Modelo del autobús con el que se hizo el viaje a Cádiz en 1959

El portalón de San Lorenzo

Crónica de un viaje de Córdoba a Cádiz

«En principio no vimos a nadie, hasta que nos dimos cuenta de que las voces de socorro provenían del techo del autocar»

Con la llegada en 1954 del recientemente fallecido don Juan Novo como cura párroco de la iglesia de San Lorenzo se produjo un antes y un después (para lo bueno y lo malo, según la opinión de cada uno) no sólo en la iglesia, sino en todo el barrio.

El enérgico sacerdote cántabro, nada más llegar a la parroquia se enfrascó en una serie de reformas considerables en el templo fernandino, montó Cruces de Mayo, carrozas para las romerías, habilitó nuevos grupos escolares, fundó una Rondalla, levantó un imponente Hogar Parroquial en el Cerro de la Golondrina (con aulas, cine de verano y teatro aficionado) así como algún que otro proyecto más.

El teatro de este Hogar Parroquial es el que dio lugar al viaje que comentaremos en este artículo. Como ya dijimos en su momento, fue inaugurado en 1959 con una obra titulada ‘Ven y sígueme’, montada y dirigida por Rafael González que eligió para la misma a antiguos compañeros del cuadro de actores del colegio salesiano como Francisco Montes, Rafael de Toro Sotomayor, Antonio Echániz o Paco Lozano, así como a jóvenes de la parroquia para los papeles secundarios, como Carmelina Liébana, Manuel Urbano, Antonio López e Inocencio Montes, que haría el ingrato papel de Judas Iscariote. De la música se encargó un joven y entonces casi desconocido Luis Bedmar Encinas, y de la tramoya y luces Isidoro Álvarez.

En la función inaugural se llenó totalmente el teatro, y eso que la entrada costaba 15 pesetas, que no era moco de pavo en esos tiempos. Bien es verdad que hubo mucha gente colaborando en su venta, e incluso las peñas del barrio aportaron su colaboración desinteresada. La obra fue un gran éxito, tanto de crítica como de público, y don Juan Novo quedó encantado. Tanto es así que quiso premiar a todos los que habían colaborado con un viaje a la ciudad de Cádiz organizado por la parroquia.

El propio Rafael González se encargó de gestionar el autocar, que se anunciaba como «moderno y con aire». Para llenarlo, otras personas del barrio se apuntaron pagándose el viaje, que iba a tener lugar aprovechando el puente del 18 de julio de 1959, entonces festivo.

El insufrible viaje

Ni qué decir tiene que los «afortunados» con el viaje estábamos ilusionados y expectantes, porque para muchos sería la primera vez que viésemos el mar. Pero las cosas se torcieron pronto. En primer lugar, el autocar no sería el previsto Auto Pullman, sino un viejo cacharro como los que se utilizaban en los autobuses urbanos de Algeciras. Tenía matrícula de Melilla sujetada de forma precaria con alambres. Al montarnos en la tarde noche del viernes 17 de julio nos dimos cuenta de que aquello era más un vehículo propio para transportar soldados a la mili que otra cosa. Pero nos daba igual.

El conductor se llamaba Nicanor Rómulo y era de Puente Genil. Viendo nuestras caras al montarnos en «aquello» el hombre se esforzó por intentar convencernos de que dicho autocar jamás le había dejado abandonado.

Como íbamos tantos, a algunos de nosotros, los más jóvenes, nos había tocado viajar en una especie de asientos supletorios, una pequeña plataforma abatible que simulaba un asiento en la parte trasera. Ríanse de las seguridades con las que se viaja hoy con sus cinturones de seguridad. No sé si era por estar ahí atrás, pero aquello era un tormento por los traqueteos que pegaba el autocar. La subida a la Cuesta del Espino fue todo un número, hasta el punto de que nos dio la impresión de que el propio toro de Osborne, que estaba recién colocado, nos miraba compadecidos por los ruidos de aquel cacharro cuando el pobre conductor cambiaba una y otra vez de marcha para que tuviese más brío al subir. Ni por esas: subimos los últimos a la cola de los lentos camiones.

La excursión trataba de llegar a Cádiz bordeando todos los pueblos de la costa de Málaga. El objeto era ver y disfrutar el paisaje. Ya en Málaga, bajando la llamada Cuesta de la Reina, con sus curvas una tras otra, fue cuando muchos contemplamos por primera vez, a lo lejos, el mar, pero la alegría se mitigaba puesto que íbamos sufriendo con tanta vuelta y vuelta y el mar al fondo. Del traqueteo de aquel infernal vehículo dos o tres botijos que se llevaban esparcieron su agua por el suelo al salir rodando en una de esas cerradas curvas.

