firma invitadaBartolomé Madrid Olmo

El rey enamorado

Escuchar día tras día los datos maquillados de la economía del cohete y la manipulación del desempleo con el engendro de los fijos discontinuos genera demasiada frustración

Actualizada 05:00

Legislatura tensa y aciaga la que se vive en el Congreso de Babel. Pleno tras pleno, el Gobierno de retales miente, tergiversa y apresa la realidad en su particular cloaca. Mientras tanto, en palacio, los artífices de tanta inmundicia engrasan con dinero público la maquinaria que pule el trono al líder del fango y la nada, al estratega perverso que marcha para meditar y vuelve vomitando amenazas, al hombre enamorado de la mujer usada como señuelo para pescar en su espejo, al ególatra que califica como éxito las políticas del engaño sin inmutarse y al constructor de muros de confrontación en su país y diques de separación con países amigos como Israel o Argentina.

En estos meses de primavera, de las flores, de las cruces y los patios cordobeses, en el Congreso de los Diputados solo se ha podido percibir el aroma fétido de la corrupción, la infamia de la desigualdad convertida en axioma de conveniencia por los perros fieles (según Ribera) del puto amo (según Puente) y la sombra destructora de populismos simbióticos con la miseria. Populismos del Gobierno socialcomunista y de la ultraderecha que se retroalimentan en momentos preelectorales con el objetivo común de evitar el gobierno del único partido que puede devolver a este país a la senda de la sensatez y a las políticas necesarias para salir de ese fango (creado ex profeso) que ahoga el diálogo imprescindible en cualquier sociedad que se precie de estar en la vanguardia de las democracias.

Contrariamente a ese diálogo y a la búsqueda de consensos, Sánchez y la tropa que lo sustenta ejercen un desprecio continuo hacia el rival político que ve como sesión tras sesión se le niegan las más básicas explicaciones sobre el desgobierno y las tropelías que cercan al redentor de la corrupción.

Sin embargo, en un país sin presupuestos se aprueba, como única y trascendental ley, una infame amnistía que hace claudicar al Estado de Derecho ante los delincuentes con sonoros y enardecidos aplausos de los diputados socialistas que han sufrido, como dijo Feijóo, «una metamorfosis obedeciendo a ese amo que les paga». Se trata de una metamorfosis, en cierta forma kafkiana, que la neurona gástrica ha conseguido haciendo causa común del agasajo indecente hacia el que pretende pasar a la historia del género epistolar (ya van dos), pero que lamentablemente quedará retratado como el autor de una tragedia que asfixia la vida de todo un país y que ubica al borde del precipicio a muchas familias vulnerables que se amontonan en la estadística de riesgo de pobreza.

Escuchar día tras día los datos maquillados de la economía del cohete y la manipulación del desempleo con el engendro de los fijos discontinuos genera demasiada frustración. Como también la causan la voracidad impositiva, el precio de la cesta de la compra y los continuos incumplimientos de las ayudas anunciadas a bombo y platillo que nacen al amparo de escándalos y desmanes.

El panorama exige respirar hondo y un profundo ejercicio de serenidad para no sufrir un trastorno psicológico, que hoy por hoy no es nada recomendable dados los nuevos criterios que se abren paso en el Ministerio de Sanidad respecto al tratamiento de las enfermedades mentales. Permutar fármacos por apuntarse a un sindicato o a una asociación bendecida por el progresismo no es más que otra anécdota del surrealismo impúdico que nos ha tocado sufrir.

Felipe González afirmó hace unos días en una entrevista televisiva que «cuando se pierde la decencia en la política no hay líneas rojas». Sánchez, su gobierno y la bancada que lo mantienen hace tiempo que no contemplan esas líneas en su hoja de ruta. Todo vale para que todo lo que interesa quede en casa. Lo que acontece es tan genuinamente simple y perverso que asusta la facilidad con la que la descomposición democrática pisa el acelerador para imbricarse en nuestra normalidad.

La sociedad tiene que responder. Los españoles no podemos permanecer impasibles viendo cómo se prepara el trono anhelado y acariciado por el autócrata (recordemos el acto de jura de la Constitución por S.A.R. la Princesa de Asturias). En estas circunstancias y planeando en el ambiente político el gran país del Rio de la Plata, mi mente decide enredarse en el recuerdo de los enormes «Les Luthiers», quizás para cubrir con una sonrisa la ignominia presente, y saca del zurrón de la mejor memoria una pieza de su extenso repertorio titulada El Rey Enamorado: «Al fin y al cabo, el trono lo quiero para posarme sobre él, y satisfacer mis deseos, los más sublimes y los más perversos». Algo parecido a lo de Sánchez, con la diferencia de que los sublimes sencillamente no existen.

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