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Luces y adviento

Actualizada 05:00

El alumbrado navideño se ha convertido en un decorado con el que las ciudades compiten en tiempo y forma: a ver cuáles lo encienden antes y cual es el más espectacular. Una competición a la que se ha sumado Córdoba porque el reclamo turístico y comercial que se le supone al atrezzo de estas fiestas obliga, de alguna manera, a estar en ese candelero ornamental que debe traducirse en actividad económica y retorno productivo para la ciudad.
Antes del primer domingo de adviento muchas ciudades anticipan estas fiestas cristianas con un alumbrado espectacular y con actividades públicas pensadas para los niños. La Navidad se perpetúa también de esta manera en la cita comercial en la que se ha convertido dentro de esta sociedad de consumo en la que vivimos. Una sociedad con cada vez menos niños, por cierto. Una Navidad vaciada de un sentido más profundo y a la vez más sencillo.
Las luminarias que alumbran las calles no son sino la metáfora de lo que realmente significa este tiempo del año para los cristianos: la luz del que ha de venir a redimir a la humanidad de su confusión, de su tristeza, de su miedo, y de su dolor. Lo recordaba esta semana el obispo de Córdoba, Demetrio Fernández, en su carta pastoral, y advertía- cargado de sentido común y pastoral- sobre el riesgo de perderse en los excesos, en el derroche y el ruido, que todo eso es lo que la Navidad de luces brillantes y espectáculo impostado nos trae.
Bienvenida sea, por supuesto, toda la actividad económica que conlleva esta época y que desde los ayuntamientos tratan de incentivar, porque eso siempre significa prosperidad. Pero no perdamos la oportunidad de recuperar ese sentido más callado, auténtico y humano que la Navidad en sí misma tiene. El adviento, precisamente, es un tiempo que prepara para ello.
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