Plaza del Moreno

El portalón de San Lorenzo

Recuerdos en torno a la plaza del Moreno

Estos vecinos alejados del resto de Córdoba solían proceder de familias que se habían mudado allí siglos antes desde otros barrios populares

Investigando el porqué del nombre de plaza «del Moreno» lo primero que analizamos fue la posible referencia a los piconeros con su aspecto ennegrecido. Pero la verdad es que, manejando documentos antiguos, no hay nada al respecto. Tampoco por el tema del cercano matadero consultando el libro W del Catálogo de Diego Ramírez de Jerez, que cuenta con innumerables datos sobre las carnicerías cordobesas en la Edad Media y Moderna. Se pueden ver multitud de pleitos relacionados con el cobro de impuestos por todo lo que se mataba y se pudiera vender en ellas, muchos de ellos resueltos por la Chancillería de Granada como Tribunal Superior de entonces. Pero, lo dicho, nada de nada.

Quizás lo más plausible sea su relación con el alcalde mayor de Córdoba Juan Moreno de Argumanes (1518-1532), vecino de dicha plaza. Sería de alguna forma un hombre popular en su barrio, resolviendo conflictos a nivel local, por lo que su recuerdo quedaría inmortalizado en la plaza. A- ASC. Libro Becerro, Cajón 1º, pieza 10ª instrumento 1º y 3º.

Los que tuvimos la suerte de conocerla, transitando por ella bastantes veces, podemos dar fe del encanto que esta plaza tan cordobesa inspiraba. Una plaza castiza, junto a su barrio, que se desmanteló porque había que dar salida al creciente volumen de tráfico desde la plaza de Colón y, sobre todo, la avenida del Obispo Pérez Muñoz (Ollerías) hacia el Viaducto o la avenida de América, entonces de dos direcciones.

Plaza del Moreno

Desviarlo desde Obispo Pérez Muñoz hacia la calle Alonso el Sabio suponía tener que dar un giro de casi 90 grados con el volante, lo que se consideraba poco seguro, aparte de tener luego que cruzar obligatoriamente las vías del tren que dividían la ciudad. Irónicamente, con la remodelación total del tráfico que supondría años después el Plan Renfe, un giro de 90 grados muy similar es el que tenemos que efectuar hoy desde la avenida de los Molinos hasta el Pretorio.

En fin, que cuestiones urbanísticas de las que un día parecen urgentes y que hay que hacerlas obligatoriamente de una forma, para luego cambiar y no tener aquello sentido, condenaron a esta plaza, que no tuvo la suerte de contar con el apoyo de «intelectuales», personajes «independientes» de la sociedad «civil» y políticos locales, como aquellos que se movilizaron interesadamente dando la tabarra («una plaza tiene que seguir siendo una plaza», decían) por la reforma de la plaza de las Tendillas en tiempos de otro alcalde.

Dejando volar nuestra imaginación por lo que permite una simple consulta de los padrones municipales se da uno cuenta del encanto de aquella desaparecida plaza del Moreno, reflejo de una vecindad particular extramuros de la ciudad, predominantemente humilde, de familias numerosas que tenían que sacar su vida adelante con mucho esfuerzo.

Los cabezas de familias eran matarifes del cercano matadero, trabajadores del campo, piconeros… y también olleros, mercaderes, zapateros, albañiles, taberneros, mozos de carga. Las mujeres, estaban encargadas de las duras tareas del hogar o de los trabajos que les surgieran fuera para completar los ingresos familiares. Hubo un momento en los siglos XVII y XVIII en el que casi el 60% de estas mujeres se llamaban Catalina, un 20% figuraban con el nombre de María, y el resto se repartían entre Antonia, Ana y Josefa.

Plaza del Moreno

Cotejando estos padrones en distintas fechas se puede advertir que los vecinos se mudaban con frecuencia de una casa a otra, si bien no alejándose mucho, como no queriendo irse de su entorno de nacimiento. Cuando algún miembro de la familia se alejaba era por razones de casamiento, por irse a vivir junto a la novia o el novio, pero aun así los padres solían hacerles hueco para alojar a la nueva pareja. Eso explica que en la mayoría de aquellas casas de vecinos casi todos estuvieran emparentados en diferentes grados.

La familia Molina llega al entorno de la plaza del Moreno

El antiguo barrio del Matadero, cuyo centro era la plaza del Moreno ha sido considerado, con razón, el barrio de los toreros, naciendo allí, entre otros muchos más, Lagartijo y Guerrita, las estrellas indiscutibles del toreo en España a finales del XIX. Y si no nacían allí lo hacían en el inmediato barrio de Santa Marina, del cual el del Matadero era una especie de extensión fuera de las antiguas murallas. Estos vecinos alejados del resto de Córdoba solían proceder de familias que se habían mudado allí siglos antes desde otros barrios populares, tal como veremos con el ejemplo de uno de los apellidos más característicos del barrio: los Molina.

