El rodadero de los lobosJesús Cabrera

Los 'paracas'

Otro rasgo común de los cuneros es la discreción con la que han aceptado su destino. No se recuerda ninguno que intentara justificar su condición. Lo aceptaba, y punto

Actualizada 09:13

Los paracaidistas de la política existen antes de que se inventara la aviación. Es una práctica surgida del caciquismo decimonónico que imponía la presencia de un candidato en la circunscripción por la que tenía más posibilidades de salir, dejando al margen a los potenciales aspirantes de ese lugar. Así ha sido desde entonces sin que nadie erradicara esta práctica porque todos los partidos desde hace siglo y medio se han beneficiado de la misma. Todos sin excepción.
La Segunda República, que podía haber arrinconado esta costumbre, se aferró a ella y se multiplicaron los casos. El gallego Ramón Franco fue candidato en Sevilla y Barcelona, y Blas Infante lo hizo por Córdoba con el Partido Republicano Federal. De nuevo, caciquismo. Y así todo.
En la Transición, todas las formaciones políticas se aferraron al paracaidismo político. En Córdoba, por ejemplo, desde la izquierda a la derecha, todos los partidos han alojado en sus listas a nombres llegados de otras latitudes, impuestos por el dedo supremo que todo lo puede.
Desde el inicio de la democracia, todos los partidos han presentado por Córdoba a candidatos que carecían de relación alguna con la provincia, como fue el caso de Ignacio Gallego, Enrique Curiel, Teresa de Lara, Fernando López-Amor, José Antonio Griñán, Miguel Ángel Moratinos, Teresa de Lara o José María Robles Fraga, entre otros.
Pero, claro, parecía que todo iba a cambiar con el 15M pero no fue así. La nueva clase política surgida a la izquierda del PSOE se iba a comer el mundo con eso de iban a acabar con las castas, pero no fue así, ni mucho menos, porque pronto imitaron todos sus defectos. Le cogieron el gusto a lo de lanzar paracaidistas en circunscripciones que ni los querían ni los habían pedido y aquí paz y después gloria, que para eso mando yo.
Se llame Podemos, Sumar o como quieran denominarse, aquellos que cifraron en las primarias la quintaesencia de la democracia han sido quienes más han usado de esta práctica. Todo comenzó con la imposición ‘manu militari’ de Marta Domínguez desbaratando las decisiones de aquellos llamados círculos que pronto pasaron a mejor vida. Después vino lo de Manuel Monereo, aquel señor tan serio que convocaba ruedas de prensa para hablar de lo que fuera menos de Córdoba. Y ahora, lo de Enrique Santiago.
El comunista Enrique Santiago

El comunista Enrique SantiagoEuropa Press

La elección del cabeza de lista por Sumar para las generales del 23 de julio no se sale, ni mucho menos, de lo que se viene haciendo en política desde el último cuarto del siglo XIX y de lo que se han beneficiado todos los regímenes y todos los partidos. Otro rasgo común que va desde un extremo a otro del arco político, y que no se ha desviado lo más mínimo en su extensa línea temporal, es la discreción con la que los cuneros han aceptado su destino. No se recuerda ninguno que intentara justificar su condición. Lo aceptaba, y punto.
El caso de Enrique Santiago es diferente. Es el único que se recuerda que ha esgrimido las trazas de cordobesía en su ADN desde el primer momento. En la nota de prensa que informaba de su designación/imposición ya se hacía alusión en el segundo párrafo a unos orígenes que hasta ahora eran desconocidos no sólo para la mayoría de los cordobeses sino también para quienes con él comparten la ideología comunista.
Esto no hacía falta, como tampoco era necesario que aludiera a tres de sus cuatro abuelos en su primera comparecencia en Córdoba, cuando en las últimas décadas no se le recuerda ningún compromiso ni con la capital ni con la provincia más allá de alguna comparecencia aislada en razón de su cargo político en cada momento.
El paracaidista político lo es y no hay más que hablar. Decir ahora que cada mañana entraba en el Congreso de los Diputados silbando ‘Caminito de Santo Domingo’ como que no me lo creo.
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