El pasado mes de julio celebramos en Añora, mi pueblo, la 16ª edición de las Olimpiadas Rurales, un evento que en pocos años se ha consolidado como un referente en la cultura y el deporte del mundo rural. Uno de los patrocinadores del mismo se publicitó con un eslogan contundente: «Orgullo Rural». Y orgullo rural es precisamente lo que sentimos quienes vivimos en la tierra que nos vio nacer. Porque frente a las debilidades y amenazas que pueda tener, creemos más en sus fortalezas, en todo lo que nos ofrece, en las oportunidades que brinda para que nuestros jóvenes puedan desarrollar en ella su proyecto de vida, así como en los activos que atesora para que nuevos pobladores puedan decidirse a convivir con nosotros.

Frente a ese orgullo se posiciona la vergüenza de un Gobierno que no ha dudado un segundo en manosear la problemática de los territorios rurales y la despoblación para envolverse en una bandera plagada de conceptos rimbombantes y palabras grandilocuentes, en aras de una sostenibilidad y una cohesión territorial que jamás han estado en su hoja de ruta, ni han representado preocupación alguna en la toma de decisiones para invertir los miles de millones de euros que tras la pandemia se dilapidan a espuertas y que, sin lugar a dudas, serán el principal lastre al que se tendrá que enfrentar este país en los próximos años. Simplemente se trata de una contradicción tan profunda como alarmante, porque los recursos que deberían haber impulsado un nuevo modelo de desarrollo, generando oportunidades para el emprendimiento y la creación de empleo, van a condicionar el futuro por un uso arbitrario de los mismos en aras de unos intereses espurios que nada tienen que ver con la realidad y las necesidades que tienen millones de ciudadanos, especialmente en el medio rural.

Como bien dijo Séneca «cuando no sabes hacia dónde te diriges, ningún viento es favorable». Y este Gobierno, que navega al pairo de los vientos del independentismo trilero que lo sostiene, evidencia día tras día estar perdido en un océano de incompetencia. Un Gobierno inútil, que no presenta presupuestos, que huye del Parlamento, que incumple compromisos y que hace daño a la sociedad a la que ha prometido servir, especialmente a los flancos más débiles como esa España rural que se desangra perdiendo su tesoro más preciado, la juventud, y en la que se acrecienta la brecha con las áreas urbanas que tantas veces se ha prometido eliminar.

Estrategias frente al reto demográfico, Plan de 130 medidas contra la despoblación, Observatorio de la Equidad Territorial y el Reto Demográfico, Conferencia Sectorial de Reto Demográfico o Comisión delegada para lo mismo. Órganos y planes estériles envueltos en una verborrea de confusión y propaganda frente a una realidad que asfixia, como el humo de nuestros campos quemados, a una población que solo pide que se cumpla lo prometido.

Miles de millones de euros invertidos en el mundo rural según el Gobierno y su disciplinada ministra de Reto Demográfico, cuando la verdad humilla porque la mayor parte de los fondos europeos puestos en circulación han llegado fundamentalmente a las grandes ciudades, y solo escuálidas subvenciones puntuales se han articulado para que la España que pierde población pueda posicionarse mejor de cara al futuro. Subvenciones irrisorias por las que los municipios rurales hacen un esfuerzo extraordinario para acceder a las mismas y que, después, en muchas ocasiones, tienen que renunciar por incapacidad de gestionarlas ante disparatadas exigencias administrativas y la nula ayuda a esas administraciones cercanas a los ciudadanos, pero alejadas del interés gubernativo.

Tan alejadas como las actitudes del sanchismo ante las tragedias que en estos días se viven en el campo español. Y como muestra unos botones para quienes creen que esto de la política exige un plus de responsabilidad, ética y saber estar, por simple respeto a la ciudadanía a la que se representa.

Así, ante el sufrimiento de quienes han visto calcinados sus paisajes, sus viviendas y sus recuerdos, al infame ministro de los trenes perdidos en medio de la nada, al ministro ruin que hace chistes de cada tragedia, al ministro inepto que secuestra en el cajón los proyectos para mejorar nuestras carreteras (ejemplo de ello es la conversión en autovía de la N-432), a ese ministro solo se le ha ocurrido decir, en su limbo permanente de confrontación, que en Castilla y León, en su tierra, «la cosa estaba calentita».

Miserable, como miserable es el manido recurso de acusar al PP de practicar la agenda de la ultraderecha por parte del ministro Planas, mientras miles de agricultores sufren las consecuencias de los incendios y muchos ganaderos ven diezmados sus rebaños por la enfermedad de la lengua azul, sin que se tomen medidas ni se pongan herramientas y recursos extraordinarios a disposición de quienes más contribuyen a mantener vivas las zonas rurales.

Y todo enmarcado en las tesis del galgo de Paiporta: «todo se debe al cambio climático», «la responsabilidad es de los gobiernos autonómicos del PP» y el tan recordado «si quieren más recursos, que lo pidan». Es decir, atracón de ineficacia de un Gobierno envuelto en continuas cortinas de humo, como el propuesto Pacto de Estado por la Emergencia Climática, y un empacho de datos adobados en un potaje obsceno de mentiras y corrupción para concluir que con él estamos condenados a una sostenibilidad insostenible. Porque no, no es cierto que «una mentira repetida mil veces se convierta en verdad», por mucho que lo dijera el nazi Goebbels o lo practique Sánchez.

Mientras tanto, desde los ayuntamientos seguiremos trabajando para darle vida a nuestros pueblos.

Bartolomé Madrid Olmo es Diputado en el Congreso y alcalde de Añora