Foto dedicada por el rejoneador Antonio Cañero a los Amigos del Caballo

El portalón de San Lorenzo

Un caso en Córdoba del protocolo del perdón

Tras dejar el rejoneo en 1935 se fue a vivir alejado del mundo a su finca de La Viñuela a un elegante caserón de una planta

Antonio Cañero Baena (1885-1952) nació en la céntrica calle Osario, pasando la mayor parte de su adolescencia y juventud en una casa de la plaza del Ángel (San Hipólito) junto a sus padres y dos hermanos. Su hermano Manuel moriría de forma trágica aún joven a causa de la patada que le propició en el pecho un potro, mientras su hermana Carmen viviría siempre muy cercana a él.

Antonio era un tanto introvertido, de no muchas palabras, como era una virtud entre los militares, su profesión siguiendo la tradición familiar. Como es bien sabido, su gran pasión, fueron siempre los caballos, primero como rejoneador y después de retirado del toreo en la monta de exhibición y recreo. También gustaba pasear en su coche tirado por unas maravillosas jacas blancas. Entonces se transformaba y parecía otra persona, más jovial y abierta.

No le gustaba trasnochar ni frecuentar fiestas. Mantuvo buenas relaciones con los políticos del antiguo régimen, y luego tras la guerra civil, pero nunca renunció a vivir y a desenvolverse en su ciudad. Llegó a ser concejal del Ayuntamiento y fue presidente de la Plaza de Toros de los Tejares a finales de los años cuarenta.

Era muy frecuente verle en público con un atuendo campero, completado con unas gafas y sombrero cordobés. Llevaba a gala su estatus ecuestre y se decía que cuando llegaba al Gran Bar de las Tendillas pedía a los camareros que le sirvieran el café encima de su montura. Cañero se sentía muy orgulloso de sus caballos, con especial predilección por su jaca ‘La Bordó’ (muerta en Portugal en 1925), nombre que le pusieron en una bodega inglesa con motivo de una demostración ecuestre que realizó en ese país.

Un incidente por esa forma suya de ser se comenta que le pasó con Antonio Jaén Morente. Cierto día se presentó el rejoneador en la huerta La Camila, donde tenía su taller de tapicería para coches de caballos Manuel Jaén Morente, hermano del político al que éste había ido a visitar ese día. Sin tan siquiera bajarse del coche de caballos en el que iba, con voz autoritaria, Cañero le dijo: «Manolo, me tienes que tapizar este coche que está muy deteriorado». En ese momento surgió Antonio y le contestó: «Haga usted el favor de bajarse del coche y le habla a mi hermano desde el suelo como se le habla a las personas». El rejoneador no contestó y se marchó.

Tras dejar el rejoneo en 1935 se fue a vivir alejado del mundo a su finca de La Viñuela (con entrada por lo que hoy es la avenida Jesús Rescatado), a un elegante caserón de una planta flanqueado con tres palmeras bastante altas y delgadas. Abundaban en su finca, según se veía desde el exterior, los arbustos de laurel, mimosas y algunos rosales. Al fondo había una instalación bastante completa para sus carruajes y caballos, así como un estanque pequeño. Allí pasaría sus últimos años, con un patrimonio acumulado que le permitía vivir con grandes ventajas y comodidades, si bien él hacía poca ostentación de ello, porque también tenía ese carácter austero tan frecuente entre los militares.

Su pensamiento político

Toda su vida se vio señalado por su cercanía ideológica que para nada tenía que ver con cualquier militancia de izquierdas. Junto a los hermanos Herrero y otros caballistas amigos formaron parte de los primeros civiles que se significaron de forma activa a favor del Alzamiento en Córdoba desde el mismo 18 de julio. En agosto, el día de San Bernardo de 1936, la ciudad de Córdoba fue bombardeada tres veces por la aviación republicana como apoyo (más bien psicológico para infundir terror) en su luego fracasada ofensiva por tomar la ciudad. En uno de esos duros bombardeos murió un antiguo torerillo, conocido suyo, que se dedicaba a vender agua a lomos de su borrico. Le pilló el bombardeo en la calle Custodio y la metralla incrustó al torerillo y a su borrico contra la pared, según pudo ver como testigo presencial mi madre, vecina de la calle Roelas, donde también cayeron bombas ante los aterrorizados vecinos. Parece ser que Antonio Cañero se personó en el lugar para ver los restos de su amigo y conocido.

