Rafael Molina 'Lagartijo'
El portalón de San Lorenzo
Los orígenes de Lagartijo, el primer Califa del toreo
«El 8 de diciembre de 1852 aparece por primera vez su nombre en el cartel de un festival organizado por el Ayuntamiento de Córdoba»
El entorno del desaparecido barrio del Matadero Viejo de Córdoba, al final de las Ollerías pasando la Torre Malmuerta, con sus calles y sus historias, fue un feudo particular de los Molina a partir del establecimiento es esta entonces alejada zona de la ciudad de un tal Alonso de Molina, bautizado en 1667 en San Lorenzo.
Alonso de Molina se casó con María Gavilán, de cuyo matrimonio nacería en 1704 Juan José de Molina Gavilán, que a su vez se casó con María de Flores. Hay que decir que, con dispensa o no, muy probablemente debieron darse matrimonios entre primos hermanos o al menos familiares cercanos, pues hay bastantes casos de personas con los apellidos «de Molina de Molina».
De Juan José de Molina y María Flores nació en 1739 Francisco de Molina Flores, y al menos otro hermano, Ceferino (o Severino), que siendo piconero llegó a ser un gran líder de este gremio. Parece demostrado que algunos de los descendientes de este último se disgregaron después hacia la zona de las Costanillas.
De Francisco de Molina Flores y su matrimonio con Antonia Romero Aljama en 1772 nacieron Juan y Gerónimo Molina Aljama. De Juan Molina Aljama y su matrimonio con Gertrudis de la Vega, en 1802, nació Manuel Molina de la Vega (1814-1854). Y ya de este Manuel Molina de la Vega y su matrimonio con María Sánchez Serrano, (1839) nacería nuestro Rafael Molina Sánchez, ‘Lagartijo’ (1841-1900), en la llamada entonces calle de los Molinos, número 10.
Para ubicar ésta desaparecida calle hay que tener en cuenta que de la plazuela del Moreno, centro esencial del barrio, partían una serie de callejas denominadas «de los Molinos». Formaban una especie de cruz y popularmente se conocían como las Cuatro Esquinas. Rafael Molina Sánchez 'Lagartijo' nació en el tramo de esta cruz que salía para el Campo de la Merced. En otra de las esquinas vivió Virutas; en otra, Manolete padre; en otra, Camará, y en la otra El Niño Isabel. Todos relacionados con el mundo del toro. Más adelante, por debajo del economato de Asland, vivía el picador Miajitas, y ya cerca de la fábrica de pieles que allí tenía Pablo Vidal vivió el Guerra. Con razón al barrio del Matadero Viejo se le llamó el barrio de los toreros.
Sus comienzos como torero
El padre de Lagartijo era un sencillo banderillero al que apodaban El Niño Dios, y también su tío fue un matador de toros sin suerte llamado El Poleo, perteneciente a una familia que usaba ese apodo. Con estos orígenes, tanto por sangre como por haber nacido en ese barrio torero, el niño Rafael parecía predestinado.
Aunque se dice que el día de la Fuensanta de 1851, con sólo 11 años, toreó un becerro en Córdoba, su carrera como tal empezó en el escalafón como banderillero, como era costumbre por aquellos tiempos. Así, el 8 de diciembre de 1852 apareció por primera vez su nombre en el cartel de un festival organizado por el Ayuntamiento de Córdoba como tal. De una forma u otra, desde entonces no abandonaría el mundo del toro, dando su gran salto desde simple aficionado al pasar a formar parte como banderillero en la cuadrilla profesional de Gordito, famoso torero sevillano, su mentor, que lo cuidó y aconsejó como si de un hijo se tratara.
Por su viveza y agilidad ante los toros llegaron a comparar al joven con la habilidad de movimientos de la lagartija, por lo que su apodo estaba servido. Pero él, que no se andaba con bromas, pidió que de Lagartija nada, que si acaso fuera Lagartijo. En su barrio, sin embargo, aún seguirían llamándolo cariñosamente durante unos años simplemente como El Chico.
