romero, Miguel Díaz Dios, Manuel León Llamas, Donoso de Pino y Torres, Joaquín Rodríguez, José Ruiz Miranda y Rafael Suárez Moyano.

Plaza de San Rafael en 1960. El portal del Zapatero, la casa de La Repulla y la casa de La Relojera

«Han matado al cojo Tórtola»

En esta foto antigua de la plaza de San Rafael se pueden apreciar los ocho marmolillos de piedra, que delimitaban la fachada de la Iglesia. No obstante, ya se echaban en falta dos pilares metálicos que, a un lado y otro de la puerta principal, sostenían sendos faroles que alumbraban la entrada, y que fueron eliminados al final de los años cincuenta.

En la fachada de enfrente y a la altura por donde queda el pequeño árbol que se ve, estaba la zapatería de El Cojo Tórtola. El apodo de Tórtola le venía dado, ya que además de ser un eficiente zapatero, fue un gran aficionado a toda cacería de pájaros, especialmente la paloma, la tórtola, el zorzal y la codorniz, a los que solía cazar no pegando tiros, sino con el arte del chozo y la red tan en boga en aquellos tiempos.

Siempre se recordaba que en aquellos bombardeos que cayeron en 1936 en torno a la iglesia de San Rafael uno de ellos pilló entonces a este joven zapatero, y fue el propio sacristán, El Chocolatero, el que al verlo caído en el suelo cundió la mala noticia de que al «Tórtola le había matado una bomba». Afortunadamente, todo quedó en un poco de metralla que, según él, se le alojó en su pierna mala.

El zapatero del Jardín del Alpargate

Otro que podemos citar es a Francisco Morales Muñoz, que venía del campo de las minas. Nació en 1888, en Cerro Muriano, y de joven trabajó en las Minas de Cobre de esa localidad. Cuando contaba 24 años, formando parte de una cuadrilla de cinco hombres y cuando transitaban para acceder al pozo San Rafael, fueron sorprendidos por una enorme explosión al parecer motivada por el cigarrillo de uno de los del grupo, que de forma descuidada pasó por la Santa Bárbara y provocó la explosión. Murieron sus cuatro compañeros y él salió proyectado hacia el interior del pozo, quedando cogido en unos salientes de viga y que al quedar suspendido por la pierna, ésta por el peso del cuerpo quedó prácticamente amputada en el acto. Desnudo totalmente como quedó después de la explosión, lo recuperaron y fue trasladado al Hospital de Agudos en donde le atendieron. Salió del hospital con una pierna menos y su muleta.

Dada su enorme dificultad en la pierna, optó por aprender el oficio de zapatero, para lo que empezó enderezando puntillas en los portales de la plaza de la Corredera, con el zapatero El fiambreras. Más adelante logró aprender bastante bien el oficio y cuando nació su segundo hijo, Manolo, ya estaba trabajando de zapatero cerca de su casa en el Jardín del Alpargate, muy cerca de la taberna Casa Ogallas.

Antonio Mejías Herrera, el zapatero masajista

Hijo de José Mejías Prieto, zapatero de la calle Alcántara, de joven y por razones del fútbol empezó a visitar San Lorenzo, haciéndose amigo de los hermanos Misa, de Pepe Villalonga, del Salvori, el Manolillo, Vicente Soler y el Chato Efrén, todos muy relacionados con el futbol que había entonces en Córdoba. Al heredar la profesión de zapatero del padre, se instaló en la calle Roelas, en un local por encima de la casa del banderillero El Niño Dios. Fue masajista y encargado del material de aquél Córdoba CF que debutó en el año de 1954 con los derechos del San Álvaro. Posteriormente, se trasladó al barrio de Cañero y allí se dedicó con su hijo a las botas de fútbol para varios equipos profesionales, que materializó en su establecimiento Deportes Mejías. Fue testigo entre otras cosas de cómo surgió el imperio platero de Rafael Gómez Sánchez que dio fama a aquella calle de Pintor Muñoz Lucena.

El zapatero de la pajarita azul

Germán Ruiz Raya era zapatero en la calle Montero y llegaría a Córdoba muy joven desde Porcuna (Jaén) con sus padres. Después de regentar un puesto de jeringos en el Paseo de la Ribera, encontraron un empleo en la portería del Palacio del Cine. De allí, ante la familiaridad de sus padres con el dueño de este cine, que era precisamente Antonio Cabrera, surgió la posibilidad de colocarse al inaugurar el Cine Isabel la Católica de elegante portero en el mismo. Allí compartió este puesto de portero con su elegante pajarita azul (se le llegó a nombrar Bob Hope) con el empleado de correos Juan Manuel Sabio y el guardia municipal Felipe Herencia.

Obviamente su taller lo tenía en la calle Montero unas cuantas casas más arriba del famoso patio del Caliche donde vivían el célebre Matías Prats y su hermana la singular Manola, (cuanto se echan de menos ahora en el Córdoba CF). Este patio del Caliche, apodo que se le dio de siempre a este popular ditero, ganaría los mejores premios en el Concurso de los Patios Cordobeses.

