Con la perspectiva del tiempo y la visión completa que proporciona una ruta de ochocientos kilómetros, la reflexión sobre la peregrinación se percibe en sentido muy amplio. Sería posible abordar multitud de análisis que llenarían páginas y más páginas.

Como dato curioso, leía hace días que Corea del Sur se había convertido en una de las nacionalidades más destacadas en el recorrido de las sendas jacobeas; fundamentalmente, universitarios y fuera de temporada. Se explicaba en el artículo que ellos buscan una transformación. Creo que sin duda se puede afirmar que la peregrinación ayuda en esta dirección. Tras transitar por un buen número de provincias pertenecientes a diferentes comunidades autónomas, uno adquiere un amplio bagaje multidisciplinar que inevitablemente suscita cambios: gastronomía y cultura, espiritualidad y fe, ocio y naturaleza…

Santuarios, catedrales, museos, el canal de Castilla, los Pirineos, puentes y montañas, ríos y arroyos, bosques, vides y campos de cereal; un itinerario que en su amplitud y diversidad recoge grandes episodios de la Historia de nuestro país.

Denominaciones de origen y uvas específicas en cada zona, empezando con algún vino francés para hacer honor al inicio del Camino, siguiendo con caldos de Navarra o La Rioja, pasando por los diferentes espacios de Castilla y León, hasta alcanzar Galicia. Un largo listado de rosados, blancos, tintos o esos que, mezclando uvas tintas y blancas, se denominan claretes. En Navarra gana la uva garnacha, tempranillo en La Rioja o la Ribera del Duero, mencía y prieto picudo en León o la amplia variedad de denominaciones y uvas gallegas: Rias Baixas, Monterrei, Valdeorras o Ribeira Sacra, que elaboran exquisitos vinos albariño, godello, mencía… Si de vino se habla, no puede faltar la alusión a ese trago que de buena mañana brinda al peregrino la fuente de Irache. Es todo un detalle que las bodegas de este nombre hayan querido recordar a los monjes que ofrecían un vaso de vino a aquellos caminantes que acudían al hospital.

Y como un buen vino marida con un suculento plato, los homenajes gastronómicos también se van sumando a lo largo del trayecto. Son sabores que hacen las delicias de cualquier comensal: pollo de corral como relleno de unos sabrosos canelones en Roncesvalles; unas pochas acompañadas de piparras en Puente la Reina; multitud de pinchos que incluyen chistorra o pimiento del piquillo, y que abren hueco a una rica cuajada en Pamplona compitiendo con la multitud de tapas de las calles Laurel o San Juan en Logroño, entre las que sobresalen las famosas patatas a la riojana; un potaje en Santo Domingo de la Calzada, morcilla o queso de Burgos, lechazo en Frómista, puerros con cecina en Sahagún, cocido maragato en León, mantecadas de Astorga y botillo del Bierzo; y, por último Galicia, con su pulpo, empanada, lacón, marisco y un largo etcétera de variedades gastronómicas.

Un capítulo aparte merecerían la tortilla y el queso, así como las distintas variedades de ternera a las que se potencia todo el sabor en el calor de unas brasas. Con respecto a la tortilla, destaca sin duda la elaborada con patata gallega; y, sobre los quesos, se podría hablar largo y tendido conteniendo la salivación.

Cada paso dado es un aprendizaje, una nueva experiencia motivadora que anima a ampliar fronteras y conocimientos.