Loquillo: instrucciones para hacer un concierto impecable
El músico barcelonés recaló en el Teatro de la Axerquía de Córdoba con sus grandes éxitos y una exhibición de profesionalidad
Loquillo, en uno de los momentos del concierto
En diciembre de 1991, un nutrido grupo de estudiantes cordobeses de COU, cuando cada clase tenía más de 40 alumnos, llegaron a Florencia en su viaje de fin de curso. Nada más desembarazarse de las maletas en el hotel, se lanzaron a las calles sin cenar y sin supervisión, pues entonces niños y jóvenes vivían en un universo distinto al de los adultos. En sus pensamientos, la extraña promesa de una discoteca que, en algún sitio, les esperaba. ¿El Duomo? ¿El Museo Uffizi? ¿El Palacio Vecchio? ¿El puente que cruza el Arno? Todo eso puede esperar si italianas imaginarias pululan en la mente. Durante el largo trayecto hacia no se sabe muy bien dónde, alguien tarareó. Otro se unió. Y otro. Y otro. Y el de más allá. Y aquel. Al final todos cantaban al unísono 'Cadillac solitario'. Al terminar se repetía. Y se tripitía. Y se volvía a ello. La palabra bucle se quedaba corta. A falta de himnos de guerra, esos españoles habían adoptado una balada desgarradora como forma de enfrentarse a lo desconocido. Aquello fue subiendo de volumen. Llegó un momento en que los nenaaaaaaaaa, eran tan altos que los florentinos miraban alarmados. ¿Quiénes serían esos vándalos extranjeros que en lugar de quemar coches y contenedores se dedicaban a desafinar? Casi era preferible hacer una pintada en el David de Miguel Ángel, parecían decir sus caras. La cosa tomó derroteros de verdadera vergüenza ajena, hasta que, una vez alcanzadas altas cotas de ridículo, la tonadilla cesó por agotamiento y sobrevenida autocensura. He ahí la discoteca. ¿Y las chicas? No había nadie, claro, era la clásica trampa para foráneos. Muchos de aquellos chavales estaban ayer, 35 años después, en el concierto de Loquillo dentro del Festival de la Guitarra. José María Sanz Beltrán permanecerá afortunadamente ajeno a lo que un día se hizo con uno de sus éxitos más sonados en una de las ciudades más bellas del mundo.
El Festival de la Guitarra, a lo largo de los años, y especialmente en lo que respecta a los conciertos del Teatro de la Axerquía, ha generado su propio y sano ambientillo. Antes de los conciertos, la gente se va reuniendo en bares y tabernas cercanos. En unos se veían a aquellos antiguos alumnos, ahora cincuentones. En otros a padres que llevaban a sus hijos, todos ellos ataviados con camisetas del músico nacido en Barcelona. Grupos de edades variopintas, con abundancia de calvas en el país con más calvos por metro cuadrado, reponían fuerzas entre cervezas, flamenquines y salmorejos para la cita. Loquillo llegaba con su gira 'Corazones legendarios', mismo nombre que el disco de dúos que publicó en septiembre pasado. En él hacía un repaso de grandes éxitos de su trayectoria junto a nombres como Leiva, Andrés Calamaro, Coque Malla, Bunbury, Raphael, Tarque o el tristemente fallecido Jorge Ilegal.
Loquillo dio un verdadero recital en la Axerquía
Estas experiencias de las colaboraciones entre músicos fueron excepciones a finales de los noventa, se hicieron más frecuentes en los dos mil, empezaron a ser excesivas en la década pasada y hoy son norma. Casi resulta ver ya raro a un cantante que publique un disco en solitario. No siempre las aportaciones de otras personas tan distintas, y de manera a veces forzada, son idóneas para los temas. Tal es el caso de 'Corazones legendarios'. El excelente sonido del álbum no puede ocultar que ninguno de los éxitos de Loquillo supera al original, más bien pierden fuerza en un contexto de pericia y claridad en la producción. Está el cuerpo, pero no el alma. Afortunadamente para el público, el directo de Loquillo, como diría un cordobés, se deja de pegos. Es puro rock and roll. Contundente. Sin tonterías. El disco ejerce, en realidad, de excusa para esta exhibición... en la que el disco queda, paradójicamente, al margen.
Muchos cantantes españoles llegan al triunfo absoluto convirtiéndose en su propia banda tributo. Es el caso de Loquillo. No hay intención peyorativa en esta aseveración. Más bien al contrario. La actitud es perfecta. El repertorio, indudable. Los éxitos interpretados, todos. La banda, en perfecto estado de revista. La escenografía, ajustada como un guante. El sonido, trabajado. El público, entregado. El conjunto: una máquina perfectamente engrasada. La estrella se ofrece con generosidad al respetable, y la audiencia le regala sus merecidos aplausos. Esto, en el fondo, es llegar a ser un músico popular, entendido como del pueblo.
Loquillo junto a uno de los guitarristas
No se puede poner ni un pero al concierto de Loquillo. Desde que empieza con 'En las calles de Madrid' hasta que termina con 'Cadillac solitario', es una muestra constante de profesionalidad y fuerza, en los primeros compases con cuatro músicos virtuosos (batería, dos guitarras y bajo), a los que se añaden más tarde un teclado (y ocasional acordeonista) y un saxofonista. Loquillo deja hacer a la banda, lleva hacia sí el protagonismo sólo cuando corresponde, controla cualquier aspecto del sonido, y muestra en el escenario al viejo rockero que nunca muere. Sus 65 años (en diciembre cumple 66) son un número sin importancia. Quién diría que tiene edad ya para estar jubilado. La puesta en escena sencilla, eficaz, elegante y energética es justo lo que pide el repertorio.
'Rock and roll star', 'Feo, fuerte y formal', 'Memoria de jóvenes airados', 'Rey del glam', 'El ritmo del garaje', 'El último clásico'... todos los éxitos se sucedieron con maestría y vigor en un concierto, sencillamente, impecable. El lleno del Teatro de la Axerquía con un público cómplice elevaba el momento. Y encima ni siquiera hizo demasiado calor. ¿Qué más se puede pedir?
Loquillo consiguió además, esa pequeña proeza que sólo logran algunos elegidos: que numerosos grupos, aquí y allá, al salir del concierto, estuvieran canturreando alguno de sus éxitos, incluso bien lejos ya de la Axerquía. Algo verdaderamente entrañable. En cada sitio, un tema diferente. Varios amigos, ya maduritos, cantaban 'Cadillac solitario'. ¿Quiénes serían?