Érase una vez en RomaTeo Fernández

En el principio...fue la leyenda

«Hay varias teorías sobre el origen del nombre de la palabra Roma, siendo una, claro, el nombre de Rómulo. ¿O el nombre de Rómulo vendría del de la ciudad cuya fundación se le atribuyó?»

Foro romano en 2001, lejos de la masificación actualTeo Fernández

Estuve a punto de levantarme para ayudarla a desenganchar la rueda del carrito de bebé, que se le había quedado trabada en el irregular suelo del foro, pero finalmente lo consiguió sola. Entonces, mientras volvía a acomodarme, me sonrió, agradecida, sin separar los labios. Percibí que realizaba el gesto con cierta familiaridad, y caí en la cuenta de que ya la había visto antes en otros lugares de Roma. Yo no supe cómo reaccionar. Ella siguió caminando como si nada y se fue alejando hasta que la perdí de vista entre solitarias ruinas.

Y es que en septiembre de 2001 el foro romano no había sido todavía invadido por el turismo de masas. De hecho, aún no era necesario controlar la entrada con un ticket (cosa que luego ha ocurrido, al igual que en tantos otros lugares icónicos de Roma), y se accedía libremente, funcionando como un parque abierto al público durante el día. Incluso yo estuve a menudo casi a solas (un par de veces, a solas del todo) en el mismo.

Me sentaba en algún capitel y reconstruía mentalmente los edificios, repasaba los dioses a los que estaba dedicado cada templo, imaginaba cortejos imperiales, disfrutaba del sol templado de Roma y de los tonos ocres de los restos arqueológicos cuando el astro rey no se encuentra alto. También del paso (como he dicho, entonces moderado) del ser humano contemporáneo: una pareja de enamorados, una joven leyendo, un hombre de avanzada edad con espíritu explorador viajando a solas, una mística meditando en posición de loto junto a la casa de las vestales… o mi familiar desconocida paseando a su bebé en el cochecito.

Este valle de los foros era hace tres mil años una zona pantanosa, utilizada fundamentalmente como lugar de enterramiento por las aldeas de las colinas de alrededor, sobre todo el Palatino y el Capitolio. Tuvo ese aspecto hasta que los habitantes de dichas colinas decidieron desecarlo mediante la Cloaca Máxima. Entendemos que esta fusión (o absorción) de poblados, difícil de concretar y de datar (porque se trató de un proceso que debió desarrollarse entre los siglos IX y VI ac.), fue con la que se formó Roma.

Fragmento de Rómulo y Remo, de Rubens, cuadro que se halla en los Museos CapitolinosWikipedia

Pero, ¿qué sería de una gran civilización sin su origen mítico? Y la leyenda romana por excelencia, claro está, era la de su fundación por parte de Rómulo, relato que seguramente mi querido lector conozca. Aunque no fuera así, sus episodios aglutinan un buen número de clichés que le resultarán familiares.

Según la misma, Rea Silvia, hija de un rey de la zona, ve cómo su padre es destronado por el hermano de este, y ella es obligada a convertirse en virgen vestal, con la intención de que no tenga descendencia. Pero queda embarazada, supuestamente del dios de la guerra, Marte, y da a luz a los gemelos Rómulo y Remo. Rea Silvia es enterrada viva y los gemelos son abandonados en una canasta en el Tíber. La misma acaba encallada al pie de una higuera en un meandro en las proximidades del Foro Boario, un foro comercial que ya existía, efectivamente, antes de la creación de Roma, entre el Palatino y el río (la zona donde hoy se encuentra la iglesia de Santa Maria in Cosmedin, la que tiene en su pórtico la famosa Boca de la Verdad), explanada que entonces era inundable.

Los hermanos son encontrados por una loba, que los amamanta en una cueva cercana, y rescatados por un pastor que los criará como si fueran de su familia. Años después, descubrirán su origen real y repondrán en el trono a su padre, rodeándose, para tal fin, de lo peorcito de cada casa (durante siglos, los romanos llevarán a gala este hecho de tener su origen en proscritos). Luego quisieron fundar cada uno su propia ciudad: Rómulo en el Palatino y Remo en el Aventino. Finalmente, tras varias trifulcas entre ellos, Remo muere (a manos de Rómulo en la versión más conocida) y Rómulo funda Roma.

