La cruz y el bumerán
En los últimos días se ha producido un profundo debate en X acerca de la hispanidad, con la vehemencia y agresividad habituales en esta red social. Todo ello ha tenido eco en los medios de comunicación. Y así, Juan Manuel de Prada, llamaba la atención en ABC acerca de la diferencia entre hispanidad e hispanchidad, término este último que remite a la influencia de Estados Unidos y, no sabemos ideado por quién, está teniendo notable éxito en este ámbito como denominación de modos de vivir de influencia anglosajona. Si la Hispanidad remite al catolicismo, las hispanchidad lo hace al reguetón. Hugues, en La Gaceta de la Iberosfera, también hablaba de hispanchismo. Contraponía a Ramiro de Maeztu, Francisco Franco o Blas Piñar contra la idea de etnicismo. Ambos incurrían en notables contradicciones, especialmente el segundo. Más claro y preciso, Xavier Bilbao, en Posmodernia, señalaba que el problema no es la hispanidad ni el hispanchismo, sino, sencillamente, la inmigración masiva, sea legal o ilegal y provenga de donde provenga, bien de América o de Marruecos. Estos eran los cabezas de cartel de una masiva tertulia en la que se daban cita desde el más gañan al erudito, y que no acababa de llegar a la televisión y radios multitudinarias, más preocupadas por mantener el statu quo de la nadería antes que ahondar en genuinas preocupaciones de la población. El filósofo Pablo Muñoz Iturrieta, indicaba en un tuit viral que había que llenar España de bolivianos, ecuatorianos y guatemaltecos. Y que sólo eso salvaría a la nación. Al fin y al cabo, a su modo de ver, cada habitante de Hispanoamérica «era ciudadano pleno del imperio español».
Pero, ¿hay que llenar España de bolivianos, ecuatorianos y guatemaltecos? ¿O de marroquíes y argelinos? ¿O de africanos? Ni mucho menos. O no solamente. Al fin y al cabo, todos ellos remiten al pasado imperial o a las colonias perdidas. A una España que fue y no será más, ya finiquitada. Una nostalgia o añoranza. Pero hay una España que remite a una deuda no saldada. ¿Qué hubiera pasado de llegar con solvencia a Oceanía? Inglaterra se adelantó, exterminando casi por completo a sus habitantes originales, pues el genocidio, junto al críquet, son deportes nacionales en aquel país.
Allá donde fuimos, los españoles nos mezclamos y casamos con sus gentes, llevando el mestizaje a gala. Si España tuviera un programa espacial serio, en los planetas sometidos habría matrimonios mixtos con aliens o predators sin ningún problema, pues no le hacemos ascos a nada. ¿Por qué no mirar entonces al futuro y saldar ese compromiso pendiente con Australia?
Debemos, pues, llenar España de aborígenes australianas. De ahí saldrá una raza indestructible: demonios bajitos, feos, negruzcos, con el ímpetu y gallardía españoles y el instinto de supervivencia aborigen: la cruz y el bumerán.
Barcos enormes deben traernos a las aborígenes. Veinte Open Arms que hagan el trayecto Arhem Land-Murcia; Noongar-Valencia; y Golfo de Carpentaria-Cádiz.
Soñad con esas familias numerosas. Soñad con esos niños que parecen escarabajos. Vedlos escalabrándose en los toboganes ¡Ah, del linaje!, ¡ah de la estirpe! Grandes apellidos nos aguardan: los Martínez Napaljarri, los Fernández Warlimpirrnga, los Vázquez Yunupingu, los Molina Jangala. Y como vanguardia una estirpe de guerreros, los gitanoaborígenes: Heredia Gurung, Cortés Doolan, Montoya Nangala.
Y reconozcámoslo, ¿a quién no le da morbo una aborigen australiana? Dicen que cuando estás con una ya no quieres otra cosa. Nada más complementario que las antípodas.
Mirad cómo renace nuestra patria completando nuestro destino. Hacen falta más, muchos más inmigrantes. ¡Hay pocos todavía! ¡Traigan más! Pero de donde se debe.
El aborigenismo. He ahí nuestro porvenir.