Decidió dar al salto a matador en 1863, y todos los cronistas coinciden al decir que en esa primera etapa suya ejerció el toreo de dominio y auténtica lidia que entonces se estilaba. Era el toreo del que sería su gran rival, Frascuelo, tratando de dominar a una fiera astifina con muchísimo peligro. A aquellos morlacos apenas se les daban unos pases de trasteo, eran unas fieras en el sentido literal del término donde lo que valoraba el público era que el matador pudiese no sólo llegar a sobrevivir a las embestidas de aquello, sino incluso matarlo. Era en la suerte suprema de entrar a matar donde los matadores se jugaban el prestigio y la fama, y ahí el joven Lagartijo ya empezó a destacar.
La estrella indiscutible
Si se hubiese quedado ahí, muy probablemente Lagartijo hubiera sido uno más en el escalafón. Pero pasado este tiempo inicial, sin dejar de ser un matador dominador, empezó a desarrollar un toreo más calmado, más estético, logrando una forma de torear de posturas con sabor a añejos carteles de toros: nacía el toreo artístico, siempre dentro de los límites que imponían aquellos morlacos cada uno con un comportamiento propio de su padre y de su madre. Los críticos admiraron aquel giro en la técnica del toreo y empezaron a considerarlo un torero «grande» para unos, quizás “el más grande", para otros.
Dada su larga carrera profesional, que era algo inusual en su tiempo, sus facultades para torear aquellos peligrosos toros se resintieron, lógicamente, con el paso de los años, pero lo suplía hábilmente, pues tenía recursos como el pasito atrás a la hora de entrar a matar, aliviándose con media estocada. Muchos lo criticaron, pero otros alabaron su originalidad y llamaron a esa técnica la media lagartijera. Dominaba y era capaz de salir airoso de todas las suertes de la lidia, destacando a lo largo de toda su carrera en las banderillas, lo que recordaba sus inicios.
Como torero dominador tuvo muy pocas cogidas, pero aún así las tuvo, algunas de cierta gravedad. El periódico ‘El Toreo’ reseñó las más importantes de sus primeros años: en el año 1863, en Cáceres, un toro de Benjumea le hirió en el muslo izquierdo, precisamente al banderillear. En el año 1864, en Madrid, mes de julio, el toro Capirote, de la ganadería de Concha y Sierra, le infirió una cornada en el muslo derecho. En el año 1865, de nuevo en Madrid, mes de octubre, el toro Bolero, de la señora Ortiz, le dio un puntazo leve en un muslo. El toro se las traía, pues había peleado meses antes con el famoso elefante Pizarro. En el año 1867, en Sevilla, mes de junio, un toro de Anastasio le hirió en el muslo izquierdo. Ese mismo año, en Madrid, mes de octubre, el toro Sevillano, de la ganadería de Andrade, le produjo heridas en el glúteo y zonas adyacentes. En 1870, en Cádiz, mes de mayo, fue herido en el muslo izquierdo, El año 1872, en Zaragoza, mes de octubre, un toro de Ziguri le dio una cornada en el muslo derecho. En el año 1873, en Madrid, mes de junio, el toro Charretelo, de Bermúdez Reina, le causó varias heridas en el brazo derecho.
En total, desde que tomó la alternativa en 1863, hasta su retirada en 1893, tomó parte en 1.632 corridas de toros, de ellas 404 en Madrid, récord absoluto, teniendo en cuenta, además, los medios de transporte de la época. Sumó 4.687 toros estoqueados.
Su adiós en 1893 fue en realidad una gira de despedida por los principales cosos que lo habían visto triunfar: en Zaragoza, el día 7 de mayo; Bilbao el 11 de mayo; Barcelona el 21 de mayo; Valencia, el 28 de mayo, y Madrid, el 1 de junio. En todas ellas se encerró con seis toros. En la de Madrid no tuvo suerte, y entre la gente que no le perdonaba una (lo que suele pasarle a todos los grandes toreros en sus últimas campañas) y la mala suerte, se formó un gran escándalo, por lo que tuvo que ser protegido por la fuerza pública.
