Primeras excavaciones en Medina Azahara a comienzos del siglo XXLa Voz

El portalón de San Lorenzo

El trabajo codo con codo de Félix Hernández y Manuel Ocaña

«Recaló en Córdoba, en donde se quedó enamorado para siempre de la ciudad y se identificó con sus mejores monumentos»

Don Félix Hernández y don Manuel Ocaña trabajaron codo con Codo. En el año 1961 don Félix Hernández Jiménez dio un discurso erudito en la Real Academia de Córdoba sobre el codo, unidad básica de longitud en la Historia antes de la introducción en el siglo XIX del Sistema Internacional con sus metros y demás unidades estandarizadas que usamos hoy día. Sólo hace falta leer este discurso, que puede consultarse en la página de la Real Academia, para advertir la enorme preparación en todos los sentidos (históricos, técnicos, narrativos) de este gran arquitecto.

Si uno visita los archivos puede observar en los planos históricos y antiguos que representan la planta de la Mezquita Catedral de Córdoba que casi ninguno está acotado, sin asignar medidas ni la relación entre ellas, lo que dificulta su interpretación. Ante esta situación Félix Hernández no cejó, tratando de encontrar los patrones de referencia empleados como unidad básica para construir esta singular obra. Verificó y midió todas las distancias clave del edificio, y lo hizo ‘in situ’ comprobando sobre el terreno la exactitud de los relatos que sobre dicha construcción hicieron los cronistas musulmanes, fundamentalmente el historiador Al-Maqqari. Después de un pormenorizado estudio llegó a la conclusión de que entre todos los posibles codos de esa época fueron dos los que más se emplearon: el codo «ma' muniy ya», cuyo valor aproximado es de 0,714 metros, y el codo «rassasy ya», unos 0,589 metros. Apreció también en algunos sitios la presencia de otros codos de menor importancia que, según él, serían unidades de medida de las distintas cuadrillas de extranjeros que trabajaron en el edificio.

El arquitecto Félix Hernández Jiménez

Mente inquieta, ávida por conocer todos los secretos del monumento, a este hombre se le ocurrió levantar la solería de la primitiva mezquita de Abderramán I, así como de las ampliaciones de Abderramán II y Al Haken II, para dar con los restos arqueológicos de la primitiva basílica de San Vicente que mencionaban los cronistas árabes. El 28 de diciembre de 1935, día de los Santos Inocentes, al periódico local, mitad en broma mitad en crítica, se le ocurrió presentar una foto trucada en la que aparecían las columnas derribadas con un suelo casi todo levantado, y un alarmista pie de foto que decía: «Se hunde la Mezquita». La broma tuvo su repercusión porque precipitó reacciones en todos los sentidos, así que se tuvieron que parar las excavaciones, tapar y reparar la solería. Se cuenta que el coronel Cascajo, gobernador militar que tan famoso se haría unos meses después, fue uno de los que tomó esta decisión, aunque parece más bien un mito urbano porque difícilmente tendría competencias para ello.

Don Félix Hernández había nacido en Barcelona en 1889 y se hizo arquitecto en su ciudad natal en 1912-1913. En 1915 fue nombrado arquitecto municipal de Soria, y allí aprovechó su estancia para contraer matrimonio. Después de pasar por Linares un corto espacio de tiempo recaló en Córdoba, en donde se quedó enamorado para siempre de la ciudad y se identificó con sus mejores monumentos como la propia Mezquita, Medina Azahara y el hallazgo del templo romano del Ayuntamiento de Córdoba.

El edificio Colomera en la plaza de las TendillasRoger Mendez

Aparte de estos grandes monumentos, también proyectó edificios emblemáticos como la casa de la Condesa de Colomera en la plaza de las Tendillas y la casa de los Hoces en la calle Concepción. A él se debe la feliz remodelación de la céntrica plaza con el traslado del Gran Capitán para presidirla. Los sevillanos lo llamaron para que restaurara su Patio de los Naranjos, pero enseguida se volvió a Córdoba, donde murió el 17 de mayo de 1975.

Manuel Ocaña y Julio Anguita, en Medina AzaharaArchivo Municipal

Manuel Ocaña Jiménez

Manuel Ocaña Jiménez empezó a colaborar muy joven con él y con el tiempo formarían un dúo codo con codo de gran nivel. Dibujaron, allá por el convulso año 1931, un plano de planta de la Mezquita-Catedral que es una joya de la delineación. Este cordobés nacido en el barrio de San Pedro, muy cerca de la plaza de Regina (sus otros nombres de pila lo delatan: Juan Pedro Pablo de los Santos Mártires de Córdoba) fue un hombre nacido para amar a su patria chica, que desde muy joven demostró sus cualidades artísticas en el dibujo y el arte en general estudiando en la Escuela de Artes y Oficios Mateo Inurria.

