Ambiente alrededor de la Fuente de San Lorenzo (1897)

El portalón de San Lorenzo

La fuente de San Lorenzo: historia viva de Córdoba

«He visto a tres chicos comiéndose unos estupendos huevos fritos, y la verdad es que me han dado ganas de uno»

En la mayoría de las ocasiones los políticos suelen ejercer un poder absoluto en temas de urbanismo. Todavía recordamos cuando los voceros de determinadas ideas se rasgaban sus vestiduras por lo que le pudiera pasar a una encina que había en la plaza de las Tendillas antes de su última remodelación. Con motivo de proteger a la encina se formó hasta una mesa de expertos que llegaron a la gallega conclusión final de que «una plaza lo que debe de seguir siendo es una plaza». Pero parece que este criterio no les fue válido para respetar muchos años antes la icónica plaza del Moreno, ni para formar plataformas contra su eliminación.

En la foto que presentamos a continuación, realizada entre 1900 y 1905, la mujer de la foto es Dolores Prieto, La Partera, que vivía en la calle Roelas. El apodo hace mención a su saber en muchos partos, según nos comentaría una vecina que nos dejó con 102 años. Sobre los 70 años debía tener Dolores en la foto, que también estaba especializada en el fajado de niños, aquellos que al poco de nacer, por el llanto continuo, «se quebraban». Era cotidiano que los propios médicos recomendaran a estas mujeres.

Dolores Prieto 'La Partera', en la Fuente de San Lorenzo a principios de siglo XX

La fuente cuadrada de pilón en piedra negra estaba en la plaza de San Lorenzo desde 1735, y fue como un ser vivo y paciente, testigo de todo lo que ocurrió en la plaza desde hacía casi tres siglos (que lo palpamos y lo vivimos). Pero los políticos de turno la hicieron desaparecer alevosamente y en su lugar remodelaron la plaza con un recuerdo del autor de ‘El Collar de la Paloma’ que ya tenía su estatua en la Puerta de Sevilla. Y eso que esta plaza nada tuvo que ver con el citado autor, si acaso, por los restos encontrados debió de ser vecino de la casa número 10 de la calle Roelas en donde aparecieron los testimonios arqueológicos que apuntaron la hipótesis de que Aben Hazam pudo vivir en el barrio.

Alrededor de la fuente

Como hemos indicado en otras ocasiones, en los años 40 y 50 había en San Lorenzo, como en la mayoría de barrios de Córdoba, un gran número de tabernas, muy cerca unas de otras. Podían competir entre sí porque cada una tenía su propia y particular clientela, llegándose a comentar que cada tabernero, por su forma de ser y de llevar el negocio, se merecía el perfil de clientes que tuviera.

Así, esos años de mi niñez, en la misma plaza de San Lorenzo o sus inmediaciones estaban Casa Armenta, Casa Ordóñez, Casa Miguel, Casa Minguitos, Taberna Los Perros y Casa Huevos Fritos.

Sin embargo, el paso del tiempo fue inexorable y comenzaron a desaparecer, al principio porque los posibles herederos ya no quisieron seguir con el negocio de sus padres, entre otras cosas porque ser tabernero a la antigua, sin descansos semanales y abriendo y cerrando a horas intempestivas, era algo muy duro. Otro motivo importante en su paulatina desaparición fue el cambio progresivo en las costumbres de la sociedad, con la demanda de establecimientos donde no fueran sólo los hombres a beber, sino toda la familia, y además se pudiese también comer, lo que unido al descenso continuado en el consumo de vino hizo que muchos de aquellos mostradores, donde simplemente se bebía vino de pie, quedaran poco a poco casi vacíos. Algunas tabernas subsistieron un poco más apoyándose en las peñas que se instalaban en ellas, porque entonces el complicado mundo de las peñas era visto como una oportunidad y no como una molestia.

La primera que desapareció fue la simpática taberna Casa Miguel, regentada por Miguel Cosano y su esposa Candelaria. A pesar de ser ésta una excelente cocinera el sitio no animaba precisamente a comer. Por ello, en 1957 traspasó la taberna a Antonio Gamboa, que la renombró como Casa Gamboa y se acreditó en el buen tapeo logrando durante varias décadas cierto renombre en Córdoba, hasta que en los 80 desapareció.

La taberna Casa Ordóñez fue un ejemplo claro de las consecuencias que tenía la caída acelerada en el consumo del vino puesto que allí la cocina brillaba por su ausencia. Además, también cayó Bodegas Ordóñez que se lo suministraba. El vino ya no era negocio, al menos para estas pequeñas tabernas y bodegas. En un principio estuvo al frente Paco Medina, yerno de Ordoñez y posteriormente fue arrendada a varias personas siendo uno de los últimos el célebre Platerito, hasta que cerró definitivamente. Ahí se puso la Farmacia de San Lorenzo atendida por un nervioso Pepe, que con sus nervios cerró la Farmacia sin darse cuenta.

