Antonio Cámara Molina, hablando posiblemente sobre el eclipse solar

Antonio Cámara Molina, hablando posiblemente sobre el eclipse solar

El portalón de San Lorenzo

Las historias de la taberna Los Portalillos

«Allí acudía gente de toda Córdoba e incluso de la provincia a comprar munición, en kilos, para rellenar sus cartuchos»

El pasado mes de julio nos dejó tristemente Antonio Cámara Molina, una persona encantadora, gran profesional en sus años de trabajo en Westinghouse. Persona de verbo agradable, gustaba de evocar los tiempos de su niñez por la zona del Potro. Y le encantaba disfrutar con las cosas de Córdoba. En una palabra, una de estas personas que con su forma simpática y humana de contar sus alegres historias, y que a juicio de sus amigos, unas veces rayaban muy cerca del chiste desenfadado, y otras veces lo completaba con su exquisito poemario.

Al parecer toda su inspiración discursiva era un claro reflejo de su bondad natural, y solía estar muy de acuerdo con el sombrero con el que se presentaba todos los días a la tertulia, sombrero, que solía cambiar tres o cuatro veces a la semana. Sin duda, en el acontecer del día a día, las historias, los chistes y hasta las simpáticas poesías que nos pudiera ofrecer Antonio Cámara Molina, formarán parte inequívoca de esa intrahistoria de la Córdoba que tanto amamos.

En estas charlas nostálgicas fueron muchas las veces que nos habló de la taberna Los Portalillos de la calle Lucano, que ya existía por los años 30 del siglo XX. Contaba Antonio que los clientes acudían en gran número a aquella taberna porque el vino, que vendía un vecino de apellido Villegas, era bueno y a un precio muy asequible. Aparte del vino y la animada conversación con los amigos también eran famosos sus boquerones fritos, tan buenos como pudieran estar en Cádiz. También tenía Antonio sus recuerdos para las tabernas El Gallo de María Cristina, plaza de la Corredera y Almonas (Gutiérrez de los Ríos) que, según nos decía, destacaban por la gran calidad de su vino.

Aquí estuvo la taberna Los Portalillos

Aquí estuvo la taberna Los Portalillos

La clientela de Los Portalillos era gente variopinta de aquellos alrededores, en especial de las calles Armas, Potro, Candelaria, Lineros (entonces Coronel Cascajo) y la propia calle Lucano. Yo conocía la taberna allá por los años 70, por algunas ocasiones que me dejé caer por allí con Pepe Luján, personaje muy entendido en números… y en las cosas del vino, Nos encontrábamos a conocidos como Medina y Berenguer, e incluso pudimos comprobar que los jugadores del Santiago (que conocía por mi afición al fútbol) entraban allí con cierta familiaridad. La taberna desapareció, precisamente, a finales de esos años 70.

Como he indicado antes, allí el vino era barato y se bebía en vasos a la antigua usanza. Prácticamente todo el mundo bebía vino y la cerveza era una cosa excepcional. La mayoría de los clientes andaban de un lado para otro con el cigarro y el medio. A mí me recordaba, por el estilo del local y su clientela, a otras dos tabernas muy parecidas, Los Palcos, en la calle Cardenal González, y La Parra, en la plazuela de la Almagra. Tenía todo el sentido porque estas dos, junto a Los Portalillos, eran propiedad de los bodegueros Pérez Barquero, los dueños, entre otras, de la famosa finca Los Ballesteros, en donde se practicaba el tiro en las distintas modalidades y que conocía bien porque su casera durante los años 50 y 60 fue Rafaelita Ruiz Recio, prima hermana de mi madre.

Estos Pérez Barquero ocuparon un puesto importante en el tema de los vinos en Córdoba, y se sabe que llegaron a Córdoba dedicados a la venta de carbón. Fueron grandes colaboradores con la Obra Benéfica la Sagrada Familia en donde junto a Baldomero Moreno Espino fueron los primeros avalistas que encontró el obispo Fray Albino al comienzo de su obra.