Desde sus inicios se dedicó a la arqueología, todo ello al lado de don Félix, lo que le facilitó mucho el aprendizaje. Una vieja gramática árabe que le facilitó éste sería un libro que Manuel Ocaña llevaría a todas partes, y con el cual empezó a dominar como nadie la epigrafía histórica en este difícil alfabeto e idioma. Ambos trabajaron juntos en el yacimiento de Medina Azahara, entonces prácticamente inédito. En 1932, el ministro de Estado, don Fernando de los Ríos, visitó las excavaciones y quedó sorprendido por la ejemplar clasificación de las piezas de cerámica verde y manganeso encontradas. Al enterarse que había sido la labor de un joven Ocaña de 17 años le prometió una beca, pero por unas razones u otras nunca llegaría. El arabista Emilio García Gómez apreció sus cualidades innatas y lo recomendó a la Escuela de Estudios Árabes de Granada. Era una forma de premiar en parte su trabajo con esas piezas de cerámica, que fueron incluso expuestas en la Exposición Universal de Barcelona de 1929. Pero la guerra civil complicó todo y a él lo llamaron a filas en el bando nacional, lo que le impidió una licenciatura reglada por la Universidad.

Tras acabar el conflicto se colocó como delineante en Cenemesa, la empresa que le garantizaría el sustento familiar hasta su jubilación. Continuó, no obstante, con su pasión y labor de investigador, siendo uno de los primeros que pudo volver a ver ‘in situ’ el alminar árabe que se escondía desde hacía siglos dentro de la torre de la Catedral. También hizo una recopilación modélica de las firmas de todos los canteros que intervinieron en el monumento, hoy expuestas en el Museo de San Clemente de la propia Mezquita-Catedral.

Firmas de los canteros expuestas en el Museo de San Clemente de la Mezquita-Catedral

Manuel Ocaña también elaboró una tablas de conversión, fruto de una gran labor de síntesis de su capacidad técnica e investigadora, que se convertirían en un instrumento fundamental para la interpretación de las inscripciones árabes por parte de los investigadores que siguieron su camino. Pero aun así se le negaron muchas cosas, recibiendo hasta codazos en vez de reconocimiento por su labor. Y es que, en el fondo, muchos ‘eruditos’ consideraban a este hombre sin formación reglada como un advenedizo.

Al menos Córdoba sí supo valorarlo, y él correspondió siendo un cordobés amante de su tierra, siempre orgulloso de su barrio natal de San Pedro. También fue vecino en la calle del Arroyo de San Rafael y vivió en el nuevo barrio de la Fuensanta. A él se debe la investigación sobre Aben-Hazan, el autor del célebre poema ‘El Collar de la Paloma’, plasmada en el monumento que se le erigió en los años 60 en la plaza San Lorenzo, con su característico cervatillo que nos transporta a la querida Medina Azahara de su juventud. Murió en Córdoba en 1991, y el Ayuntamiento de Córdoba le dedicó con justicia una calle en el popular barrio de los Olivos Borrachos, muy cerca a lo que fuera su fábrica de Cenemesa.

Inauguración del monumento a Aben Hazam en la plaza de San LorenzoArchivo Municipal de Córdoba

El codo en la Universidad Laboral

En octubre de 1957, recién ingresado en la Universidad Laboral, me bajé junto a mis nuevos compañeros del autobús conducido por Abilio Antolín, un enorme Pegaso de color azul que tenía el volante a la derecha. La parada la realizó en la explanada del Colegio Luis de Góngora que, al no estar todavía terminado el Paraninfo, con cierta provisionalidad estaba dedicado en parte a oficinas centrales y de administración.

En total éramos unos 112 externos entre los 14 y los 16 años. No habíamos salido de nuestro asombro ante la monumentalidad de aquellas estupendas instalaciones, que por primera vez presenciábamos en directo, cuando enseguida nos convocaron a una de aquellas amplias dependencias ante un padre dominico de aspecto bajito (el padre Alberto Riera, del que luego nos enteramos que era el vicerrector), acompañado de dos señores, uno de ellos el señor Campoy, y otro más alto y con dificultades para andar, que se llamaba señor Uría.