Hay quienes dicen, o al menos se comentó, que como reacción inmediata a este hecho Cañero formó enseguida un grupo de caballistas que se dirigió a la Venta Cuevas (por la avenida de Cádiz) para dar un castigo ejemplar a los hermanos Cuevas Jiménez, al parecer supuestos colaboradores, haciéndoles señas, de la aviación republicana. También se le atribuyeron algunos desplazamientos por la entonces prácticamente deshabitada zona del Brillante, en donde se presuponía la existencia de supuestos izquierdistas escondidos que también hacían señales a los aparatos. Una vez localizados se dice que tomaron expeditiva venganza contra ellos.

Bombardeo en la calle RoelasP. Hidalgo

Su relación con Fray Albino

Antonio Cañero era un hombre bastante dadivoso, con poco apego al dinero, que ayudó económicamente a muchas personas sin esperar nada a cambio. Estando ya retirado del mundo del toro solía pasearse por lo que hoy es la calle Cinco Caballeros, y que en aquellas fechas era todavía un campo puro y duro por donde discurría el arroyo de las Piedras. Muchas tardes se encontraba en aquel arroyo a mujeres lavando su ropa, a militares de prácticas con sus monturas (a los que hasta les daba sabios consejos sobre cómo montar y exhibirse con sus caballos), así como a bastantes chiquillos jugando.

La única parte habitada de ese ejido era una fila de casas de una sola planta en torno a una escuela parroquial para niñas, el llamado barrio del Tejar. Todo este paraje, según la tradición, era donde tuvieron lugar las apariciones de San Rafael al Venerable Andrés de las Roelas. En aquellos tiempos aún permanecía en pie una tosca cruz que recordaba este hecho.

Cañero pudo ver en persona los estragos que las fuertes lluvias de 1947 y 1948 ocasionaron a estas humildes gentes al desbordarse el arroyo, así como su inmediato afluente llamado Hormiguita. Contactó con la maestra de la escuela, señorita Casimira Barneto Blanco, y ella a su vez le puso en contacto con el párroco de San Lorenzo, don José Serrano Aguilera. A través de la parroquia el rejoneador donó generosas ayudas para tratar de paliar esta desgracia.

La iglesia de San Lorenzo, en agradecimiento, y a pesar de que Cañero iba muy poco por ella, le empezó a mandar todos los años una palma decorada el Domingo de Ramos. A mí me tocó acompañar al que se la llevaba en el año 1951, y él personalmente nos dio de propina un billete de dos pesetas. Hubo un momento en que los monaguillos y los nenes en general nos dábamos bofetadas por llevarle la dichosa palma.

Además, la diócesis quiso agradecerle de forma oficial el detalle que tuvo con aquellas pobres gentes de la feligresía de San Lorenzo, lo que propició el inicial contacto de Antonio Cañero con Fray Albino. El gran obispo, ese mismo año de 1948, visitó las zonas desbordadas en otro entorno, en este caso el del arroyo Pedroches, donde se hacinaban grupos de chabolas y casas contrahechas por donde hoy se levanta el barrio de Cañero. Allí coincidió con el rejoneador, dueño de una buena parte de las huertas circundantes (Huerta Guato), y de ese encuentro surgió la generosa donación para la construcción del nuevo barrio que llevaría su nombre.

De todas formas, en la relación de Cañero con la Iglesia había un elemento perturbador que toda Córdoba conocía. Había convivido varios años sin estar casado con una mujer de gran presencia llamada María Morales Vida, esposa legítima de un fotógrafo apodado El Canuto, y cuando al final se casó con ella lo hizo por lo civil, en 1935, cuando lo permitía la II República.

Otros recuerdos

Recuerdo que en torno al año 1950 más de una vez vi cómo su elegante coche de caballos Manola de jacas blancas se paraba en mi calle Roelas. Iba a visitar al brigada Ruano, un militar retirado de la Remonta, posiblemente el mejor guarnicionero que había por entonces en Córdoba. Muerto Ruano le sustituyó en estos menesteres su yerno Guillermo Fernández, que trabajaba habitualmente en Casa Barrón de la calle Alfonso XIII.

Ese coche de caballos era de una prestancia impresionante, y verlo con esas dos imponentes jacas por el sencillo barrio de San Lorenzo era todo un espectáculo. Tenía un cochero, un hombre bastante orondo y muy buena persona, pero quien casi siempre aparecía por allí conduciendo era él mismo con sus gafas oscuras, apodadas ‘manoletinas’ por ser parecidas a las que usaba Camará, apoderado de Manolete.