Afortunadamente el obispo Fray Albino sin tener «nada para empezar» como le diría a don Baldomero Moreno Espino, contaba con buenas amistades y conocimientos importantes de Madrid. Y ahí aparecen dos personas providenciales, en lo que los creyentes notamos la ayuda de Dios: don Fernando Camacho Baños (1895-1972), director general del Crédito para la Reconstrucción Nacional, que concedió casi al instante préstamos al 4% pagaderos a 20 años al servicio de la obra de la Sagrada Familia y don Federico Mayo Gayarre (1894-1954), Director General del Instituto Nacional de la Vivienda, ambos dos señores sintonizaron en todo momento con la obra de La Sagrada Familia concediendo con rapidez los préstamos que se necesitaban. Con justicia, tanto a don Fernando Camacho como a don Federico Mayo se les adjudicó el nombre de una calle en el Barrio de Cañero. Pero hasta que se formalizaron y concedieron todos estos préstamos, hubo necesidad de recurrir a un préstamo-puente concedido por el Banco Español de Crédito con el aval personal de don Baldomero Moreno Espino y don José Pérez Barquero, quedando a partir de 1958 como avalista únicamente don Baldomero Moreno.

Lujoso stand de las bodegas Pérez Barquero. Feria Muestrario (1932)

Lujoso stand de las bodegas Pérez Barquero. Feria Muestrario (1932)

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Antonio Cámara Molina nos llegaría a contar que su padre llegó a tener una muy buena relación con Antonio Ortiz Plata, empresario que en la calle Nacimiento número 3, en la Ribera, tenía una fábrica de munición artesanal por gravedad que funcionaba desde los años 20. Esta instalación constaba de un pozo y una pequeña tela metálica a modo de cazo. Se llevaban a cabo diariamente una seis coladas de plomo proveniente de los chatarreros que acudían allí para venderlo. Con posterioridad los trabajadores, en su mayoría familiares, llevaban a cabo la clasificación de la distinta munición en una especie de tabla inclinada. Allí, por lo que nos dijo Antonio, acudía gente de toda Córdoba e incluso de la provincia a comprar munición, en kilos, para rellenar sus cartuchos.

Como centro de reunión improvisado del barrio, por la taberna de Los Portalillos se pasaban y se hablaba de multitud de personajes, como Lucas, otro vecino de la calle Nacimiento, quien fuera portero del Deportivo Córdoba (antes de desaparecer en 1952) y terminaría como barbero. O Antonio Caballero, el encargado de los baños del Molino de Martos, que siempre que podía narraba sus hazañas sacando a gente del río en apuros. Más tarde el tal Antonio Caballero puso su propio bar haciendo esquina con la calle que va del Potro a la Ribera y allí se defendió durante más de quince años.

De todo este ambiente en torno a Los Portalillos podría dar fe el numeroso personal y clientes de Radiadores Morga, el famoso establecimiento que durante varias décadas estuvo haciendo esquina en la parte opuesta que daba a la Ribera, y que se convirtió en la referencia para todos los talleres mecánicos locales. Por casualidad, además, fue en el primer trabajo en el que estuvo Antonio Cámara como aprendiz y solía recordarlo con cariño.

El emblemático taller de Radiadores Morga

El emblemático taller de Radiadores Morga

También fueron testigos y clientes de Los Portalillos los asiduos al cercano almacén de bebidas de Eladio Osuna, por donde pasaba la mayoría de las bebidas embotelladas que entraban en Córdoba. Entre los clientes destacados de Eladio Osuna estuvo, sin duda, Juan Piedra Trujillo (el de los supermercados) cuando empezó su andadura profesional (complementaria a su oficio de policía nacional) precisamente vendiendo toda clase de bebidas alcohólicas y quesos en su primer establecimiento del Jardín del Alpargate.

En fin, que cada corro de la taberna al que te acercabas te contaba una historia cada vez más pintoresca. Hubo uno, vecino de Ricardo Molina Tenor, que nos habló de que la calle que abrieron comunicando el Potro con la Ribera era históricamente una zona con fondas y pensiones propiedad «de gente importante» (aunque sus clientes no lo fueran tanto), por lo que plantearon su rechazo expreso a la apertura de esta calle, si bien al final tuvieron que resignarse. Aparte de Ricardo Molina, para beber vino por el simple placer de beberlo, iban también a Los Portalillos de vez en cuando los componentes del grupo Cántico. Quiero recordar también a un tal Marchena que jugaba al dominó en esta taberna de maravilla.