Rastreando los archivos encontramos que en 1625 vivía en la calle Pedro Verdugo del barrio de San Lorenzo un tal Andrés de Molina, tejedor de seda. Poco después, en 1630 se nombra a un Francisco de Molina, jornalero residente en el Pozanco de San Agustín. En la antigua calle Moros tenemos en 1640 a un Francisco de Molina, clérigo; en 1642, en la calle Mayor de San Lorenzo, hay un Pedro de Molina, también jornalero. En 1643, en la calle llamada de Juan Clavijo vivía una tal Juana Molina, viuda, en las Costanillas Anchas Sebastián y Francisco de Molina. y José de Molina en la plazuela de los Caballos. En suma, casi todos vecinos del barrio de San Lorenzo.

Moviéndonos por otras zonas de Córdoba, en el mismo 1643 tenemos a un Alonso de Molina en la plaza de las Cañas, a Ángel de Molina en la Espartería, Rodrigo Martín Molina y Eulogio de Molina en el Alcázar Viejo, Alfonso de Molina en la plaza de la Almagra, Antonio de Molina en la calle el Reloj, María de Molina en la calle Los Jurados, Antonio de Molina en la calle el Corpus, Francisco de Molina en la calle Humosa y Sebastián de Molina en la calle Amortajados (actual Custodio). Un Alonso de Molina, vecino de la calle Montero, junto a la portería de San Martín (luego ermita de las Montañas) sería bautizado en San Lorenzo en 1657. De él hablaremos más tarde.

Más adelante, en 1676 vivía un Germán Gómez de Molina en la calle Nieves Viejas y un Bartolomé de Molina en la cercana calle Juan Tocino. En 1683, en la calle Horno de las Imágenes tenemos a Felipe de Molina y a Francisco de Molina en la calle Guadalupe. Un Fernando de Molina reside en la calle Aladreros, Bartolomé y Francisco de Molina en la calle Alamillo y Pedro de Molina en la calle Marroquíes. Ya en el XVIII, en 1705 en el Muro de la Misericordia tenemos a Martín de Molina, y a Antonio de Molina en la plaza del Marqués, Francisco de Molina en calle del Obispo Blanco (actual Costanillas) y Sebastián de Molina en la calle Adarve.

Como curiosidad hay que señalar que en estos primeros siglos aparece en los padrones el «de» delante del apellido, preposición que se irá perdiendo mayoritariamente en los siguientes años.

Y así, desperdigados por toda Córdoba, aunque con mayor presencia en los barrios populares como San Lorenzo, sobre todo, aunque también en Santa Marina, los primeros Molina que ubicamos sin ninguna duda en la plaza del Moreno y su entorno proceden del registro en dicha plaza, a principios de 1735, de una tal Isabel González, que se identifica como viuda de Diego de Molina, y que tiene a su cargo un hijo llamado Diego de Molina González. También hay un Manuel de Molina, de cuarenta años, con cinco hijos.

Plaza del Moreno

Por otra parte tenemos en 1754 a Francisco de Molina, de 15 años, que vivía con su madre María Flores, la cual, al quedar viuda del padre de Francisco, Juan Molina Gabilán, se casó de segundas con Andrés de Luque de 32 años. Este Francisco Molina Flores es el hilo conductor que nos llevará hasta Rafael Molina Sánchez ‘Lagartijo’. Descendía de aquel Alonso de Molina que vivió casi un siglo antes en la calle Montero junto al Hospital de San Martín.

Durante estos años centrales del siglo XVIII, en la vecindad de las calles llamadas entonces «de los Molinos» aparecen registrados en los padrones doce empleados del matadero, ocho piconeros, catorce obreros del campo, diez viudas o viudos, un militar y un corredor, y el resto hijos menores y oficios sin especificar. En esta calle tenía especial representación el apellido Bejarano, como encargados y trabajadores del Matadero.

Por su parte, en la calle el Tranco se registran ocho trabajadores del campo, cuatro piconeros, cuatro viudas y un viudo, así como un trabajador del Matadero; el resto hijos menores y oficios sin especificar; Por último, en la calle Feria hay dieciséis trabajadores del campo, nueve piconeros, tres trabajadores del matadero, un militar, tres viudos y siete viudas; el resto los consabidos hijos menores y oficios sin especificar.

