Dice un joven amigo mío, experto en Matemáticas, que ahora mismo las empresas que triunfan son las que generan nuevos productos a partir de la fusión de tecnologías que están ya al alcance de cualquiera. Algunas de ellas llegan a pertenecer a la categoría de empresas «unicornio» que son las que llegan a valer mil millones de dólares sin cotizar en bolsa.

Tal vez por eso me encantan los artículos «unicornio» o, mejor dicho, los «tutifruti» (para no confundir con su enorme valor milmillonario), artículos que consisten en juntar ideas de aquí y de allá para generar un texto nuevo y original.

Uno de mis deportes preferidos en el tiempo de verano es leer cartas al director de los periódicos. Ahí se toma bien el pulso de la condición humana. Comienzo citando tres fragmentos de artículos sobre la condición humana que me sorprendieron.

El primero: «Cuando tienes veintipocos, hay un momento en que sientes que el verano se acaba y que tienes que tomar decisiones con urgencia. Y eliges caminos raros que distan mucho de la persona que eres, pero lo haces por la presión de que tienes que hacer algo para exprimir el tiempo (…) Como si fuéramos máquinas cuyo único objetivo pasase por buscar la máxima eficiencia, como si eso fuera sinónimo de felicidad. Porque estar haciendo algo, aunque nadie sepa si lloras, tienes ansiedad o no puedes más, es el signo indiscutible de que tienes éxito en nuestra generación.»

El segundo : «No puedo respirar. Estoy de vacaciones. Tengo el cuerpo y la mente descansados, pero me ahogo. No puedo respirar. (…) Pienso en Gaza. Pienso en mis amigas y familiares, disfrutando del descanso en lugares increíbles. Pienso en mi aire acondicionado. Pienso en mi frigorífico repleto de cosas buenas. Y me ahogo. No puedo respirar.»

Y el tercero: «Ya no hay verano. El verano ya no es verano, sino un incendio interminable que devora las horas. No hay respiro ni refugio. El día se alarga como un castigo, y la noche ya no enfría; sólo prolonga la agonía. Es un calor que aplasta, que vacía, que nos deja inmóviles. Un calor tan excesivo que ya no se puede hacer nada, salvo esperar un soplo de alivio que nunca llega».

Al otro lado del Mediterráneo, el otro gran drama o tragedia. Andrea de la Monda, director del Osservatore Romano, en un artículo titulado ¿Quiénes somos: Aquiles, Ulises o Eneas? cita las palabras que el Papa Francisco pronunció el 22 de septiembre de 2023 en Marsella frente al Monumento a los Marineros y Migrantes Perdidos en el Mar: “Ante nosotros está el mar, fuente de vida, pero este lugar evoca la tragedia de los naufragios, que causan muerte. Nos reunimos en memoria de quienes no lo lograron, de quienes no se salvaron. No nos acostumbremos a considerar los naufragios como noticias y las muertes en el mar como números: no, son nombres y apellidos, son rostros e historias, son vidas rotas y sueños destrozados. Pienso en tantos hermanos y hermanas que se ahogaron en el miedo, junto con las esperanzas que llevaban en sus corazones. Ante tal tragedia, no se necesitan palabras, sino acciones. Pero incluso antes de eso, necesitamos humanidad, necesitamos silencio, lágrimas, compasión y oración. (…) Demasiadas personas, huyendo de los conflictos, la pobreza y los desastres ambientales, encuentran en las olas del Mediterráneo el rechazo definitivo a su búsqueda de un futuro mejor. Y así, este espléndido mar se ha convertido en un enorme... cementerio, donde a muchos hermanos y hermanas se les priva incluso del derecho a una tumba, y sólo se entierra la dignidad humana."

¿Cómo se relacionan ambos lados? Carmen Pérez-Lanzac, en su artículo Agarrados por los tobillos, alude a un libro llamado El muro, del escritor británico John Lanchester. La trama de esta distopía se sitúa en un territorio en el que el nivel del mar ha subido varios metros y los refugiados que pisan suelo firme se defienden con uñas y dientes a través de la construcción de un muro que los separa de las personas que sobreviven en las aguas. Si algún refugiado logra cruzar el muro durante su turno, será él mismo arrojado a las frías aguas.