La taberna era, asimismo, el final de recorrido de muchos invidentes de la ONCE tras su dura jornada, por estar cerca una especie de delegación en el cruce de la calle la Feria, saliendo de Lucano, en la que entregaban los cupones que no habían podido vender en el día. En esos tiempos sin móviles allí se colocaba de cara a la calle todos los días en el balcón el número premiado. Era cuando los cupones costaban 25 pesetas y el premio máximo era de 1.250 pesetas. Cada ciudad o provincia tenía su propio sorteo y los números del juego eran de tres cifras.

Plaza del Jardín del Alpargate

Plaza del jardín del AlpargateM. Estévez

Otra taberna de Pérez Barquero

Pero esto se lo contaríamos nosotros al atento y receptivo Antonio Cámara Molina, y le diría que en el Jardín del Alpargate, haciendo esquina con la calle los Frailes, estuvo desde los años 20 del pasado siglo otra taberna de Pérez Barquero regentada por una tal Joaquina, y luego en los años 40-60 por la familia de Luis del Río. Esta familia también tenía a su cargo la cantina del Cuartel de La Reina (Lepanto), que entonces contaba con un Regimiento de Caballería.

En esta taberna se fundó en 1955 la peña Los Emires por un grupo de amigos del barrio entre los que se encontraban Rafael Espejo Jiménez, Juan Ruiz Fernández y José García Aliaga, así hasta completar doce miembros. Al poco tiempo se mudaron a la taberna Casa Enrique, en la plaza de San Juan de Letrán número 1, y más tarde a Casa Pepe, en la misma plaza. Después anduvieron sin local fijo y de forma provisional mantenían sus reuniones en el bar de los Antiguos Alumnos Salesianos (entonces gestionado por Enrique Garrido Redondo) de María Auxiliadora hasta que les surgió la oportunidad de marcharse a la taberna de la Sociedad de Plateros de la misma calle, donde coincidieron a la vez con otras cuatro peñas (Los Romeros de la Paz, La Excursionista Cordobesa, Los Bohemios y los Amigos de los Palomos). Pero en los 90 todas estas peñas fueron «invitadas» a marcharse cuando unos nuevos taberneros, que venían con otras ideas, se hicieron cargo de la histórica taberna. Algunas de estas peñas desaparecieron para siempre y otras se trasladaron a nuevos locales, como Los Emires, que terminó ocupando un espacio propiedad de la Sociedad de Plateros segregado del resto de la taberna, con entrada por la calle Queso, donde siguen en la actualidad.

La verbena del jardín del Alpargate

Junto a la citada taberna de Pérez Barquero, además del zapatero Morales y el estanquero Alcántara, el otro gran establecimiento del Alpargate, y quizás el más famoso, era otra taberna, la de Enrique Ogallas. Ambas tabernas solían poner sus veladores de verano encima del jardín que entonces daba gusto sentarse en él, y no como hoy que es un sitio degradado con presencias poco recomendables. Los veladores de la taberna de Pérez Barquero eran de color rojo y los de Ogallas tenían un color imitando a la madera. Aparte de los veladores, Enriquito Ogallas estaba siempre pendiente de una fila de almendros que tenía sembrados en lo alto del jardín.

Como el jardín estaba en medio, los camareros salían de sus tabernas y cruzaban la carretera en dirección a los veladores con la bandeja en la mano. Y no pasaba nada. En el jardín, además, se organizaban ocasionalmente verbenas, con orquesta y bailables incluidos. La primera que recuerdo de niño fue una montada a principios de los 50 por la Hermandad del Esparraguero, que encontró en un cofrade, el pelirrojo Rojas, al hombre capaz de organizar aquel evento con gran éxito. La exitosa verbena sería organizada en años sucesivos por la peña Los Emires, alternándose con la peña Córdoba Soberana fundada por los hermanos Domínguez, Hay que decir que estos hermanos Rafael Domínguez su hermano menor, junto a Rafael Ordoñez (Bar Rafae) y Luis Sáiz Alijo, fueron los primeros cabos gastadores del Regimiento de Lepanto que llegaron a competir en sus elegantes desfiles con los legionarios.

Las malas noticias

Por desgracia la vida es como es, y junto a las anteriores alegrías las tabernas y su plaza fueron también testigos y altavoces de luctuosos sucesos. Así pasó con aquella terrible explosión de Cádiz el 18 de agosto de 1947 que se dejó sentir alrededor de las diez de la noche. Al día siguiente todo el mundo estaba ávido (y nervioso) por enterarse de los motivos de aquella tremenda a explosión que tuvo lugar en unos polvorines de la Armada.