Nos acomodamos en aquella especie de salón repleto de modernos pupitres con tableros que nos parecieron de calamina. El dominico le pidió a un tal Matías Obrero (luego supimos que se trataba del simpático y eficaz ‘Chato’ Matías) que levantara las persianas para que entrase la luz. Hasta la forma de elevar las persianas con aquella manivela nos sorprendió.

En su calidad de vicerrector a cargo de la regencia académica del centro, el fraile dominico se sentó en la mesa del profesor que se hallaba, como era clásico en aquella época, encima de una tarima de respeto. Estaba flanqueado por los dos señores que he citado antes. Lo primero que hizo fue decir: "Yo soy el dominico Alberto Riera Sellabona, y soy el jefe de estudios. Me acompañan los señores Campoy y Uría que trabajan en la Regencia de Estudios”.

Prosiguió: «Ustedes han venido en ese gran autobús desde Córdoba. Os puedo decir que en Córdoba, y en cualquier provincia o pueblo de España, hay centenares de muchachos que desearían estar aquí, pero desgraciadamente no hay plazas para todos. Por ello la sociedad y la propia Universidad Laboral tenemos la obligación moral de exigiros el máximo de vuestro esfuerzo, para haceros acreedores de la espléndida beca con la que contáis. Tenéis que hincar el codo, como se dice por aquí».

Luego nos llevaron a un departamento de material deportivo que había por los sótanos, tomaron una filiación y nos hicieron unas pruebas de tipo físico. Entramos en grupos pequeños, y los de mi grupo de cinco posiblemente fuéramos de los más bajitos entonces: Nogueras, Navas, Unquiles, Cantarero y yo. Un tal Cruz Carrascosa que nos medía hizo una broma al medir al compañero Cantarero diciendo: "Un metro y un codo”, aclarando al instante que se trataba de 1.54 metros. De allí nos pasaron a otra estancia y nos completaron la entrega de la ropa.

La primera clase que dimos fue de dibujo técnico o industrial, y nos la dio el bigotudo señor Barroso sobre los croquis a mano alzada. Posteriormente tuvimos la inmensa suerte de que nos tocara también como profesor de dibujo don Francisco Zueras Torrens, un auténtico lujo como persona, artista y maestro. Recuerdo que nos habló también del dibujo a mano alzada, y nos hizo ver que muchas veces la simple limpieza de los trazos “le daban vida al objeto o pieza dibujada", por lo cual era fundamental tener en buen estado el lápiz de carbón para corregir, perfilar y dar carácter definitivo al objeto del que estábamos dibujando su croquis. Nos dio consejos sobre cómo coger el lápiz, la postura de la mano y ante todo, cómo apoyar el codo en forma de eje de giro para la mano.

El señor Zueras, aparte de dibujar y ser un artista completísimo, tenía una enorme cultura, y llegó a tener una relación corta pero fructífera con el citado Félix Hernández Giménez. De él supo de primera mano la importancia del codo en todo el proceso constructivo de la mezquita mayor de Córdoba.

Apretar los codos

Aparte de los de dibujo, en aquellos añorados años en la Universidad Laboral nos tropezamos con un plantel de profesores que comprendían lo más selecto de cada asignatura. Las matemáticas, la física, la tecnología, el dibujo y las prácticas de taller formaban un entramado fundamental de conocimientos en lo que fue la enseñanza profesional, tan injustamente tratada en décadas posteriores. Y en este entramado la labor callada y eficaz del padre Riera se hizo notar enseguida con la importancia que daba a la contratación de los mejores. Su ecuación era sencilla: «A buenos profesores, buenos alumnos». Eso sí, en todo momento se nos recordaba y exigía apretar los codos. Seguramente por ello el porcentaje de alumnos que llegaron a buen puerto (y muchos de ellos, a muy buenos puertos) fue elevadísimo.

Aunque podría citar muchos ejemplos de apretar los codos quisiera traer aquí el recuerdo del compañero Ezequiel Tena Ferrer, que en su primer año en la Laboral (1957-58, el mismo que yo) se encontró con muchas dificultades de adaptación. Me contó el padre Espinel, un gran dominico, que a Ezequiel en ese primer año le suspendieron el dibujo industrial. Él era de la lejana y apartada zona del Maestrazgo, y a la vuelta de las vacaciones se presentó al examen de recuperación, pero tampoco terminó de salirle bien. Entonces hubo una reunión en el despacho del director, el padre Bravo, en la que éste se presentó con un gran montón de láminas de dibujo que había hecho Ezequiel por su cuenta durante el verano. Le dijo al profesor: «Mire usted, este muchacho se ha encontrado de pronto con estas asignaturas y le está costando la adaptación. Pero por trabajar y apretar los codos no es. En estas vacaciones ha realizado una lámina por día que le habrá supuesto al menos unas cuatro horas diarias de trabajo, y esto lo ha compatibilizado con levantarse a las cuatro de la mañana y hacer las labores más inmediatas del campo para sus padres. Por eso le pido a usted que le dé otra oportunidad». El profesor, asombrado por el esfuerzo de aquel muchacho, aceptó la propuesta del director y le dio otra oportunidad.