Los vecinos de la plaza del Moreno

Con mayor detalle, mostramos a continuación los vecinos en esos años de la plaza del Moreno, centro indiscutible del barrio, advirtiendo que probablemente la numeración de las casas no fuese entonces especialmente ortodoxa, ya que hay números que se repiten.

Casa número 5. Juan Moreno de 45 años, piconero, su mujer María Magán de 40 años, y sus hijas Dolores de 26 y María de 3 años. Antonio Higuera de 31 años, piconero, casado con Teresa Redondo de 31 años, y sus hijas María de 4 y Rafaela de 2 años. Francisca Garrido de 39 años, viuda con una hija, María de 9 años. María Rodríguez de 40 años, soltera. Francisco Rodríguez de 35 años, del campo, casado con Francisca García de 30 años, y sus hijos María de 12 y Miguel de 8 años. Juan Cortés de 20 años, del campo, soltero, que vive con su hermana Francisca de 12 años.

Casa S/N. José Fernández de 41 años, del campo, casado con María González de 30 años, y sus hijos José de 9 y Rafael de 7 años. José Molina de 26 años, piconero, casado con María de la Haba de 29 años, y su hijo José de 2 años.

Casa número 4. Beatriz Rodríguez de 80 años, viuda y con una acompañante, María Téllez, de 19 años. José Molina de 41 años, piconero, casado con Rafaela Quintana de 38 años, y sus hijos Juan de 8, José de 7 y Antonia de 10. Diego Citrón de 41 años, piconero, casado con María Rodríguez de 41 años, y sus hijos José de 16, Antonio de 11, María de 8, Rafaela de 7 y Marina de un año. Josefa Citrón de 51 años, viuda, que vive sola.

Casa número 5. Antonio Rubio de 42 años, empleado del Matadero, casado con Teresa González de 30 años, y sus hijos Antonio de 7 y María de un año.Francisco Rodríguez de 48 años, del campo, casado con Ana Hurtado de 42 años, y sus hijos Manuel de 12, José de uno, Carmen de 11 y Antonia de 7 años. Francisco González de 24 años, piconero, casado con Rafaela de la Peña de 24 años, y sus hijos María de 2 años y Francisca de apenas dos meses. María Rodríguez de 46 años, viuda, y sus hijos, Antonia de 23, Dolores de 16 y Rosario de 6 años.María Díaz de 16 años, soltera.

Casa número 9. Manuela Moreno de 40 años, viuda, y sus hijos José García de 10, Santiago de 8, María de 20, Manuela de 5 y Marina de un año. José Valenzuela de 50 años, piconero, casado con María Moreno de 50 años, y sus hijos José de 2, Rafaela de 22, Josefa de 10 e Isabel de 8 años. Juan Ferránz de 60 años, piconero, viudo, y sus hijas María de 20 y Dolores de 19 años. Isidro León de 40 años, piconero, su mujer María Carmona de 40 años, y su hijo Francisco de 3 años. Santiago Arnáez de 39 años, piconero, casado con Antoñita Cañete de 30 años, sin hijos. Francisco de la Haba de 46 años, piconero, su esposa María Citrón de 42 años, y sus hijos Miguel de la Haba Citrón de 3 años, José de uno y María de 15años.

Queremos resaltar aquí que este Miguel de la Haba Citrón es el origen de la saga de los piconeros Los Tornejos, célebres en Córdoba.

Casa número 8. Zeberino Molina de 55 años, piconero, viudo, y sus hijos Francisco de 9, Juan de 12 y Rafaela de 18 años.

Este Zeberino Molina fue tío-bisabuelo de Rafael Molina Sánchez ‘Lagartijo’, y un auténtico líder de los piconeros que tenían en la taberna La Cosaria de la calle Mayor de Santa Marina su «parlamento».

En la misma casa vivían Gerónimo Molina de 40 años, piconero, casado con María de la Haba de 30 años, y sus hijas María de 8, Antonia de 5 y Rafaela de 2 años. Este Gerónimo Molina fue tío abuelo de Lagartijo. José Cañete de 24 años, piconero, y su mujer María Rodríguez de 30 años, y sus hijos Rafael de 6 y Antonio de 2 años. María de Luque de 50 años, viuda que vive sola.