Era curioso el enrevesado recorrido que hacía con este coche Manola hasta llegar a la calle Roelas. Salía de su finca La Viñuela, y venía para el Marrubial, subía por Obispo Pérez Muñoz (Ollerías), entraba por la Puerta del Campo (antigua Casa de los Locos) y bajaba por Cárcamo, Dormitorio (Obispo López Criado), Pozanco, Custodio, hasta salir a Roelas. El paso por la calle Custodio, tan estrecha y con revueltas, era toda una demostración de habilidad en el manejo del coche y los caballos. Los chavales disfrutábamos lo indecible.

Un día nos contó Guillermo Fernández que una de las primeras veces que entró Cañero a su casa olió a incienso y le preguntó: «¿Quién está quemando aquí «humo» de Iglesia?» A lo que el bueno de Guillermo le contestó: «Don Antonio, es que esos ventanales que usted ve en mi patio son la sacristía de la iglesia de San Rafael». Esta curiosidad le hizo acercarse a la iglesia del Juramento. Allí vio un cuadro con la aparición de los Cinco Caballeros, donde junto a los protagonistas se representaba ese paraje campestre de Córdoba que tanto le gustaba. Medio en broma o medio en serio le preguntó al capellán, García Laguna, que le pusiera un precio para comprarlo. Finalmente le dio un donativo para que restaurara la Virgen del Pocito.

Su final

Cuando cayó gravemente enfermo afectado de una leucemia irreversible el estado de salud de Antonio Cañero se deterioró rápidamente, y si ya llevaba tiempo medio recluido en La Viñuela entonces sí que dejó de salir. Se pasaba las horas sentado en una butaca donde allí recibía a los pocos amigos que se interesaban por él. Una persona que le visitó varias veces fue don Juan Font del Riego, tanto por su amistad con él como por sugerencia del obispo.

El sacerdote don Juan Font era un hombre público muy conocido en esa Córdoba. Aparte de su labor propiamente pastoral no había mentidero importante de la ciudad que él no conociera. Hacía poco que había fallecido Benito Lozano, empresario destacado en el sector del aceite. Cundió como la pólvora por toda la ciudad el hecho de que fuera enterrado en el cementerio civil, pues la Iglesia no admitía el hecho de que había vivido amancebado con una dama que no era su mujer. A pesar del dinero que este hombre poseía la Iglesia fue entonces tajante, y la verdad es que hubo opiniones para todos los gustos. Font, sabiendo de la situación «irregular» de Cañero a ojos de la Iglesia no quería que se repitiera la misma situación.

Así, un día a mediados de febrero de 1952, siendo las seis de la tarde (acababa de salir del colegio) como monaguillo me disponía a limpiar el polvo de las bancas de San Lorenzo antes de que empezara el Rosario que dirigía el coadjutor don Antonio Campos González. Estando en esta tarea se me acercó Antonio Ruiz (sacristán mayor) que me dijo: «Niño, coge este arquillo y ven conmigo».

El arquillo contenía los óleos de la extremaunción y con él en la mano empecé a andar detrás del sacristán. Al pasar por el horno de Manuel Morte en María Auxiliadora Antonio Ruiz Rubio se paró y entró, y estuvo hablando con quien fuera por teléfono. Finalmente salió y me dijo que apresurásemos el paso. Pasamos por el Jardín del Alpargate, cruzamos por la calle Álvaro Paulo, con sus casitas de La Solariega, y nos dirigimos a lo que hoy es la avenida de Jesús Rescatado. No hace falta decir que, salvo el cuartel de Lepanto, todo lo que había alrededor eran huertas y campo.

Al llegar a la mitad aproximadamente de la hoy avenida vimos un coche negro aparcado que familiarmente llamaban El Escarabajo. Era el Vokswagen de don Juan Font, que ya estaba esperándonos en la puerta de la finca La Viñuela. El sacristán se disculpó por el retraso y entramos los tres por una puerta que nos abrió una mujer que debía ser la portera.

Don Juan Font y el sacristán entraron en el interior de la vivienda y yo me quedé fuera con él manteo y el sombrero del cura. Mi curiosidad de nene me hizo dar una vuelta alrededor del edificio, y en la parte posterior había dos ventanales algo más grandes de lo normal por donde se oía una especie de diálogo entre dos personas. Pude escuchar a alguien repitiendo la misma frase: «Sí, Padre, sí, Padre, claro que sí, Padre, claro que sí...». Al ver que se acercaba la portera opté por retirarme prudentemente de aquel lugar y ya no pude oír nada más. Supuse que era la voz muy enferma de Antonio Cañero.