Con aquella forma de apretar los codos a los Gutiérrez, Castillo, Ibáñez Hoyos, Pantoja, Ramos Obispo, Natera, Pons Catalá, Murall Vila, Cobos, Ares… y tantos y tantos compañeros que ya destacaban por su brillantez, les salió un serio competidor. Ezequiel Tena Ferrer, el gran compañero, terminó su carrera de perito industrial entre los más destacados de su promoción. Acabó siendo un experto mundial en la puesta en marcha de centrales eléctricas y nucleares trabajando para Iberdrola.

Empinar el codo

Entre 1944 y 1975 hubo en la calle Roelas una bodeguilla que estaba abierta todos los días sin excepción. Este establecimiento formaba parte de un grupo de despachos que el padre de los Requena instaló por distintos barrios de Córdoba. Hubo otro en los Patios de San Francisco, frente al juzgado, y en San Basilio y Ciudad Jardín. Este padre de los Requena era negociador de vinos de los llamados de pitarra que se producían en Villaviciosa (Córdoba), que luego suministraba a sus despachos, aunque luego en éstos los ponían como procedentes de Lagares Montillanos.

En aquellos años de tanta escasez al final de la guerra era casi un lujo que al menos en tu calle hubiera una bodeguilla. Hasta los años 60 no empezaron a simultanear la venta de vino con la de otros comestibles, manteniendo aún el nombre de bodeguillas con el que muchos han conocido esta especie de pequeños ultramarinos. Fundamentalmente era gente que venía de los pueblos los que explotaron este nuevo filón de negocio, y la verdad es que casi todos ganaron mucho dinero. Luego llegarían los grandes supermercados y acabarían con todo.

Pero hasta esos años 60, esta Bodeguilla de Matías como se le llamaba a la de mi calle, sólo vendía vino y vinagre. De vino tenía variedades de 16, de 20, de 24 y de solera, También tenía una bota de tinto de Jumilla y otra de vino arropado. El coñac y el aguardiente estaban en otros envases para su venta a granel. Como única nevera en donde guardaba las gaseosas Pijuan había una especie de arcón en el que echaban las barras de nieve que compraban de la fábrica de hielo de la Magdalena. Esta nevera tenía mucha actividad en verano, pues el vino tinto con gaseosa se vendía en grandes proporciones. Parece que estoy viendo a Matías con la botella y el embudo echando las gaseosas.

En mi casa, como en la mayoría, había poco dinero, y menos aún para gastarlo en dispendios. Por eso era motivo de alegría simplemente que tu padre o tu madre te dijera: «Anda y ve a Casa Matías a que te llenen esto». De una vez y otra el dueño de la bodeguilla ya conocía lo que cada familia solía llevar a su casa y no había falta ni pedirlo.

El citado Matías era un hombre muy discreto y hablaba lo justo para ser una persona agradable. Se guardada, porque él lo sabía mejor que nadie (aunque todos en el barrio lo podían saber) quiénes eran aquellos clientes que frecuentaban demasiado su bodeguilla para rellenar el vino, con sus garrafas, algunas de envoltura plastificada, damajuanas, o con esas pipetas de cristal que en algunos sitios llamaban «botijos». Como en cualquier establecimiento de aquellos tiempos, la libreta y el «apunta» funcionaba y muchos pagaban por meses nada más cobrar. Llenar una botella de aquellas esmeriladas de tres cuartos, «de mitad y mitad» (24 y solera) valía, por ejemplo, dos pesetas. Y era muy normal por aquellos tiempos y sobre todo en las casas alrededor del patio, ver a los vecinos que después de su jornada laboral y haberse aseado, se sentaban en la galería de su vivienda, unos leyendo ‘El Caso’ otros ‘El 7 Fechas’, y el que tenía aparato de radio a lo mejor escuchando ‘Matilde Perico y Periquín’, pero la mayoría de ellos con su botella de vino al pie de la silla. Se podía decir, que el patio de la casa se convertía en una rutina casi diaria bajo la escasa luz de aquella bombilla de perra-gorda. Las señales en la radio del ‘Diario hablado de las diez’, era la referencia para que el patio fuera abandonado poco a poco.