Casa número 7. Francisco Lasarte de 56 años, del campo, su mujer Francisca García de 50 años, y sus hijos Manuel de 15, Pedro de 10, Josefa de 14 y María de 6 años. María Rubio de 50 años, viuda, y sus hijos Antonio González de 10 y María de 8 años.Francisca Romero de 18 años, soltera, hija de Ana González de 46 años, viuda. Josefa Caballero de 35 años, viuda, y su hija María Molinero de 18 años. José de la Haba de 40 años, piconero, su mujer María González de 26 años, y su hija María de 6 años. José García de 40 años, piconero, su mujer María Lasarte de 30 años, y sus hijas María de 9 y Francisca de meses.

Casa número 6. Juan González de 64 años, piconero, y su mujer María Citrón de 51 años, sin hijos. Juan González de 24 años, piconero, su mujer María Molina de 25 años, y su hijo Rafael, de meses. Francisco Citrón de 60 años, piconero, viudo. Francisco Domínguez de 30 años, piconero, su mujer María González de 28 años, y su hijo José, de un año. Antonio González de 30 años, del campo, su mujer Josefa Ferranz, de 28 años, y sus hijos Antonio de 3 y Josefa de 2 años. Pedro Rodríguez de 51 años, piconero, su mujer Inés Marín, de 40 años, y su hija María de 4 años. Ramón de Dios de 30 años, del campo, su mujer Antonia Pérez de 30 años, sin hijos.

Casa número 5. Manuel Moreno de 41 años, piconero, su mujer Josefa de la Peña de 26 años, y sus hijos Rafael de 4, Manuel de 2 y María, también de 2 años.Rafaela Torralvo de 50 años, viuda, y sus hijos Alonso Herrero de 19, Juan de 13 y Francisca de 11 años.

Casa número 4. Joaquín Barqués de 40 años, del campo, casado, su mujer Juana Otero de 35 años, y sus hijos Joaquín de 10, Rafael de 7, José de uno y Josefa de 3 años. Joaquín de 24 años, casado con María Valenzuela de 25 años, y sus hijos José de 9 y Rosa de 2 años. Francisco Molina de 60 años, piconero, y su mujer María Obrero, sin hijos. Manuel Carrasco de 40 años, piconero, su mujer María Cañete, y sus hijas María de 4 y Rafaela de un año.

Casa número 3. Juan Molina de 41 años, empleado del Matadero, su esposa Gertrudis de la Vega de 44 años, y sus hijos Manuel de 3, Antonio de uno y Josefa de 10 años,

Este matrimonio son los abuelos de Rafael Molina Sánchez ‘Lagartijo’. Curiosidad o no, con su abuelo ya comienza una profesión distinta a la tradicional de la familia de piconero.

También en la misma casa residían Matías de Fuentes de 53 años, albañil, su esposa María Molina de 52 años, y sus hijos Manuel de 7, Ana de 6 y María de 4 años. Estos son los padres del primo, y gran rival de Lagartijo, Manuel Fuentes ‘Bocanegra’. Salvador Roldán de 40 años, corredor, su mujer Rafaela de la Haba de 29 años, y sus hijos Salvador de uno, Rafaela de 13 y María de 7 años. Manuel Cañete de 80 años, piconero, viudo, y su hija Rafaelita de 13 años. Francisco Valenzuela de 25 años, militar, y su mujer Paula Cañete de 22 años. Antonia Aljama de 60 años, viuda de Francisco Molina Flores, piconero y tatarabuelo de Rafael Molina Sánchez ‘Lagartijo’. Francisca de Luque de 60 años, viuda. Juana del Valle de 60 años, viuda. Antonio de la Haba de 30 años, piconero, su mujer Francisca Muñoz de 22 años, y sus hijos Antonio de 3 y Manuel de meses.

Casa número 7. Victoria Gómez de 90 años, viuda, su hijo Miguel del Viso de 51 años, piconero, soltero. Antonio Molina de 50 años, piconero, su mujer Ana del Viso 50 años, sin hijos. Manuel de la Haba de 40 años, viudo, su mujer Antonia del Viso de 50 años, sin hijos. Manuel del Viso de 30 años, piconero, su mujer Josefa García de 25 años, y sus hijos Juan de uno y María de 3 años. Luisa Carmona de 55 años, viuda, y su hijo Juan de Castro, de 18 años. Pedro Rubio de 60 años, piconero, su mujer Rosalía Cobos de 44 años, y sus hijos Pedro de 4 años y María de 14 años.

De esta relación es curioso observar la presencia de apellidos recurrentes además de Molina, como de la Haba o Citrón. Asimismo, la abundancia de edades redondeadas (30, 60…), lo que podría indicar, quizás, que eran aproximadas. Igualmente, es de notar la presencia de muchas viudas, algunas muy jóvenes y con una gran prole a su cargo. También, aunque no lo he contado exactamente, parece ser que nacían más hijas que hijos.