Las brujas de Letrán y los milagros del Olímpico
Charlé con varios de los aficionados locales, que me trataron con mucha amabilidad, incluso con admiración. «Gioccamo contro la storia del calcio», sentenciaba alguno muy emocionado de volver a la Copa de Europa enfrentándose nada menos que al Madrid
El autor, junto a un grafiti del escudo de la AS Roma en la isla del Tíber
Era el 11 de septiembre de 2001. Unas horas antes había tenido lugar el atentado de las Torres Gemelas. Yo estaba en la grada del Estadio Olímpico viendo al Real Madrid ganar 1-2 a la Roma. Se había planteado suspender el partido, pero al final se celebró, y, a pesar de agotarse las entradas, hubo bastantes asientos vacíos, pues mucha gente no asistió por precaución. Se temía, incluso se esperaba, algún otro ataque. ¿Y qué sitio más probable que la capital de la cristiandad, concretamente un recinto que acogía más de setenta mil personas? De hecho, cuando pasaba un avión por encima del estadio, se hacía un impresionante silencio.
Hablando de aviones, yo había aterrizado en la Ciudad Eterna justo una semana antes (el día que conocí a Giorgia y que os conté en el segundo artículo). Y me sorprendió encontrarla plagada de banderas, escudos, grafitis, etc., de su principal equipo de fútbol, la Associazione Sportiva Roma, que un par de meses atrás conquistase el Scudetto (la Liga italiana). Si la temporada previa había sido la Lazio, el otro club de la capital, quien ganara la principal competición trasalpina, ahora lucía el título la AS Roma, el uniformado con los colores identificativos de la ciudad (giallorosso). Casi como una venganza vecinal, un «pues yo también» entre los típicos paisanos eternos rivales.
El entrenador de la Roma era Fabio Capello, que dirigiría al Real Madrid cuatro años antes y, curiosamente... también cuatro años después. La columna vertebral del once tipo la componían Walter Samuel, Emerson (ambos acompañarían a Capello en su segunda etapa en el club merengue), el eterno capitán Francesco Totti y el argentino Batistuta. Aunque la verdad es que casi todos los del plantel eran jugadores con carisma, incluso los que hacían trabajo sucio, como Tommasi. Este guerrillero veronés, al igual que sucediera luego con Gattuso en el Milán, había conquistado el corazón de los aficionados romanistas. Por eso, una de las pintadas que más me sorprendió en las calles exclamaba «Tommasi, sindaco» (sindaco significa «alcalde»).
Y también apenas llegado allí me encontré una grata sorpresa: la Roma, esta Roma flamante campeona, triunfante y exultante, iba a jugar, claro, la Liga de Campeones, después de décadas sin hacerlo. Y cayó en el mismo grupo que el Real Madrid, tocándoles enfrentarse en la jornada inaugural en el Olímpico (el encuentro con el que he comenzado este relato). Lo curioso, querido lector, es que ese fue el primer enfrentamiento (al menos, oficial) entre ambos clubes, no solo en esta competición... ¡sino en toda la historia! O sea, que tuve una increíble suerte con el bombo.
Pero mi dicha en los cruces no terminaría ahí, porque esa temporada en la Champions habría otra ronda de grupos, y en ella le tocaría con el Barcelona. No se preocupe, querido lector, que de ese partido (y de otros) hablaré el mes que viene, para no futboxicar a nadie. Ya me pongo a hablar, aunque no lo parezca, de asuntos más romanos.
Mi fortuna en los dos sorteos fue, sin duda, el primer milagro. El segundo nos lleva de vuelta a la zona que traté en el artículo anterior (y por eso hablo del episodio en este): Letrán. Donde, por cierto, la tradición cuenta que en la Antigüedad tenían lugar aquelarres convocados por los fantasmas de Salomé y su madre, condenados a vagar para siempre en torno a la basílica de, por supuesto, San Juan. Y la cita tenía lugar precisamente en su noche, el 23 de junio.
