Una calle cualquiera del barrio de Cañero

Una calle cualquiera del barrio de Cañero

El portalón de San Lorenzo

La vivienda social en Córdoba: una realidad en el siglo XX

«Había chabolas en el cementerio de los protestantes, y a orillas del río, tanto en el recodo del Molino de Martos, como en toda la zona paralela al Alcázar»

Los presentadores y tertulianos del programa ‘Malas lenguas’ de TVE, cuyos sueldos pagamos todos con nuestros impuestos, se dedican constantemente a defender sin ningún reparo al gobierno ante la información que va publicando la prensa sobre sus tejemanejes y posibles casos de corrupción. Y no sólo lo defienden, sino que además actúan como fiscales, criticando sin pudor a los tribunales que se atreven a investigarles.

En estos últimos días la consigna propagandística clara es «sacar tajada» del tema de la vivienda y los desahucios, sin importar que sea precisamente el gobierno al que tanto defienden el que debería haber hecho algo al respecto durante los años que ya lleva en el poder.

Ha sido Antonio Banderas, una vez más con su verbo loable siempre respetuoso, quien ha declarado que hay que estar en contra de todas las injusticias, sean éstas guerras o desahucios, pero que no se deben seleccionar según convenga para la propaganda o la política sectaria, Para él no se debería hablar del «no a la guerra» sino del «no» a todas las guerras. La misma lástima debería dar un niño palestino huyendo entre los escombros de su casa después de un bombardeo que ver a un niño judío llorando después de un atentado.

Antonio Banderas, en una imagen de archivo

Antonio Banderas, en una imagen de archivoSergio R Moreno

En cuanto a los desahucios, por desgracia, en nuestra sociedad se producen demasiados, y no se debería aprovechar uno en concreto (por dónde ocurre, o a quién le ocurre) para montar una campaña que lo único que busca no es solucionar el problema sino generar «bronca» y sacar rédito político. Aparte de que esa propaganda se volvería en contra del gobernante, pues sería él el responsable último del problema sin solución.

Aquel deshaucio

Porque esto de los desahucios no es algo nuevo. Recuerdo como si hubiera ocurrido ayer cuando en el año 1956 presenciamos, en torno a las seis de la tarde, la llegada de un coche junto a la barrera sin salida de la calle llamada entonces Ruano Girón (Jesús del Calvario). Del coche se bajó un señor bien trajeado y bigotudo, con una corbata que resultaba algo excesiva para la ocasión. Después, con toda la tranquilidad del mundo, sacó de un bolsillo lo que le debía ser el resto de un puro que le quedaba a medio fumar, mientras portaba en su mano derecha una cartera de color oscuro.

A los chiquillos que estábamos ese día por la plazuela de San Lorenzo nos había llamado antes la atención un grupo que esperaba a este hombre, compuesto de dos personas civiles jóvenes y una pareja de municipales. Todo este conjunto de personajes ajenos al barrio se congregó alrededor de aquel hombre con bigote que se bajaba del coche. El grupo ya completo se dirigió a la casa de vecinos que nosotros conocíamos como de Miguel González (padre de Pepe ‘El Sordo’) en donde vivía un vecino viudo llamado Eladio con sus dos hijos ya algo mayores. Fue el propio Miguel González el que salió y nos dijo que esos hombres venían del Juzgado para desahuciar a Eladio.

La gran mayoría de los vecinos de los alrededores, como El Jaramago, marido de La Genara, El Artillero, Adela, Cantillos, Dorado, doña Tránsito la matrona, Aroca, Pareja, etcétera estaban presenciando en silencio la triste labor de los operarios sacando a la calle los pocos muebles y enseres que aquel pobre hombre poseía. Entonces, de forma un tanto inesperada, apareció el famoso párroco de San Lorenzo, don Juan Novo González, ‘El Látigo Negro’. Imponía con su sola presencia por su altura, embebido en la sotana negra. No le faltaba ni su clásica pipa de fumar en la boca.

El párroco se abrió paso entre los que sacaban los muebles y les dijo, con una voz autoritaria de ordeno y mando, que parasen y que no sacaran (más bien, que no se atrevieran a sacar) ni un mueble más. El hombre del bigote se quejó y le contestó que venía con órdenes del Juzgado de la calle Maese Luis, pero don Juan Novo le replicó que él era el párroco del barrio, y poco más o menos que era quien mandaba allí. La discusión fue a más, y lo que discutieron exactamente sólo ellos dos lo sabrían, pero lo que sí pudimos ver todos los que allí estábamos presenciando aquel desagradable espectáculo fue que no sólo dejaron de sacar muebles, sino que incluso empezaron a meter lo que habían sacado.

