Érase una vez RomaTeo Fernández

La Suburra, Julio César y aquel gol de Zidane

«Julio César persiguió y derrotó a los pompeyanos por todo el territorio romano, incluida la famosa batalla de Munda. Arrasó, además, Córdoba (Corduba), que había tomado partido por los perdedores, y donde parece que tuvo su primer ataque de epilepsia»

Estatua de Julio CésarRAE

Era la noche de San Isidro, y un puñado de estudiantes Erasmus españoles cantábamos el golazo de Zidane en la final de la Champions League. Luego nos fuimos a celebrar la victoria a los foros imperiales, que era lo que un servidor consideraba adecuado (por aquello del imperio futbolístico merengue). Pero algunos, claro, querían llamar la atención. Así que, buscando más visibilidad, terminamos en la Fontana de Trevi, donde los turistas japoneses pedían hacerse fotos con nosotros, que llevábamos la bandera del Real Madrid y demás complementos.

El partido lo vimos en el Finnegan, un pub irlandés que todavía existe en Vía Leonina. Actualmente, esa zona corresponde al «rione» Monti, pero en la antigüedad era el barrio de la Suburra, encajado entre las pendientes del Quirinal, el Esquilino y el Viminal. Allí nació (o, al menos, se crió) Julio César, y su nombre tenía la misma raíz que la palabra «suburbio» (o sea, algo fuera de la «urbs» primitiva), representando el área más popular de Roma: un laberinto de callejuelas llenas de tiendas y tugurios que poco tenían que ver con el encanto del Finnegan y que, según se cuenta, eran frecuentados por Mesalina (que venía buscando amantes) e incluso por Nerón (que se disfrazaba para no ser reconocido).

Interior del Finnegan Tripadvisor

Parte del barrio se eliminó para construir los foros imperiales, que llegaron a ser cinco en total, y que se fueron añadiendo al primigenio Foro Romano que comenté en el artículo anterior. Augusto, al realizar el suyo, erigió un impresionante muro para separar estos espacios del cuestionable barrio y protegerlos de los numerosos incendios que en él tenían lugar. El «Muro de la Suburra» no solo se conserva, sino que, con el paso de los siglos, aprovechando su capacidad defensiva, incluso se construyeron casas encima.

Restos templo foro Augusto y Muro Suburra. (2017)

Aunque Augusto fue el primer emperador, el primer foro que se sumó al original no fue el suyo, sino el del mencionado Julio César, su padre adoptivo. Pero, para llegar a esa bisagra en la que Roma llegaba a convertirse en un imperio a través, sobre todo, de estos dos personajes (ambos entre los más interesantes de toda la historia), había llovido mucho desde lo que os conté hace un mes.

La fundación de la ciudad, que según la tradición tuvo lugar el 21 de abril del 753 a.C. (fecha fijada por el historiador Marco Terencio Varrón), conllevó el reinado, claro está, de Rómulo. Tras su muerte, la Monarquía continuó, completando, en teoría, un total de siete reinados en dos siglos y medio; pero debemos poner en duda mucho de lo que conocemos de ellos, ya que se mezclan la historia y la leyenda. Sí es reseñable que la corona no era hereditaria y que ya existía el senado.

Augusto Prima Porta Museos Vaticanos

En el 509 a.C., se supone que debido al hartazgo por los abusos de algunos de los reyes, se instauró la República, en la que el poder recaía en dos cónsules elegidos anualmente, si bien en situaciones excepcionales se podía elegir un dictador por tiempo limitado. En dicho contexto republicano existirían, en el segundo tercio del siglo I a.C., los dos famosos triunviratos: alianzas estratégicas entre ambiciosos personajes que se utilizaban unos a otros y que jugaban con cargos e influencias para aglutinar poder. Alianzas que, a la postre, terminarían dando al traste con la República.

El primer triunvirato, que nació en el 60 a.C., estuvo conformado por Gneo Pompeyo Magno (que tenía de su lado el ejército y el senado), Cayo Julio César (apoyado por la plebe) y Marco Licinio Craso (que era extremadamente rico). Pero el acuerdo nunca se llamó así (triunvirato) en las fuentes antiguas, ya que no fue oficial; se le ha calificado de esa forma por analogía con el segundo. Este primero no fue un reparto de poderes, sino un pacto (en principio, secreto) entre tres figuras que en ese momento se necesitaban.

El «monstruo de tres cabezas» (como lo llamó el mismo Varrón) finalizó cuando Craso, que anhelaba la reputación militar de sus aliados, murió en una imprudente campaña en el 53 a.C.. El senado nombró a Pompeyo «cónsul sin colega» (toda una anomalía), creyendo que podrían controlarlo y serviría para quitarse de en medio a César, que entonces estaba combatiendo en las Galias. Pero no fue así. Ni Pompeyo se dejó manejar, ni César se achantó. Todo lo contrario: frente a los intentos de que licenciase las tropas, se la jugó a todo o nada entrando en Roma con ellas (algo prohibido). Cuando iba a cruzar el río Rubicón (que marcaba la frontera que no podía superar el ejército), era consciente de que estaba declarando una guerra civil, y se supone que admitió que ya no había marcha atrás sentenciando «alea iacta est» («el dado está lanzado», que ha pasado a la historia como «la suerte está echada»); aunque puede que lo dijera en griego.