La taberna Casa Minguitos tenía su cartel con una selecta clientela de gente de más postín (incluidos el cura de San Rafael y el escultor Martínez Cerrillo). Contaba entre sus mozos de mostrador con un joven Rafael Carrillo Maestre que defendía muy bien el negocio. Pero Manolo Luque Cabello, Minguitos, vendió el inmueble, y trasladó la taberna a Ciudad Jardín, en la calle Antonio Maura, en donde desapareció al poco tiempo.

De Casa Armenta a Casa Luis

Con un cambio de dueño, la histórica Casa Armenta (que venía desde el siglo XIX, como mínimo) se convirtió en Casa Manolo en el año 1954. Funcionó muy bien mientras la regentó Manuel Jiménez Torres (1923-1985), al que apodaron Manolo Quinielas por una quiniela que llegaría a acertar de 490.000 pesetas (un dineral para la época) que le permitió quedarse con el traspaso de esta taberna e incluso derecho a la vivienda.

Manolo Jiménez desde primera hora puso al frente de la taberna Casa Manolo a su hermano Pepe Jiménez, un gran profesional y que gracias a la habilidad de su mujer, Rafaelita, como cocinera, empezó a introducir la idea de las tapas con una gran aceptación. En el centro de su patio cubierto existía una mesa donde coincidían amigos y conocidos, un lugar de encuentro «sagrado» donde se reencontraba la gente que se había mudado a otros barrios de la ciudad, e incluso a otras ciudades como Madrid o Barcelona. Además, la taberna era sede del equipo de fútbol del San Lorenzo, que dentro de su modestia alcanzó grandes cotas deportivas, y las quinielas y los cupones de los ciegos hacían allí su agosto.

A mediados de los años de 1970, esta taberna Casa Manolo, al marcharse Pepe Jiménez, fue llevada por los hermanos Antonio y Luis que vinieron de Vílchez (Jaén), siendo hermanos de Petra, la esposa de Manolo. Al morir Manolo Jiménez quedaría como dueña su esposa Petra, la cual confió en sus hermanos Antonio y Luis para llevar la taberna. La muerte de Antonio y la posterior de Petra, dejaron la taberna al cargo de Luis y su esposa Encarnación para la cocina, si bien ya habían contratado a un joven Juan Antonio Díaz para atender la barra.

La taberna Casa Manolo se transformaría en Casa Luis al no tener más remedio que trasladarse por derribo del inmueble a un local arrendado, propiedad de un tal Bartolo, que hacía esquina en el recién inaugurado pasaje Isidoro Álvarez, que comunicaba la calle Escañuela con la plaza de San Lorenzo. En ese lugar el Bar Casa Luis progresó de forma importante, gracias fundamentalmente a la cocina de Encarnación.

Después de casi una década en pleno apogeo, el tal Bartolo (dueño del local) no les renovó el contrato de arrendamiento, y en su lugar el mismo Bartolo abrió su propio Bar Casa Bartolo que estuvo funcionando durante una década, al final el bar fue arrendado a distintos dueños con desigual suerte, hasta que llegaron los actuales del Pórtico de San Lorenzo, que parecen que se han acreditado y asentado definitivamente.

La taberna Casa Luis en la actualidad

Al tener que abandonar Casa Luis el local que en su día les arrendara el tal Bartolo, Encarnación la viuda de Luis, adquirió en propiedad la remodelada Casa Gamboa, que es donde en la actualidad se ha hecho famosa por todo lo que sale elaborado de su cocina; eso sí, con la ayuda de Mari, la simpática vecina del Rancho Grande. Y en la barra, claro está, sigue el eficaz Juan Antonio Díaz.

La taberna Los Perros cerró por jubilación de Pepe Laguna Martínez, desapareciendo así un lugar en donde los músicos, y los jugadores se encontraban a gusto.

Ahora quiero centrarme en la taberna de Huevos Fritos donde, a pesar de que han desfilado distintos dueños, este nombre de Huevos Fritos· va unido a su historia.

Lo de Huevos Fritos

Haciendo esquina con Santa María de Gracia y desde antes de 1930, ya existía la taberna de Luque, regentada por Francisco Luque Portero (1890-1971), casado y con varios hijos, que venía de la calle Alfonso XII. Luchó lo que pudo por sobrellevar el negocio y aguantó la taberna hasta que en el año de 1940 se hizo cargo de ella el matrimonio formado por Ángel Calea Gracia (1900-1985) y Josefa Escobar (1903-1991), que procedían de la calle el Viento de Santiago.