El autor de estas líneas junto a la reproducción de la loba capitolina en el CapitolioTeo Fernández

Hay varias teorías sobre el origen del nombre de la palabra Roma, siendo una, claro, el nombre de Rómulo. ¿O el nombre de Rómulo vendría del de la ciudad cuya fundación se le atribuyó? En todo caso, la raíz de esta posibilidad sería rumon («río» en etrusco) o ruma («colina» en osco); por tanto, «la ciudad del río» o «la ciudad de las colinas». Y, siguiendo con las etimologías, no quiero dejar de señalar que, ya en época antigua, se planteó que la «loba», llamada Luperca, no fuese un animal, sino una prostituta (lupa significa «loba» en latín, y ya sabemos lo que es un lupanar). ¿Quizá en referencia a la propia esposa del pastor...? Y que la cueva del Lupercal, donde los gemelos habrían sido amamantados, se cree haber encontrado en la ladera del Palatino hacia esta zona, cerca de la vía (y la correspondiente iglesia) de mi tocayo San Teodoro.

Pero la fundación pretendía vincularse con la herencia griega, y lo hizo, como en tantas otras ciudades mediterráneas, a través de los refugiados de la Guerra de Troya; en este caso, concretamente, de Eneas. No voy a señalar toda la evolución que sufrió la leyenda, sino que simplificaré haciendo hincapié en que había un importante desfase temporal. Pues, aunque variaba, la fecha de esta fundación mítica de la ciudad (que terminaría fijándose en lo que para nosotros es el 753 a.C.), siempre distaba demasiado de la Guerra de Troya, mucho más antigua. Ello se solventó de una manera muy práctica: rellenando el desajuste con un linaje que iba de Eneas a los gemelos.

El origen de dicha dinastía habría sido el matrimonio de Eneas con la hija del rey Latino (el nombre demuestra que es una personificación, de forma que el matrimonio suponía la unión de ambas raíces o culturas). Esta fue la versión destinada a oficializarse, especialmente cuando Virgilio la remató escribiendo por indicación de Augusto, el primer emperador, la Eneida. Así relacionaba su familia con Eneas (para justificar su poder) y convertía el viaje del troyano en una nueva Odisea llena de augurios y profecías sobre el destino de Roma en general y su descendencia en particular.

Los tiempos previos a la legendaria fundación (con asentamientos como los mencionados en las colinas y junto al Tíber) también dieron lugar a tradiciones. Por ejemplo, un relato curioso y poco conocido es el que narra que cuando Eneas arriba a lo que será Roma... ¡ya encuentra allí presencia griega! Y es que Evandro, rey llegado de la Arcadia décadas antes de la Guerra de Troya, había edificado un asentamiento llamado Palanteo (en latín, Palantium) en una colina cercana al río. Este topónimo derivará en Palatium (el Palatino). Además, en tiempos de Evandro, Hércules habría matado a Caco, un ladrón de ganado cuyo nombre provenía del griego kakos («malo» o «malvado»); hoy, la Real Academia Española acepta el apelativo de dicho maleante como sinónimo coloquial de «ladrón».

Hércules y Caco de Baccio Bandilleni. Piazza della Signoria de Florencia.Tripadvisor

Evandro y Eneas encarnan evidentemente la influencia griega, y Latino a los autóctonos. Respecto a los gemelos, hay muchas teorías: quizá hagan referencia a los habitantes de dos de las colinas, o a patricios y plebeyos. En todo caso, Rómulo y Remo podrían ser, una vez más, los opuestos que se combinan, al igual que el hecho de ser hijos del dios de la guerra y una sacerdotisa: el pecado y la pureza, lo tosco y lo sutil, lo divino y lo humano, lo carnal y lo espiritual. La dualidad infinita de Roma de la que os hablaba en el artículo anterior.

Pero lo que realmente me intriga es algo mucho más cercano y tangible: la mujer del cochecito. Os iré contando nuestros otros encuentros, igualmente casuales. Pero, ¿quiénes eran ella y su bebé? ¿Acaso el fantasma de Rea Silvia paseando a Rómulo eternamente por la Roma primigenia? ¿Sería el espectro de Mesalina, que muchos dicen que todavía vaga buscando amantes en el entorno del Coliseo? Quizá simplemente la propia ciudad, que a sus adoradores nos ofrece su fruto eterno.

O se trataba de Troya y Roma, madre e hija enlazadas por la pasión y el infortunio. Otra vez la dualidad: frente a una Troya destruida por amor, nacerá una Roma hija del dios de la guerra. Una guerra que, como os contaré en el próximo artículo, la acompañará siempre.