Lo indudable es que venció a Pompeyo, quien terminó huyendo a Egipto, donde fue asesinado por esbirros del faraón. Julio César lo persiguió hasta allí, y de esa forma conoció a Cleopatra, que se iría con él a Roma y sería la madre de Cesarión, único hijo natural del general. Igualmente persiguió y derrotó a los pompeyanos por todo el territorio romano, incluida la famosa batalla de Munda. Arrasó, además, Córdoba (Corduba), que había tomado partido por los perdedores, y donde parece que tuvo su primer ataque de epilepsia (si bien ahora se cree que lo que sufría quizá no fueran ataques epilépticos, sino ictus).

Julio César (Museos Vaticanos)

Haciendo gala de esta habilidad militar y política (en su casi mítica capacidad sexual no voy a entrar), fue acumulando poder, sumando cargos cada vez por periodos más largos, convirtiendo el senado en algo meramente consultivo y tomando medidas demagógicas para seguir teniendo a la plebe de su lado. Proclamado dictador perpetuo, recibió las famosas veintitrés puñaladas pocas semanas después, cuando estaba buscando la forma de proclamarse rey: el 15 de marzo del 44 a.C. Las renombradas idus de marzo.

Al año siguiente de la muerte de César se conformó el segundo triunvirato, en el que Marco Emilio Lépido se alió con los dos herederos del asesinado: Marco Antonio, su lugarteniente, y Cayo Octavio Turino, su sobrino-nieto e hijo adoptivo (Octavio tendrá varios nombres aparte de este, que fue el de nacimiento, pero yo me referiré a él como Octavio, o de la manera de la que ha pasado a la historia: Augusto). Los tres se repartieron el «imperio» y, para fortalecer los vínculos, Marco Antonio se casó con Octavia, hermana de Octavio. Pero, en el mencionado reparto, Egipto quedó bajo control de Marco Antonio... que allí fue seducido (sí, él también) por Cleopatra. Y, dominado por lo que Plutarco (otro historiador) llamará «furor báquico», devolvió a Octavia a su hermano.

Las tensiones por el poder (y otros asuntos, como este de Octavia) se convirtieron, lógicamente, en enfrentamientos bélicos entre los triunviros. Octavio obligó a Lépido a retirarse de la política, y consiguió que el senado declarara la guerra a Cleopatra, maquillando así lo que en realidad era una guerra civil contra Marco Antonio. Venció a los amantes en el 31 a.C. y, un año después, estos se suicidaron en sendos episodios que debieron resultar shakesperianos. Además, ordenó matar a Cesarión, entonces ya adolescente, que podía suponer competencia al ser hijo natural de César y Cleopatra.

Eliminados todos sus oponentes, consiguió lo que no había logrado Julio César: el equilibrio entre las instituciones republicanas y el inmenso poder personal que aglutinó. Restituyó formalmente sus atribuciones al senado, del que obtuvo varios títulos. Así, en el 27 a.C. se convirtió en «Imperator Caesar Augustus». Y utilizó la figura del «Princeps» (y el principado), que se basaba en la reputación, para disfrazar el asunto.

Con el objetivo de justificar la posición obtenida, llevó a cabo una fascinante campaña casi publicitaria de la «gens Julia» (a la que pertenecían Julio César y él mismo). Por ejemplo, encargando la «Eneida», como señalé en el artículo anterior, o en su foro, que mencioné al principio de este (y que, por cierto, inspiraría la ampliación del foro de Córdoba). Pero su gran problema no tuvo que ver con el pasado, sino con el futuro: buscar heredero, ya que no tenía hijo biológico varón, y justificar la sucesión. Al final, tuvo que conformarse con la opción que menos le gustaba, adoptando a su hijastro Tiberio y casándolo con su hija Julia.

Curiosamente, aunque Augusto levantó el Muro de la Suburra para salvaguardar los foros de posibles incendios en dicho barrio, no mucho después ocurrió lo impensable: el quinto emperador, Nerón, quemó una inmensa zona al suroeste del muro, precisamente el lado que se pretendía proteger. Eso (y otras cuestiones, incluida la manera en la que conocí a mi novia romana gracias a una conversación sobre el gol de Zidane) os lo contaré en el próximo artículo. Son muchas cosas, pero lo prometo. Como César al cruzar el Rubicón, o como el Imperio tras el principado de Augusto, ya no tengo marcha atrás: alea iacta est.