En minería, «veta» es una formación mineral que contiene una concentración de minerales de interés, como oro o plata. «Dar con una veta» significa encontrar una fuente de estos minerales valiosos. Pues bien, hay una serie de personas profesionales especialistas en esto de pillar veta. Hay verdaderos profesionales que llevan picando veta desde tiempo inmemorial. Y no me refiero al digno oficio de minero. No precisamente.

Los bongos son unos instrumentos musicales de percusión de origen caribeño. Consisten en dos tambores cilíndricos o cónicos unidos, que se tocan con las manos. Fueron también muy utilizados como instrumentos de acompañamiento en conciertos de grupos de rock anglosajones y en orquestas de los clubes neoyorquinos donde pululaban los beatniks -los culturetas gafapastas de por entonces- en los años 60 y 70.

Ahora, imagínense por un momento a Miguel Ríos -a.k.a. Mike River- picando veta musical, o mediática, o sobre suculentas ganancias monetarias desde hace décadas sin que la incredulidad desaparezca de sus semblantes. Imposible, ¿verdad?

Tal verdad como que la Universidad de Harvard es la cuna del declive occidental, como también que este nuestro particular crooner patrio lo es respecto de la música española de los últimos veinte, treinta, cuarenta -es agotador seguir contando- años.

En una reciente entrevista en lo de Broncano y en diversos medios escritos, hizo unas declaraciones sesudas en las que afirmaba que él es machista, pero que está -aún- en pleno proceso de desaprender. Así, tan pancho. Lo del patriarcado y tal. Ya saben. Y, claro, sube el pan. En otra se mostró ofendido, dice, incluso traumatizado, porque no creía volver a ver manifestarse por las calles a gente que no piensa como él.

Mi madre y yo el otro día estábamos viendo el parte televisivo. Gazpacho blanco y filetes rusos de comer. Insuperables. Y entonces apareció él. Otra vez. Mike River. ¿Qué tendrá? Me pregunté en un alarde de estudio antropológico. Se anunciaba que este año volverá a la carretera con una gira llamada «El Último Vals». Tíos, que no me lo invento. Y en ella interpretará temas de su nuevo disco y, agárrense que vienen curvas, clásicos imperecederos como «Santa Lucía» y -otra vez no, tío- «Bienvenidos». En estas que mi madre y yo, atónitos, dejamos de masticar y ella preguntó a la galaxia, al cosmos, sabiendo que no obtendría respuesta: «¿Pero este muchacho no se había retirado ya?».

Ignoro si el intenso y siempre atropellado Miguel Ríos sabe tocar los bongos. En realidad ignoro si sabe tocar un instrumento. Pero sí envidio su resiliencia -esto del neolenguaje le mola fijo- en esto de seguir picando veta, en un mundo en el que en gran parte de la ciudadanía se ha impuesto el dicho: «es más largo que una gira de despedida de Miguel Ríos».

Dicen que el mundo moderno no tendrá castigo; que el mundo moderno es el castigo. Y no seré yo quien lo contradiga. Porque no, definitivamente Miguel Ríos nunca sabrá tocar los bongos como sí hizo Machín con sus maracas.