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La picadura del alacrán

Actualizada 05:05

Para dar satisfacción a su desmedida ambición, Sánchez dijo ante los suyos que buscaría votos hasta debajo de las piedras. Un descomunal aplauso de los conmilitones demandantes de empleo refrendó sus palabras, conscientes de que esos votos, fueran los que fueran, resolverían su angustiosa preocupación de verse en breve tiempo incrementando las listas del paro, cosa que suele ocurrir cuando el analfabetismo funcional ha degenerado en petulancia política.
Tras buscar los votos en el mercado negro de la deslealtad, se entregó sin armas ni bagajes a quienes dictaron las condiciones de su rendición, algo que el infame suscribió sin despeinarse, sabedor de que el precio de los mismos no lo pagaría él ni eso que antes era un partido, sino el conjunto de los españoles, excepción de los ricos que quieren serlo aún más a quienes los traidores a su propia palabra van a dejarlos comer aparte para que coman mejor.….. Una medida que retrata a quienes presumen de progresismo y permiten la mayor burla al principio de igualdad que siempre defendió la izquierda española antes de prostituirse.
Como editorializa el diario The Times, tras referirse a los beneficios políticos y económicos de vascos y catalanes derivados del pacto que califica como una «concesión asombrosa» a cambio de unos votos que apenas suman el 5 % del total nacional, concluye con que lo más impopular es la amnistía a los golpistas, la cual el propio Sánchez y todo su equipo habían calificado como inaceptable. Una concesión que debilita al Estado español para «resistir cualquier intento nuevo de secesión», algo que siguen propugnando sin tapujos los dos partidos catalanes del pacto. Ello no obstante, España es mucho más fuerte de lo que se imaginan los mercaderes de la basura política. Nos unen siglos de historia, como recordó Bismarck, donde han fracasado todos los intentos de destruirla, que casi siempre han venido desde dentro de la propia España. De ahí que algunos institutos hayan recordado que cumplirán con la obligación que el artículo 8 de la Constitución impone a las Fuerzas Armadas de ”garantizar la soberanía e independencia de España, defender su integridad territorial y el ordenamiento constitucional” del que forma parte, de manera esencial, el artículo 1 que propugna como sus valores fundamentales «la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político». Si la igualdad se rompe, se fractura el orden constitucional.
El pueblo español ha reaccionado y no parece estar dispuesto al trato vergonzoso e insolidario de los pactos suscritos por el sanchismo que traicionan al electorado español y a los principios democráticos. Jueces, fiscales, abogados, cuerpos de la Administración, diplomáticos y un sin fin de colectivos se han rebelado ante la «evidente intromisión en la independencia judicial y la quiebra de la separación de poderes» advirtiendo que se ha puesto en marcha «la abolición del Estado de derecho». Mientras, el ciudadano libre se ha echado a la calle para defender la democracia ante un personaje ambicioso que, sin pudor, sin dignidad y sin principios, la pone en peligro comprando los votos en el lupanar de quienes siempre quieren jugar con ventaja.
Ante una situación tan grave como la actual es exigible que el buen sentido se imponga en todas las manifestaciones de repulsa. No cabe duda de que el mayor favor que se puede hacer a quienes traicionan sus propios compromisos es perder la calma y tolerar conductas violentas, por muy alta que sea la indignación y muy justificados que estén los exabruptos. Las protestas deben ser contundentes, masivas y civilizadas. La alteración del orden es exclusiva de los amigos de Sánchez. España no puede caer en la trampa que «El Trilero» persigue desde que accedió a la dirección del PSOE: la fractura del país en dos mitades irreconciliables. Aunque él ha decidido jugar al frentismo, la mayoría social que, en más de las tres cuartas repudia lo acontecido, debe pronunciarse con firmeza en la repulsa y con civismo en los métodos. Con la misma rotundidad que lo hizo «Basta ya» ante la ETA y con la misma constancia que lo hace «S’ha acabat» en Cataluña: la forma en que se conducen las personas normales y decentes que, pese a Sánchez y los suyos, siguen siendo la mayoría de los españoles.
Pedro Sánchez buscó los votos debajo de las piedras, allá donde la basura y las cloacas recogen todos los excrementos. Y también donde pastan los alacranes. La picadura de estos puede ser mortal y el veneno que inoculan produce taquicardias, lagrimeo, dificultad respiratoria, temblores, vomitos, diarrea y alteración cardíaca. Estos y otros síntomas son los que deben sentir Sánchez y su cohorte de monaguillos cada vez que constaten que el alacrán de sus pactos es tan venenoso como su propia conciencia. En el pecado llevan la penitencia.
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