Del recordado Salón-Confitería La Perla consiguieron una máquina de café de segunda mano del tipo Pavoni con tres chorros, por lo que se convirtió en la única taberna que servía cafés.

El amigo Ángel Calea Gracia era un hombre muy aprensivo y temeroso de las enfermedades, sobre todo cuando se paraba a pensar en los cinco hijos pequeños que tenía a su cargo. De tal forma que un día, aprovechando la presencia en la taberna del médico don Manuel Pastor Gómez (1901-1995), vecino de la casa de al lado que tenía por costumbre tomarse allí un café, Ángel aprovechó la ocasión para preguntarle qué tenía que hacer para proteger a sus hijos del resfriado y de la gripe que proliferaba por entonces con serias consecuencias. El médico le contestó: “Dales mucha fruta, sobre todo naranjas que tienen mucha vitamina C, y también le puedes dar un huevo frito, que aporta selenio, muy bueno para la producción de glóbulos blancos que potencian las defensas contra los virus".

Al tabernero le faltó tiempo para comentarle lo de los huevos a su mujer, y ésta, ni corta ni perezosa, empezó a darle a sus vástagos un huevo frito en día alternos antes de marcharse al colegio o «la miga», como se decía antes. Por suerte, la tabernera no carecía de provisión de huevos, pues su suegro, Victorio, el barbero de la calle Tafures, tenía buena relación y parentesco con personas que se dedicaban al transporte del aceite en aquellos pellejos, por lo que el apreciado aceite de oliva no faltaba nunca en su casa. Como solía ocurrir en aquella época de carestía y racionamiento, la familia había llegado a una especie de acuerdo tácito con María Martínez Ortega (1907- 1995), una simpática gaditana vecina del Arroyo de San Lorenzo que tenía una pequeña granja. Le cambiaban un litro de aceite por tres docenas de huevos, la equivalencia que se había establecido en aquellos tiempos por la sacrosanta ley del estraperlo.

Era tiempo de Cuaresma y en uno de aquellos famosos quinarios que celebraban en la iglesia de San Lorenzo la Hermandad del Calvario había invitado al canónigo don José Torres Molina (1902-2001) para que predicase el sermón. Y bien que lo hizo. El último día el cura se lució, citando a San Rafael, a San Lorenzo, a la Fuensanta y hasta a María Auxiliadora. Gustó tanto el sermón a la Hermandad que, por boca de Manuel Pérez Casas (1910-1963), su tesorero, le dijeron: «Padre, con este sermón hoy ha cortado usted orejas y rabo».

Terminó el Quinario y el día siguiente por la mañana, viernes, era el besapiés del Cristo. El canónigo había quedado tan contento de los elogios del día anterior que se ofreció para decir la Misa de Hermandad en la capilla del Cristo que se celebraba antes del besapiés. Terminada la misa, en la iglesia se quedaron algunos hermanos colocando al Cristo en medio del altar mayor para su veneración posterior, para lo cual se cerró la puerta de la iglesia pidiendo a la gente que saliese. Mientras se dedicaban a esta tarea, José María Parejo, como hermano mayor, y varios directivos más, acompañaron a don José Torres Molina para tomar café en la taberna “de la esquina", como simplemente se la conocía en aquellos tiempos.

Estando en el mostrador pidiendo los cafés don José Torres Molina, tuvo necesidad de ir al WC que estaba hacia la izquierda en el patio. Al pasar en esa dirección se cruzó con una habitación que había entre el mostrador y el patio, y allí observó cómo tres críos daban cuenta de sendos huevos fritos que tenían sobre la mesa. Al volver del patio y llegar de nuevo al mostrador lo primero que dijo fue: «He visto a tres chicos comiéndose unos estupendos huevos fritos, y la verdad es que me han dado ganas de uno». «¿Quiere usted que se lo ponga?», le dijo solícito el tabernero. El cura sonrió y contestó: »Claro que sí, y que esté como los de los chicos». El tabernero, por corrección, hizo extensible el ofrecimiento de un huevo frito a los cuatro o cinco clientes que allí había, y le faltó tiempo a su mujer para prepararlos. La cuenta la pagó Manuel Pérez Casas, el simpático tesorero de la Hermandad y vecino de San Agustín y uno de los fundadores de la peña Los Birundi.

