Chiquito de la Calzada vs cultura Woke
«Su figura se les escapa de las manos, de su control ideológico y social de chichinabo»
En estos actuales neo-veranos en los que ya no se puede alquilar a escondidas un VHS de Porky´s en un videoclub ochentero de barrio sin que te arresten por ser un vacilón, todo es tremendamente aburrido. Hace mil veranos uno se levantaba mal que bien de la cama mueble con los muelles incrustados en el costado, y había un sudor pegajoso de siglos marca calzoncillos Abanderado. Aquellos veranos en los que de fondo, por la radio puesta encima de la cómoda del pasillo de esa casa de los abuelos, sonaba Nirvana o Mocedades. Otra vez «Amor de Hombre» no, tío, otra vez no.
El verano en Córdoba se hace largo como un desamor desdichado luterano, como cualquier declaración de amores cursi y hortera hiperventilada, sea esta en Ibiza o en Torre del Mar. Claro que la cosa va por barrios, lo reconozco. Sin embargo, también tiene sus recompensas. Por ejemplo. Cartuchos de altramuces interminables en cines de verano que en esta ciudad son ley, madrugadas de Judería tras rebañar el último medio en Bodegas Guzmán, la fiesta no siempre legal en la última parcela de las afueras, y el bar de barrio donde la máquina de tabaco nunca da cambio. Eternas fiestas que empiezan en Cañero y terminan en Trassierra. Pequeños hurtos adolescentes en El Corte Inglés del Centro, coches Talbot recorriendo la campiña, carreras ilegales de coches trucados en el polígono de Pedroches. Escuchar algo de la pelmaza de Nena Daconte mientras usted, sí, usted, anda desaforadamente rápido con ropa deportiva por el Vial al atardecer para perder algo de peso, gañán, que le pueda servir para no se sabe bien qué en el Hangar los sábados por la noche.
13 noches «tropicales», dicen que hemos tenido este verano en Córdoba. Hasta para los adjetivos son repipis los creadores de los nuevos miedos.
En estas estaba, disfrutando uno en casa este verano como un nene cualquier noche maravillosamente calurosa y cordobesa cuando, ¡oh diantre!, recordé a Chiquito de la Calzada. Ese gran tipo. Y me lo puse por youtube. Mi lista de cómicos favoritos es escasa, he de reconocer. Como no soy moderno -que Dios me perdone- y quizás tal como están los tiempos, chupe trena por delitos de odio en breve, no es coña, voy a empezar por «Martes y Trece». Soy un sentimental. Fueron denostados y adorados nunca a partes iguales, y fueron quizás el último humor libre y genial que hubo. España, cuando existió, los adoró. Pero Dios -porque a veces no es tan cruel- nos reservó un último cartucho. Y ese fue Chiquito de la Calzada.
Pocas veces en la historia de la cultura popular española ocurrió tal fenómeno mediático como el de Chiquito, y su legado popular aún sigue en las barras de los bares, en las taquillas de los gimnasios, en los patios de los colegios, en los clubs de alterne, en las colas de los supermercados, en los ascensores de los bloques y en la cola del paro. Cuando las directrices del Gran Hermano van por un lado y el pueblo por el contrario.
Poco después de volver de Japón de ganarse las lentejas durante años en inverosímiles tablaos flamencos, Chiquito triunfó en los platós de todas las televisiones en los 90. Nadie lo esperó. No estaba en el guion. Fue de esos milagros que deberían ocurrir pero que solo ocurren una maldita y bendita vez. De camisas inclasificables, patillas imposibles, y calvicie pronunciada, ya al final del Mundo, un tipo católico, tradicional, forma ya parte de la cultura popular española -aún hoy en día escucho a chavales diciendo te-da-cuén-. Gloria. Pero la cosa es que Chiquito ahora no es woke. Sus chistes deberían ser prohibidos, denostados, cancelados como si no hubiera un mañana, según los nuevos tiempos ¿Qué demonios ha pasado? ¿Cómo es posible que su figura inmortal y sus interminables chistes políticamente incorrectos sigan furulando desde hace casi treinta años entre la gente joven? No, no, ¡eso es inadmisible! ¡habrá que condenarlos! Se dijo una mañana de agosto recién levantado aún con legañas el ministro pijoprogre de cultura Urtasun en su chalé de Menorca. La cultura oficial establecida actual odia, denosta, ridiculiza, a Chiquito como un artista menor, demasiado popular e inclasificable, porque se les escapa de las manos, de su control ideológico y social de chichinabo.
Porque, sea usted un moderno bobo sistémico progre o un atolondrado neoliberal derechista, siempre les quedará Chiquito en las noches frías de invierno o en las calurosas de la España vaciada. Y viva libre y largo como cualquiera de sus inolvidables narradas. Escuche de nuevo alguno de sus mejores chistes inclasificables como el de «el mariquita -con perdón- que debía mucho dinero» o el del concejal de Cuenca. Cuando aún no todo era cultura de la cancelación.
Al final pasará con los chistes de Chiquito como le pasó a nuestro ex-presidente petao con aquella lengua regional. Que todos los escucharemos en la intimidad. ¿Saben aquel del tío que trabajaba menos que el sastre de Tarzán? Pues eso.