El cura Novo entró en Casa Joaquín (el Almacén de la Hermosa), que estaba justo al lado de la casa del desahucio, y desde allí parece ser que habló con el superior del bigotudo usando su teléfono (era de los pocos que había en el barrio). Tras la llamada el asunto quedó solventado, al menos de momento. Cuando el Látigo Negro salió de Casa Joaquín a los vecinos congregados allí, muy poco les faltó para hacer palmas.

Al siguiente lunes, como monaguillo que yo era de la iglesia de San Lorenzo, don Juan Novo me mandó a que fuese a la casa del canónigo don Juan Font del Riego, en la calle Osio a la mediación de Rey Heredia. En su domicilio el citado canónigo (que llevaba unas gafas bifocales, de las primeras que se usaban en Córdoba) me entregó dos sobres. En uno de ellos se podía leer el membrete de Obra Benéfica la Sagrada Familia.

Entregué los dos sobres al cura Novo, y por lo que sucedió días después supe que en uno de ellos iba la adjudicación de una casa en el nuevo barrio de Cañero para Eladio y sus dos hijos, que se mudaron con gran alegría a los pocos días. La mudanza la realizó su vecino el simpático Antonio Serrano Zurera, ‘El Artillero’.

Pasado el tiempo nos pudimos enterar de que quien avisó al cura Novo de que estaban desahuciando a aquel pobre hombre fue José Moyano ‘El Pillo’ el cual, habiendo sido monaguillo de San Lorenzo antes que yo, sabía muy bien cómo se accedía al despacho particular del párroco. Lo encontró allí hablando con otro Font, en este caso con el médico don Eduardo Font, responsable del dispensario parroquial. Luego corrieron rumores de que Novo actuó de acuerdo a los sabios consejos que le facilitó don Leopoldo Romero, un experimentado funcionario de la Audiencia Provincial. Y es que estos hombres de entonces eran más eficaces solucionando los problemas de la gente que la gran mayoría de políticos, asesores y expertos que costeamos a un precio muy elevado hoy día.

La crisis de la vivienda y el chabolismo

Para hablar de los desahucios y la escasez de alojamientos adecuados para las personas afectadas hay que tener en cuenta el recurrente problema de la falta de viviendas suficientes y asequibles para las capas populares. Esta crisis se planteó en España desde mediados del siglo XIX cuando las gentes del medio rural comenzaron a abandonar en gran número el campo de sus ancestros para acudir a las ciudades, donde les prometían progresar a una vida mejor.

Las principales ciudades españolas que se vieron afectadas por estas avalanchas humanas fueron Barcelona, Madrid y Bilbao, al concentrar el inicial dinamismo empresarial español, así como la consolidación del poder político de las administraciones. Pero, en mayor o menor grado, este fenómeno se dio en casi todas las ciudades españolas de tamaño relevante (Córdoba incluida), aunque no siempre en años coincidentes.

Chabolas en Córdoba a principios del siglo XX junto a la muralla del Alcázar

Chabolas en Córdoba a principios del siglo XX junto a la muralla del Alcázar

En la política nacional, tras la consolidación del régimen liberal durante el reinado de Isabel II, se habían dado palos de ciego conforme este problema de falta de viviendas avanzaba. Encima, algunas decisiones, como las desamortizaciones de tierras muertas realizadas por Mendizábal (a la Iglesia) y Madoz (a los municipios) había contribuido en gran medida a su extensión al privar a muchos habitantes de los pueblos del acceso a los amplios terrenos comunales donde, desde tiempos inmemoriales, podían subsistir libremente como vecinos o pagando rentas simbólicas. Ahora se les echaba de estas tierras, que pasaban a concentrarse en grandes propiedades privadas para ser explotadas de forma eficiente, y se les empujaba a emigrar a las ciudades, que era lo progresista entonces: transitar desde agricultores a obreros.

Lo malo eran las condiciones de vida que se encontrarían en esas grandes ciudades, si bien no era algo exclusivo de España, sino consustancial a la industrialización. Gran parte debía buscar cobijo en chabolas improvisadas o alojamientos paupérrimos sin un mínimo de higiene. Lo mismo se narraba en las novelas y cuentos de Dickens, con gran parte de la población hacinada viviendo en condiciones inhumanas en Londres tras emigrar desde el campo en busca de un futuro mejor.