Juan M. Font del Riego

Al cabo de unos minutos salieron por la puerta principal tres personas, don Juan Font, al que le entregué sus prendas, Antonio Ruiz el sacristán, y un señor desconocido para mí que debía ser el médico porque la portera le dijo: «Hasta mañana, don Jesús». Salimos a la puerta y don Juan Font se montó en su ‘escarabajo’ con el médico. El sacristán y yo nos volvimos andando para San Lorenzo. A la vuelta no pasamos por Álvaro Paulo sino que rodeamos por delante del colegio para niñas del Marrubial, en la Puerta de Plasencia. Fuera estaba su directora, doña Antonia Moreno, que al conocer al sacristán le preguntó: «¿De dónde viene usted, Antonio? “De casa de don Antonio Cañero», le respondió, de dónde venimos de darle una especie de protocolo del perdón, auspiciado por el obispo en agradecimiento a la donación que había hecho para construir el barrio de Cañero. No querían que se repitiese el caso de Benito Lozano.

No volví más a la finca ni tuve más relación con el asunto hasta que el día 22 de febrero, a las cinco de la tarde, se celebró en San Lorenzo el entierro de don Antonio Cañero. Supimos por el papel de la funeraria que tenía 66 años.

El entierro

El entierro fue de tres capas, todo un lujo para esta humilde parroquia. Los curas que hicieron vestimenta fueron don Pedro Muñoz Adán, el párroco; don Antonio Campos González, coadjutor, y don José Anasagasti, capellán del Castillo Maimón.

Como sacristanes actuaron Antonio Ruiz y José Bojollo, de San Lorenzo; Alfonso, de Santiago; Manuel, de Santa Marina; Alcalde, de San Andrés; El Chocolatero, del convento Santa María de Gracia, y Joaquín ‘El Zapatones’, todos embebidos en su sobrepelliz blanco, excepto el de Joaquín que era de lienzo moreno y todavía no tenía los lavados necesarios para adquirir el blanco normal.

A mí me tocó llevar un cirial. Para la ocasión se eligieron unos de imitación de plata que en su día, al igual que la cruz a juego, vinieron a San Lorenzo desde el monasterio de Valparaíso (San Jerónimo). Era lo mejor que podía ofrecer la parroquia.

Los que estábamos dentro de la iglesia durante la ceremonia no pudimos ver la multitud de gente que había en el portalón y en la plaza. Fue mi madre posteriormente la que me contó el inmenso gentío que se había formado.

El ataúd fue portado por la familia de don Baldomero Milla. Él y sus sobrinos habían mantenido una gran amistad con el rejoneador. Al parecer también iba un sobrino del caballista. Yo no tenía edad para captar si había o no autoridades entre los asistentes, pues apenas las conocía. Sí que noté que había bastantes militares. Entre el público, en una fila discreta, estaba don Juan Font, acompañado por don Antonio García Laguna.

Entre los dolientes más significativos estaba una mujer que dijeron que era su querida hermana Carmen. En un plano menos destacado y según me contaría el sacristán Pepe Bojollo, se encontraba su esposa doña María Morales Vida, que sin duda fue el centro de todas las miradas.

Su cadáver lo sacaron las mismas personas que lo habían introducido. Lo metieron en un coche con cuatro caballos negros con sus oropeles negros en la cabeza que para nada se parecían a su querida jaca La Bordó. La comitiva subió por el Arroyo de San Lorenzo, Ronda de Andújar, Puerta Nueva, Matadero y Campo de San Antón. Pasando a la altura de Amador Naz empezó a sonar el campanillo del cementerio como era costumbre por aquella época. No hace falta decir que toda la comitiva, incluidos curas y sacristanes, acompañaban entonces el duelo hasta el último responso que se le echaba en la capilla del cementerio. Terminado este acto se hizo cargo del cadáver, por así decirlo, don Miguel Ramírez, capellán del cementerio, vestido también con un sobrepelliz, que destapó al muerto y dio fe de que se enterraba a don Antonio Cañero.

Lo acompañó hasta el Patio Grande, en donde lo enterraron, no en un ostentoso panteón, sino en una bovedilla de segunda fila que le había cedido oficialmente el Ayuntamiento de Córdoba. El cuadro en el que fue enterrado daba la espalda a la actual avenida de Libia. Con el tiempo le pusieron una lápida muy escueta que pone el nombre, fecha de la muerte y recuerdos de sus familiares. En los muchos años que llevo viendo esa lápida jamás le pusieron una simple flor.