Venta de caracoles ante San Juan de Letrán en la Noche de las Brujas
Ellas intentaban capturar almas, las hechiceras recogían plantas, y los romanos, tras dejar sal en la puerta de sus hogares (por si acaso), acudían para ahuyentarlas haciendo todo el ruido posible, lo que justificaba música, pirotecnia y cualquier otro jaleo. Ello que se convirtió en una tradicional fiesta, la Notte delle Streghe (la Noche de las Brujas), donde era típico comer caracoles, y que terminaba por la mañana, con la misa oficiada por el Papa en la catedral. Sin embargo, durante el siglo XX, el evento ha perdido casi todo su brillo.
Tras este paréntesis brujeril, cabe recordar que Letrán estaba encajado en el espacio entre el Coliseo, el Celio, la Domus Aurea y la muralla, que aquí tenía dos puertas: la puerta Mayor y la puerta Asinaria. Esta última fue sustituida en la segunda mitad del XVI por la de San Giovanni, que aún se encuentra en uso gracias a los arcos laterales que se abrieron en 1926, o sea, hace justo un siglo.
La Puerta de San Giovanni con el arco original y los laterales que cumplen un siglo
Y esta puerta da paso a la Vía Appia Nuova (antigua Vía Campana), donde fui a un tabacchi (un estanco) a intentar comprar la entrada para el Roma - Real Madrid en la mañana en la que salían a la venta. Llegué dos horas antes de la apertura, y la cola, toda de romanistas, claro, era kilométrica. Cuatro horas más tarde, solo quedaban los billetes más caros, a ciento sesenta mil liras, que al cambio serían unos ochenta y tres euros (faltaban cuatro meses para la aparición de la moneda única). Ello había provocado que muchos interesados fueran desertando, lo que, sumado a los despachados, hizo que mi turno estuviera cercano; tanto, que ya me encontraba dentro del local.
En ese rato, como es lógico, charlé con varios de los aficionados locales, que me trataron con mucha amabilidad, incluso con admiración. «Gioccamo contro la storia del calcio», sentenciaba alguno muy emocionado de volver a la Copa de Europa enfrentándose nada menos que al Madrid. Y me acordé de lo que decía Jorge Valdano: solo podemos entender la dimensión universal de este club al comprobar su impacto en otras partes del mundo.
Cuando quedaban unas cinco personas delante de mí, el dependiente imprimió una entrada, revisó algo en pantalla y, agitando el boleto con la mano en alto, exclamó que era «l'ultima dello stadio», para que supiéramos que nos podíamos ir largando, porque únicamente quedaba esa. Pero el chico al que estaba atendiendo respondió que quería asistir con su novia, así que no compraría solo una. Se hizo el silencio y alguien dijo: «Per il tofoso spagnolo» («para el aficionado español»). El vendedor alargó el brazo hacia mí, yo le di las ciento sesenta mil liras y me fui con mi tesoro más feliz que una perdiz... antes de que nadie se arrepintiera. Supongo que todos los que tenía delante en la cola también necesitaban más de un asiento.
La última entrada del Roma - Real Madrid de septiembre de 2001
La última entrada del estadio. Y por una carambola. Segundo milagro.
Al final, en el partido (del que se cumplirán veinticinco años dentro de pocos días) hubo bastantes asientos libres, como empecé diciendo. Aunque más curioso me resultó ver que, mientras yo me controlaba y no celebraba los goles del Madrid, mucha gente sí lo hacía. Meses después, cuando fue a jugar el Barcelona, animé, claro, a la Roma, y no me cohibí. Pero la compra de esa segunda entrada sería más accidentada y podríamos haber terminado regular. Tuvimos también suerte, aunque en otro sentido.
Para mí ya era el tercer desenlace extrañamente dichoso. Como en Roma nada es casualidad, creo que tuve, lo he mencionado antes, intercesión metafísica, fuera cosa de Dios (lo más probable), o fuera un hechizo de las brujas de Letrán (menos luminoso, pero, a tique regalado, no le mires el diente). Y ese último afortunado episodio, que comenzó en una larga noche de parranda en un castizo barrio de la Ciudad Eterna, os lo contaré el mes que viene: mi tercer (y último) milagro del Olímpico de Roma.