La verónicaAdolfo Ariza

Belorado

Actualizada 05:00

Los dimes y diretes de las Clarisas de Belorado, junto con la aparición estelar del pseudo-obispo «amparador», nos han dejado, entre otras perlitas, la idea de que es una hipotética falta de ortodoxia por parte del Papa la que les ha movido en semejante embrollo. El hecho, a todas luces esperpéntico, me ha hecho recordar algunos pasajes de la que puede considerarse una de las reflexiones más interesantes sobre la Iglesia del pasado siglo: La Meditación sobre la Iglesia del gran teólogo Henri de Lubac. Repasando las cualidades del verdadero «hombre de Iglesia», el teólogo traza el retrato de lo que es la verdadera Ortodoxia y, consecuentemente, las actitudes que tendrían que brillar en el ortodoxo de pro. Ahora bien, ¿qué cualidades cabría destacar ante el ya citado esperpento?

Por lo pronto el ortodoxo de pro «se mantiene apartado de toda camarilla y de toda intriga». El latín de san Agustín es mucho más expresivo: Sine ulla conventiculorum segregatione. Además, «por poca experiencia que tenga, sabe de sobra que no hay que apoyarse en los hombres […] porque es el mismo Dios quien conserva su juventud [la de la Iglesia], y de todo ello resulta que la adhesión que prometió a la santa Iglesia sale más purificada».

Este ortodoxo, no siempre tan rara avis, «no es extremista y desconfía de las pujas». Con Newman recuerda constantemente que no conviene aceptar la posibilidad de establecer un vínculo real «entre el hecho de comprobar dificultades», «por muy vivas y extensas que sean», y «el concebir la menor duda respecto del misterio que las ha originado». Es más, «en todo se deja ilustrar, guiar y modelar no por la costumbre o por la conveniencia, sino por la verdad del dogma»

Pero hay una cuestión en la que el ortodoxo de una forma especial se juega su Ortodoxia: Con Ives de Montcheuil se puede decir que el ortodoxo no es un «chiflado del pasado». Dicho así puede que produzca cierta perplejidad la cita, pero intentaré fundamentarla con la ayuda del teólogo.

Lo primero a reseñar para nuestro proyecto de ortodoxo es que en él «la intransigencia de la fe y el apego a la tradición no se convierten en rudeza, en desprecio o en aridez de corazón». Nada puede impedirle «el ser acogedor» ni tendrá ningún sentido el querer vivir encerrado «en una ciudadela de actitudes negativas».

En segundo lugar cabe citar el hecho de que no se deja «obsesionar por una sola idea como una fanático vulgar, porque cree con la Iglesia, según lo demuestra todo su dogma y lo confirma la historia de las herejías, que la salud consiste en el equilibrio». Es determinante también para él tener «buen cuidado de impedir que la idea general suplante a la Persona de Jesucristo».

Tercero. La ortodoxia necesariamente es también ortopraxis de ahí que se guarde nuestro ortodoxo de pro «también de confundir la ortodoxia o la firmeza doctrinal con la estrechez o pereza de espíritu». En definitiva, «lo mismo que cuida de la pureza de la doctrina y de la precisión teológica, se preocupa también de que el misterio de la fe no degenere en ideología».

Finalmente en nuestro ortodoxo siempre se dará la conciencia de que «el espíritu católico, que es a un tiempo riguroso y comprensivo, es un espíritu ‘más caritativo que querelloso, opuesto a todo espíritu de facción o simplemente de capilla». De Lucac es explícito: «El hombre de Iglesia no es solo obediente, sino que ama la obediencia. Nunca querría obedecer por necesidad y sin amor».

Por lo demás, si me leyeran – estoy seguro que no lo harán por heterodoxo -, a las Clarisas de Belorado les haría llegar una estampita para cada una en cuyo reverso estaría una oración de Newman que «reza» así: «Que no olvide yo ni por un instante que Tú has establecido en la Tierra un reino que te pertenece; que la Iglesia es Tu obra, Tu institución, Tu instrumento: que nosotros estamos bajo Tu dirección, Tus leyes y Tu mirada; que cuando la Iglesia habla, Tú eres el que habla. Que la familiaridad que tengo con esta verdad maravillosa no me haga insensible a esto, que la debilidad de Tus representantes humanos no me lleve a olvidar que eres Tú quien hablas y obras por medio de ellos».

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