El rodadero de los lobosJesús Cabrera

La modernidad de JRT

Despojado de esos baldones aún hay quien le carga ahora con el estigma de no haberse arrimado en su momento a las vanguardias

Actualizada 05:05

Los cordobeses cargamos desde hace décadas con el complejo de ser paisanos de Julio Romero de Torres. Es una mancha que no se nos quita por más que se nos haya demostrado que no hay tópico que valga en su obra y que lo que debemos es sacar pecho por un artista que revolucionó el mundo del arte con un lenguaje tan personal (y valioso) como eterno.
El pobre pintor tuvo que cargar durante un tiempo con ver su obra en almanaques, coplas, décimos de lotería y cajas de cerillas. Con todo esto le cayó encima una buena carga de lugares comunes de los que había que liberarlo. Cuando ya se había logrado todo esto y su obra lograba brillar con luz propia sin perder un ápice de importancia en el panorama pictórico español aparecen los que nos quieren mostrar otra cosa, su visión personal de Romero de Torres, como si todavía no hubiésemos aprendido a ver su obra.
Despojado de esos baldones aún hay quien no le perdona su valía y le carga ahora con el estigma de no haberse arrimado en su momento a las vanguardias.
El impagable trabajo realizado por Mercedes Valverde por revalorizar su obra y limpiar las casas de subastas de malas copias ha hecho que cualquier noticia relacionada con Romero de Torres adquiera de inmediato una relevancia antes inimaginada, porque ella lo ha situado al nivel de los más grandes.
Todo esto se ha completado con diversos estudios que profundizan en el inagotable campo que ofrece su producción artística, lo que ayuda a conocer más y mejor a quien no sólo creó un estilo propio sino también un universo tan rico como complejo.
A partir de ahí no cabe acomplejarse más y buscar de nuevo lo que ya está más que demostrado. No hay nada más improductivo que andar dos veces el mismo camino sin necesidad.
El otro día se presentaron los actos del 150 aniversario del nacimiento de Romero de Torres. De entre todos ellos hay uno que realmente perdurará en el tiempo, como es la adquisición de ‘Rivalidad’ para engrosar los fondos del museo. El resto de la programación busca reavivar el interés por el pintor durante unos meses, ya sea con ‘La chiquita piconera’ en el Thyssen de Madrid o con los demás elementos de la programación.
Una de las citas más interesantes será en la sala Vimcorsa, donde las piezas más destacadas del Museo Julio Romero se expondrán junto a una docena de lienzos de Ignacio Zuloaga llegados desde el Museo de Bellas Artes de Bilbao. Esta muestra es la segunda parte de aquella de 2002 que hizo época, cuando los cuadros viajaron desde la plaza del Potro a la orilla del Nervión. La repercusión de aquella exposición fue muy superior a la esperada y el catálogo sigue siendo uno de los más cotizados.
Javier Novo, el responsable del museo bilbaíno que acudió esta semana a Córdoba, tuvo una frase demoledora para quienes aún se flagelan en espacio público por que la obra de Romero de Torres -y la de Zuloaga por extensión- formen parte de ese terreno difuso considerado peyorativamente como una pintura cañí que no cuenta con la bendición de la modernidad.
El lunes pasado, con el respaldo de ‘Poema de Córdoba’, Novo desmanteló estos neotópicos al afirmar que tanto Zuloaga como Romero de Torres triunfaron porque “a principios del siglo XX se podía ser estrictamente moderno sin ser modernista». ¿Queda claro?
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