La misma idea subyace en el artículo de El Mundo de Fátima Ruiz, La soberbia de los frágiles: «Se despacha a los frágiles, como empujándoles cariñosamente hacia el fuera de campo. Hacia los márgenes del mundo de los seres útiles, los que madrugan y corren y producen, para aparcarlos a las afueras, en esa especie de parking desolado al que se les dirige hablándoles como si no fueran nadie».

Andrea Monda, en otro artículo titulado Hambre, guerra y esperanza expresa la misma idea con otras palabras : «Surge entonces la sospecha de que los desesperados no son migrantes. El cardenal Biffi, arzobispo de Bolonia, dirigiéndose a su ciudad, describió esa sociedad como «satisfecha y desesperada». Las palabras nunca pudieron ser más precisas. Un hombre saciado, que está «lleno», siente un vacío creciente en su interior, un sentimiento de frustración, una sensación de desesperación.» Y, continúa: «Hemos perdido esta mirada fresca, sin la cual todo el resto de la actividad humana se convierte en mera producción y consumo, efecto sin afecto, rendimiento y resultado sin patetismo, sin piedad, sin calor, vacío de sentido y producción de desechos humanos».

En ese mismo artículo Andrea, citando a la antropóloga Margaret Mead, afirma que «el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur roto y curado». Explicó que si en el reino animal te rompes una pierna no puedes huir del peligro, ni ir al río a beber agua, ni buscar comida. Eres presa de las bestias depredadoras que te acechan y mueres. No hay animal que sobreviva a una pierna rota el tiempo suficiente para que el hueso sane. Un fémur roto curado es evidencia de que alguien se tomó el tiempo de acompañar a la persona que se cayó, le vendó la herida, la llevó a un lugar seguro y la ayudó a recuperarse. Por esté motivo Margaret afirma que «ayudar a alguien en apuros es el punto preciso donde comienza la civilización». Las bestias, los animales, producen desperdicio; no se preocupan por los caídos, mientras que los seres humanos hacen como el Buen Samaritano: curan las heridas de los caídos, «desperdician» todo el tiempo necesario para el otro: ya sea prójimo, hermano o incluso enemigo.”

En su audiencia del 28 de mayo, el Papa León, a propósito de la parábola del buen samaritano, coincide con la antropóloga en considerar que la compasión es el fruto más maduro de nuestra condición humana y afirma que «la práctica del culto no lleva automáticamente a ser compasivos. Antes que una cuestión religiosa, ¡la compasión es una cuestión de humanidad! Antes de ser creyentes, estamos llamados a ser humanos.» Madre mía, qué sorpresa este Papa. ¿Será hereje decir eso de que la verdad, la pura y recta doctrina, la liturgia y el culto si no se centra en el prójimo no sirve? Tal vez este Papa -con respecto al anterior- ha dado un paso decisivo, más valiente y decidido.

Sin esta mirada fresca de ayuda al otro, a la que nos reclamaba Andrea Monda en su artículo, la situación personal del individuo se agrava porque no encuentra remedio ninguno al sufrimiento, tal y como expresan las cartas al director.

Es reveladora en este sentido la cura que propone Anna Larina en su libro Lo que no puedo olvidar: «En la celda de la cárcel interna de Lubianka estuve dos años largos. Muchas reclusas venían de una vida en libertad y eran enviadas a los campos, a cárceles de aislamiento o al paredón. Pero lo que más recuerdo es la primera impresión: después de mi larga soledad, las reclusas de la celda común me parecieron todo un regimiento y, sumergiéndome en aquel mar de sufrimiento humano, me olvidé del mío propio por algún tiempo».

Esta mirada fresca también la necesita la Iglesia. Así el Papa León nos invita a caer en la cuenta de que: «Cada vez que la Iglesia cede a la tentación de «sedentarizarse» y deja de ser una civitas peregrina, el pueblo de Dios en peregrinación hacia su patria celestial (cf. Agustín, De civitate Dei , Libros XIV-XVI), deja de estar «en el mundo» y se convierte en «del mundo» (cf. Jn 15,19). [...] De hecho, (los migrantes y refugiados) con su entusiasmo y vitalidad espiritual, pueden contribuir a revitalizar comunidades eclesiales rígidas y agobiadas, en las que el desierto espiritual avanza amenazante».

