El monte Testaccio, el FC Barcelona y André Agassi
Los aficionados locales, como es lógico, cada vez nos miraban peor. Incluso una chica, que casualmente hablaba español porque había hecho la Erasmus aquí, nos advirtió: «Controlad a vuestro amigo, que la gente se está cabreando»
Una perspectiva del monte Testaccio
Diego estaba hablando con una chica griega guapísima, y llegó una amiga de ella, menos agraciada, a estropearle la conquista. A Diego le saltaron todas las alarmas, sobre todo la de la indignación por el hecho de que fuera justo esa amiga la que le arruinase el asunto. Y empezó a exhortar: «¡Tú, no! ¡Tú no!», en una escena que recordó al «bicho, bicho», de Torrente. Aunque en nuestra mitología juvenil quedaría para la posteridad como equivalente a aquella historia que contaba un chaval en los primeros tiempos de internet, lamentando que le habían rechazado diciéndole «contigo no, bicho».
Hay que ver todo lo que usamos la palabra bicho. Y, peor aún, para qué la usamos.
Diego era (y sigue siendo) un amigo mío, de Murcia, que estaba también de Erasmus, y que vivía, entre otros, con Miguel y Jorge, igualmente murcianos. De ellos, así como del resto de compañeros, os hablaré en los próximos artículos. Y la escena en cuestión tuvo lugar en una fiesta Erasmus en un garito del barrio de Testaccio un miércoles por la noche. Esta zona de Roma, considerada una de las más castizas de la ciudad, cuenta con mucha vida, incluyendo, como cabe suponer, vida nocturna. Y, por cierto, arrastra una gran vinculación con el equipo de fútbol de la Roma (sobre el que me extendí el mes pasado), que tuvo aquí su primer estadio permanente.
Grafiti de la loba capitolina en el barrio de Testaccio
El barrio toma el nombre de un pequeño monte que existe junto al antiguo Emporium, el puerto fluvial que había sustituido al del Foro Boario (que mencioné artículos atrás, que había quedado pequeño). Dicho monte se creó porque las ánforas que llegaban en los barcos eran a menudo vaciadas y desechadas, llegando a crearse con sus fragmentos un altozano que actualmente alcanza algo más de treinta metros sobre su entorno.
Al menos en la zona superficial, que es la conocida, las ánforas son, sobre todo, de mitad del siglo II a mitad del III, y en su mayoría cargaban aceite del sur de la Península Ibérica (por tanto, muchas llegaron de Córdoba). Estos trozos de cerámica se llaman en latín «testa». De ahí, 'mons Testaceus', y monte Testaccio, a veces considerada la octava colina de la ciudad. Si bien los romanos de hoy en día se refieren a él como el monte 'dei cocci' (de los pedacitos), en gran medida para diferenciarlo del barrio, que ya le ha robado el nombre.
Una de las faldas del monte Testaccio
De madrugada, Diego, Raúl (uno de mis compañeros de piso), algunos otros y quien esto escribe dejamos Testaccio y nos fuimos al Estadio Olímpico, «empalmando», porque salían a la venta las entradas para el partido que anticipé en el artículo anterior: el Roma-Barcelona de la segunda ronda de grupos de la Champions League 2001-02.
Tras un par de trasbordos en autobuses, estábamos allí, ante las taquillas todavía cerradas del estadio, formando una de las largas colas, que sumaban miles de romanistas. La gran diferencia entre ellos y nosotros no era la nacionalidad. Era el estado etílico. Y Diego, forofo del Atlético de Madrid, empezó a repasar, vaso en mano y en voz alta, sin prudencia ni moderación, los tópicos sobre la defensiva forma de jugar de la Roma de aquel tiempo. Por ejemplo, «estamos haciendo horas de cola para ver un maldito 0-0», o «Capello es un cateto». Ambas en italiano, claro. Y rematadas con «Totti è tonti».
Los aficionados locales, como es lógico, cada vez nos miraban peor. Incluso una chica, que casualmente hablaba español porque había hecho la Erasmus aquí, nos advirtió: «Controlad a vuestro amigo, que la gente se está cabreando». Cuando estábamos viendo que de allí no salíamos bien, tuvimos la inmensa fortuna de que se abrieron las taquillas y todo el mundo se olvidó de nosotros. Aquello fue para mí el tercer milagro del Olímpico, sumado a los dos que conté el mes pasado.
El autor y sus amigos en la grada del estadio durante el Roma-Barcelona de 2002
Diego, por cierto, se equivocó en el vaticinio, pues el partido terminó 3-0 a favor de los italianos. Fuimos sin que nos faltara un perejil: con bufandas de la Roma y banderas del Real Madrid, para animar contra el Barcelona y sentirnos integrados entre los 'tifosi'.
Además de los dos encuentros de Champions League que he recordado (uno en este texto y otro en el anterior), asistí a dos del 'Scudetto': Roma-Milan (1-0) y Roma-Lazio (2-0). Este último, por cierto, era el derby local, pues la Lazio es el segundo equipo de la ciudad, que toma el nombre de la región (por eso, a menudo se dice que sus seguidores son menos capitalinos y más del entorno).
Ambas escuadras comparten el Estadio Olímpico, de propiedad pública, hecho impensable en España pero que no es extraño en Italia. Lo hacen desde 1953, cuando se terminó la reforma y ampliación del mismo, hasta entonces llamado Estadio de los Cipreses, de cara a los Juegos Olímpicos de 1960. Por una vez, los italianos hicieron las cosas con tiempo.
Pasó entonces a conocerse como el «Estadio de los cien mil», en referencia a su aforo. Pero se quedaría en mucho menos (unos setenta mil espectadores) debido a otra gran reforma, que fue la sufrida de cara al mundial de fútbol de 1990, que eliminó las zonas para público de pie. Curiosamente, por cierto, la final de fútbol de los mencionados Juegos Olímpicos no se disputó en él, sino en el Estadio Flaminio, más pequeño pero más céntrico, y edificado para el evento.
A diferencia del Flaminio, el Olímpico es parte de un conjunto muy anterior a la planificación de dichos Juegos: el llamado Foro Mussolini (ahora Foro Itálico), que se ubica entre monte Mario y el río Tíber. Iniciado en 1928, el complejo también incluye espacios para la natación o el tenis. De hecho, allí se celebra el Masters de Roma, del que en mayo de 2002 fui a ver la final, en la que André Agassi ganó con facilidad a Tommy Haas. Me impresionaron dos cosas: la primera, que, como suele advertirse, la retransmisión televisiva ralentiza la pelota y en vivo se aprecia su velocidad real. La segunda, ver entrenar, inesperadamente, en una pista secundaria, a una de las hermanas Williams, cuya 'sparring' a duras penas era capaz de devolver las bolas.
Llegados aquí, puede que mi querido lector, salvo que sea aficionado a los deportes, esté un poco harto. Pero en los próximos meses compensaré dos cuestiones. La primera, que en este texto me he centrado en el norte de la ciudad. La segunda, el regodeo deportivo en los dos últimos artículos, así como el también posible exceso histórico en los tres anteriores. Para equilibrar la balanza, en los venideros os hablaré del sur y de mi entorno; de mi barrio y mi facultad; más sobre Raúl y Diego; más sobre Giorgia y Laura; más de la vida que se fue. Esa vida de la que quizá todavía quede algo en la luz del atardecer colándose por las ventanas de nuestro piso de estudiantes de Vía Laurentina.