Radio Nacional solía dar partes informativos escuetos con relativa regularidad, pero como la mayoría de la gente no tenía aparatos de radio en su casa pocos eran los que podían enterarse por sí mismos. Por eso ambas tabernas colocaron fuera sus aparatos (marca Telefunken) con el volumen alto para que la gente sentada en los poyetes del jardín pudiese oír las noticias al respecto. Allí se puede decir que se sentarían los Espinosa, los Aljama, los Morales, los Gavilán, los Tienda, los Villalba, Los Castilla, los Genaros, los Ortega, etcétera.

No sabían que a los pocos días se repetiría la misma escena con la cogida y muerte de Manuel Rodríguez Sánchez ‘Manolete’. O ya unos años después, en 1955, debido a un grave accidente ocurrido en las obras de la Universidad Laboral Onésimo Redondo de Córdoba. Les tocaba muy de cerca porque las tabernas de Pérez Barquero y Ogallas eran el punto de partida donde se «calentaban» (café, aguardiente, anís…) muchos de los obreros que iban al tajo, ya que desde la plaza del Alpargate partían cada día unos diez camiones cargados de trabajadores de esa construcción. Cada uno de estos vehículos solía transportar a unos 25 trabajadores, todos de pie agarrados a la barra.

Lo que pasó fue que la techumbre de la nave en construcción de los Talleres de Fundición y Forja se vino abajo y hubo bastantes heridos. Entre los clientes de la taberna de Pérez Barquero afectados había un trabajador de la familia de La Sarapios, de la calle Montero, así como otro de la familia Larrea, clientes también de la taberna Casa Millán.

Los heridos más graves fueron trasladados al Hospital de Agudos y al Hogar y Clínica de San Rafael. La Casa de Socorro se desplazó ‘in situ’ para atender y prestar servicio. Con unos 25 años entonces andaba Rafael Espejo Jiménez, ya citado como uno de los fundadores de Los Emires, y al que no le pilló el accidente. Trabajaba entonces con Diego Soto, un afamado ebanista que tenía su taller en la plaza de San Andrés, en casa de Pepito el Sevillano (Casa de los Luna, recientemente vendida para hacer unos apartamentos turísticos), Casualidades de la vida, tres años después, Rafael Espejo trabajaría en aquellas naves como maestro de Carpintería.

Como era de esperar, aquel hundimiento tuvo su miga política. Había ocurrido justo un día después de que el Ministro de Trabajo, José Antonio Girón de Velasco, hubiese realizado una visita detallada a las obras. Tras el accidente volvió rápidamente en otra visita para dar sensación de normalidad. A los trabajadores se les dio un día de asueto pidiéndoles que continuaran después a buen ritmo.

La prensa oficial se limitó a dar una pequeña reseña de la noticia pasando de puntillas por el asunto. Por su parte, la Radio Pirenaica, Radio España Independiente, desde Rumanía, habló del tema hasta por los codos, desde que fuera un posible atentado contra la visita del ministro hasta que aquello ocurrió porque se trabajaba en unas condiciones de absoluta falta de seguridad. Llamaban de forma reiterada a los trabajadores a que se declarasen en huelga, o al menos que hicieran huelga de brazos caídos. El accidente fue serio, pero los casos que eran simples magulladuras ellos los elevaban a lesiones muy graves. Por desgracia para su propaganda les faltó el muerto o los muertos que les hubieran ayudado a darle más morbo al accidente.

Antonio Vaquero, que en todo momento estuvo relacionado con la obra, certificaba que los andamios, bombas y materiales que se emplearon eran de lo más moderno que existía en aquellos tiempos, porque se quería hacer de las Universidades Laborales, todo un buen referente cara al exterior. Todo funcionaba de forma sincronizada y hasta los pagos a proveedores estaban al día, lo que ya es toda una novedad en este país en cualquier obra pública de cualquier momento. Había además unos sesenta botiquines de urgencia repartidos por toda la obra. Aquello pretendía ser la obra emblemática de la Universidad Laboral y lo fue, pero a día de hoy seguimos sin saber las causas últimas de aquel accidente.

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