La crisis de los zapateros

Desde mediados del XX, la aparición del caucho y otros materiales sintéticos, así como la fabricación industrial en serie del calzado fue la causa directa de que, irremediablemente, fuesen decayendo los zapateros tradicionales. En los años cincuenta apareció por Córdoba una tienda de calzado llamada Segarra que haría historia en nuestra ciudad. Su fábrica central estaba en Vall de Uxó, en Castellón.

El calzado en serie que fabricaba era de aspecto recio, muy adecuado y demandado para trabajos industriales e incluso para el ejército, tanto español como de otros países europeos. Con el tiempo esta empresa se fue refinando en sus acabados y desde las alpargatas clásicas de cáñamo en los años veinte pasó a las suelas de goma y recauchutadas.

Fachada de Calzados Segarra en la calle Cruz Conde

En estos años 50 uno de los constructores más destacados en Córdoba era Federico Valera Espinosa. A mediados de esa década levantó un gran edificio hacia la mitad de la calle Cruz Conde, con proyecto de don Rafael de La-Hoz Arderius. Su fachada, por el tipo de acabado, marcó toda una época, pues fue realizada con gressite que hoy aún se conserva en todo su esplendor. Lo mismo que hemos mencionado aquí al constructor y al arquitecto justo será también que mencionemos a Gabriel González Ruiz, que fue el oficial albañil que decoró la fachada, trabajo de gran complejidad. Ese hombre nació y vivió en la calle Roelas número 12.

En los bajos de este edificio singular se situó el Banco Popular en la esquina con la calle Pastores, la Cafetería Rivera, en el centro y el citado Calzados Segarra, en la otra esquina que lindaba con el edificio de Correos.

La caída de Calzados Segarra

Del Banco Popular no vamos a comentar nada, vaya a ser que nos cobren comisión por hacerlo, pero sí hablaremos de Calzados Segarra, gracias al testimonio personal registrado de Indalecio Segarra Soler, nieto del fundador de esta empresa familiar creada allá por el año 1912.

Según Indalecio, «a primeros de los años 70 la empresa Segarra tenía unos cinco mil trabajadores en plantilla, que cobraban de media un 13% más de los sueldos del convenio del sector. En el aspecto social era modélicos, pues tenían su propio hospital, colegios, viviendas y zonas de recreo para los trabajadores. Era probablemente la mayor fábrica privada de España.

El declive les llegó en gran medida por el ambiente crispado que manejaba como herramienta política la oposición de entonces al régimen. Cuenta Indalecio que las «huelgas eran impresionantes, sin convocatoria y sin pedir nada a cambio. (...) Eran políticas. Uno de los cabecillas acabó diciéndonos que recibían órdenes directas y concretas de Santiago Carrillo, que estaba en París».

Sigue añadiendo: «En aquellos años la política era fundamental. Mandaba Comisiones Obreras y la orden era que la familia Segarra tenía que desaparecer de la empresa. Decían que no trabajaban y punto. Los que querían trabajar no se atrevían. Pero sin reivindicaciones, era el No por el No. Si hubieran pedido algo hubieras negociado, pero no había nada qué negociar. Sólo mostraron un claro interés por hundir la fábrica: huelgas y boicots continuos, botas mal cosidas o agujereadas. No se cumplían plazos de entrega y fuimos desapareciendo de los catálogos».

Con este panorama no es de extrañar que llegase la incautación de la empresa a finales del 76. De presidente pusieron a Oltra Moltó, que había sido gobernador civil de Valencia, pero que no sabía absolutamente nada del sector y pronto lo demostraría.

Unos años antes, en 1973, Price-Waterhouse valoró Calzados Segarra en tres millones de pesetas. Pero cuando el gobierno se quedó con la empresa anunció que la familia Segarra aún tenía que pagar 185 millones. Es decir, no cobraron por su incautación y encima tuvieron que pagar. Según Indalecio, «al menos las 26 tiendas se valoraron en 300 millones de pesetas y con ello pagamos la incautación». El único año que Segarra perdió dinero gestionada por la familia fue el último que estuvieron ellos al frente: 120 millones de pesetas. Al año siguiente, ya incautada, perdieron 1.500 millones; y al año siguiente 2.000, reflejo de lo bien que suelen gestionar las administraciones públicas este tipo de situaciones.

En cuanto a la inquina contra la empresa, cuyo acoso político no paró hasta que la destrozaron, se decía que Calzados Segarra había caído porque había caído Franco y estaba muy ligada al régimen, sobre todo al tener al ejército como cliente. Pero, comenta Indalecio: «La fabricación de calzado para el ejército sólo ocupaba la quinta parte y a la exportación iba el 67 por ciento. En el año 1971 nos llevamos el premio a la mejor empresa exportadora.»

Así se las gastaban entonces...

Total, que Calzados Segarra desapareció, pero los zapateros tradicionales no volverían, puesto que a Segarra le habían salido muchas empresas competidoras que copiaron estilos y modelos. Y con los años aparecerían los chinos con sus zapatos poco más o menos que de cartón piedra. El sector del calzado español no volvería ser el que fue, aunque, por fortuna, parece que está tímidamente repuntando en los últimos años.