No hace falta decir que, visto el gran recibimiento que le habían dispensado, el canónigo don José Torres Molina volvió a predicar en otros quinarios de la Hermandad del Calvario, e incluso en la novena de María Auxiliadora. Siempre que le insinuaban tomar cualquier cosa respondía: "Sí, a la taberna de (los) Huevos Fritos”. Ya se sabe que lo que decían los curas entonces era casi palabra sagrada que quedaba para siempre en la memoria del barrio: la taberna se quedaría así con ese apodo, aunque fuesen cambiando sus dueños.

Las que vinieron después

TABERNA EL GALLEGO (1950-1961). Y no tardó mucho, porque tras el anterior matrimonio, a principios de los 50 la taberna pasó a manos del gallego Rafael Iglesias, que en los años 40 había regentado otra muy de cerca de Santa Inés, esquina con Encarnación Agustina. Rafael Iglesias continuó con el café y el vino, pero el gallego daba la impresión de que estaba como encorsetado y siempre mostró unas ansias de abrirse camino en negocios más grandes, por lo que estuvo relativamente poco tiempo, marchándose a la aventura a Venezuela. Hay que hacer notar que, antes de su marcha, en la taberna ya se jugaba al bingo (lotería), cantado por Francisco Pino, marido de María Serrano, la que ayudaba a mover los jeringos a mi tía Concha, La Jeringuera, que solía poner su puesto junto a la puerta de la taberna.

TABERNA LUIS BRAVO (1961-1973). Antes de marcharse al otro lado del Atlántico Rafael Iglesias traspasó la taberna a un clásico matrimonio de Córdoba, el de Luis Bravo Jurado (1915-1998), nacido en la calle Torrijos a dos pasos del Patio de los Naranjos, y Carmen Araújo Hidalgo (1919-2007), que nació en la popular calle Horno del Veinticuatro, si bien muy pronto ella y todos sus hermanos, que fueron abundantes, se mudaron a la Puerta de Almodóvar, donde desempeñaron un papel muy importante en la recordada peña Los Almanzores de casa Pepe Rubio.

El matrimonio de Luis y Carmen había estado antes a cargo de la taberna Puerta Nueva (1944-1960), en unos años donde ésta era el centro del ciclismo aficionado cordobés. Allí se congregaba la mayoría de los ciclistas aficionados de aquella época dorada cuando, bajo la organización de Educación y Descanso, participaban en las numerosas competiciones que se disputaban todas las semanas en Córdoba y provincia.

Cuando el matrimonio se trasladó a la que había sido Huevos Fritos remozaron el negocio con la ayuda de Manolo, uno de los «gatos» del Jardín del Alpargate al que llegaron a tratar como un hijo. Entre los tres supieron levantar el negocio, que el gallego había dejado no muy bien situado en sus melancólicos últimos años. Coincidió también que la Peña Los Minguitos se trasladó a una de sus amplios cuartos, y que Carmen era una excelente cocinera, lo que hizo el resto.

TABERNA DE CASA PEPE (1974-1992). Por jubilación de Luis Bravo la taberna fue traspasada a Pepe Jiménez Torres (1928-2025). Pepe, que tenía tres hijos, quiso seguramente aspirar a algo más, y por ello alrededor de 1974 dejó la taberna Casa Manolo y se quedó con el traspaso de esta taberna de Huevos Fritos. Su gran profesionalidad y la categoría de su mujer Rafaelita como cocinera, hizo que el Bar de Casa Pepe acreditara su éxito.

Pero muchas veces en la vida surgen imponderables, y así el dueño del inmueble quiso venderlo. El constructor José Ortega Castilla decidió echar abajo todo el histórico inmueble en 1992. Pepe tuvo que trasladarse a un pequeño local en María Auxiliadora, esquina con Juan Palo, donde siguió Casa Pepe hasta su jubilación.

MESÓN HÁDALOS (1994-2010). Una vez construido el nuevo edificio de viviendas el propio constructor se quedó con una parte de lo que había sido el amplio solar de la taberna, la parte que daba a Santa María de Gracia, e instaló allí en 1994 un negocio al que denominó Mesón Hádalos. Después de unos buenos comienzos, por lo que fuera el negocio no llegaría a asentarse, y pasaría por varios arriendos.

Fachada del bar Tu Momento en la actualidad

BAR TU MOMENTO. Entonces la hija del constructor, Ana Ortega Gómez, con la ayuda de su hermana Manoli, que conocían lo que era trabajar de cara al público y lo que éste demandaba, se empeñaron a partir del 2011 en transformar totalmente el mesón y convertirlo en lo que es hoy la popular taberna o bar Tu Momento, donde el buen estilo y la excelente cocina, fundamentalmente a cargo de Ana, lo han convertido en un lugar de referencia ya clásico en Córdoba.