Érase una vez RomaTeo Fernández

Las tres chicas del sur y el barrio del Pigneto

Durante esos nueve días en Vía Nocera Umbra 166 empecé a darme cuenta de que la diferencia entre los extremos septentrional y meridional de Italia es mucho mayor que en España

Necci dal 1924, bar que aparece en Accattone, de Pier Paolo PasoliniRedes sociales Necci

Encontrar piso de alquiler en Roma es una odisea. Sobre todo, si no hablas italiano. Doy fe. Llegué a tener una conversación telefónica con un hombre que resulta que no ofrecía alojamiento, sino que... también lo buscaba. Yo había entendido mal su anuncio. Imagine, querido lector, el caos comunicativo. Tuvo que aclarar la confusión Gianluca, un amigo de Giorgia que me ayudaba en la misión imposible. Y todos se partían de risa, claro.

Ya conté en el segundo artículo que, mientras conseguía habitación, Giorgia me hospedó casi diez días en el piso de estudiantes que compartía con otras dos chicas del sur: María, de Basilicata, y Rosangela, que, al igual que Giorgia, era de Calabria (y, por cierto, prima de Gianluca). Ambas me acogieron con la misma amabilidad y la misma paciencia que su compañera, sobre todo considerando, como ha quedado claro unas líneas atrás, que yo no hablaba una palabra de italiano.

Gracias a ellas tuve una rápida incursión en algunos aspectos de la gastronomía trasalpina, por ejemplo los vinagres y los tipos de aceite, comprobando que en el sur los sabores son más intensos. En realidad, todo lo es. Durante esos nueve días en Vía Nocera Umbra 166 empecé a darme cuenta de que la diferencia entre los extremos septentrional y meridional de Italia es mucho mayor que en España.

Al final, por no estar más tiempo «de okupa» en casa de las tres sureñas, me fui a una residencia de estudiantes donde se podía alquilar habitación por meses. Se llamaba Serventi y era del doctor Bernardo Fraioli, médico (si no recuerdo mal, neurocirujano) muy extrovertido y amable. Se encontraba en Via di Villa Serventi nº 9, edificio que hoy es un hotel, el Antico Aquedotto. Era todavía septiembre, así que estábamos solo dos españoles (el otro era Andrés, en mi misma situación) y tres italianos que ya habían ido para hacer exámenes de recuperación.

Via de Villa Serventi es una calle del barrio del Pigneto, en el que casualmente me he alojado varias veces en visitas posteriores a Roma (aunque, por cuestiones logísticas, no recomiendo pernoctar en esta zona a quien no sepa moverse bien por la ciudad). Lo he hecho, en concreto, en el Hotel Roma Aeterna. Una de ellas, con mi padrino, Alfonso Fernández Zamorano, en un viaje que ya os contaré. Hoy solo mencionaré que una noche cenamos, en el propio Pigneto, precisamente con Giorgia y su familia. Y, en cuatro o cinco días que llevábamos allí, Alfonso ya se comunicó bastante bien en italiano.

Al igual que los cercanos barrios de Tiburtino y Centocelle, o el más lejano del EUR (sobre el que me extenderé en el próximo artículo), el Pigneto está muy vinculado al cine neorrealista. En él, Bernardo Rossellini rodó Roma ciudad abierta. Y en la Via Fanfulla da Lodi se encuentra Necci (ahora llamado «Necci dal 1924»), bar que cumplió un siglo hace un par de años y donde Pier Paolo Pasolini (que era de este quartiere) ambienta parte de Accattone.

La Vía Montecuccoli en la película Roma Ciudad AbiertaLa Voz de Córdoba

Resulta apropiado para estos menesteres, pues se trata de un distrito obrero cuyos orígenes se vinculan a la industrialización del siglo XIX y que fue bombardeado en la Segunda Guerra Mundial. También es tradicionalmente juvenil, por la proximidad de la Universidad La Sapienza, y tiene un gran porcentaje de población extranjera. Todo ello ha cristalizado en un ambiente alternativo y artístico que lo está poniendo de moda y que presume de no sufrir la saturación del centro de la ciudad... por ahora.

Y doy fe de la numerosa población foránea. Pues, cuando en septiembre de 2001 yo utilizaba el tranvía desde Vía Serventi hasta Termini (para allí coger el metro hasta mi universidad), era el único (digo bien, el único) pasajero con rasgos occidentales... ¡en todo el tren! Y, ojo, no olvidemos que yo también era extranjero. Para alguien de diecinueve años que llegaba a Roma desde Córdoba (donde entonces había muy pocos inmigrantes) y que solo había salido de sus fronteras en el viaje fin de curso (precisamente a Italia), dicho recorrido matutino supuso una inmersión tan brusca como hermosa en la multiculturalidad.

El tranvía pasaba por un lugar cuya existencia yo desconocía antes de vivir en el Pigneto y que me impresionaba mucho: Porta Maggiore, creo que así llamada no tanto por su tamaño, sino porque estaba en el camino hacia Santa María la Mayor. Se trata de una puerta monumental romana que luce dos arcos atravesados por sendas calzadas con destinos diferentes. En realidad son arcos de acueducto que, en tiempos del Claudio, fueron monumentalizados a su paso sobre dichas vías. Y es que esta zona, al norte de Letrán, era cruzada por la mayoría de los acueductos romanos, al ser la más alta de la ciudad.

Pero cuando Aureliano, dos siglos más tarde, amplió el perímetro de muralla (de eso os hablaré otro día), el conjunto se integró en ellas, convirtiéndose, entonces sí, en un acceso. Después, Honorio la englobó en una fortificación que siguió en pie hasta hace doscientos años. Al eliminarla, la puerta quedó de nuevo despejada, y apareció el característico elemento que la acompaña: la tumba de Eurisace (un liberto que hizo fortuna como panadero) y su esposa. Recordemos que en la antigua Roma las necrópolis solían encontrarse flanqueando las calzadas.

Porta Maggiore y la tumba de EurisaceWikipedia

Ya en Termini, continuaba mi recorrido diario cogiendo la línea B de metro hacia el sur. Concretamente, hasta San Paolo (San Pablo Extramuros), para ir al curso de italiano en el Centro de Lenguas Modernas de la Univeridad Roma Tre. La clases en la Facultad de Letras, cuya parada era la siguiente (Marconi), no las empezaría hasta noviembre porque el edificio estaba sin terminar. Ya saben, el ritmo mediterráneo.

En todo caso, ambas cosas me pillaban muy lejos del Pigneto, así que, tras un par de semanas en Via Serventi, me mudé más cerca de ellas. Más al sur, incluso, que esos dos lugares. Incluso más al sur de la última parada de metro de todas, que era Laurentina. Y allí descubriría, como os contaré el mes que viene, el mayor don que me fue concedido, y que, aunque prosaico, me valió para hacerme un nombre en ciertos círculos de la Ciudad Eterna: el biliardino. O sea, nada menos que... el futbolín.