Su mejor temporada fue la de 1885 donde toreó 57 corridas, de ellas 27 en Madrid, y eso que le fueron suspendidas ocho por problemas de lluvia, dos de ellas en la capital. En aquella temporada cobró nada menos que 224.295 pesetas, una fortuna para la época. En Madrid cobraba unas 11.500 pesetas, casi el doble que en Córdoba y otras grandes plazas de nivel similar, donde su caché rondaba las 5.000 pesetas.
La persona
Metido desde niño en ese mundo, todo lo que aprendió de buen torero fue a expensas de no aprender casi nada de otras materias. Llegó a la adolescencia sabiendo mucho de toros, pero apenas nada de letras.
Hombre de carácter serio y formal, cordobés de pura cepa, su cultura era por tanto muy limitada, lo que no fue impedimento para que se crease una imagen de Séneca popular con frases sentenciosas, aunque sin llegar al nivel que en esto alcanzaría después el Guerra. Aunque carente de estudios, siempre tuvo conciencia de que hubiese sido mucho mejor tenerlos, de su necesidad e importancia, lo que quedó reflejado en el elegante despacho que se montó en su casa de la calle Osario número 10.
Gran devoto de San Rafael, se dice que postergó el comienzo de una corrida ante la impaciencia del respetable porque se le había olvidado una medalla del Arcángel y exigió volver al hotel por ella. En su ámbito más familiar, sólo con la cercanía de los suyos pudo sobrellevar la soledad que le ocupó a la muerte prematura de su esposa en 1882, cuando apenas llevaban tres años casados. En el periodo que permaneció casado disfrutó de la buena cocina que le preparaba Leonor Jiménez Cantarero, su cocinera, que le preparaba las mollejas, los callos, y algún que otro estofado de rabo toro, platos todos ellos exquisitos para él.
A pesar de su trayectoria de triunfos, como todos los figuras tuvo también sus detractores, sobre todo al final de su recorrido como torero y como persona. Y, como las grandes figuras, pasó olímpicamente de ellos.
Lagartijo como ganadero
Amante del campo, en 1880, cuando llevaba 15 años como matador de toros, pensó criar ganado bravo, para lo cual compró una remesa de 150 vacas al ganadero portugués Rafael José da Cunha, y algunas más a don Ignacio Roquete. Las vacas, que estaban a punto de parir, las acomodó en sus fincas Los Aguilarejos y Córdoba la Vieja, tradicionales campos para la cría de ganado bravo hasta tiempos recientes. Con su amigo y rival en los ruedos Frascuelo hicieron las primeras pruebas de tienta y acoso de los animales.
Creyendo que el ganado estaba a punto presentó su ganadería en Madrid el día 15 de junio de 1884, en la octava corrida de abono. Los toreros de aquella corrida fueron Gordito, Currito y Cuatro Dedos. Después llevó sus toros a Córdoba, Sevilla, Barcelona, Murcia, Málaga, Granada, Montoro, Jaén, Linares y a casi todas las plazas de España. Pero pronto se dio cuenta de que sus animales eran excesivamente grandes y pesados, con poca agilidad para el lucimiento del torero, por lo que de la noche a la mañana, en un arrebato, mandó todo su ganado al matadero para carne. Sus mayorales, El Mellizo y El Manco, no pudieron convencerle para que siguiera afinando a los toros. No hubo manera.