La gran feria cultural veraniega del Meeting de Rimini alumbra este año en su seno una exposición sobre los monjes de la comunidad de Tibhirine en Argelia. A propósito de la misma, han salido dos artículos en el Osservatore Romano sobre el cristianismo de Argelia que pretenden enseñar una metodología a toda la iglesia (sobre todo la que piensa que ya sabe hacer las cosas). Uno de ellos titulado Héroes de la Paciencia y Agentes Secretos de Dios, hace referencia a la católica francesa Chantal Delsol y a su libro El fin del cristianismo y el retorno del paganismo: «¿Acaso no hay héroes de la paciencia, la atención y el amor humilde? ¿De la vida cotidiana, de la indulgencia, de la ecuanimidad? ¿Héroes precisamente porque no se jactan, sino que lo llevan todo dentro, despertando, así y solo así, el deseo de asemejarse a ellos? En otras palabras, ¿no podemos inventar otra forma de ser que no sea la hegemonía?. ¿Debe la misión ser necesariamente sinónimo de conquista? Se podría pensar que el cristianismo se inspiró en los monjes de Tibhirine». El otro artículo sobre Argelia titulado Cuando tomas posición sin tomar partido, de Martino Diez, Director Científico de la Fundación Oasis, habla de lo que significa ser iglesia en un país mulsumán con una elección frecuente de presencia silenciosa pero a la vez creativa y valiente. En él se cita el ejemplo del monje Pierre Claverie quien -con su exuberante personalidad- se fue encontrando con intelectuales, feministas, activistas de derechos humanos… en definitiva con todos los que no se identificaban con lo que él consideraba una forma ideologizada del Islam nacida como reacción a la modernidad. Así, desde una presencia silenciosa y en sincera colaboración los monjes llegaron a adoptar posiciones que llevaban hasta la política. Lo contrario que cuando aparecen posiciones hegemónicas: social, cultural y políticamente cobardes y calculadas para intentar no perder su escaso poder. Digamos «a lo perro del hortelano», que ni comen ni dejan comer.

En fin ¿cómo rehabilitamos en nuestro tablero social y eclesial esta mirada fresca? Con el vínculo más sagrado que, en mi opinión, existe: la amistad. Es tan esencial que debería haber un pecado mortal especial para quien la traiciona.

Dos fragmentos que reflejan una misma idea. Uno, del ya nombrado Andrea Monda: “La verdad, por lo tanto, es también un vínculo, una relación, que hoy atraviesa una gran crisis en la era del nihilismo (de nihil , es decir, de ne-hilum : sin hilo, sin vínculo).

Y otro de nuestro pausado pero sorprendente Papa León: «(...) Todos los hombres y mujeres del mundo nacen hijos de alguien. Nuestra vida comienza gracias a un vínculo, y es a través de vínculos que crecemos. [...] Al buscar apasionadamente la verdad, no solo recibimos una cultura, sino que la transformamos a través de decisiones de vida. La verdad, de hecho, es un vínculo que une las palabras con las cosas, los nombres con los rostros. La mentira, en cambio, separa estos aspectos, generando confusión y malentendidos». (...) «La amistad realmente puede cambiar el mundo. La amistad es un camino hacia la paz. Este es el amor que se extiende y llega más lejos.»

En fin, podrían ser remedios tontos o sin importancia pero miren dos episodios misteriosos de la historia de la iglesia donde grandes comunidades muy vivas desaparecieron sin dejar rastro. Uno, el caso de las comunidades del norte de Afríca de donde surgieron figuras tan importantes como San Agustín con la aparición del Islam, en contra de lo que pasó en Egipto que con la misma invasión del Islam la iglesia copta ha llegado hasta nuestros tiempos y otra el decaimiento del gran movimiento de Cluny en el SXII.

Sobre el primer tema dice Philip Jenkins en su libro La historia olvidada del cristianismo: «La diferencia clave reside en el grado de arraigo de cada iglesia en su entorno social, en hasta qué punto impregnan el aire que respiran las personas. En Egipto, el cristianismo llegó a formar parte del lenguaje común tanto de los campesinos como de los habitantes de las ciudades, mientras que en África se concentró solo en ciertos estratos sociales y ciertas etnias. El cristianismo se naturalizó en Egipto; en África fue colonizador».

No me resisto a terminar citando al famoso Javier Cercas en un artículo del periódico: «No se a cuántas almas de cántaro oimos sorprenderse durante años porque el Papa Francisco se preocupaba por los pobres. Virgen Santísima del Perpetuo Socorro, pero ¿qué tiene eso de raro? ¿Habrá echado esa gente un vistazo al Evangelio?»

Una mirada fresca que viene de la amistad y del servicio a los que más sufren. Insustituible.