Tras el desastre de la I República llegó a España la Restauración (1875-1931) liderada por Antonio Cánovas del Castillo, y con ella la consolidación de un sistema de turno bipartidista (Partido Liberal Conservador del propio Cánovas y Partido Liberal de Sagasta). Si bien tampoco es que solucionasen el problema mucho más que la generación anterior, al menos se realizaron las primeras iniciativas en el sentido correcto, como el decreto de 1911 de Casas Baratas para los trabajadores. Incluso el Partido Socialista se adhirió públicamente a esa plan para construir casas baratas a través de cooperativas en el extrarradio de las ciudades. Pero por unas razones u otras, a nivel oficial pocas instituciones del Estado se preocuparon de esta inquietud, y los esfuerzos eran o insuficientes o mal coordinados.

En el caso concreto de Córdoba la Iglesia dio un paso al frente ante la desidia del Estado gracias al obispo don Adolfo Pérez Muñoz, que con pocos medios haría 99 casas baratas en los años 20 diseminadas por San Cayetano, el Marrubial y la Cuesta de la Pólvora, De estas casas de aspecto regionalista quedan hoy sólo unas pocas en pie (en la calle Álvaro Paulo, por ejemplo) y hasta el propio nombre del benefactor obispo desapareció injustamente de nuestro callejero.

Casa de La Solariega en  la Puerta de Plasencia

Casa de La Solariega en la Puerta de Plasencia

El papel ante el problema de la vivienda de la II República Española (1931-1936) es exonerado por la mayoría de los medios de comunicación y gran parte de los historiadores, alegando la depresión económica que se cernía sobre Europa, la crónica crisis interna de la propia República, etcétera. El caso es que el chabolismo siguió creciendo. Y, para rematar, la guerra civil y las sequías de los años posteriores arruinaron cosechas y con ello la economía rural de gran parte del país, por lo que el éxodo en masa hacia las ciudades, y el consecuente chabolismo, continuó sin parar.

Concretando en la Córdoba que conocí, durante estas primeras décadas tras la guerra el barrio más representativo de chabolas y casas contrahechas que recuerde era el llamado Zumbacón, que ocupaba una amplia zona paralela a la carretera de Almadén coincidente con la entrada de lo que sería luego el Polígono de Chinales (en línea recta con la gasolinera que se encuentra en ese lugar y las vías del tren). Se organizaban en torno al cauce del arroyo de las Piedras, entonces al aire libre.

También había chabolas en el llamado Cementerio de los protestantes, y a orillas del Guadalquivir, tanto en el recodo del Molino de Martos, como en toda la zona paralela al Alcázar y hasta donde se construiría el zoológico. En torno al arroyo del Moro también se levantaban otros asentamientos, Conocimos de cerca a los ‘Salpullíos’ que solían ocupar el Puentecito de San Rafael.

El problema de todas estas personas que malvivían no era, evidentemente, poder pagar la renta de cualquier alquiler: su problema era principalmente que no había viviendas suficientes para tantos como habían acudido a la ciudad, y sobre todo para los más pobres, los que tenían casi imposible el acceso a alguna.

La España que nosotros conocimos

Cuando el país fue recuperándose poco a poco de la terrible guerra el problema de la vivienda seguía latente. La construcción apenas había contado con algún estímulo y el régimen de alquiler, junto con las pensiones, seguía siendo el mayoritario en la mayor parte de las ciudades como Córdoba. Sólo unos pocos eran propietarios que arrendaban sus viviendas al grueso de la población. Y seguía llegando más gente a las ciudades, porque el desarrollo industrial que necesitaba esa España requería la presencia de miles de jóvenes junto a los centros fabriles, entonces mayoritariamente cerca de los núcleos urbanos. En resumen: era ya imperiosa la creación de nuevos barrios residenciales, por lo menos a corto plazo, y a medio, su dotación de servicios sanitarios, sociales y educativos.

En nuestra ciudad tuvimos la suerte de contar con uno de esos hombres providenciales para el momento: el obispo de Córdoba Fray Albino González Menéndez Raigada (de 1946 a 1958). Si don Juan Novo, en su ámbito parroquial mucho más limitado, destacaba por su altura y sotana negra, Fray Albino era el revés, bajito rechoncho y de sotana blanca, como dominico que era. Iba a retomar el testigo social de su antecesor Pérez Muñoz pero con mucha mayor ambición y resultados.

La obra de Fray Albino

Fundó la Obra Benéfica la Sagrada Familia, y con esta novedosa figura jurídica construyó ceca de cinco mil casas para trabajadores y gente necesitada en Cañero (gracias a la donación de Antonio Cañero Baena que donó la Huerta el Guato, núcleo del nuevo barrio) y el viejo Campo de la Verdad (hoy barriada de Fray Albino). Tanto uno como otro barrio fueron dotados de medios y servicios adecuados para la convivencia «moderna» de una comunidad (luz, agua, arbolado, saneamiento…), contando incluso con cines e instalaciones deportivas, una rareza en la gran mayoría de los barrios de Córdoba.