Llegamos a duras penas a Málaga y paramos cerca de la estación de Renfe para ir al baño y reponer fuerzas. Nicanor, que no tendría más de 45 años, aprovechó la ocasión para sacar de su acalorada guantera un bocadillo que tenía envuelto en un papel de periódico. De haber sido salchichas hubiéramos dicho que salían ya calentitas con el calor del motor. Pero no, era un simple bocadillo de bonito con tomate, que el buen hombre, que llevaba diez horas conduciendo, se comió con gran apetito.

Tras la parada arrancó de nuevo el autobús, y cuando apenas estábamos dejando atrás la conocida fábrica de Cervezas San Miguel paró de golpe el autocar. Dirigiéndose a Isidoro Álvarez, que iba en el primer asiento, le dijo: "Estoy muy malo, pero que muy malo, tengo muchas ganas de vomitar”.

Isidoro, que siempre fue un hombre muy resolutivo, le indicó a Jesús Espinosa (cuñado del cura Novo) que se bajara, saliese a la carretera, y al primer coche que pasara le pidiera auxilio. No hizo falta esperar mucho pues al ver el autobús aparcado malamente en medio de la carretera acudió la Guardia Civil. Uno de los guardias llevó a Nicanor a la cercana fábrica de cervezas para que lo atendieran en el botiquín. Mientras, el otro, con la ayuda de Jesús Espinosa, situó el autocar correctamente fuera de la carretera para evitar algún accidente.

No tardó mucho el otro guardia civil en volver con el conductor, al que le habían dado simplemente Agua de Carabaña para que terminase de vomitar todo el bonito con tomate, que con el calor del motor parece que se había estropeado. Una hora tuvo que pasar para que se le cortaran los vómitos, y fue entonces cuando, un poco más aliviado, el bueno de Nicanor reanudó la marcha.

Pasamos a continuación por lo que luego se conocería como la Costa del Sol, pero entonces no había prácticamente nada más que casitas de pescadores. Afortunadamente, no tuvimos más sustos en esa parte del trayecto. La siguiente parada fue en Algeciras, donde pudimos ver un montón de autocares iguales al nuestro haciendo los servicios urbanos de aquella ciudad. También vimos en una cartelera que se anunciaba un novillero llamado Lupión, y enseguida caímos en la cuenta de que era el sobrino del asentador de pescados de Córdoba Alfonso Lupión, que tenía casa en Algeciras.

Como era previsible estando en esa ciudad gaditana, algunos del grupo querían comprar tabaco rubio de contrabando y, preguntando a los lugareños, nos encaminamos a un local de la calle Panaderías donde nos llamó mucho la atención que el cruce contaba con un semáforo, lo que era todo una novedad para nosotros. Lo curioso del asunto es que quien compró el tabaco rubio de contrabando allí en Algeciras, pensando que aquello era Jauja, lo pagó más caro que si lo hubiese comprado por ejemplo a los Trujillo en San Lorenzo.

Tras retomar el viaje pasamos luego por Tarifa y el aire entraba por las ventanas como Pedro por su casa. Al llegar a una zona de polvorines Isidoro quiso hacer de comentarista culto y recordó la famosa explosión del verano de 1947, No sé si fue casualidad o no, pero justo fue mencionar la explosión y el autocar se salió de la carretera con un sonido estruendoso, quedando la cabina fuera de la misma. Excuso decir la sensación de miedo, más bien pánico, que experimentamos. El conductor trató de tranquilizarnos, nos pidió serenidad, y que la gente basculara para atrás a fin de que el autocar no volcara de cabeza a la cuneta.

Todos nos volcamos en la parte de atrás pero aquello era pedir demasiado. Un grupo de unos quince nos quedamos dentro del autocar para que no volcase hasta que llegó otra pareja de la Guardia Civil, que nos pidió de nuevo serenidad. Mucha serenidad tuvimos hasta que, al cabo de un buen rato, volvieron con un tractorista montado en su vehículo para remolcarnos. Nicanor dijo que el accidente se había producido porque el espejo superior del retrovisor se había desprendido al perder los tornillos y se metió en el volante impidiendo el movimiento de giro. Eso fue lo que dijo, pero muchos pensamos que ese hombre llevaba muchas horas al volante y pudo quedarse dormido.

