La verónicaAdolfo Ariza

Chesterton en una gran superficie

«Mucha gente alberga la inocente ilusión de que las grandes tiendas son más eficaces que las pequeñas»

Cuando el simpar Chesterton, de visita en los Estados Unidos, se dispone a adentrarse en unos grandes almacenes en New York – véase también «grandes superficies" - aún resuena en su interior el comentario que hizo a sus amigos tras contemplar de noche las luces de Broadway conformadas por “aquel largo caleidoscopio de luces de colores que forman grandes letras y marcas para anunciar todo tipo de cosas» en las que creyó ver «los dones más intensos y místicos de Dios: el color y el fuego»: -«Qué glorioso jardín de maravillas sería este para quien tuviera la dicha de no saber leer».
Ya dentro de los grandes almacenes su perplejidad no se ve moderada en el más mínimo ápice sabedor de que «mucha gente alberga la inocente ilusión de que las grandes tiendas son más eficaces que las pequeñas». Para él, estos grandes almacenes, que está descubriendo en las «Américas», son «simplemente una ciudad de comercios pequeños bajo techo para mantenerse aislados del aire y de la luz, y una ciudad en la que ninguno de los tenderos es verdaderamente responsable de su tienda». Nuestro orondo y más que polifacético personaje es consciente de que no todo el mundo estará de acuerdo. De ahí que razone su respuesta: «En la práctica jamás aplicamos este método de la asociación comercial a nada que realmente importe demasiado». Ejemplos no le faltan: «No nos dirigimos al departamento quirúrgico de los grandes almacenes a que nos quiten un trozo de cerebro mediante una delicada operación, ni pasamos por el departamento jurídico para contratar a ninguno de sus abogados si nos hallamos en eventual peligro de ser ahorcados». Para nuestro simpar polemista es un obviedad el que vayamos «en busca de hombres que poseen sus propias herramientas y son responsables del uso de su propios talentos».
Tres cuartos de lo mismo siente y experimenta con respecto a la «publicidad» que le apabulla y solivianta – para él es «la sombra de América» y no precisamente «la luz de de América» -. Ante tanto reclamo publicitario recuerda que aunque seamos «meramente receptivos» y aceptemos estas cosas con «asombrosa paciencia», «aún no estamos muertos y todavía conservamos ciertos rescoldos de cordura». Su paso por Norteamérica le están recordando que si bien «las naciones no se arman para una guerra mortal pensando en qué clase de submarino han visto más a menudo en las vallas publicitarias» si pueden dejarse seducir por la publicidad – engañosa o no tan engañosa – «cuando se trata de algo como el jabón, precisamente porque una nación no corre el riesgo de perecer por usar un jabón mediocre como lo correría de usar un tipo de submarino mediocre». No hay sombra de duda: «Nadie vence una gran batalla en un momento de crisis trascendental porque alguien le haya dicho» que una determinada Caballería es «la Mejor». Para Chesterton, el día que «las empresas comerciales se dediquen también a estos ámbitos y que los agentes publicitarios proporcionen el instrumental al cirujano y las armas al soldado», «cuando eso ocurra, los ejércitos serán derrotados y los pacientes morirán». Y no digamos nada del publicista que ha decidido dejar de ser artista trabajando «para Marconi en lugar de Medici» y «por este vulgar ingenio tendrá que manipular las virtudes más puras y loables del intelecto, el poder de atraer a sus hermanos, y el noble deber de la alabanza».
Su propia versión de la peripatética americana le ha convencido acerca de la incapacidad del idealismo que campa a sus anchas en un ambiente como el vivido y descrito. Si «todas las manifestaciones visibles de estos hombres son materialistas», conviene saber que «estas visiones nunca se materializarán». Lo tiene claro: «Sufrimos lo peor; pero en todo caso escaparemos de lo mejor. Puede que sigamos soportando la realidades del capitalismo cosmopolita; pero prescindiremos de sus ideales».
En definitiva, la luz y el color de la publicidad le recuerdan que «su luz está mucho más allá, una luz sobre la vasta tierra del ocaso que resplandece sobre gentes sencillas y felices». «Quienes quieran verla, han de buscarla».
Fin de la Fábula.
Post data: ¡¡¡Viva el pequeño comercio!!! y ¡¡¡Vivan las tiendas de barrio!!!
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