Pero más allá de sus resultados palpables, y que ahí están digan lo que digan, la Obra Benéfica la Sagrada Familia de alguna forma supo ser pionera y enseñar a la pesada y burocrática maquinaria de las administraciones públicas cómo agilizar los créditos a la vivienda y aprovechar las posibilidades que ofrecía el nuevo Ministerio del ramo que se había creado.

Fray Albino, el impulsor de la Sagrada Familia, en una de sus visitas al Campo de la Verdad (1952)

Fray Albino, el impulsor de la Sagrada Familia, en una de sus visitas al Campo de la Verdad (1952)

Porque después fue el propio Ayuntamiento de Córdoba el que tomó el relevo, asumiendo el segundo proyecto que tenía en mente el obispo Fray Albino, la urbanización del Sector Sur. Cogió el proyecto en sus manos y, con apoyo en la financiación por parte del Estado, se preocupó de construir buena parte de esta extensa zona meridional de la ciudad.

Los nuevos barrios

Por su parte, los Sindicatos, a través de OSH, habían construido una serie de bloques por la zona del Tejar de la Cruz y la calle Cinco Caballeros, al principio de la expansión de Levante. Y aquello no paró, centrándose después en lo que se llamó el Polígono de la Fuensanta, una extensa zona de Córdoba que estaba hasta entonces llena de huertas aislada con el Santuario. Allí construirían al principio unos bloques, seis idénticos, dotados con ascensor e incluso portero, lo que era toda una modernidad. Luego se continuó llenando dicha zona de elevados bloques de pisos, cada uno según las características y gustos del arquitecto.

En esta urbanización de la Fuensanta también participarían otros promotores ajenos a los Sindicatos, como la Caja Provincial, que completó una serie de bloques de viviendas en la flamante avenida Virgen del Mar. Aparte de la Caja, también el Monte de Piedad y Caja de Ahorros del señor Medina comenzó por implicarse en viviendas de protección oficial, llegando incluso a apoyar la construcción de barrios enteros con todos los servicios correspondientes.

Paralelamente a estas construcciones, en el Sector Sur las propias empresas facilitaban a sus trabajadores las famosas «trece mil pesetas» para la obtención de un piso. Este Sector Sur puede considerarse como el ejemplo más representativo de estos años frenéticos, pues aparte del Ayuntamiento los Sindicatos y el propio Ministerio de la Vivienda no se quisieron quedar atrás en esto de construir bloque tras bloque, en una dinámica de la iniciativa pública (junto a las cajas citadas, con fuerte contenido local) que se prolongaría en nuevos barrios y zonas hasta los 70. Incluso las Mutualidades daban préstamos a fondo perdido para conseguir una vivienda en propiedad.

En resumen, que hubo un momento que cristalizó en aquellos años 60 donde se puede decir que todo el que quería un piso en Córdoba lo obtenía con relativa facilidad, según sus posibilidades, siempre que se hubiera preocupado de ahorrar un poco porque, con esfuerzo, los salarios lo permitían. Surgía así algo novedoso en nuestra historia: la figura del trabajador-propietario, hoy en riesgo de desaparecer.

En contraste con aquellos años, en la actualidad apenas se construyen viviendas de protección oficial o de iniciativa pública, y mucho menos barrios enteros, a pesar de las ingentes cantidades recaudadas por IVA e IRPF (ciento cincuenta y dos mil millones de euros). No es que se dediquen estos recursos a otros servicios públicos, porque no hay un duro ni para arreglar las carreteras o la red de ferrocarriles, que están hechas un desastre. Parece que las pensiones y la sanidad (aunque ésta cada vez peor) son de lo poco que hoy tiene financiación suficiente.

Mientras, aunque sea el chocolate del loro, se gastan nuestro dinero sin reparo y como si nada en pagar elevados sueldos políticos de todo tipo o en montar la citada televisión adicta al poder con sus bien costeados programas que harían ruborizarse al Pravda por su servilismo con el gobierno. Y, aunque sea otra historia, para qué hablar del nivel actual de los sueldos y la calidad de gran parte de los trabajos, como esos patinetes repartiendo que me recuerdan a los jornaleros de antaño que malvivían con alguna faenilla que les caía en suerte. ¿Cómo van a poder comprarse estos trabajadores una vivienda? Con este panorama, las manifestaciones y medidas que pregonan los políticos sobre la vivienda son, con perdón, puro humo. Digan lo que digan los palmeros de ‘Malas lenguas’.

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