Aquello se arregló como se pudo y dimos mil gracias a Dios de que dicha salida de la carretera no hubiese sido un poco antes, cuando pasábamos por auténticos precipicios al borde de la carretera. Con todo el miedo del mundo continuamos el trayecto. Paquito Lozano, uno de los principales protagonistas de ‘Ven y sígueme’, era un hombre muy aprensivo, y hasta que no llegamos a San Fernando estuvo encogido y no se incorporó para mirar por la ventanilla. Al llegar a los llanos de esta localidad inmediata a Cádiz respiramos aliviados.

La playa de Cádiz sobre 1959

Por fin llegamos a Cádiz

Al pasar por el Cuartel de Infantería de Marina de San Fernando quiso la casualidad que el soldado que estaba en la garita de guardia no fuese otro que el simpático Churumbaque de la calle los Frailes, conocido nuestro del barrio que entonces se dedicaba a vender zorzales y pajaritos por las tabernas de Córdoba. Le pedimos al conductor que parara un momento para saludarle, y al frenar Nicanor de forma brusca e imprevista un sencillo motocarro que venía por detrás, con una especie de cómoda en lo alto, chocó contra nosotros sufriendo su conductor daños en un brazo. Un guardia municipal que había por aquella zona multó a nuestro chófer por haber frenado de forma repentina, máxime en una zona militar donde estaba prohibido hacerlo.

Sin apenas incidentes ya, y con unas vistas impresionantes, llegamos a Cádiz capital a la 9 de la tarde, después de 23 horas de autocar. Nicanor aparcó el cacharro en la zona del puerto, muy cerca de la plaza de la Constitución. El autocar, aun estando ya parado, nos daba la sensación óptica de que seguía en marcha, de tantas horas como llevábamos sentados en él.

La mayoría de los matrimonios que nos acompañaban en aquella excursión se bajaron y se fueron a buscar un hotel o pensión donde pasar la noche. Uno de los primeros que se marchó fue el bueno de Nicanor, que tendría ganas de llegar a su pensión para echarse a dormir después del «tute» que se había dado. Dijo que al día siguiente vendría a media mañana a llevarse el autocar para una revisión de frenos en una especie de taller retén que atendía los servicios de autocares que iban a Cádiz.

Los que se quedaron a pasar la noche como pudieran dentro del cacharro fuimos los jóvenes, el matrimonio ya mayor de Enrique Morte y su esposa, y el del mismo Isidoro Álvarez con la suya. Estuvimos un rato desentumeciendo las piernas por los alrededores, y cuando volvimos al autocar ya casi era de noche. Después de comer un somero bocadillo nos dispusimos a acomodarnos y tratar de dormir.

En ese momento Isidoro Álvarez cogió una especie de colchoneta que llevaba para la playa y, diligentemente, empezó a subir por las escalerillas por las que se accedía a la baca del autocar. Despidiéndose con un cordial «buenas noches» pensaba, de forma un tanto flamenca, dormir sin agobios ni estrecheces encima del autocar. Nosotros, mientras, recordábamos algunos de los episodios ocurridos en el viaje, y de esta forma hacíamos tiempo antes de poder dormir algo.

Cuando estaba casi a punto de volcarnos el sueño oímos de pronto unos gritos apagados de «¡¡auxilio, auxilio!!» Nos asomamos por las ventanillas y en principio no vimos a nadie, hasta que nos dimos cuenta que las voces de socorro provenían del techo del autocar. Allí arriba Isidoro, chorreando y empapado, casi afónico además de tiritando, se había medio desmayado del espasmo que había cogido con el relente y la brisa del mar. Lo llevamos a un puesto de la Cruz Roja que había cerca del puerto y nos advirtieron que lo que Isidoro había hecho no se podía hacer de ninguna manera junto al mar. Le inyectaron algo parecido a Urbasón para paliar su tiritera de órdago.

A la mañana siguiente, muy temprano, unos diez de los más jóvenes quisimos aprovechar aquellas primeras horas del día para visitar el barco de guerra Canarias que junto al Churruca estaba fondeado en el puerto. Nos dirigimos a la zona de desembarco donde ya había bastantes curiosos madrugadores visitando el barco. Paseamos por su cubierta y dependencias sin ningún problema, observando que dentro de las salas de mando hacía mucho calor. El pobre barco, que había luchado en la guerra civil, estaba en las últimas, y luego nos enteramos que iba a ser pronto retirado de la circulación.

