De este aguoa no beberé
opiniónLuis Marín Sicilia

¿Hasta aquí hemos llegado?

Esta vergonzosa rendición sanchista puede ocasionar, por reacción, una ola que preserve, de una vez por todas, la aplicación de la ley y la garantía de la igualdad y el progreso para todos los españoles

Actualizada 05:00

¿Dónde están aquellos luchadores de la izquierda contra los privilegios y la desigualdad? ¿Dónde está aquel partido comunista que desde 1956 apostó por la reconciliación nacional y que tuvo especial protagonismo en la Transición española, sentando a Carrillo y a la Pasionaria en el Congreso de los Diputados y aceptando la Monarquia parlamentaria y la bandera y los símbolos constitucionales? ¿Donde está el PSOE andaluz que se opuso abiertamente a una España de distinto nivel que condenaba a los andaluces al ostracismo? ¿Cómo guardan silencio, cuando no las apoyan abiertamente, ante estas negociaciones vergonzantes con prófugos de la Justicia, en las que intermediarios internacionales verifican, en cuevas ocultas, si se cumplen determinados compromisos y concesiones económicas para indignidad de un país que es la cuarta economía del euro? ¿Es que para todos ellos lo prioritario es el poder, aunque para conseguirlo tengan que traicionar sus teóricos principios de igualdad, pactando con lo más retrógrado e insolidario de la política española?
Al parecer se trata, según Pedro Sánchez declaró a TVE, de «incorporar al sistema político, y por tanto a la negociación y a la acción política», a los partidos independentistas, porque es «excepcional la situación que se está viviendo con ellos». Y para lo cual se reúne a escondidas, en un país extranjero y supervisando un «verificador internacional» si se cumplen unos pactos también secretos pero atentatorios a la soberanía nacional, toda vez que incluyen compromisos que afectan a la «patria común e indivisible de los españoles» proclamada en el artículo 2 de la Constitución española.
Cuando más débil estaba el separatismo, cuyo porcentaje de respaldo no llega al 6 % del total español, la necesidad sanchista ha dado protagonismo a un Puigdemont que tiene cogido a Sánchez por donde más duele. La bajada de pantalones ha sido memorable, copiando incluso la terminología y el relato separatista. Como ha dicho Felipe González, lo que estaba claro el 23 de julio hubo que hacerlo oscuro el 24 porque Sánchez necesitaba los siete votos del prófugo. Y a partir de ahí, toda la izquierda tan igualitaria y solidaria se abrazó a lo más elitista e insolidario del espectro político nacional, aunque ello perjudique, como así será, a esa Andalucia que creían era su cortijo particular. Y están dispuestos a pedir perdón a los golpistas, porque eso es, en realidad, lo que se está pactando en las cavernas de la vergüenza.
¿Cómo puede presumir Sánchez de que se pretende incorporar a los independentistas a la acción política, cuando no cesan en ofendernos con su programada y sistemática ausencia a los actos solemnes de nuestro sistema político? ¿Como puede la izquierda presumir de progresismo cuando cohabita con las derechas más conservadoras de España? Como se pregunta Felipe González ¿del 23 al 24 de julio qué pasó?. Pues como él mismo contesta «lo único que pasó es que faltaron siete votos, y siete votos no pueden tener el coste de destruir los fundamentos del ordenamiento jurídico de una democracia plena».
Si la nueva izquierda, los hijos de quienes hicieron la Transición, están disconformes con la reconciliación ejemplar que sus antecesores supieron pactar, deben decirlo abiertamente, tachar a tantos iconos de la izquierda democrática española de traidores a las ideas que ellos ahora propugnan y que debieran exponerlas abiertamente dejando claro que, si para resucitar los viejos fantasmas de las dos Españas es preciso pactar con quienes no quieren ser españoles o quieren comer aparte para comer mejor, lo harán sin ningún tipo de pudor. Y que inicien, sin más rodeos, la reforma que pretendan de la Constitución, en vez de querer manipularla sinuosamente, aceptando democráticamente la votación que se produzca sobre la misma.
El conflicto de intereses de los cerca de veinte partidos que invistieron a Sánchez tiene difícil administración, máxime cuando son notorias las discrepancias entre los dos partidos de la coalición de Gobierno, tal como ha puesto de manifiesto el choque público entre las vicepresidentas primera y segunda sobre los subsidios del paro. Y no digamos de las pretensiones de separatistas vascos y catalanes, que cuando más débiles estaban viene Sánchez a rescatarlas a costa de los presupuestos y del interés general, lo que sin duda es un golpe imperdonable a la dignidad de los españoles y a la economía de sus bolsillos.
Sánchez es capaz de vender a su madre por mantenerse en el poder, aunque como con fina ironía ha dicho Pérez Reverte, entregará a la nuestra en vez de a la suya. Quizá ha llegado ya el momento de ponernos en nuestro sitio frente a los secesionistas. Son décadas de sufrimiento y siglos de concesión insaciable de ventajas. Esta vergonzosa rendición sanchista puede ocasionar, por reacción, una ola que preserve, de una vez por todas, la aplicación de la ley y la garantía de la igualdad y el progreso para todos los españoles. ¿Hasta aquí hemos llegado?. Pues si, hasta aquí hemos llegado, debiéramos decir. Y hay que liberarnos, de una vez por todas, de esta epidemia separatista que, increíblemente, ha subyugado a la izquierda española. Aténganse a la ley, como el resto de ciudadanos, y dejen de incordiar al 94 % de los españoles, incluidos vascos y catalanes. ¡Ya está bien!
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