La casa de la finca de Lagartijo poco antes de su derribo
La finca de Rabanales y su encuentro con el obispo de Córdoba
En Córdoba era costumbre la de exponer los toros que se iban a lidiar en la plaza (hasta 1825 en la plaza desmontable del Campo de la Merced) en la finca de Rabanales, que también compraría Lagartijo para su disfrute. Esta finca, en cuyo paraje aún hoy se mantiene el topónimo, estaba cercada y medía unas 99 hectáreas. Estaba compuesta, a su vez, por la Huerta Nueva Santa Ana, Haza de las Alberquillas, “Haza Cruz de Hierro, Haza Los Ciegos y Haza Moyano, según escrituras de fecha 27/08/85, 27/08/85, 9/01/84, 5/11/85 y 9/04/87 ante el notario García Castillo. El amigo Paco Ruiz, gran enamorado de las cosas de Córdoba me facilitó el dato de la longitud del cerramiento de esta finca: 3.800 metros lineales.
En esta finca estaba la famosa Cerca de Lagartijo, cuya historia es bien conocida como testimonio imperecedero de la gran bondad del torero hacia los que más lo necesitaban. En 1886 el obispo de Córdoba, don Sebastián Herrero, se puso en contacto con Lagartijo a través del fraile Padre Benito Rubio, gran amigo personal de él, con el fin de pedirle ayuda para los más necesitados, en un época de falta de trabajo. Él le contestó que por supuesto, que iba a intentar ayudar lo que pudiera contratando trabajadores para levantar una cerca en su finca de Rabanales. Se cuenta popularmente que una vez que terminaron la cerca, y para darles más trabajo, les pidió que la derribaran y la volvieran a levantar, pero eso no está contrastado.
La cerca en el tramo que da a la Nacional IV
La obra de la cerca, en datos
Realizando un análisis teórico desde un punto de vista técnico y profesional, la realización en 1887 de la Cerca de Lagartijo tuvo que suponer algo más de 20.000 jornadas suponiendo cada una de éstas unas diez horas a un jornal diario de 1,30 pesetas. A lo largo de las distintas operaciones con las que contó dicha elaboración llegarían a simultanearse unos cien trabajadores en los 15 tajos que se abrieron a lo largo de toda la cerca. El tiempo estimado para una realización sensata de esta obra (quitando lo de que se tiró y volvió a levantar) pudo estar en torno a los diez y seis meses. (Año y medio).
Fue considerada como obra rural, y como tal asesorada por un perito agrícola y tres maestros de obras, de aquellos antiguos que tenían gran experiencia. Hay que tener en cuenta que el trabajo se realizó con los medios que existían en aquellos tiempos, con mulos y borricos como medio normal de transporte. A continuación mostramos un presupuesto desglosado usando estas cifras teóricas para un trabajo en el que se invirtieron unas 251.000 horas de mano de obra directa durante los 10 meses que calculamos que duraría la obra.
1. Limpiar zona
Nivelar terreno. Retirar escombros.
Importe: 5.660,00 pesetas.
2, Materiales y otros
12.825.000 de kilos de piedra arenisca. 100 metros cúbicos de cal de mortero. 750 metros cúbicos de arena de río. Paja. Agua. Alquiler de herramientas. Alquiler de andamios. Alquiler de borricos.
Importe: 8.100,00 pesetas.
3. Replantear zanjas
Poner testigos. Colocar hilos.
Importe: 780,00 pesetas.
4, Hacer zanjas de 0.70 x 0.80 metros
Cavar a pico y pala. Retirar tierras. Nivelar y compactar fondo.
Importe: 7.462,00 pesetas.
5. Levantar muro y pilares
Compactar pies de cerca. Andamios. Primera solera y sucesivas hiladas:
Importe: 13.050,00 pesetas
6. Trabajos generales
Seleccionar y trocear piedras. Acarrear piedras. Hacer mezclas y servir. Retirada de escombros. Traer agua. Colocar cancela de entrada. Limpiar restos de obra:
Importe: 5.770,00 pesetas.
7, Sueldos facultativos
Un perito, dos topógrafos, tres maestros de obras.
Importe: 4.500,00 pesetas
TOTAL OBRA: 53.342,00 pesetas