Cuando volvimos al lugar donde debía de estar aparcado nuestro autocar, cerca del puerto, no lo encontramos. Enrique Morte, que no se había movido del sitio junto a su esposa, nos explicó que el conductor había venido antes de tiempo con prisas y se lo había llevado para que le reparasen los frenos y «otras cosas». También había dicho que lo traería de vuelta a eso de las siete de la tarde. Lo malo es que nos habíamos dejado allí dentro las bolsas con nuestros bártulos del baño y otras pocas pertenencias.

Sin saber dónde podía estar el autocar reparándose, y sin medio alguno de poder comunicarnos con Nicanor, el día de playa se complicaba aún más. Aquello sonaba a risa pero era así. Como pudimos nos montamos en el tranvía y bajamos en la parada que existía delante del Hotel Playa, que con su fachada posterior presidía la famosa Playa de la Victoria.

Una vez en la playa supimos que había una caseta en la cual alquilaban bañadores, toallas y otras prendas para el baño. Aquello sería la solución, aunque era un gasto no previsto para nuestros menguados dineros que habría que descontar de la comida y alguna que otra bebida. Pero ya que estábamos en Cádiz, y viendo el mar por primera vez, había que meterse al menos en el agua.

La caseta era una instalación de servicio público donde casi todos los bañadores eran cortados por el mismo estilo, con lo que parecíamos salidos de un colegio o una agrupación excursionista. La verdad es que no costó caro aquel alquiler, y eso que hasta nos hicieron un descuento como si fuéramos un presunto grupo escolar.

Al menos la playa era espléndida, con un fondo de arena impresionante. Cerca de los altavoces del Hotel Playa estaba la familia de Rafael de Toro, con su esposa y sus suegros, todos los cuales habían venido con nosotros en el cacharro. El suegro, todo lo que tenía de grande lo tenía de bueno, si bien era algo sordo. Habían alquilado un casetón de la playa, y mientras todos fuimos al hotel a tomar algo, él, cansado y ya mayor para estar yendo de aquí para allá, se quedó sentado en una hamaca encargado al cuidado del casetón.

El locutor Juan Martín Navas

Pero este hombre, posiblemente el de mayor edad de la excursión, fue vencido por el cansancio y se quedó profundamente dormido durante un buen rato. Lo malo es que el mar no descansa nunca y el agua empezó a subir y a subir mientras los demás estábamos en la terraza del Hotel Playa escuchando atentos a través de sus altavoces a Juan Martín Navas, que estaba relatando con mucha emoción por la radio la última etapa Dijon-París del Tour de Francia ganada por el francés Joseph Groussard. Esa victoria parcial era lo de menos: lo que nos importaba era que ese año de 1959 el ganador final sería por primera vez un español, Federico Martín Bahamontes, con una ventaja de cuatro minutos y un segundo al francés Henry Anglade, segundo en la general.

Tras la alegría por la victoria de nuestro compatriota, cuando la familia y unos cuantos más que tenían sus cosas junto al casetón volvieron a donde las habían dejado se encontraron al suegro llorando impotente. Cuando se despertó el mar se había llevado arrastrando todas sus pertenencias. Unos educados señores de Cádiz que se acercaron a consolarle le dijeron: «Es que en Cádiz sube el mar y al poco tiempo experimenta una gran bajada, por lo que hay que tener mucho cuidado con eso». Lo cierto es que las pertenencias estaban flotando en el mar bien lejos, al menos a sesenta metros.

La suegra de Rafael de Toro, pequeña pero que era de armas tomar, le montó la mundial a su marido. Una vez tranquilizados los ánimos, como se pudo, Rafael de Toro, con la ayuda de algunos bañistas voluntarios y buenas personas, que siempre las hay, pudo recuperar aquellas prendas y luego ordenarlas y secarlas.

Mientras tanto Inocencio Montes había ido a por pescado frito del que tenía fama Cádiz. Esperamos ilusionados su vuelta que al final fue otra decepción, porque lo único que nos pudo traer de la freiduría que encontró fueron unos simples boquerones fritos, cuando en la taberna Ordóñez de la calle Tinte, como en tantas otras de Córdoba, los comíamos igual o mejores, y lógicamente más baratos. Así acabó nuestra peripecia en Cádiz.

Con el paso del tiempo no sé si apenas quedaremos una decena de los miembros de aquella accidentada excursión que hicimos a Cádiz, que más parecía el guion de una película de humor negro de Berlanga que la realidad de unos pobres cordobeses que iban por primera vez a la playa.